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jueves, 31 de marzo de 2011

EL DRAGÓN DE PLATA (final)



- Te voy a contar una historia. Todo lo que dicen aquí sobre mí son bobadas, lo que te voy a relatar es la única verdad. Yo soy china, allí nací y allí me crié. Desciendo de un antiguo linaje real, de hecho, ese anillo es el símbolo de nuestra familia, una joya que ha ido pasando de generación en generación únicamente por línea femenina.

La explicación está en un cuento legendario de mi país. -continuó la señora Lee. -Hace algunos siglos, cuando los mongoles invadieron China, un genio se apareció a una princesa. Este ser maravilloso -que ahora como tantos otros seres de la antigüedad han pasado a ser simples protagonistas de cuentos infantiles- apiadado de ella, bajó a la Tierra y regaló esta sortija a la joven que lloraba amargamente arrodillada en la vereda de un río, mientras contemplaba impotente como su pueblo era aniquilado por los agresores extranjeros. Según la misma leyenda, la princesa -gracias a la sortija- consiguió alertar a sus ejércitos que se encontraban al otro extremo de la región, salvando así su país de las garras de las hordas del sanguinario Atila -que a la cabeza de sus guerreros hunos- arrasó gran parte del mundo conocido hasta ese momento, incluida gran parte de Europa.


Desde entonces, -finalizó la anciana su relato- de una manera u otra, este pequeño pedazo de plata siempre ha protegido a su portadora.

- Pero señora Lee, este anillo le pertenece a usted, yo no puedo tenerlo. Sería mejor que se lo regalase a una hija, o una sobrina, si este precioso objeto tiene esa historia no es justo que lo posea yo, una desconocida -musitó Mila haciendo ademán de quitarse la sortija.

- No, muchacha, no tengo a nadie en este mundo, no tuve hermanas, y tampoco hijas. Jamás me casé, mi vida fue demasiado accidentada y a pesar de mis muchos años, aunque parezca increíble no tuve tiempo para formar una familia. Prométeme que siempre tendrás el anillo en tu poder, y que lo traspasarás a tu hija si llegas a tenerla algún día. Sé que ahora piensas que soy una vieja loca, que cree en la magia y en poderes que se escapan a la razón pero, te aseguro que, independientemente de que la historia que te he contado sea real o fruto de la imaginación, esta sortija me ha salvado en más de una ocasión.

Mila aún tardó un par de horas de salir de su trabajo. Las cosas se complicaron, y el cruel destino hizo que aquellas fueran las últimas palabras que pronunció la anciana. A los pocos minutos de relatar su historia, Kumiko Lee, nacida en China, de nacionalidad inglesa… pero ciudadana del mundo dejó de existir a la muy respetable edad de ciento siete años.

Tras las primeras atenciones y papeleo, una llorosa y agotada Mila salía cabizbaja de la residencia. Iba tan distraída y sumida en la tristeza que no se dio cuenta de que cruzaba la carretera. Tampoco percibió que un coche había frenado a pocos centímetros de su cuerpo. El conductor saltó del coche con la cara pálida, preguntándola si se encontraba bien.

Sólo en ese momento, al escuchar la voz agitada del hombre, Mila fue consciente de que acaba de salvarse de un trágico accidente que pudo costarle la vida. Pero no se dio cuenta de lo más sorprendente, un fino haz de luz había salido de su sortija, dibujando la silueta de un dragón plateado sobre el cielo de Madrid, la misma silueta brillante que había sorprendido al conductor y le hizo frenar a tiempo evitando el choque con el cuerpo de aquella muchacha que, envuelta en un abrigo oscuro, se fundía con la negra noche.

FIN