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domingo, 22 de mayo de 2011

EL ARROYO DE LA DEGOLLADA (Final)


La cara jovial y regordeta de la dueña de la pensión se animó con una sonrisa, sus enormes ojos —asombrosamente sin ninguna arrugas a pesar de su edad — adquirieron un brillo especial.

— ¿Conoce el lugar? —pregunté interesada.

— Por supuesto que lo conozco, si hubieseis preguntado a alguien más joven seguramente no tendrían ni idea; como mucho les sonaría de algo pero no sabrían deciros con exactitud donde está. Lo que me sorprende jovencitos, es que vosotros hayáis dado a la primera con el sitio y además sin buscarlo, tengo que reconocer que no es de los lugares más conocidos de aquí, y tampoco figura en muchas guías de turismo.

— Pero entonces, en algún momento, ese arroyo fue muy conocido ¿por algo en especial? —comenté esperanzada.

— Bueno, es lógico que hace unos años fuese bastante popular, ese arroyuelo servía de lavadero cuando no había aún agua corriente en las casas. Muchas mujeres cuando había demasiadas colas en los pilones de la ciudad, se bajaban allí a lavar. Y no os creáis que de eso hace muchos siglos, yo misma, siendo una niña, en muchas ocasiones acompañaba a mi madre a hacer la colada. 

— Si, un lugar muy siniestro, ahora comprendo tu desazón Vane, es que ir a lavar al río ahora sería trágico para nosotros —dijo sarcasticamente Carlos, sin dejar de mirarme. Yo me puse roja como un tomate, y más que a la timidez, el rubor se debió a la rabia contenida al ver mi orgullo pisoteado. Quería a Carlos con toda mi alma. Llevábamos juntos desde que comenzamos  el instituto, pero algunas ocasiones —como esta sin ir más lejos — cuando su espíritu práctico salía a la luz con toda su cruel ironía no lo soportaba.

— Te equivocas, era divertido, íbamos en grupo, nos llevábamos la comida y pasábamos allí el día, entre conversaciones y risas, unas contaban sus penas, otras sus alegrías… pero la mayoría se arrancaba con chirigotas, bromas y las más osadas nos cantaban tonadillas de sus pueblos natales —contestó seria doña Adoración. Me dio la impresión que aquella salida de Carlos le hizo tan poca gracia como a mí.

— Sí, a mi me han contado anécdotas de este tipo. Desde luego los trabajos eran mucho más pesados, ahora con pulsar un botón ya nos quitamos el problema. Pero lo que hemos ganado en comodidad lo hemos perdido en relaciones humanas. Ese tipo de tareas hacía más fácil establecer vínculos con los vecinos —dije un tanto desganada, aunque estuviese dolida con Carlos, tenía que reconocer que llevaba su parte de razón, que un grupo de mujeres se reuniese a lavar y de cierta manera aprovechasen la ocasión para entretenerse un poco de aquella fatigosa faena, no era nada trágico. No entendía mi reacción, ¿sería la tensión nerviosa de los preparativos de la boda  que afloraban ahora tras el relajo una vez pasado el evento?,  empezaba a sentir que había hecho el ridículo más espantoso.

— No, jovencitos, no os creáis que ese lugar por servir a una tarea tan humilde está exento de su historia. En ciudades tan antiguas como esta, es raro que cada rincón, caserón, callejuela… no tenga su propia leyenda. El Arroyo de la Degollada la tiene, bueno, es un lugar tan especial que no tiene una sola, tiene varias. ¿Queréis que os cuente alguna? —preguntó doña Adoración sonriéndome.

— Si, por favor —supliqué. No me importó en absoluto que Carlos me mirase con cara de pocos amigos. Si yo podía aguantar sus puyas, era justo que él también aguantase la historia que nos iba a contar nuestra amable anfitriona.

— Sobre este lugar circulan muchos relatos, quizá el más conocido sea el de una muchacha mora que se enamoró de un capitán del ejército de Alfonso VI en plena reconquista. Los dos jóvenes, a lomos del caballo del oficial huyeron de la ciudad, a la altura de ese arroyo les dieron caza sus perseguidores. Mientras el bravo capitán se batía con los dos moros, que creían que se llevaba a la muchacha por la fuerza, ella se puso por delante, para evitar que le matase. Uno de los sarracenos no pudo evitar el lance de su espada y se la clavó en plena garganta degollándola ahí mismo. Su enamorado logró matar a los dos moros y abatido por el dolor tomó los hábitos, sólo salía de su cenobio —con permiso de su superior— cada tarde para acudir a rezar al lugar donde habían matado a su amada. Pero yo os voy a contar otra historia, la que me contó mi padre hace muchos años:


“Casilda y Alarico eran dos muchachos pertenecientes a dos de las familias más nobles de la ciudad. Sus respectivos padres pactaron su matrimonio a los pocos meses de nacer la muchacha, tan sólo un año más tarde que Alarico.

Los esponsales se celebraron al cumplir Casilda quince años, la ceremonia fue recordada durante mucho tiempo, ambas casas derrocharon sus monedas de oro  para que no faltase nada  en aquel maravilloso día. Pero aquellas bodas fueron recordadas —más que por su opulencia—  por la felicidad de los jóvenes. Ambos habían unido sus vidas con pleno convencimiento. Eran casi unos niños, tenían toda la vida por delante, los dos eran guapos y atractivos: ella, rubia, de ojos azules como el mar, dulces y puros. Él moreno, ojos negros como los zafiros,  firmes y decididos. Incluso el cielo había conspirado para que además, entre ellos, brotase un amor inmenso.

Así, Casilda abandonó la casa de sus padres, para ocupar la de su esposo. La acompañaban: su buena dote y dos de sus criados más fieles: Brígida, su aya; y Gumersindo un niño de tan sólo siete años —el pequeño de recién nacido había sido abandonado por su madre en el portón de la casona de los padres de Casilda, y ambos se habían encariñado, hasta tal punto que en él Casilda veía al hermano que nunca tuvo—  La muchacha era feliz sabiendo que dos de las personas a las que más amaba en el mundo, a excepción de sus padres, estarían con ella.

De forma tranquila fue pasando el tiempo. Ya habían transcurrido cinco años desde su matrimonio. Dos sucesos enturbiaron la felicidad de Casilda: la muerte de su querido padre y su imposibilidad de tener un hijo. Lo primero no tenía remedio, pero para lo segundo había esperanza. Aún eran muy jóvenes, estaban sanos y se amaban con locura, los hijos llegarían, sólo había que esperar con paciencia.

Alarico, sin embargo, llevaba un tiempo desasosegado, quería a su esposa más que nunca, su amor había ido creciendo a medida que pasaban los días.  Por ello no era ajeno a cualquier alteración —por mínima que fuese— que alterase a Casilda. Hacía unos meses que la notaba más nerviosa  y excitada de lo normal, con cambios de humor bruscos. La muchacha pasaba algunos días sumida en algo parecido a la languidez y la apatía. Estos estados de ánimo pasaban como un soplo, Casilda se recuperaba con facilidad y seguía siendo la persona alegre y vital que había conocido. Al principio Alarico achacó esos escasos momentos de decaimiento al fallecimiento de su padre y a ese embarazo deseado que no fraguaba.

Comenzó a preocuparse seriamente cuando se dio cuenta de que Gumersindo traía y llevaba mensajes a Casilda, mensajes que luego no comentaba con él. Y lo que terminó de alarmarle, fueron las salidas misteriosas de su esposa, siempre iba acompañada por el muchacho y por Brígida, pero cuando la preguntaba, Casilda evitaba el tema y lo zanjaba con evasivas, al igual que la fiel Brígida. Ya había desistido de interrogar a Gumersindo, el chico era escurridizo como un pez.

Alarico tenía un primo, Sisenando. Este era de su misma edad y se habían criado juntos, ambos compartieron juegos y travesuras desde la más tierna infandia. Lo que en Alarico era nobleza y sincero amor filial; en Sisenando era egoísmo y envidia. Siempre había codiciado todo lo que poseía su primo y, como no, en esos celosos sentimientos también entraba Casilda, de quien estaba enamorado secretamente.

El primo, poco a poco, y abusando de la nobleza y la confianza de Alarico, fue envenenándolo contra su esposa.

Un día que Casilda se encontraba cosiendo en la sala, apareció su esposo, este la propuso salir un rato de cabalgada, sabía que la muchacha disfrutaba cuando ambos salían a montar a caballo.  Gumersindo se dispuso a seguirles, siempre les acompañaba en sus paseos por si surgía algún inconveniente. Alarico fue tajante, ese día saldrían solos.

Al chiquillo le extrañó, y dado que era tarde y ya estaba anocheciendo, a pesar de la prohibición cogió su mula, y a hurtadillas decidió seguir a sus señores medio agazapado entre los árboles del camino.

Cuando llegaron a la orilla del arroyo, la pareja descabalgó. Gumersindo se mantuvo en la distancia. De pronto, los gritos de Casilda le sobresaltaron. Lo que vio le dejó paralizado. Alarico había arrancado la parte de arriba del vestido de Casilda y comenzó a golpear su espalda con la fusta del caballo. A cada latigazo, los gritos de la mujer se mezclaban con los bramidos del hombre mientras la llamaba: perdida, ramera, puta, mujerzuela y la conminaba a que le dijese el nombre de su amante.

Casilda gritaba y lloraba negando su infidelidad, esto parecía enojar más a su marido, que redoblaba el castigo sin piedad

Gumersindo aterrado y temeroso de la suerte de su señora, montó en su mula y escapó raudo a buscar ayuda.

Volvió acompañado de Teudis, un anciano de aspecto venerable y larga barba blanca. Los dos azuzaban a sus bestias llevados por la prisa y la angustia. Al llegar escucharon los sollozos desgarrados de Alarico.

Aunque se sentían sobrecogidos, se tranquilizaron un tanto, al contemplar la escena. Alarico, sujetaba con sus fuertes brazos el cuerpo  de Casilda, la estaba acunando como si se tratase de un niño y la pedía perdón. Un rayo de esperanza inundó las almas del anciano y del muchacho. 

La muchacha permanecía callada e interte, totalmente flácida en los brazos de su esposo. Teudis, ya junto a la pareja, comprobó con una tristeza desoladora que Casilda estaba muerta, un tajo en la garganta provocado por la espada de Alarico había terminado con su sufrimiento. A pesar de que habían espoleado a sus animales casi con crueldad.

— ¿Qué has hecho desgraciado? —gritó el anciano.

— ¡Me engañaba!, ¡tenía un amante!  Yo la quería, era toda mi vida pero me traicionó —respondió Alarico en un lamento.

— ¡¿Como es posible que hayas pensado eso de este ángel del cielo, de esta criatura pura e inocente?! No Alarico, no sé quien te habrá metido esa idea en la cabeza, ni sé como has sido capaz de dudar de ella. Casilda no tenía un amante, esta pobre muchacha vivía con el alma dividida. Os conozco desde que nacisteis. Ambos fuisteis criados en el arrianismo.  Pero tú familia y tú decidisteis bautizaros y ser partícipes de esa  rama de la fe cristiana, ese catolicismo que impulsó ese tal Pablo de Tarso. Esa doctrina que discrepa de la nuestra tratando de imponer su dogma, su Trinidad y esa forma de ver la divinidad de Jesucristo de forma diferente a nosotros. No te voy a juzgar por ello Alarico, cada uno tiene derecho a creer lo que quiera. Pero ¡Dios mío!, este crimen innecesario… —con la voz rota por el dolor el anciano continuó— Como toda buena esposa Casilda se bautizó contigo, aunque ella no estaba muy convencida de ese nuevo credo.

Los peores sinsabores de Casilda surgieron al morir su padre, en su lecho de muerte rogó a su hija que no abandonase sus creencias, que aunque estuviese bautizada no diese la espalda a sus hermanos de doctrina. Desde entonces esa pobre criatura se debatió entre sus dos preciados amores y sus dos deberes ineludibles, como esposa y como hija. A tus espaldas, si —a pesar de mis consejos, ya que yo la pedía que te contase la verdad—  la pobre niña no se atrevía ni a contradecirte, ni a desobedecerte, ni mucho menos a disgustarte, venía cada semana a nuestras reuniones. Ese era su pecado, no creo que hubiese tardado mucho en confiarse a ti, te amaba tanto que no podía vivir con el peso de esa mentira en su alma.

Alarico comenzó a temblar, su rostro anegado en lágrimas se descompuso, y de su boca brotó un grito desgarrador: ¡CASILDAAAA!

A Gumersindo y a Teudis les costó mucho trabajo arrancar de los brazos de su esposo a la muchacha. Pasado un rato y ya más sereno, consintió en entregar su cuerpo a los cuidados del venerable anciano, el máximo representante del arrianismo en la ciudad.

— Teudis, te ruego que le des sepultura con los suyos, la he arrancado la vida,  pero no puedo robarla ni su alma, ni su fe."

Carlos y yo permanecíamos callados, él estaba visiblemente interesado y concentrado en la leyenda. Ni en el cine viendo alguna buena película le había visto tan atento.

— ¿Qué fue de Alarico?, imagino que pagaría su culpa y se pudriría en una mazmorra de por vida, o que alguien le cortase su cabezota llena de serrín —comentó mi chico. Yo estaba sorprendida. Carlos no era nada temperamental, él era el científico y yo la humanista.

— Carlos, esta historia debe estar encuadrada en torno al siglo V  o VI como mucho, si no estaba erradicado el arrianismo ni aún era considerado una herejía no puede ser posterior —comenté.

— Sí, efectivamente Vanesa. En aquella época esa religión aún era mayoritaria, aunque el catolicismo iba ganando muchos adeptos día a día. Entonces  las mujeres no tenían ningún tipo de independencia. Si hasta relativamente poco tiempo en muchos países no tenía ni derecho al voto. Imagínate querido Carlos durante aquellos años oscuros de la Alta Edad Media, entonces la mujer era sólo una propiedad más del hombre, sujeta en todo momento a la autoridad de los padres o los esposos. No, nadie hubiese castigado a Alarico y más cuando el silencio de Casilda dio pie a sospechas. No se sabe a ciencia cierta que fue de él. La historia real y comprobable termina con la muerte de Casilda y la entrega de su cuerpo a Teudis. 

De Sisenando —el malvado primo causante de la tragedía— se sabe que huyó, en parte arrastrado por su remordimiento, pero sobre todo por el miedo de encontrarse cara a cara con su primo, temiendo su reacción. Se sumó a las huestes que marchaban hacía el Levante, para proteger nuestras costas de los ejércitos musulmanes que ya iban haciendo intentos de conquistar nuestro territorio. En una de esas reyertas cayó prisionero de los sarracenos, muriendo en prisión, debido a los malos tratos a que fue sometido.

Caminantes, pastores y alguna que otra lavandera que pasaban por el lugar después del atardecer, corrieron la voz que al anochecer una sombra recorría el arroyo. Y algunos afirman que en ocasiones, el murmullo del riachuelo repite como un eco el grito de Alarico al conocer la verdad que le ocultaba Casilda.

— Ahí ya entramos en el terreno de la leyenda y la superchería —dijo Carlos.

— Yo misma escuché esa voz, siendo ya una muchacha, y te puedo asegurar que el nombre de Casilda sonaba claro. Desde muy jovencita fui una persona racional, no me dejaba llevar fácilmente por emociones arrebatadas. No dije nada hasta llegar a casa. Mi madre era una mujer práctica, con pocos conocimientos, su vida se limitó a sacar adelante su casa y a sus seis hijos, ella jamás me hubiese creído. Se lo conté a mi padre, él se había criado en un orfanato y allí  le dieron la formación suficiente para llegar a ser ayudante del archivero de la catedral. Eso le hizo estar siempre entre libros, documentos y legajos antiguos. Gracias a él conocí muchas leyendas e historias, no sólo de esta ciudad sino de muchas más —finalizó doña Adoración.

Al día siguiente, Carlos me regaló una hermosa orquídea, con ella firmamos la reconciliación, era su forma de decirme que no volvería a dudar de mí. Gracias a aquel relato, sus ojos se habían abierto a otra realidad que se salía de su forma lógica y calculada de ver la vida. Le pedí que volviésemos a hacer la excursión que interrumpimos, a la mañana siguiente nos marchábamos de allí, teníamos que seguir nuestra ruta, nuestra próxima parada sería Granada.

Caminábamos enlazados, pegados el uno junto al otro. Al llegar al inicio del sendero quise ver el arroyo de nuevo. Cuando llegamos lancé al agua la orquídea, era mi pequeño homenaje a aquella mujer a quien robaron su vida injustamente. Tampoco pude dejar de apiadarme de su asesino, la rueda del destino es así de cruel.

Finalmente conseguimos llegar al lugar previsto y tomar la hermosa foto panorámica de la ciudad que nos había hechizado, y había sido el punto de partida de nuestra luna de miel.




FIN