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domingo, 11 de septiembre de 2011

EXPERIMENTO MALDITO (Final)




Tras el horrible asesinato del que la acusaban, la mente de Eliza se había quedado bloqueada, y durante mucho tiempo no fue capaz de apartar de su retina la imagen de aquella película a cámara lenta. Recordaba con total nitidez que había llegado puntual a la casa de Marc. A pesar de que a ella no le apetecía beber, él se empeñó en descorchar una botella de oporto y brindar por el éxito de su gestión. Pronto los dos hermanos podrían reunirse. De repente la habitación comenzó a girar a su alrededor y todo se volvió negro. Cuando despertó estaba tendida en el suelo, y a su lado yacía el cuerpo sin vida de Marc rodeado de un charco de sangre y con uno de los puñales de su colección de armas blancas clavado en su espalda.

Luego todo ocurrió muy deprisa, se levantó con torpeza y aún tambaleante, se dirigió hacia el teléfono y llamó a la policía.

Eliza, aún después de tanto tiempo, no había sido capaz de recordar que había pasado; ni los duros interrogatorios, ni su permanencia aislada en la prisión, le habían hecho recuperar la memoria, podía acordarse con total claridad su vida anterior y posterior al horrible suceso; pero ese espacio de tiempo, en el que se suponía que había cometido un asesinato, sólo era un lapsus vacío en su cerebro. Los médicos diagnosticaron un episodio amnésico temporal irreversible debido al fuerte shock traumático; con total seguridad jamás recuperaría esos momentos de su vida. Una pregunta martilleaba continuamente su cabeza. ¿Cómo había sido capaz de asesinar al hombre que había supuesto su salvación y prometía la de su hermano? Sí, ella había descubierto algo, algo horroroso sobre él, pero nada era más importante que rescatar al único familiar que le quedaba en el mundo y que tuvo que dejar con todo el dolor de su corazón al cuidado de unos vecinos, cuando apenas era un niño de poco más de nueve años.

El caso estaba claro desde los primeros momentos. Todas las pruebas la señalaban a ella. Varios testigos declararon haber estado presentes durante una fuerte discusión entre la pareja, donde ella había amenazado a Marc Rimbau en público, sus huellas en la daga, su ropa manchada de sangre, y lo más importante, nadie salvo ella había entrado en esa casa durante las anteriores veinticuatro horas. La policía no había encontrado indicios de que nadie hubiese forzado los accesos a la vivienda, ni se hubiese perpetrado ningún robo, todo estaba en su lugar. Eso sí, descubrieron que los asuntos del doctor Rimbau habían sido liquidados hacía dos semanas y el servicio había sido despedido dos días antes. Al parecer el señor Rimbau, un científico acaudalado y de mucho prestigio, había decidido regresar a su Francia natal y seguir desarrollando allí sus brillantes trabajos científicos.

Esta fue la pieza clave para establecer el móvil de Eliza, todo apuntaba a que había sido un crimen pasional, aquella judía alemana, que además había trabajado durante algún tiempo como puta en las calles más sórdidas de los bajos fondos londinenses, no había podido soportar el abandono. No pudo asumir que tan sólo había sido el objeto de una distracción pasajera, ni entender que un hombre de aquel prestigio jamás podría unirse a ella de forma permanente, y menos aún crear un vínculo legal con ella.

— El caso Rossenthal-Rimbau queda cerrado. —Fue más el fuerte golpe del martillo del juez que su voz rotunda lo que sacó a Eliza de su ensoñación.


A la muchacha ya no la quedaban fuerzas para gritar su inocencia, incluso ya tenía dudas al respecto. Tampoco la quedaban lágrimas que derramar, su cuerpo se había ido secando lentamente. Custodiada por los dos policías que caminaban un par de pasos por detrás de ella, comenzó a salir de allí. La gente que abarrotaba la sala se agolpaba en torno al pasillo por donde pasaba la acusada. Cuando estaba a pocos pasos de la puerta notó como algo la rozaba junto al bolsillo de la bata negra que le habían hecho ponerse para la vista.

Levantó la mirada del suelo y difuminado entre el resto de la gente que la contemplaba, le pareció ver, cómo un terrible espectro del pasado, el rostro de Marc. Fue sólo una milésima de segundo, la visión desapareció. El agotamiento físico y moral, la emoción, y sobre todo, el miedo a su inminente muerte, la estaba jugando una mala pasada; Marc había muerto hacía dos años, y ella había sido su asesina, Eliza fue consciente que su salud mental pendía de un hilo. Tampoco le importó demasiado, pronto iba a dejar de sufrir; volvió a dirigir la vista al suelo enlosado y siguió caminando arrastrando los pies, sin fuerza, cómo si la vida ya se le estuviese escapando de su cuerpo.

En su celda le esperaba doblada en una esquina de su camastro la ropa usual de presidaria, lentamente se sacó por la cabeza aquella especie de saco negro que había cubierto su cuerpo durante las largas sesiones del juicio. Eliza pensó con alivio que ya no tendría que volver a ponerse aquel saco oscuro, a menos que sus verdugos pretendiesen que fuese el sudario que la acompañase a la tumba. En ese momento sintió como algo caía al suelo rozando sus pies.

Eliza se agachó, era un papel que tenía varias dobleces; recordó esa sensación de roce en su cuerpo mientras salía del tribunal. Alguien se había apañado para introducir esa nota en su bolsillo. La muchacha con manos temblorosas fue desdoblando el papel:

“Querida Eliza:

Sé que te habrás preguntado qué pasó aquel día, como sé que en el fondo jamás creíste que tú fueses la causante de la muerte de Marc Rimbau. Ahora que ya ha pasado todo creo que antes de morir tienes derecho a saber la verdad, toda la verdad.

Ante todo quiero que sepas que no hubo ninguna premeditación en mi actuación. No querida, aquel día que me crucé contigo en aquel oscuro callejón, sólo vi una muchacha muy hermosa que podría darme el cariño que tanto me había faltado.


Hasta entonces mi vida había sido un calvario, siempre encerrado en aquella casona, llevando una vida fría y solitaria, con la única compañía de aquel ser despreciable, sí, en tu concepto y en el de toda la humanidad, ese hombre sería el equivalente a un padre o a un hermano, pero para mí era sólo un vulgar secuestrador, y yo imbécil de mí, le seguía el juego. Pero con el tiempo me fui haciendo más osado, y aprovechando las ausencias de mi carcelero, que tenía por costumbre salir todos los jueves —día en que también daba descanso a los sirvientes— y no regresar hasta el sábado, fui saliendo de aquella cárcel asfixiante, primero tímidamente, luego cada vez más audaz, ja,ja,ja. Los jueves y los viernes se convirtieron en mi solaz particular. Me divertía ver cómo podía usurpar su personalidad sin que nadie se diese cuenta de ello. Claro que también ayudó que ese pobre infeliz no tuviese apenas relaciones sociales y por supuesto a que llevase una vida sumida en el secretismo y en su bien ganada fama de científico prominente y sí, pero como todos ellos, algo excéntrico y huraño.

Eliza querida, tu jodida curiosidad vino a estropearlo todo, pero me dio la coartada perfecta para hacer lo que llevaba tiempo planeando. Aquel día tuviste que leer la carta donde ese estúpido comandante tan cercano al Fuhrer, uno de sus perros serviles y el que más estimula su locura de crear una raza perfecta, única, y capaz de imponer su hegemonía al resto de la humanidad; comentaba todo lo referente a ese gran proyecto, en el que Rimbau trabajaba para el gobierno alemán en el más estricto de los secretos.

Afortunadamente, lo que no ponía en esas líneas, era que ese experimento ya se había realizado hace años, aquel patán tuvo la pequeña iluminación de hablar en términos hipotéticos y teóricos, sin duda por temor a que la carta no llegase a su destino cayendo en otras manos.

Sí, pequeña, sé que me has visto esta tarde, y no, no estás loca. Marc Rimbau murió aquella noche, pero no fue tu mano quien clavó la  daga en su espalda, fue la mía, fue su ansiado experimento, su maldito clon, quien segó la vida de su creador, mientras tú dormías plácidamente bajo el efecto de la droga que te suministré en el vino.

Soy consciente de que tu siguiente paso puede ser entregar esta carta… pero no te lo aconsejaría, ¿quién iba a creer una historia tan inverosímil?, la humanidad no está preparada para un descubrimiento cómo ese, nadie en su sano juicio creerá que los seres humanos se pueden calcar a imagen y semejanza de otros. ¿Hombres convertidos en simples gemelos prefabricados, sin voluntad? Ja,ja,ja, vosotros, los seres que os llamáis racionales, sois tan jodidamente orgullosos… Eso era lo que pretendían, pero lamentablemente no contaron con que el proyecto experimental se les rebelase.

Lo más que podrías conseguir sería que te tomasen por loca, sí, con un poco de suerte conmutarían la pena de muerte por una estancia pagada y de por vida en uno de esos sanatorios psiquiátricos ingleses tan fríos e inhóspitos, donde un puñado de extraños diseccionarán tu cuerpo y tu mente mientras vivas. Yo no lo dudaría ni un momento, preferiría la corta agonía de una cuerda rodeando mi cuello.

Pero, tú misma, yo ahora desapareceré, tengo un destino previsto donde nadie podrá encontrarme jamás, además Rimbau tenía un aspecto tan corriente, tan poco personal, que sé que con unos pequeños retoques nadie podría reconocerme, en todo caso lo más que llegarán a pensar es que tengo cierto aire a alguien conocido.

Querida, espero que durante el poco tiempo que te queda, puedas perdonarme. Sé que es duro que el comienzo de mi vida suponga el final de la tuya, pero recuerda que solo soy un humilde clon sin voluntad propia, una fiel copia de vosotros mismos con vuestras grandezas y vuestras miserias".

JA,JA,JA

FIN