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jueves, 21 de julio de 2011

VERDAD ABSOLUTA


Y allí estaba yo, sentada frente a un grupo de desconocidos que pretendían saber más de mí que yo misma. Las siete personas que ocupaban el estrado me miraban fijamente, de vez en cuando, el más anciano de todos —un hombre completamente calvo, de cabeza pequeña y nariz enorme, de cuya punta ganchuda colgaban unas lentes pequeñas y redondas— se permitía el lujo de cuchichear con el resto.

Yo no podía escuchar lo que decía pero, seguramente, no era nada bueno; la manera inquisitiva de mirarme lo decía todo. Estaba dispuesta a aceptar el castigo que quisiera imponerme aquel consejo de viejos caducos, de mente estática que no eran capaces de renovarse. Estancados en aquellas leyes ancestrales —que algún antepasado remoto grabó en aquella maldita piedra,  y cuyos signos sólo podían descifrar los siete elegidos— mis jueces.

Según ellos yo había vulnerado la ley, una mujer, y además joven, se había atrevido a ignorarles, había pasado de sus “mandamientos” y había utilizado mi magia —según ellos— mis conocimientos según mi propia convicción para intentar descifrar lo que decían aquellos garabatos sin sentido. Y eso no les había gustado nada, era obvio que no querían que nadie pudiese leer aquello, ¿miedo quizá a perder su supremacía sobre el resto? Sí, sin ninguna duda, pude oler el terror que emanaba su piel cuando me vieron junto a la piedra intentando leerla. Les vi aproximarse jadeantes y sudorosos, hasta que sus huesudas y asquerosas manos me aferraron con fuerza y me llevaron a las mazmorras.

Estaba tranquila, en realidad sabía  lo que me esperaba, no sería la primera ni la última a quien le ocurría esto. Era consciente del riesgo que corría enfrentándome a ellos y desafiándoles, de hecho mi abuela y mi madre sufrieron el mismo castigo que yo iba a recibir. 

Sabía que mis ojos serían ofrecidos en sacrificio a aquel Dios de piedra que ellos veneraban, así jamás podría profanar su sagrado texto pétreo. Pero lo que ellos ignoraban era que yo, a diferencia de mis antecesoras,  había sido capaz de descifrar aquel mensaje. Podrían robar mis ojos, pero jamás robarían ni mi alma, ni mi entendimiento. Ahora sabía que todas aquellas leyes radicales eran falsas patrañas para sembrar el miedo y seguir dominando a golpes de ignorancia y temor, marcaría aquellas palabras en lo más profundo de mi mente y de algún modo conseguiría extender su contenido, sólo difundiendo lo que estaba escrito en la piedra sagrada alcanzaríamos la libertad:

“Nunca intentes encontrar verdades absolutas, nadie tiene ese monopolio. El más sabio puede cometer tremendos errores. ¡Maldito aquel que imponga, castigue, maltrate y asesine por defender sus ideas, porque su verdad nunca será la del resto”

FIN