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domingo, 25 de septiembre de 2011

EL ÚLTIMO VIKINGO


“En la batalla nunca debemos
Escondernos detrás de los escudos…
Mi armadura me dice: Alza la cabeza,
Donde la espada encuentra el cráneo.”
                                                        Harald Hardraade

                               
Veo esa pequeña y fina flecha volar hacia mí. Veo mi nombre en ella, mas no vislumbro entre las nubes a Odín —el padre de todos los dioses— con los dos cuervos sobre sus hombros; tampoco distingo el martillo de Thor —el dios del trueno y  las tormentas—. Ni veo surgir de entre los blancos nimbos al ejército de valquirias que debería conducirme al Valhalla, el paraíso de los guerreros. ¿Será que mi vida ha sido un cúmulo de insensateces? ¿Será que realmente he sido cruel y despiadado y los dioses me han vuelto la espalda?

Dicen que cuando una persona está a punto de morir ve pasar toda su existencia ante él. Ahora puedo asegurar que eso es una falacia, no es la vida lo que pasa ante mí, son los recuerdos los que acuden disciplinados y raudos a despedirme.

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Mi bautizo de sangre fue en 1030. Allí luché contra los malditos daneses en la batalla de Stiklestad. Nuestros taimados vecinos apoyaban a los rebeldes noruegos. Con apenas quince años vi al rey Olaf II, el mayor de mis hermanastros, morir a manos de los rebeldes. Yo mismo resulté gravemente herido, tuve que huir de mi tierra, escapar y viajar a Oriente, vender mi espada y mis servicios, cual mercenario, al mejor postor.

En aquellos momentos a nadie le importó mi crueldad. Cuanto más despiadado y más sanguinario era, más botines conseguía para mis jefes y para mí. Vagué por Rusia, Anatolia y llegué a Bizancio. Allí formé parte de la Guardia varega de la emperatriz Zoe Gorfirogueneta. Mi nombre se hizo famoso en todo el Mediterráneo, luchando contra árabes en Sicilia, Bulgaria e Italia. Me nombraron comandante de la guardia hasta que aquel avaricioso llegó al trono. Miguel, un vil usurpador que tras destronar y recluir a su tío en un monasterio, no dudó en deportar también a la emperatriz, su madre adoptiva, y mi señora.

Poco duró aquel alfeñique en el poder, era un simple aprendiz de tirano, un gato que quería ser león. No me quedó más remedio que tomar la justicia por mi mano y arrancarle los ojos. Sí, arrancarle sus míseros ojos, y en realidad le hice un favor, así no vio el caos que generó su mala gestión, ni cómo yo, el bárbaro guerrero venido de las tierras del norte, me apoderaba de su botín.

Me retuvieron en una celda de la cual me escapé y volví a mi tierra, a mi Noruega natal con muchas riquezas, tantas que el actual monarca —mi sobrino Magnus I “el Bueno”— que al no haber tenido hijos, no tuvo ningún pudor en venderme su trono por la mitad de mis pertenencias.

Yo hice que el nombre de mi patria fuese temido y respetado en todas las tierras del norte. Expandí mis dominios, anexioné territorios; dominé con mano férrea todo lo que poseía. Pero no me conformé. Quería la hegemonía de todo el Mar del Norte.

Fue mi sed de rapiña y avaricia de poder lo que me trajo a Inglaterra, dominada por estos estúpidos sajones y normandos, siempre batallando entre ellos. Reyes débiles pero crueles, que no dudan en traicionar y asesinar a sus propios hermanos, sangre de su sangre, si en ello les va el cetro y la corona. Al fin y al cabo, el viejo rey había muerto y yo también tenía mis derechos sobre esa corona.




Era mi momento de actuar, mientras ellos peleaban entre sí, yo entraría por el norte y me haría con su isla. Confié en mi fuerza no teniendo en cuenta la astucia de Godwinson, Duque de Normandía, que, ahora no tengo dudas, será el futuro rey de Inglaterra. Pensé que huían cuando fue sólo una estrategia, en cuanto vieron que mi ejército rompía filas, nos rodearon aprovechando nuestra indefensión. La batida en retirada llegó demasiado tarde para mí.

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Cuando los hombres de Godwinson —futuro Guillermo I “el Conquistador”— le confirmaron la muerte en la batalla de su rival, Harald III “el Despiadado” debido a una flecha que se le clavó en el cuello, cuenta la leyenda que el duque exclamó: “Contaba con ello, era sabida su fama de luchar con la cabeza alta; por eso os dije que a ese vikingo le daría seis pies de tierra inglesa, y uno más debido a su elevada estatura”.

FIN