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jueves, 27 de octubre de 2011

DIÁLOGO



— Señor, no habéis comido nada. Ya sé que esta especie de líquido espeso, negro y apestoso no es nada apetecible, pero al menos os hará entrar en calor. Las inclemencias del próximo invierno ya se hacen notar en la ciudad y más aquí, en esta fría mazmorra donde no entra un ápice de luz y las piedras en vez de proteger de los rigores sólo rezuman humedad.

El carcelero contemplaba con lástima al hombre enjuto que, con la nariz pegada a un amarillento y usado documento, no cesaba de escribir a la luz de una miserable vela. Sobre una mesa coja y desvencijada continuaba, de forma casi compulsiva, rasgando la suave superficie del pergamino, apurando hasta la última gota de tinta.

— ¡Vamos don Miguel! No deje que se le enfríen las gachas, sino serán incomibles.

— No importa Petrucho, no tengo hambre y cuanto más secos estén mis huesos será menor el olor nauseabundo que emane de mi cuerpo.

— Señor no me llamo Petrucho, mi nombre es Jean —respondió el hombre sin poder evitar que su cuerpo se estremeciese. Le costaba trabajo asimilar que ese caballero estudioso, culto y de maneras tan correctas, terminase sus días de aquella manera tan monstruosa.

— Lo siento Jean, no sé porque cada vez que hablo contigo recuerdo aquellas páginas de mi libro “Diálogos sobre la Trinidad y De la Justicia”. Por alguna extraña razón que no llego a comprender, a no ser que sea debida al estado en que se encuentra mi atribulado espíritu, pongo a mi querido personaje —con quien mantenía aquellas charlas— tu rostro.

— No importa señor, llamadme como gustéis. Pero, ¿en verdad que vuestro caso no tiene remedio? ¿No hay forma alguna de que os conmuten la pena?

— Me temo que no amigo Petrucho. He llamado a todas las puertas. He escrito varias veces al tribunal y al Consejo de Ginebra demandando justicia. He recurrido a toda la lista de nombres y de altas instancias que creí podrían ayudarme, pero todo ha sido en vano. Me han cerrado toda vía de escape, durante mi vida he hecho y dicho cosas comprometidas, algunas muy molestas; tanto que poco a poco me han ido sentenciando. Incluso tuve que dejar mi patria hace mucho tiempo para evitar las persecuciones de la Inquisición.

— Pero don Miguel, pensar no es delito, ni tampoco decir lo que se piensa.

— Sí, amigo mío, en estos tiempos que corren, lo es. Y más cuando se ponen en duda los mismos cimientos de la Iglesia. Una Iglesia que no dará su brazo a torcer, que no admitirán que están equivocados. Yo osé contradecir su visión sobre la Sagrada Trinidad, algo que ellos creen que es su mayor dogma de fe; sin embargo yo simplemente veo una aseveración tambaleante, sin ninguna lógica, sin fundamento, sin ni siquiera una mínima base en los textos bíblicos —de los que soy conocedor y estudioso desde mi adolescencia—. Incluso me atreví a decir hasta la saciedad que era un error administrar el sagrado sacramento del bautismo a los niños recién nacidos. A ese valioso sacramento deberíamos llegar a la edad adulta, cuando ya somos conscientes de nuestros actos. Sacudí unos principios que ellos pensaban que eran sólidos, pero que están llenos de resquicios, grandes grietas que con el tiempo les pasarán factura. Simplemente traté de señalar una serie de errores de los que adolecen, tanto la Iglesia Católica Romana, como la protestante. Los jerarcas de ambas no me perdonarán jamás.

— Sólo soy un pobre hombre sin un ápice de cultura y menos luces, pero sigo pensando que el castigo es desmedido. Intentar mejorar los conocimientos no es delito, o al menos no debería juzgarse como tal.

— ¡Ay, mi querido Petrucho! No se pueden poner interrogantes a las afirmaciones de los poderosos, ni tan siquiera hacerles sugerencias. Ni Calvino, con quien mantuve una correspondencia amena y fluida me toleró que sacase punta a sus obras y le hiciese anotaciones en sus márgenes. Fue el primero que me amenazó y me dejó muy claro que si alguna vez volvía a aparecer por su ciudad me costaría la vida.

— Nadie debería disponer de la vida de nadie. Ni los sabios, ni los poderosos, ni mucho menos los eclesiásticos.

— Para ser hombre de pocas luces hablas bien Petrucho, hablas bien ¡Ojalá! Algún día todos los hombres pensasen como tú.

— Lo que no entiendo señor es cómo aún con ese ultimátum pendiendo sobre vuestra cabeza habéis regresado.

— Tenía que viajar a Italia, uno de los caminos más rápidos es pasar por Ginebra. Pensé pasar desapercibido, pero para mi mala fortuna, se me ocurrió acudir a la misma iglesia donde predicaba Calvino y allí me reconocieron. De todas formas, reconozco que me he pasado media vida huyendo y la otra media escondiéndome. He sido perseguido por todas partes. La Inquisición tiene un brazo largo y soy consciente que alguna vez esto tenía que pasar, el mundo no es lo suficientemente grande. Pero phssss siento ruidos en el exterior, creo que ya vienen a por mí.

— ¿Y vuestros trabajos en medicina? ¿No serviría eso para eximiros?

— No querido amigo, eso sólo confirma más mi condición de hereje.
 
El rostro regordete y bonachón del carcelero se cubrió de lágrimas.

— Tranquilo amigo mío, no será tan terrible. Aunque mi cuerpo consiguiera escapar a aquella primera sentencia, mi alma ya ardió el día que me quemaron “in absentia”.

El ruido de pasos se hacía cada vez más nítido. Miguel Servet echó una última ojeada a la mazmorra que durante aquellos últimos meses se había convertido en su triste morada, aquellas cuatro paredes húmedas que se habían convertido en sus compañeras. Estaba completamente sólo. Como cada día, Jean, el silencioso carcelero, hacía horas que le había dejado aquella escudilla con aquel caldo sucio y vomitivo que, como cada día, permanecía intacto.

— Mi querido y viejo amigo Petrucho, sabía que no me abandonarías en mis últimos momentos. Espero que algún día mis ideas, puestas en tu voz y tus palabras sujetas en papel y tinta no terminen como yo, presas de las llamas.

"Estaré contento de morir si no le convenzo tanto de esto como de otras cosas de que le acuso más abajo. Os pido Justicia, Señores, Justicia, Justicia, Justicia."

Miguel Servet


FIN