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jueves, 20 de octubre de 2011

INTERCAMBIO



Katia vagaba por las calles sin rumbo fijo, sin meta determinada. Sus ojos,  que ayer  eran firmes y arrogantes y hoy se han convertido en dos hendiduras  arrugadas y desvaídas, miraban sin ver. Su oído, en el pasado fino y sensible, ahora oía sin escuchar. En su cabeza lúcida se instalaron las sombras y la claridad no volvió a recuperar su espacio.

Olvidó todo su pasado, lo dejó aparcado en  un rincón  y,  poco a poco, o de sopetón —nadie lo sabe, porque nadie se preocupó de preguntárselo— se convirtió en un espectro que caminaba por las calles sin voluntad, sin tener plena consciencia ni de ella misma ni de su entorno, sin importarle nada ni nadie. Una autómata sin sentimientos, sin alegría, sin dolor, sin alma.

Sí, ella también lo quiso. Fue plenamente responsable de lo que firmaba. Se lo dejaron muy claro desde el principio. No hubo cláusula que no analizase al milímetro. No la engañaron, ni la obligaron a nada. Tampoco le quedaba el fácil consuelo de culpar a otros de sus propias decisiones. Todo era transparente, era un simple contrato; tú pagas… yo alquilo.

Pero lo que no pudo leer, ni siquiera intuir, fueron las consecuencias que aquel acuerdo comercial sellado y rubricado, tanto por las partes implicadas, como por los abogados que daban legalidad al acto, iban a causar en su vida. Ninguna letra pequeña, por bien redactada y asesorada que esté, por muy claras que se tengan las condiciones, puede prever los resultados que nos puede acarrear en el futuro. ¿Se puede comerciar con los sentimientos? ¿Podemos ser tan fríos cómo para asegurar que nada nos va afectar?

Ella desde un principio estuvo muy segura. Había sopesado los pros y los contras y no había encontrado una sola brecha que la hiciese dudar del paso que había dado, sin embargo, desde entonces sus torpes pasos la encaminaban cómo cada día al aeropuerto. Año tras año, día tras día —de forma instintiva y automática— Katia se instalaba en la sala de espera y, con su rostro pegado al frío cristal, veía despegar los aviones. Un ritual monótono, absurdo, que  no le causaba ninguna reacción, porque ya era incapaz de sentir nada.

Todo el dolor se había quedado concentrado una mañana lluviosa once años atrás, cuando —a través de ese mismo cristal— vio partir aquel avión tan parecido a los que contemplaba cada día. En él vio alejarse un pedazo de su ser.

Katia había alquilado su vientre, había ganado un puñado de dinero. Pero en el intercambio había empeñado su corazón.

FIN