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domingo, 29 de mayo de 2011

HERENCIA EN LA PIEL



Ser la sucesora  de la cortesana más afamada de todo París tenía un precio. Lo único que debía a su madre era haberla proporcionado el mejor inicio para su carrera, su querido Armand. Aquel criado hermoso y de cuerpo atlético. Nadie como él supo acariciar su cuerpo y horadar su “bouton de Rose” con aquella maestría. Ningún hombre pudo despertar de su garganta aquellos gritos y gemidos de deseo. Desde que su enamorado partió al Nuevo Mundo y comenzó su vida mundana, todo fue puro teatro. Un baile de caricias artificiales envueltas en palabras engañosas.

Amelie había sido una alumna aventajada y sabía muy bien las armas que tenía que emplear para dar a cada uno lo que buscaba. Y los hombres siempre buscaban lo mismo: sentirse amados… admirados… escuchados; sentir la compañía de alguien a su lado aunque fuese a cambio de unas monedas. Cualquier cosa era mejor que caer en la soledad arrolladora que les invadía. 

¿Y ella?, ¿quién se preocupaba de ella?, de sus sentimientos… de su alma… de su corazón… de sus sueños… de su esperanza… Lo único que le quedaba, lo único que la mantenía  viva. Amelie conservaba intacta la confianza de que él regresase. A diario imaginaba que al abrir un día la puerta de su dormitorio, en vez de encontrar en su salón a esos viejos nobles de peluca empolvada, que buscaban lo que sus esposas les negaban y entregaban a otros hombres —moda y falsa hipocresía de la aquella época caduca, que comenzaba a presagiar aires revolucionarios de cambio—  toparse con aquellos ojos hermosos y ardientes, los únicos capaces de devolverla la pasión y el verdadero amor.

Transcurridos veinte largos años, Amelie seguía manteniendo viva la ilusión y mordiéndose los labios para no gritar,  tras su fingida representación, un solo nombre: “Armand”.

FIN