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jueves, 9 de junio de 2011

EL CASERO QUE NO HIZO LOS DEBERES


— ¡Ya va!, ¡Ya va! Jesús, que prisas lleva la gente.

Muy despacio y ayudada de su bastón iba acercándose a la puerta. Su mucha edad —sumada a una fuerte artrosis que le iba deformando los huesos— la tenía retenida entre las paredes de ese piso desde hacía más de veinte años. Su vida se limitaba a sus libros, sus labores de ganchillo y desde hacía algunos años, a la bendita televisión. Esa maravillosa ventana que, según ella, la asomaba al mundo. Un mundo al que no podía salir en persona.

La mujer miró por la enorme mirilla de hierro. Esas mirillas que coronaban las puertas gruesas de madera maciza de las construcciones de más de doscientos años.

— ¡Buenos días! ¿Doña Pilar Sáez? 

Un cuarentón impecablemente vestido, con buenas trazas y porte —más cercano a los cincuenta que a los cuarenta—, todo hay que decirlo; pero que igualmente a la mujer le parecía un jovenzuelo, esperaba ante la puerta limpiándose con un pañuelo impecablemente blanco el sudor de la frente… y es que ¡caray! con los tres pisos que había tenido que subir, mas bien parecían seis.

— Soy Alejandro De la Fuente. El hijo de Don Agapito, su casero. —dijo el hombre.

— ¡Ah!, un momentito que le abro. ¡Pase!, ¡pase! Si quiere adelantarse y tomar asiento, aquí en esta salita, a la izquierda. Es donde hago la vida, ya ve como estoy con las piernas y tengo que ir muy despacio. Y, ¿qué le trae por aquí? Espero que su padre se encuentre bien. El mes pasado estuvimos un ratito charlando cuando me trajo el recibo, siempre que viene echamos un ratito de parrafada —dijo la mujer ya acomodándose a duras penas en su sillón orejero.

— Mi padre está bien pero ya son muchos años y no está para estos trotes de ir todos los meses subiendo y bajando escaleras para cobrar los alquileres. Así que…

— ¿Ahora será usted quién nos traiga los recibos? —interrumpió Doña Pilar con aire inocente.

— No, no señora, yo tengo mi trabajo y no podría…

— ¡Ah!, entonces… lo que usted querrá es que domiciliemos los pagos en el banco ¿no? Pues entonces tendrá que venir en otro momento. Yo como podrá imaginar no tengo cuenta bancaria, así que tendré que consultar cómo lo puedo hacer. —volvió a interrumpir la anciana.

— No, Doña Pilar, tampoco es eso. Vengo a proponerle otra cosa. Más bien lo que voy a pedirle es casi un favor. Mire, tengo un hijo que va a casarse dentro de poco y necesito este piso para él. Imagino que ya sabrá como está el precio de la vivienda últimamente. Pues creo que este piso sería perfecto para ellos. Claro está, y huelga decirlo, que a usted le daría una cantidad de dinero suficiente para que pudiese instalarse en otra vivienda. Remodelar su casita del pueblo ¿quizá? Lo que daría yo por poder irme a vivir a un pueblecito… criando unas gallinitas… unas ovejitas… un pequeño huertecillo… en fin una vida idílica y sin escaleras, je,je,je.

— Mire joven, yo no tengo pueblo, para mi suerte o mi desgracia —según usted— soy de aquí.

— Pues en los pueblos las casas aún están tiradas de precio y sin duda para usted sería un cambio a mejor, más tranquilidad, podría salir a la calle al no tener que subir ni bajar pisos, su patio, su jardincito…

— Sí, y mis gallinitas y mis ovejitas, ¿pero me ha visto pintas de granjera? Yo soy más de asfalto que la Gran Vía. Vamos que estoy gloriosa con mi bastón y sin casi poder moverme para ejercer de pastora.

El hombre parecía molesto, pues si por las buenas no podía convencerla, tendría que ser por las malas.

— A ver cómo se lo explico Doña Pilar, esta casa en la que usted vive pertenece a mi padre y como mi padre me ha cedido poderes y soy su único heredero me pertenece a mí. Sepa usted que si quiero, puedo echarla de aquí, las leyes han cambiado y ahora los propietarios tenemos nuestros derechos. Máxime cuando están pagando esas rentas ridículas.

— Don Alejandro, nadie está diciendo que esta casa no le pertenezca, pero los inquilinos tenemos nuestros privilegios. Y nuestro contrato se rige por las normas de Rentas de Casas Antiguas. Y deje ya tanto tratamiento de doña por aquí… doña por acá, que no soy tonta… pero tampoco “bachillera”.

— Señora mía, creo que en este caso tendré que echar mano —muy a mi pesar; ya que yo venía en son de paz y dispuesto a pagarle un buen dinero por el desalojo— de los tribunales, soy abogado para que lo sepa, y no tengo ningún temor a verme en un juzgado reclamando lo que es mío.

— Yo no soy abogada y tampoco tengo ningún miedo, no se crea que estoy sola en este mundo. Tengo cinco hijos que responderán por mí y moverán lo que tengan que mover, sin ser abogados, para defender nuestra postura. Sepa que no le va a ser tan fácil echarme de aquí. Hace casi sesenta años, cuando mi marido, que en paz descanse, y yo firmamos en este contrato —el mismo que encontrará aquí en esta carpetilla— un anexo a ese acuerdo; una cláusula, por la cual mientras abonásemos las cantidades estipuladas de arriendo, con sus subidas reglamentarias, claro está, acorde a la ley; no seríamos desalojados de aquí mientras viviésemos alguno de los dos. Es más, en previsión, se firmó otra cláusula donde dice que si alguno de nuestros hijos permaneciese soltero a nuestra muerte y habitando con nosotros, automáticamente la vivienda pasaría a él, con las mismas condiciones.

Todo eso lo dice aquí en estos papelitos, que mire usted, yo me he pasado media noche leyendo. Cosa que usted no ha hecho.

— Veo que abusaron de la buena voluntad de mi padre. Pero hay otras alternativas…

— Nosotros no abusamos de nadie, en aquella época esos contratos de arrendamiento eran normales. Su padre tiene muchas casas arrendadas, solares enteros. Sí, las cantidades son bajas, pero un poco de aquí, un poco de allá hace mucho. Esas rentas irrisorias le han pagado a usted su carrera, su master en Estados Unidos, las carreras de sus hijos… ¡ah! Y el chalet, casi una mansión que ha regalado a su hijo… ese que se va a casar y para el que —según sus palabras— quería esta humilde casa.

— La veo a usted muy enterada de todo —dijo de mala gana el casero.

— Ya le dije que su padre y yo echábamos algunas parrafadas, el buen hombre siempre que venía tenía la costumbre de sentarse un ratito y tomarse una copita de moscatel y unas pastas. Como dijo usted mismo, eran muchas escaleras ya para el pobre hombre. También me contó la barbaridad que le hizo usted firmar, esa hermosa casa de la calle Amparo —la casa donde usted nació— declarada en ruinas gracias a las influencias de sus amigos, porque el edificio estaba perfectamente. Todo por vender un buen solar, pero fue muy goloso que le pusiesen a uno muchas fajos de billetes en la mano ¿verdad? El pobre Don Agapito lo pasó mal, ya me dijo que se sentía viejo y que le había dado plenos poderes, por eso no me ha pillado usted desprevenida. Y le aviso de otra cosa, si su alternativa es hacer con este edificio lo mismo, ya le dejo claro que no. Otros inquilinos, junto a mi hijo mayor ya han movido los resortes necesarios, y este inmueble —que dicho sea de paso, aguantó la explosión de una bomba durante la guerra— no está en estado de ruina, todo lo contrario, los peritos han certificado que sus cimientos son tan resistentes como los del Monasterio del Escorial, y esos ya han visto muchas batallas. Ahí, en la carpetilla también tiene los papelitos correspondietes. Así que señor mío, ni yo terminaré mis días en una residencia de ancianos, ni su hijo vivirá en pleno centro de la ciudad. Pero disfrutará de un buen chalet con terrenos, donde seguramente podrá cultivar un huertecillo, y criar gallinitas y ovejitas.

— Ya hablaremos más despacio… ¡esto no se va a quedar así…! —Don Alejandro De la Fuente se levantó airado de la silla.

— Cuando usted quiera, señor mío, pero le aconsejo que la próxima vez traiga los deberes hechos y no pretenda engañar a pobres ancianas solitarias, pueblerinas y sin estudios. 

¡¡PLOFFFFFFF!! El portazo retumbó en toda la casa. Doña Pilar suspiró.

— ¡Vaya! Al menos me ha ahorrado tener que levantarme a cerrar la puerta. 

La anciana satisfecha encendió el pequeño transistor que siempre tenía en el bolsillo de su bata y que siempre sintonizaba la misma emisora. Era su día de suerte, justo en ese momento comenzaba una de sus melodías favoritas. Sí, aunque fuese hipotéticamente, se merecía un brindis. 

FIN