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domingo, 7 de agosto de 2011

AMBICIÓN CORROMPIDA


“Cariño mío, sé que hice mal. Fui un mal nacido —por usar un apelativo suave—  Ya sé de sobra que nunca te gustaron las palabras malsonantes.  Jamás podré perdonarme el daño que te he hecho, por favor, te ruego que no acudas a esa cita. Me da igual lo que pase conmigo, no me importa nada mi destino, lo mismo da sí termino en la cárcel por deudas, como si termino tirado en alguna cuneta asesinado por los esbirros de “Il Biondo“. Mi amor, la vida sin ti ya no tiene sentido. Cada vez que recuerdo lo que hice anoche, cada vez que evoco la pasada escena entre la nube de tabaco y los vapores del alcohol no me reconozco. ¡Como pude cometer esa vileza! Yo, uno de los hombres más afortunados de esta zona del país y descendiente de una de las familias de más abolengo de La Campania”.


Al llegar a este punto, el hombre que ocupaba la habitación 56 de aquella lujosa residencia de ancianos —situada frente al mar en uno de los parajes más hermosos de Italia y sin duda de todo el planeta—  rompía en el llanto más desconsolado.


Una mujer ya madura, le contemplaba desde el umbral de la puerta. Era la única visita que recibía aquel anciano, pero nunca pasaba de la puerta. Acudía puntualmente muy temprano cada mañana de sábado y permanecía no más de quince minutos allí, contemplando aquella figura consumida por el tiempo y el dolor. Desde hacía más de dos años ese era su ritual. Y aquel hombre ni siquiera la miraba, nunca fue consciente de la sombra que le contemplaba desde el quicio de la puerta.



— Buenos días señora —la cuidadora que pasaba con la bandeja del desayuno sobresaltó a Nelleta que estaba inmersa en sus pensamientos contemplando al hombre lloroso. No era la cuidadora habitual que solía atender al anciano así que supuso que sería nueva— Pobre hombre siempre está así, se pasa horas y horas sentado en la silla contemplando ese retrato con el que habla; lo acaricia, lo besa y siempre termina llorando desconsoladamente. ¡Que lástima verlos así! ¿verdad? Yo pido cada día que mis padres sigan aún juntos mucho tiempo, son tantos años compartiendo su vida que estoy segura que el día que falte uno de los dos será el final del otro. Imagino que la mujer del retrato debe ser su madre, era muy hermosa, no me extraña que su padre haya caído en este estado.


— Ese hombre no es mi padre —cortó secamente.

—  ¡Oh!, lo siento yo pensé… en fin que a estos lugares por caros y lujosos que sean sólo suelen venir los parientes más cercanos…

— No importa, usted no tenía porque saberlo —dijo Nelletta mientras sacaba un billete de su monedero y se lo tendía a la cuidadora— Por favor, mientras esté a su cargo, cuídelo bien.

La parlanchina mujer no hizo ningún gesto de desaprobación, tomó el dinero sin inmutarse y se lo guardó dentro del sujetador.

— Es que no nos consienten coger propina, dicen que ya nos pagan suficiente ¡ja!, ya quisiera verles yo criando cuatro hijos y con el marido en el paro. Gracias señora una ayudita no viene nada mal. ¿Viene usted muy a menudo por aquí? No lo digo por nada, ya sabe usted, es que así podría comprobar usted misma el trato que recibe este señor. Me llamo Tatiana, señora, si viene en alguna ocasión y no me ve por aquí, no dude en buscarme y pedirme cualquier cosa que necesite.

Nelletta miró a la mujer con frialdad, sabía lo que escondían las palabras serviles de, esa mujer. Solapadamente le estaba diciendo que esperaba verla para recibir su  propina asiduamente. Ahora comprendía porque había tenido el reflejo espontáneo de ofrecerle dinero. Algo que jamás le había ocurrido antes con el resto del personal. Cada vez tenía más claro a donde podía llegar la ambición humana. Ella mejor que nadie lo sabía.

Salió de allí con paso rápido, ni siquiera se despidió de Tatiana, el comportamiento de aquella mujer la había traído malos recuerdos, necesitaba salir de allí y tratar de tranquilizarse. Antes de coger el coche decidió sentarse en uno de los bancos situados frente al mar. Nelletta vivía en Nápoles, pero siempre había amado la costa Amalfitana plagada de acantilados y en especial adoraba Positano donde tenía una villa para los fines de semana y el período de vacaciones. Encendió un cigarrillo y lentamente fue aspirando su humo junto a la brisa marina. Cerró los ojos y sintió el roce de la humedad en su rostro.

No sabía que era lo que una y otra vez la arrastraba hacer aquella visita semanal, pero siempre que pasaba por Sorrento de camino hacía su villa algo que no podía explicarse le hacía detenerse en aquella residencia situada frente a la costa —que tampoco tenía ningún reparo en pagar a pesar del alto coste de las facturas—  y pasar unos minutos contemplando al hombre que había sido el causante del mayor sufrimiento de su madre. Mario di Egidio, el apuesto, joven, y rico heredero de una de las mejores familias napolitanas y que se enamoró perdidamente de una joven modista sin medios, Paola. No importaron los impedimentos de la familia —que pretendían emparentar con otra rica familia— ni tan siquiera los comentarios de los amigos. Todo fue inútil, la pareja contrajo matrimonio y poco a poco la educación, la dulzura y la belleza de Paola fue ganando terreno a los prejuicios iniciales.

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Todo iba viento en popa, la pareja cada día era más feliz, hasta que arrastrado por alguna mala compañía, Mario empezó a frecuentar garitos de juego. El subidón de adrenalina que le proporcionaba el riesgo del juego, junto a pequeñas y fáciles ganancias que fueron aumentando de forma progresiva despertaron en Mario una enfermedad, latente pero oculta hasta entonces: la ludopatía.

Sin darse cuenta, las ganancias fueron disminuyendo, cuando ya estaba poseído por aquella tentación, sin apenas darse cuenta fue perdiendo. Pequeñas cantidades al principio, nada importante hasta que cegado completamente por aquella sin razón que le corroía por dentro empezó a perderlo todo.


Ni siquiera se dio cuenta de que en su última partida, la de la noche aciaga, Antonio Conte, el propietario de uno de los hoteles de lujo de Nápoles y de dos de los restaurantes visitados por la alta sociedad de la ciudad, se sentó a la mesa de juego. Lo que Mario ignoraba, es que esos tres locales de buen tono y alto standing era la forma en la que Antonio —conocido en los bajos fondos como “Il Biondo” debido al color de su pelo, algo inusual en aquella zona— eran los negocios legales que le servían para blanquear el cuantioso dinero que ganaba en sus tugurios de juego y prostitución.

Al principio Mario no sospechó nada, para él Antonio era alguien conocido, si bien no estaba dentro de su círculo de amistades más cercanas, era asiduo de sus restaurantes donde cenaba a menudo solamente con Paola o en muchas ocasiones rodeados de amigos. Incluso habían estado en varias ocasiones en la sala de baile de su hotel, un lugar conocido y donde la alta sociedad napolitana acudía con mucha regularidad.

La noche no fue propicia. Mario veía cómo iba perdiendo todo, de las grandes cantidades de dinero, fue pasando a las fincas y al final se jugó la casa, su mansión familiar, la casa donde habían vivido todos sus antepasados, donde había nacido y donde residía ahora con su amada Paola. Mario estaba al borde de la desesperación, empezó a darse cuenta que Antonio no era lo que parecía ser.

— Te propongo un trato amigo —dijo Antonio— La mala y la buena fortuna no son eternas, está claro que hoy no es tú día pero, quien sabe si ahora da un giro y te toca ganar a ti.

— No digas tonterías, ya he perdido todo lo que tenía que perder, no me queda nada. ¡Dios mío, como he podido ser tan estúpido!, de qué viviremos ahora, cómo voy a presentarme ante Paola en esta situación.

— Paola tiene mucho que ver en mi propuesta. Juguemos otra mano, o todo o nada. Si tu ganas te perdono la deuda y te devuelvo los pagarés a cuenta de todas tus propiedades, junto con el dinero en efectivo. Si pierdes, yo me quedo con todo —una sonrisa que a Mario le pareció la misma que podría lucir Satanás asomó a los labios de Antonio— y cuando digo todo, en el paquete incluyo a Paola, es una mujer bellísima que luciría como un diamante en cualquiera de mis burdeles ja,ja,ja,

Aquella atronadora carcajada heló la sangre de Mario, el corazón comenzó a golpear su pecho y tuvo la sensación de que una mano oprimía su garganta hasta asfixiarle.

— Pero Paola jamás aceptará algo así, te recuerdo, vil sabandija, que Paola es mi esposa no mi esclava, es una persona libre que no está expuesta a la compra o a la venta.

—  Te equivocas “mio caro amico”, ella aceptará. No he tenido un trato directo con vosotros, tan sólo hemos intercambiado los saludos corteses de rigor, y alguna que otra conversación social, pero la he observado en muchas ocasiones sé como actúa, sé también que es una mujer de principios que pagará su deuda, que es la tuya, al fin y al cabo tu ruina te la has buscado tú sólo, nadie te ha obligado a convertirte en un jodido ludópata, mientras que ella se puede convertir en tu salvación. Lo bueno que tiene trabajar y tener negocios cara al público es que te vuelven un poco psicólogo. — La forma de hablar serena, reposada e incluso con un matiz cálido en la voz contrataba con la máscara gélida que cubría el rostro de Antonio.

— ¿Qué te he hecho yo para que me odies tanto?

— No te confundas, ni pretendas valorarte más de lo que eres.  No te odio ni más ni menos que al resto de los de tu clase. Yo no era nadie, el hijo de un sencillo agricultor al que vi morir reventado a trabajar para poder pagar el arriendo de las tierras a un señor cada día más exigente que no le perdonaba una mala cosecha, aunque esta fuese debida a la inclemencias del tiempo. Fui testigo de cómo mi madre viuda y con tres hijos a su cargo se iba quedando sin vista obligada a coser horas y horas para podernos dar algo —más bien poco— de comer. Mi hermano mayor murió a causa de una paliza, le pillaron robando, estaba débil debido a la mala alimentación y se les pasó la mano, sólo quería robar un poco de comida para nosotros, a veces la vida humana tiene sólo el valor de una pieza de salami y una hogaza de pan.

Mario estaba hundido, no le quedaban ni fuerzas para coger a aquel cabronazo y retorcerle el cuello, o al menos intentarlo, sabía que sus esbirros jamás lo consentirían y se vería en el trance de perder lo único que le quedaba, su vida. Pero eso tampoco le importaba demasiado, simplemente ya no le quedaban fuerzas ni para el arrojo, ni para lanzarse a la desesperada. Sólo era consciente de que aquel individuo vengativo y resentido le iba a cobrar algo de lo que no era responsable. Aunque en algo si tenía razón, aquel maldito cabrón, él era el único responsable de su desgracia.

Mario jugó, la desesperación, la ingenua certeza de que el cielo no permitiría que arrastrase a Paola a aquel pozo de fango, la creencia de que Paola jamás se avendría a algo así, o simplemente ese punto de ambición corrompida, en el fondo quería recuperar todo, era sólo una jugada, en el que las fuerzas estaban medidas, uno contra uno y las cartas sin marcar —Antonio se lo había asegurado y él a pesar de notar en su gesto y su mirada que no le mentía lo había comprobado— La suerte estaba echada, él, Mario di Agidio no se resignaba a convertirse en un don nadie, él que lo había tenido todo no podría salir adelante sin nada. En el fondo de su alma ambicionaba ganar.

Pero la fortuna es caprichosa y Mario no ganó. Paola cumplió su deuda, y a pesar de los ruegos de Marío hizo su maleta en silencio. Estaba dolida, enfadada, y sobre todo defraudada de la vida. Por negro que fuese su destino nada podía ser peor que el desengaño de verse traicionada por el hombre al que se había entregado en cuerpo y alma, a quien hizo partícipe de sus ilusiones, de sus miedos, con quien había compartido la riqueza y con quien no la hubiese importado vivir en la pobreza, después de todo ella era de origen humilde, jamás lo negó ni pretendió ser lo que no era, nunca se avergonzó de lo que había sido en el pasado, porque no había nada de que avergonzarse. De sus labios no salió ni una palabra de reproche, ni un gemido, se fue dando un fuerte portazo, sabiendo que su silencio y el haber accedido al trato de Antonio era el mayor castigo que Mario podría sufrir.

Paola no terminó en un burdel. Antonio, al verla desvalida, pero digna, con su pequeña maleta en la mano donde llevaba lo poco que poseía, las pocas pertenencias con las que, un día feliz, entró en la Mansión Agidio ilusionada y con el corazón rebosante de amor; se apiadó de ella y le ofreció trabajo en su casa como ama de llaves. Al poco tiempo la piedad se convirtió en amor, un amor redentor, que transformó a ese hombre solitario, receloso y vengativo en una persona honrada. Paola no quiso saber nada de las riquezas mal adquiridas de Antonio, vendieron todo, incluso las posesiones de Mario, que Paola se negó a volver a pisar. Cerraron los garitos, se deshicieron incluso de los negocios legales, el hotel y los restaurantes, donando todo el dinero a asociaciones benéficas en especial de viudas y huérfanos, lo que hizo que Antonio se congraciase con el mundo que había odiado.

Con una pequeño capital se embarcaron en un pequeño negocio textil, iniciando ambos una nueva vida, al pasar el tiempo prudencial y ante la desaparición de Mario —nadie volvió a saber nada de él— Antonio y Paola pudieron casarse, el pequeño negocio se convirtió con el paso de los años en una próspera empresa, que ahora tras la muerte de sus padres, hacía varios años regentaba su hija.

Hacía ya más de dos años que un día por casualidad, Nelletta se tropezó  con un hombre anciano y harapiento que pedía limosna a la puerta de su negocio. Junto a él tenía un retrato, en ese momento supo que aquel hombre era el mismo a quien su madre nombró en sus últimos momentos.

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Nelleta Conte arrojó al suelo y pisó la colilla de su cigarrillo, se levantó y su vista se dirigió a la ventana que sabía era la de la habitación de Mario. Se le erizó la piel cuando vio el torso del hombre pegado a la ventana, abrazado al retrato de Paola, la sonreía a través del cristal. Era la primera vez en todo aquel tiempo que Mario la miraba.

FIN