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domingo, 27 de marzo de 2011

EL DRAGÓN DE PLATA (Primera parte)


La oscuridad de la noche iba ganando lentamente terreno a las luces vespertinas. Mila miró su reloj de pulsera, ya sólo le quedaba media hora para terminar su turno.

Llevaba tan sólo tres meses trabajando en aquella residencia de ancianos, era la cuidadora más joven y también la más entusiasta, la más alegre, y como no, debida a su poca experiencia, la más ingenua. No obstante, disfrutaba de su trabajo, le gustaba cuidar de aquellas personas ancianas, que en alguna ocasión por soledad -muchos no tenían a nadie en el mundo- otras por dejadez de sus familias, habían terminado allí.

Un sentimiento de pena y solidaridad hacia esas personas indefensas le hacía volcarse en ellos, siempre atenta a la menor necesidad que pudiesen tener. Pero la mayor virtud de Mila era que sabía escucharles. Disfrutaba con las historias que le narraban, se extasiaba con sus pasadas glorias… o, en muchas ocasiones, de sus pasadas miserias.

Cada cuidadora tenía a siete ancianos a su cargo, Mila les quería a todos por igual, pero no podía negar que sentía una especial inclinación por la señora Lee, la más veterana de la residencia. Llegó en un taxi una mañana fría y oscura de invierno hacía quince años, completamente sola, pero cargada de un voluminoso equipaje cargado de trastos y recuerdos. Esta mujer de rasgos orientales y modales exquisitos se hizo notar desde el primer momento. Siempre discreta, callada y aún -a pesar de sus muchos años, nadie sabía cuantos con exactitud- hermosa; jamás reveló nada de su vida pasada. Esto despertó la imaginación de sus compañeros de alojamiento. Unos decían que había sido una famosa espía durante la II Guerra Mundial… otros aseguraban que había sido una prostituta de lujo, para más tarde dirigir un burdel exclusivo para la alta sociedad londinense: “La fantasía es libre y vuela como el viento” -solía contestar ella con una sonrisa a algún atrevido que osaba preguntar sobre la verdad de esas historias.

Los últimos dos años la salud de la señora Lee empeoró debido a una osteoporosis, ella que hasta ese momento podía valerse bien por sí misma, se vio convertida en poco tiempo en una inválida. Ni una queja brotaba de sus labios, lo único que rogaba era que la sacasen una hora diaria en la silla de ruedas a pasear por el jardín, hiciese frío o calor, necesitaba sentir el calor del sol en su rostro, el contacto del aire en su piel, el olor a tierra mojada los días de lluvia.

Mila adoraba a aquella mujer educada y que a pesar de verse impedida daba tan poco trabajo. A la muchacha le gustaba pasar a su habitación antes de marcharse y darle las buenas noches. Aquella tarde la anciana no quiso dar su paseo habitual y estaba más agitada que de costumbre:

- Buenas noches hija, ¿ya te marchas?

- Si señora Lee me quedan unos pocos minutos. La encuentro un poco fatigada ¿Se encuentra bien? ¿Quiere que llame al médico?

- Estoy bien cielo, un poco más cansada que de costumbre, pero estoy bien. Hoy esperaba tu saludo de buenas noches de forma muy especial, quería hacerte un regalo… un pequeño agradecimiento por lo bien que te has portado conmigo durante todo este tiempo.

- Muchas gracias, pero sabe que no puedo aceptarlo. Mi obligación es atenderles, es mi trabajo y ya cobro un sueldo por ello. Además lo hago muy gustosa y me siento afortunada, en estos tiempos que corren pocos tienen la suerte de trabajar en lo que les gusta, como es mi caso.

- Ya lo sé querida, sé que lo que haces lo haces por vocación, pero siento la necesidad de hacerte un pequeño obsequio, por favor, no lo rechaces -la anciana, con mucha dificultad, consiguió abrir el primer cajón de su mesilla y de él extrajo una pequeña bolsa de terciopelo verde atada con un cordoncillo dorado que tendió con su mano huesuda y temblorosa hacia Mila.

La muchacha tomó el pequeño objeto contemplándolo confusa, sin saber que hacer, el dilema moral era demasiado fuerte. Por un lado la desagradaba aceptar un regalo, ella solamente cumplía con su obligación. Por otro lado, no aceptar significaría hacer un desprecio a aquella mujer poco corriente, lo más cercano a toda una dama que Mila había conocido en su vida y por quien sentía un gran cariño, lo último que desearía sería apenarla.

- Señora Lee, muchas gracias, aceptaré su regalo, jamás me perdonaría que se disgustase conmigo ni que llegase a pensar que quiero hacerla un desprecio.

- Ábrelo y dime si te gusta -apremió la anciana.

La chica hizo lo que le indicaba la mujer. La bolsita contenía un precioso anillo de plata maciza, ninguna piedra le adornaba -la pequeña joya tampoco lo necesitaba- la sortija ya era lo suficientemente llamativa para no necesitar ningún tipo de adorno adicional. La mano de un experto orfebre había dado forma a un dragón perfectamente dibujado.

- Póntelo y veamos si te queda bien -dijo la señora Lee- ¡Perfecto! En el anular te queda un poco grande, pero en ese te queda perfecto, justo a tu medida. Y, ¿sabes que es justo ahí donde debe llevarse esta sortija? En el dedo corazón de la mano izquierda.

Ambas mujeres pasaron algunos minutos en silencio, Mila miraba embobada aquel anillo, era precioso de verdad. La voz grave y queda, de la señora Lee rompió el silencio de nuevo:

Continuará...