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jueves, 25 de agosto de 2011

ALEXANDER




Estagira, año 384 a de C.

Aquel día en el ágora no cabía un alfiler. Toda la ciudad se había dado cita allí, de todos es sabido que los griegos eran muy aficionados a reunirse en sus plazas públicas. En aquellos lugares se forjaban todos los intereses del pueblo griego. De allí salían sus grandes pensadores y políticos. Allí se dictaban leyes y se ejecutaban todos los actos importantes.


Y uno de esos actos iba a realizarse aquel día. Los ciudadanos destacados de Estagira ocupaban sus sitiales de honor y el populacho de pie, ocupaba los pocos sitios que quedaban libre agolpándose unos contra otros. Uno de sus ciudadanos iba a ser homenajeado. Alexander, el gran orador. 


Ya desde pequeño había dado muestras de una clara inteligencia. Viajero infatigable, había recorrido cada rincón del país. Pero Alexander no era un retórico cualquiera; paseaba por las calles y plazas, se mezclaba con la gente, hablaba con todos; desde el más poderoso al más humilde, y luego tras escuchar atentamente, confeccionaba sus discursos. No tenía pelos en la lengua, tanto le daba atacar a los ilustres, siempre que tuviera que defender a los más desfavorecidos. Pero también era un hombre justo, que muchas veces había destapado las mentiras que muchos humildes lanzaban en contra de los poderosos para obtener algún beneficio.


Alexander, un hombre ya casi anciano, terminaba su discurso de agradecimiento, y en breve, el gran lienzo blanco que cubría la estatua iba a ser retirado.


El clamor no se hizo de esperar, la estatua era un hermoso coloso, que mostraba a un Alexander aún joven en la plenitud de su madurez.


El orador no pudo contener la emoción, y las lágrimas brotaron de sus ojos, ante el espléndido regalo que le hacía la ciudad que le vio nacer.


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Estagira, año 374 a de C.



Nicómaco —el médico del Rey Amintas— caminaba por la ágora seguido por su hijo, el hombre caminaba deprisa y el niño hacía grandes esfuerzos por seguir las largas zancadas de su padre. 


De repente el niño se paró, sus grandes ojos negros, profundos e inteligentes, de los que emanaba una gran curiosidad se posaron atentos en un grupo de soldados que estaba desmantelando el gran coloso de la plaza.


— Padre, ¿por qué esos soldados están destruyendo la estatua de Alexander?


— Aristóteles hijo, tienes que empezar a comprender que los grandes hombres, también tienen grandes enemigos. No a todo el mundo le gusta escuchar las verdades, eso escuece y crea enemistades.


—   ¿Qué pasó?


— Mira hijo, Alexander a los pocos meses de ser homenajeado aquí, viajó a Atenas con la mala fortuna de que coincidió con las fiestas de Palas-Atenea. Uno de los ritos en honor a la Diosa era el sacrificio de una doncella virgen, preparada para tal efecto desde su más tierna infancia.


Alexander jamás estuvo de acuerdo con los sacrificios humanos. Él pensaba que ningún Dios tiene derecho a reclamar una vida humana. Su protesta fue muy enérgica. No se llegó a saber si sus palabras hicieron eco en algún sector insurgente de la ciudad, o bien fue un acto de vandalismo sin más, pero el caso es que alguien profanó el templo y destruyó las figuras de Atenea. De ese desafortunado asunto se aprovecharon sus enemigos y le acusaron de aquello.


Y pagó muy caro aquel acto, sin que realmente los jueces tuvieran constancia o pruebas convincentes de su culpabilidad. Se le juzgó y se le impuso la  pena capital. A los pocos meses ésta fue ejecutada por su propia mano; él mismo tuvo que poner fin a su vida bebiendo un vaso de agua que contenía cicuta. Ahora incluso muerto, aún siguen castigándole. Y la última aberración contra él, es destruir todas sus obras y derrumbar todas las estatuas que en un tiempo le rindieron homenaje. Quieren que no quede ningún recuerdo físico de su existencia, pretenden que con eso nuestros corazones olviden que vivió entre nosotros, que ignoremos lo que nos ayudó, que omitamos lo que nos enseñó. De héroe aclamado por todos, ha pasado a ser un ídolo caído.

— Padre, yo no pienso que sea un ídolo caído, para mi siempre será un protector de la humanidad, y su recuerdo siempre permanecerá en mi corazón. 

— Vamos Aristóteles, el rey nos espera.


Nicómaco visiblemente emocionado, tanto por el recuerdo como por las palabras de su hijo, tomó fuertemente su mano y ambos se encaminaron con paso lento hacía el palacio.


FIN