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jueves, 16 de junio de 2011

MUÑECA ROTA


Había dado permiso a toda la servidumbre, Carlota quería estar sola. Descalza y lentamente, casi, casi, flotando —sus pies parecían no tocar el suelo— ese suelo artesanal de madera maciza artísticamente elaborado en exclusiva para ella. Como casi todo, muebles, cortinajes, iluminación… que formaba parte de aquella mansión de lujo en Beverly Hills, había costado una fortuna.

Carlota se lo podía permitir, desde hacía muchos años, desde su más tierna infancia, había sido una máquina de hacer dinero.

La mujer recorría su casa como si la contemplase por primera vez, como si fuese una extraña que sólo estuviese de visita; como si durante años no hubiese formado parte de aquel decorado. Sus ojos desvaídos miraban sin ver, sin ser conscientes de lo que tenía a su alrededor, de todas las riquezas allí acumuladas.

El silencio era espeso, de ser algo consistente se podría cortar, sobrecogedor, irreal, incluso inhumano, sólo el vacío podía contener un silencio así. El ris-ras del roce de la bata de seda de Carlota con los peldaños de la escalera quitó cierta tensión a esa quietud demoledora.

Ya en su dormitorio, comprobó que su doncella le había dejado todo preparado, la inmensa bañera-jacuzzi llena y con abundante espuma tal y como le gustaba, la cubitera conteniendo una botella de champagne y su copa favorita, una copa de cristal finísimo de Bohemia, cuya base y borde eran de oro —aquella copa de la que se encaprichó en la recepción de aquel jeque árabe, que no tuvo ningún problema en regalársela; —aún sabiendo que con ello la lujosa y cara cristalería quedaría incompleta— Fue su pago a cambio de una noche de amor. Noche que hubiese valido, para él, la vajilla completa; para ella, tan sólo una noche más de náusea y soledad.

Desanudó lentamente la bata y esta se deslizó suavemente por su cuerpo. No quería mirar, pero no se pudo resistir, una especie de imán —o simplemente, el fulgor del brillo de los diamantes repujados en el fino marco de marfil del enorme espejo ovalado de cuerpo entero, ante el que tantas veces se había vestido para las interminables fiestas, o desnudado para sus supuestas noches de descanso o de placer—  lo que atrajo su mirada. Y lo que vio volvió a causarla horror y pena, mucha pena.

Aquel hermoso espejo solo era capaz de reflejar un cuerpo maltratado, un cuerpo que solo era un manojo de huesos, un cuerpo que era una vulgar caricatura de esos esqueletos que en las aulas servían para adoctrinar a los alumnos de ciencias naturales o de anatomía. Clavículas, costillas, fémures, rótulas… no solo se marcaban, parecían querer salirse de su piel. Una piel amarilla, ajada, que solo la millonada gastada en cremas de las mejores marcas podía disimular.

Vestida, y cubierta de costosos cosméticos, Carlota podía parecer lo que no era, una muchacha hasta hermosa. Pero cuando el algodón y la desnudez la visitaba cada noche, se daba cuenta de lo que era en realidad. Y Carlota no era nada, o al menos no era ni una sombra de lo que fue. 

La niña prodigio, la niña que tocó la luna… que poseyó el universo, se había convertido en un despojo humano, una muchacha en la plenitud de la juventud convertida en una vieja prematura y asqueada.

Una muñeca rota explotada por todo y por todos. Primero, sus padres que vieron, en su preciosa princesita, una forma fácil de ganar dinero. 

Luego, sus managers y empresarios, que iban viendo cómo peligrosamente la niña crecía, y con ese desarrollo natural se les acababa la gallina de los huevos de oro. No, necesitaban tiempo para asentar el éxito de la Carlota mujer y decidieron prolongar la niñez de una adolescente cuyas curvas ya ansiaban pronunciarse, y fueron contenidas por medicamentos para alterar las hormonas y dietas drásticas que terminaban en vómitos  cada vez que llevada por una ligera rebeldía infantil, o por el hambre acumulado, se las saltaba.

Nunca se sintió querida, ni siquiera los hombres a los que primero se entregó por amor, luego por despecho y ya últimamente por rutina, la habían amado. 

Pero de cara a la galería, Carlota Reynolds era la mujer más codiciada, más deseada y más envidiada del mundo. Saliendo de las fiestas más selectas, envuelta en sedas, pieles y las mejores clases de telas manipuladas por los mejores diseñadores de moda, aderezada por los más sutiles y glamorosos complementos y colgada del brazo del actor, director, empresario más famoso del momento —ésos que luego la usaban y la tiraban— era la figura destacada. 

Subida en la pasarela iluminada por numerosos focos, era la estrella rutilante.

Sola en la desnudez de su habitación era, sólo la princesa hecha jirones.

Había tomado la decisión, nadie la manipularía más, por una única vez iba a tomar el rumbo de su vida.

Un pie… el otro pie… despacio… muy despacio se sentó en la bañera que cubrió su deforme cuerpo hasta el cuello. Luego, tal y como pensaba un ligero dolor, nada más. Tomó la copa medio llena de ese líquido dorado que la había acompañado en tantas ocasiones, un sorbo… otro sorbo. Sintiendo la presión de las burbujas en su paladar, la luz de la luna blanca y redonda —la única luz de la estancia, que penetraba por el gran ventanal — en su retina, su melodía favorita en sus oídos; Carlota fue sintiendo cómo la embargaba esa paz interior que tanto necesitaba. 

“Ahora todo está perfecto”  —pensó. Quizá sólo le faltaba algo, la compañía de su preciosa caniche, Mikaela, seguramente el único ser que la había querido en la vida.

Lentamente, como el hilo rojo que brotaba de sus muñecas rotas, Carlota, se fue sumiendo en un dulce sueño, el sueño que la alejaba de aquella absurda pantomima que había sido su vida.

FIN