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jueves, 23 de junio de 2011

JUICIO DEL AGUA II - Deneza


II

DENEZA


Rennes (Bretaña) 1231


Habían pasado quince días desde el terrible juicio que conmovió a toda la población. En el castillo de los condes de Rennes todo era silencio y pesadumbre, tan sólo, interrumpida en escasos momentos por los susurros de los sirvientes. Las autoridades civiles y el Inquisidor General, junto a sus séquitos, habían sido despedidos por el conde, sin muchos miramientos. La Inquisición era una institución temida, pero el conde era un joven valeroso que contaba con la protección del Rey, además en esta ocasión, Fray Mazhe de Borgoña, poco tenía que decir ya que aquella prueba inhumana había confirmado la inocencia de aquella pobre muchacha.

Erwan, el conde, se había encerrado en sus aposentos, sin querer ver ni hablar con nadie. Tan sólo  permitía la entrada a su viejo mayordomo Marven.

La condesa tampoco salía de su habitación, donde se había encerrado nada más ver aparecer a su  esposo. Ni siquiera para interesarse por su hija, la pequeña Gwenn, que no había cumplido aún el año de edad, dejándola al cuidado de sus camareras. Era Maela su aya, quien la acompañaba durante esas horas de voluntario exilio.

Pero pasados esos primeros días de dolor, Erwan empezó a salir, a pasearse por las dependencias del castillo, a preguntar aquí y allá que es lo que había pasado en su ausencia, que había podido ocurrir para que todo terminase en algo tan horrible como era la pérdida de una vida humana. 

Cuando sus camareras confirmaron a Deneza que su esposo se había decidido a dejar sus aposentos y estaba preguntando a toda la servidumbre, comenzó a temblar. Registró cada rincón de su habitación y se dio cuenta que no se había desecho de aquel frasquito verde que podía ser su perdición.

Con él en la mano, comenzó a pasearse nerviosa, no sabía que hacer con esa prueba, debía haberse deshecho de ella mucho tiempo antes, ahora ¿dónde arrojar aquel líquido? Inmersa en sus pensamientos, no se dio cuenta que la puerta se abría y ante el dintel aparecía la figura alta de Erwan. Deneza, al ver la poderosa figura de su esposo, dio un respingo y escondió tras su espalda la mano que sujetaba el frasco.

Aquel gesto, no pasó inadvertido por su esposo que la requirió:

— ¿Qué tienes ahí?, ¿qué escondes, Deneza?

— No escondo nada, es que… tu entrada imprevista me ha asustado, eso es todo.

— Te has asustado por otros motivos, has escondido la mano derecha donde tenías algo. ¡Enséñamelo!

La condesa conocía lo suficiente a su esposo para saber que no tenía nada que hacer, y le entregó el frasco.

— ¿Qué es esto? —preguntó destapando el pequeño objeto, y oliendo su contenido— ¡Esto es cicuta!, reconozco ese olor, ¿por qué tienes tú algo que en manos inexpertas puede resultar peligroso?

Al sonido de las voces, Maela, la aya de Deneza, acudió presta. La mujer, al ver la situación, se quedó pálida como la muerte.

— ¡Deneza, te exijo que me digas para que querías tú esta pócima!

La condesa seguía sin despegar los labios, Erwan sabía que su orgullo y altanería le denegarían la respuesta que buscaba y se volvió al aya.

— Dime Maela, que hace esto en poder de tu señora, dímelo si no quieres que mande azotarte. 

La mujer, presa del miedo, comenzó a temblar y casi no le salía la voz del cuerpo cuando contestó:

— Es… es un preparado que mandó el cirujano a mi señora para hacer la digestión.

— ¡No mientas bruja del demonio! Sé bien que ningún preparado estomacal lleva cicuta; esa planta empleada en dosis inoportunas es un veneno muy potente. 

— ¡Deja a Maela! ¡todo es culpa mía, yo y sólo yo utilizaba este líquido! —dijo Deneza.

Erwan se sentó en el taburete, de repente sintió que su cuerpo, preparado para las batallas, flaqueaba ahora al amparo de su propia casa. 

— Entonces son ciertas las sospechas de Marven… es cierto lo que algunas de tus camareras me han contado. Tú estabas dando esto a la niña para provocarla malestar y vómitos, y luego cargar con la culpa de su enfermedad a Enora ¿es cierto? —rugió.

— ¡Jamás hubiese matado a nuestra hija!, sabía de forma precisa la cantidad que tenía suministrarla, una única gota en la leche. Yo sólo quería que esa bruja pagase el daño que me estaba haciendo.

— Tú fuiste, junto con esta bruja de tu aya, las que corristeis la voz de que cada vez que Enora daba de comer a la niña, ésta se ponía enferma, alegando que como su madre había sido curandera, estaba usando malas artes con la pequeña.

— Yo no dije que fuese bruja, jamás salió esa palabra de mis labios, ni tampoco juré ante el inquisidor que por las noches la veía caminar con un gato negro, ni que de su boca salían sonidos extraños. Todo eso lo dijeron otros, no yo.

— Sí, a ti te bastó con sugerir que cada vez que la muchacha se acercaba a nuestra hija, ésta enfermaba. Fue muy sutil, jugaste con la ignorancia y la imaginación de gente analfabeta y supersticiosa. Tú, precisamente tú, que gracias a tu padre tienes una educación privilegiada, tú que has leído, que has tenido tutores y maestros, que has tenido un privilegio que pocas mujeres —incluso de tu posición— han disfrutado. Eso fue lo que me enamoró de ti Deneza, tu inteligencia y tu educación, más que tu belleza.

— No, Erwan, tu amor por mí ya pasó, no sé si fue mi inteligencia o mi belleza lo que te atrajo, eso ahora no importa. Admite que de un tiempo a esta parte ya no me amabas. Enora me estaba robando tu cariño ¿no lo ves?, ¿no lo entiendes?, era ella o yo. No podría soportar compartirte con nadie, y menos con una advenediza, con una criada. Cada vez maldigo más el día que entró en nuestras vidas. —Los ojos de Deneza lucían el brillo de los afiebrados.

— ¡Estás loca!, tus celos te han trastornado. Desde este momento te repudio Deneza de Melq. Prepara tus cosas, mañana mismo, tú, y tu aya partiréis lejos, no quiero volverte a ver más en todo lo que me reste de vida. A primera hora partirás al convento de Sant Malo, y allí permanecerás hasta que Dios, Nuestro Señor, te llame a su lado. Al fin y al cabo él es el único que puede juzgarte. En el convento serás una religiosa más sin ningún privilegio. Ahora comprendo tu afán por alejarme del castillo, comprendo el interés que tenías de mandarme a batallar junto a nuestro rey, cuando éste me había dicho que eran escaramuzas sin importancia y que no me necesitaba. Sabías que conmigo aquí no hubieras podido salirte con la tuya. Fuiste muy hábil, y rápida, muy rápida, sabías que no iba a estar demasiado tiempo fuera; así que en cuanto el campo estuvo abonado y la gente preparada, no tardaste un minuto en llamar al Inquisidor General —aprovechando su estancia por estas tierras— y armar toda este cruel engaño.

El conde salió a la galería y reclamó a voces a uno de sus capitanes, que llegó de inmediato.

— Capitán Ael, prepara un pequeño séquito con tus mejores hombres, mañana daréis escolta a la condesa. Creo que es el mejor lugar para ponerse a bien con los hombres y con Dios. Antes de partir te daré una carta que debes entregar a la Abadesa, te hago responsable tanto de mi esposa como de esa carta que sólo entregarás a la superiora, ni la condesa debe leerla.

Deneza que hasta el momento se había quedado paralizada, se arrojó a los pies de su esposo.

— Por favor, trátame como quieras, no me hables, mantenme encerrada en esta habitación de por vida, pero no me alejes de mi hija. Una niña tan pequeña necesita una madre.

— No, Deneza, no te necesita, siempre tendrá quien la cuide, y me tiene a mí, su padre, un padre que sabrá educarla en la justicia y el amor a sus semejantes. Tú sólo sabrías meterla el veneno que llevas dentro. No puedo apiadarme de una madre a quien no le tembló la mano a la hora de enfermar a su hija con tal de asesinar a una inocente. Por que eso es lo que has hecho tú, Deneza.

— Yo no he matado a nadie… la gente y sus murmuraciones… los jueces… el Inquisidor… todos estuvieron de acuerdo… 


 — Tienes razón, tu mano no mató directamente a Enora, pero fuiste la maquinadora de su muerte, que es igual o peor que si la hubieras empujado tú misma al pozo.

— Todo lo hice por amor, tú no lo entiendes, fue simplemente amor, si tú me hubieses dejado, me habría muerto de dolor. ¿No me entiendes Erwan? Ella estaba levantando un muro entre nosotros.

— No, Deneza, eres tú quien no entiendes, ni has entendido nunca nada. Porque realmente tú nunca me has querido, sólo te has querido a ti misma, jamás entenderías el sentido de un amor puro, sincero y sin ninguna maldad; el mismo que yo sentí y siempre sentiré por Enora.

A la mañana siguiente, Erwan no salió a despedirse de su esposa, aún no había aparecido el sol en el horizonte cuando subió a una de las almenas y, allí, vio partir la pequeña comitiva. Mientras sus ojos veían marchar a Deneza, su mente viajaba en el tiempo…