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jueves, 19 de mayo de 2011

EL ARROYO DE LA DEGOLLADA (Primera parte)


Carlos y yo nos sentíamos bien. Era un día hermoso, el cielo azul  a penas surcado por unas pequeñas nubes blancas de algodón que, en ningún caso, empañaban el espléndido sol de los inicios de la primavera.

La brisa era fresca y nos golpeaba el rostro, pero en vez de resultar molesto, era agradable y nos ayudaba a enfrentar de mejor humor la subida por aquellas calles de cuestas empinadas cubiertas de adoquines.

Poco a poco entre bromas, risas y alguna que otra carantoña nos fuimos alejando del centro de la ciudad saliendo hacia las afueras. En la pensión nos habían comentado que había un lugar que llamaban “El valle” desde donde se podían tomar unas hermosas fotos panorámicas de la ciudad. Así que decidimos afrontar nuestra pequeña aventura y cambiamos el cómodo coche por ropa cómoda y calzado más cómodo aún.


Cruzamos uno de los puentes más modernos y nos sorprendió el paraje que íbamos descubriendo. La carretera estaba flanqueada unos desfiladeros rocosos que si bien no eran muy altos, si que eran hermosos. Al otro lado vimos un pequeño sendero de tierra bordeado por una arboleda y diversas plantas. Decidimos hacer un alto y pasear por aquel lugar adentrándonos a través de aquel camino. 

No habríamos recorrido ni trescientos metros, cuando la vegetación se hizo más espesa, el ruido de agua nos atrajo. Efectivamente, allí, perdido entre rocas y aquella especie de bosquecillo contemplamos un arroyo con un caudal que nos sorprendió. Nosotros, grandes amantes del senderismo y de perdernos por las serranías, lo más que alcanzábamos a contemplar cuando nos encontrábamos riachuelos en nuestro camino eran pobres hilitos de agua, y eso con mucha suerte, ya que la mayoría de veces solo podíamos contemplar el surco en la tierra.

Llevados por la emoción nos sentamos en una enorme piedra, y yo me dispuse a descalzarme me apetecía meter los pies en esa agua cristalina. Me parecía vivir un sueño, aquel lugar me hacía olvidar que estábamos a sólo unos dos o tres kilómetros de una ciudad.

Mis dedos no llegaron a tocar el agua, un malestar repentino me invadió. Comencé a sentirme mal, notaba la cara ardiendo como si tuviese fiebre, tenía la respiración agitada y el pulso acelerado. Aquel estado de súbito nerviosismo comenzaba a alterar mis biorritmos esenciales.

— Carlos, ¡vámonos de aquí!, ¡rápido! No me encuentro bien, necesito irme de aquí inmediatamente —jadeé más que hablé.

— Vane, ¡¿nena, que te ocurre?! —me preguntó él entre los nervios, la duda y la incertidumbre. A pesar de mi malestar, intenté tranquilizarle.

— No es nada cariño, en cuanto nos marchemos de este lugar me pondré bien, hazme caso.

Ayudada por Carlos, que me sujetaba por el brazo, ya que aún no tenía control sobre mis temblorosas piernas, salimos de allí. Efectivamente según nos íbamos alejando me iba recuperando. Carlos respiró más tranquilo, sin duda mi aspecto habría mejorado también.

— ¿Se puede saber que te ha pasado?, pero si era el lugar perfecto para descansar un rato. Si tú misma estabas fascinada con el sitio.

— Lo sé, pero de repente me ha entrado ese malestar tenía que salir de allí. Carlos, esto no es la primera vez que me pasa, tampoco soy la única persona en el mundo que tiene este tipo de sensaciones, aunque a lo mejor otros las tienen menos intensas. ¿Tú nunca te has sentido incómodo en algún lugar sin que haya habido algún motivo aparente para esa incomodidad, simplemente porque ese sitio te haya transmitido malas vibraciones sin saber por qué? —le pregunté.

— No a mi eso no me ha pasado nunca. Si en alguna ocasión no he estado a gusto en alguna parte, te aseguro que más que por el lugar ha sido por las compañías. Tampoco conozco a nadie a quien le haya pasado eso nunca.



— Bueno cielo, pues tengo que decirte que desde hace dos días te has casado con alguien, a quien —aunque no de forma habitual— sí le pasan estas cosas. Creo recordar que con hoy esta sensación la he tenido unas cuatro veces en mi vida. La primera vez era aún pequeña, no habría cumplido ni los nueve años. Estábamos de visita en casa de unos amigos de mis padres, y de repente empecé a sentirme mal, de hecho creo recordar que hasta vomité. Lógicamente y tras la excusas de rigor nos fuimos. Mi madre en un principio pensó que sería algo que me había sentado mal. Pero al salir de aquella casa mi mejoría fue notable, el mal estar desapareció tan de repente como había venido. Aún recuerdo la reprimenda de mis padres, ellos llegaron a pensar que todo había sido fingido, sabían que este tipo de visitas de cumplido me aburrían y no iba de buena gana.

— Pues yo voto por eso. Vane, seguro que aquello fue lo que te provocó el malestar, aunque tú no fueses consciente de ello.

— No, Carlos ya te he comentado que aquella fue la primera vez, pero esto me ha ocurrido con hoy otras tres veces. Y en estas ocasiones no fue yendo de visita. Hasta que hace algún tiempo y gracias a un programa de radio pude comprender que era lo que me pasaba. En ese programa hablaban unos expertos en este tipo de temas —entre ellos varios psicólogos— Pues al igual que hay personas que tienen una sensibilidad determinada para temas artísticos, o para comprender a los demás. También hay otro tipo de personas que tienen una poder de captación mayor que otras para notar las malas o buenas vibraciones de determinados lugares.

— Eso son bobadas. ¡Ahora va a resultar que estoy casado con una medio bruja! —comentó Carlos con sorna.

— No es nada de eso Carlos, no te lo tomes a broma. Estas cosas no me pasan todos los días, afortunadamente, porque si así fuera el mundo sería mucho más cruel de lo que ya es. ¿Sabes que cuando tengo este tipo de reacción es porque en ese lugar determinado sucedió hace tiempo algo malo, alguna desgracia, alguna injusticia, alguna tragedia?, pues puedes creértelo, en mis pocas experiencias, siempre, y te lo digo en serio, siempre más pronto o más tarde de forma casual me he terminado enterando de lo que había ocurrido, y te aseguro que nunca había sido nada bueno.

— ¡Bobadas! —Carlos seguía en sus trece.

— Vale eres muy libre de creer lo que quieras, pero esto está probado científicamente es más, a las personas que les pasa este tipo de fenómeno se las llama sensitivas, y es algo tan real como el que tiene un don para pintar, componer o escribir.

Ya no estábamos de humor para continuar nuestra excursión. Por un lado yo era consciente de que Carlos no me creía, y sabía que no le apetecía en absoluto seguir hablando del tema. Y por el otro, yo tampoco quería darle más explicaciones, ni mucho menos iniciar una conversación tonta. Ahora mi cabeza sólo quería pensar… encontrar la forma de enterarme de que había pasado en aquel bello lugar. Hacía tiempo que no había vuelto a tener esa sensación y menos con aquella intensidad, incluso había llegado a creer que había perdido ese poder o lo que fuera. Pero si anteriormente los hechos de aquellos lugares que me produjeron repulsión habían llegado a mí de forma casual y sin que yo realmente tuviese interés en conocerlos, en este caso era todo lo contrario. Ahora quería saberlo, sobre todo porque sería lo único que hiciese que Carlos me tomase en serio.

Cuando la dueña de la pensión, una mujer afable —se notaban sus muchos años de experiencia regentando un local, por donde habían pasado miles de personas de distintas edades, condiciones sociales y diversas nacionalidades. Siempre pensé que todo aquel que tiene que tratar con público a diario termina siendo tan buen psicólogo como el mejor de los profesionales del ramo—  nos vio aparecer tan pronto se sorprendió.

— ¡Que pronto habéis dado la vuelta parejita! ¿Os habéis arrepentido a mitad de camino?, claro que no os culpo es una buena caminata incluso para gente   tan joven como vosotros.

— Nosotros estamos acostumbrados doña Adoración, siempre en cuanto hemos podido nos hemos escapado a la sierra a hacer senderismo, nos encanta caminar. Pero es que Vanesa ha comenzado a sentirse mal y hemos preferido dar la vuelta.

— Lo siento querida, venga vamos al saloncito y ahora mismo preparo un té.

— No se moleste doña Adoración, ya me encuentro mucho mejor. Ha sido algo pasajero —contesté.

— Pasajero y más psicológico que físico me parece a mi. Estábamos divinamente, disfrutando de un lugar maravilloso con el que los dos estábamos encantados y de sopetón se ha puesto pálida, temblando como una hoja y ha comenzado a pedirme que nos marcháramos de allí que era el sitio el que le provocaba ese mal estar.

Doña Adoración se me quedó mirando fijamente. Yo no sabía donde meterme, sólo era capaz de lanzar miradas asesinas a Carlos, en aquel momento no me apetecía volver a repetir mi historia, y mucho menos a una desconocida.

— ¿Qué lugar era ese queridos?, ¿habíais llegado ya al valle? —preguntó.

— Si estábamos entrando en el valle nada más cruzar el puente de hierro, y hemos visto el sendero de tierra justo enfrente cruzando la carretera. Nos gustó y decidimos que era buen lugar para descansar, al poco de adentrarnos vimos el arroyo, y nos sorprendimos por la cantidad de agua que bajaba y por su transparencia. Nos íbamos a descalzar para meter un poco los pies cuando a Vanesa le entró esa especie de ataque nervioso.

— Uhmmmm —murmuró la mujer — pues por lo que me decís ese lugar no puede ser otro. Ese es el Arroyo de la Degollada.

  Continuará…