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jueves, 21 de abril de 2011

PRETÉRITO ANTERIOR


 
capuchonesHacía tiempo que habían dejado de repicar los tambores y las trompetas. La gente que llenaba las calles se había retirado. Durante unas horas, las arterias principales de la ciudad, permanecieron en aparente calma. Al filo de la medianoche, todo volvió a reanudarse de nuevo. Otra vez la muchedumbre llenaba las aceras.Lo sorprendente es que en esta ocasión todo estaba en silencio, ni pequeños ni mayores decían una palabra.

Los ojos de aquel turista de excepción contemplaron como dos esculturas: un hombre crucificado, perfectamente tallado, marcado cada músculo de su cuerpo con total precisión; y una mujer muy bella cargada de joyas y envuelta en ricas vestiduras, pero con un rostro perlado de lágrimas y dolor se encontraban en medio de la calzada.

En medio de aquel silencio que se podía cortar, escuchó el susurro lastimero de una mujer que estaba a su lado:

¡La madre y el hijo se encuentran!

Tras unos instantes paradas una frente a otra, en lo alto de lo que parecían carrozas bellamente engalanadas con cirios y flores; las tallas emprendieron su lenta marcha a hombros de los costaleros, que esforzados, conteniendo pasión y músculos, cumplían su ritual con total exactitud de pasos medidos y calculados.

Figuras encapuchadas, vestidas de color morado, dejando entrever tan sólo sus pies descalzos y sus pupilas a través de las hendiduras de los capirotes, arropaban los palios.

Tras ellos, elegantes mujeres enlutadas, luciendo mantillas, vistosas peinetas y zapatos de salón; portando rosarios y velas en sus manos y murmurando calladas plegarias, seguían a las imágenes. Cerraba la marcha, una multitud variopinta; unos preparados de antemano… otros espontáneos que saltaban de las filas de los espectadores. Algunos descalzos con los pies llenos de llagas, varios arrastrando cadenas. Otros iban de rodillas o cargando pesadas cruces de madera. Ninguno rompía el silencio, la mayoría, con la cara anegada en lágrimas. Todos cumpliendo promesas o penitencias. Unos pidiendo por sus seres queridos… otros purgando sus propios pecados.

Súbitamente, un quejido ronco y atronador rompió el silencio, desde uno de los balcones, alguien entonó un canto desgarrador que erizaba la piel.

Ya tenía suficiente material. Envuelto en su invisibilidad, el comandante Akhenatón, había pasado varios meses cumpliendo su misión. La experiencia había sido todo un éxito, ahora le tocaba volver a su futuro, que en pocos instantes se convertiría en su presente. La doctora Nefertiti — Directora del Instituto de Antropología de la Universidad de Alejandría — estaría satisfecha, al fin la máquina del tiempo había funcionado correctamente. En la Biblioteca tenían suficientes elementos didácticos para el estudio de aquella antigua civilización, pero nada comparable con aquellos datos palpables tomados “in situ“. Ese era el eslabón que les faltaba, no era lo mismo investigar a través de fuentes escritas o virtuales que convivir entre esos seres primitivos.

Los dedos de Akhenatón sintieron un ligero rechazo cuando pulsó el botón del transportador que le devolvería a su tiempo. Indudablemente, la mejora genética era un hecho indiscutible. Habían conseguido un mundo mejor, aséptico, pulcro, sin enfermedades, sin sufrimientos. Todo equilibrado…. todo homogéneo, pero sin nada en que creer, totalmente carente de emociones que rasgaran sus almas.

FIN