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domingo, 30 de octubre de 2011

LA NOCHE DE LA CALABAZA


Jamás olvidaré la noche de aquel 31 de octubre de 1874. Íbamos camino de Dublín. Hacía cinco meses que nuestro padre había abandonado la aldea. La plaga en la cosecha de la patata de aquel año, nos había sumido en lo más parecido a la pobreza. Por fin, después de un tiempo llamando a todas las puertas, había conseguido un trabajo en la capital. Aquello le permitió ahorrar lo suficiente para buscar un alojamiento sencillo pero digno y nos mandó llamar. Vendimos nuestra vieja casa, las pocas tierras que poseíamos, los muebles grandes que no podíamos llevar con nosotros por el tamaño y con el dinero obtenido, no mucho —la situación era difícil para todos—, con nuestro carro casi vacío de enseres, pero lleno de ilusión por el reencuentro tan esperado; emprendimos nuestro viaje.

En la primera etapa de nuestro itinerario, no pretendíamos hacer muchas millas. El objetivo era llegar a la Posada del Escocés, un lugar limpio y cómodo, —que papá nos recomendaba en su carta—. Allí, según nos decía, una familia honrada podría pasar la noche sin ningún reparo por un módico precio. Pero una cosa es lo que pensamos los mortales y otras las que Dios dispone. En nuestro caso, los planes no salieron cómo deseábamos.

Los hados nos fueron adversos y la suerte nos dio la espalda. Al intentar cruzar el desfiladero camino del río; Boris, nuestro caballo, se rompió una pata. El carro salió despedido y con él lo poco que aún conservábamos de nuestra vida anterior, la ropa, la vajilla de loza herencia de la abuela... Todo rodó por aquel terraplén. La inmensa mayoría hecho mil pedazos y lo que llegaba intacto a las agitadas aguas, terminaba o hundiéndose o arrastrado por el furioso torrente que se había visto incrementar su caudal debido a las fuertes lluvias del mes de octubre.

No pudimos hacer nada, y aparte de ver como perdíamos nuestras pocas pertenecías aún nos quedó lo peor. Boris estaba mal, no nos quedó otra que ver con ojos consternados como mamá, con el rostro anegado en llanto, tuvo que acabar con su vida de un balazo en la cabeza.

No quedaba otro remedio, nos dijo. Incluso tuvimos que dar gracias de que mamá llevase el revolver colgado del cinto, al igual que el dinero. Si no el sufrimiento del animal hubiese sido horrible.

Mi madre era una mujer fuerte y decidida, rápidamente se recompuso, se secó las lágrimas y dio gracias porque todos estábamos bien. Afortunadamente en ese tramo del camino todos íbamos a pie. Tras llevar horas sentados en el carro y dejándonos bambolear por él,  necesitábamos andar un poco para estirar las piernas.

Caía ya la noche cuando sucios y fatigados entramos en una inhóspita aldea. Todo estaba a oscuras, nadie ni nada se cruzó en nuestro camino. Las puertas y ventanas cerradas a cal y canto no dejaban escapar ni el más mínimo hilo de luz de una vela o quinqué.

Llamamos a varias puertas, los tres implorábamos elevando nuestras voces lo más posible que nos abriesen la puerta, que éramos una familia honrada y que no les haríamos ningún daño, si fuese menester incluso podríamos darles alguna moneda a cambio de un plato de sopa caliente y un jergón donde poder pasar la noche.

Todo fue en vano, aquel pueblo parecía desierto. Algo parecía empezar a alojarse en mi interior, una sensación nueva y extraña ¿angustia?, ¿desazón?, ¿abatimiento?... ¿miedo?

Poco a poco y arrastrando los pies fuimos saliendo de aquel poblado oscuro y vacío. Al final del pueblo encontramos una cabaña abandonada. La puerta casi no se tenía en pie, el tejado tenía huecos abiertos entre sus tejas y algunos de los cristales de las dos ventanas de la pared principal estaban rotos. Pero nos dio igual, debíamos parar en algún sitio, nosotros estábamos agotados y mamá, con el rostro desencajado, estaba exhausta. Su avanzado embarazo —ya estaba en el séptimo mes de gestación— y las fatigas y las emociones de la jornada, comenzaban a pasarle la factura.

Dentro había dos jergones desvencijados. Entre Pól y yo preparamos el más grande como pudimos. Allí podría descansar mamá, y luego Sinead y ella dormirían el resto de la noche. Pól y yo dormiríamos en el otro más pequeño.

Fuera encontramos restos de ramas de árboles que prendimos en la derruida chimenea. Mientras Sinead —nuestra hermana mayor— buscaba algún utensilio de cocina para hacer al menos un poco de sopa. Afortunadamente en la bolsa que portaba ella llevábamos alguna provisión, jamón seco, pan, algunos ajos y algunas patatas y hortalizas. Con aquello podríamos tomar algo caliente para cenar.

El cansancio hizo el resto. Al poco tiempo y con los estómagos calientes el pequeño Pól y yo caímos rendidos en el duro colchón.


Un grito angustioso mezclado con el aullido del viento me sobresaltó a medianoche. Antes de sentir el primer zarandeo ya había despertado. A mi lado mirándome con cara asustada, mientras sacudía al pequeño Pól, Sinead nos apremiaba:  

— ¡Mamá está mal! ¡Creo… que el bebé va a nacer!

Cuando Pól se espabiló del todo los tres nos miramos, éramos tres niños asustados en medio de la noche en un lugar solitario y desconocido. Sinead sólo tenía catorce años, yo doce y Pól nueve. Los tres no sabíamos que hacer. Sinead intentó reponerse cuando escuchó que nuestra madre volvió a gritar.


— ¡Corred, avisad a alguien, necesitamos ayuda! ¡Mamá necesita auxilio!

Mi hermano y yo salimos de la cabaña como alma que lleva el diablo. Aporreamos todas las puertas, pero aquel pueblo parecía muerto, nadie atendía nuestra llamada. Sólo una anciana se atrevió a contestarnos a través de la rendija de su ventana.

— ¡Largo de aquí niños!, ¿no sabéis que noche es hoy? Es la noche del muerto. Sí, hace muchos años, una epidemia de tifus terminó con gran parte de la población. Echaron la culpa de la tragedia a O’Neill, el médico, y llevados por la furia, en una noche como esta, le mataron cruelmente. Su fantasma en forma de una gran calavera vuelve cada año para vengarse de sus asesinos y de sus descendientes. Nadie sale de sus casas si quiere permanecer vivo.

— Pero señora tenga caridad, mi madre va a tener un niño, estamos solos y necesitamos ayuda…

La mujer no me dejó terminar. Ni la conmovieron nuestras lágrimas.


— ¡Largaos de aquí! ¡Niños, niños… niños nacen todos los días, pero el fantasma sale hoy a cobrarse sus víctimas.

Cegados por el miedo corrimos sin dirección alejándonos de la aldea, cuando paramos jadeantes para respirar nos dimos cuenta que estábamos junto a las tapias del cementerio.


- ¡Alana! ¡Una enorme calavera! ¡Mira! ¡Entre esos arbustos nos está mirando! ¡Es el fantasma que nos ha dicho la vieja bruja que viene a por nosotros! —chilló Pól temblando de una forma descontrolada.

Me detuve, y ciertamente muy cerca de nosotros, vi un bulto enorme y blanquecino a la luz de la luna. Mi hermano tenía razón, parecía una calavera, dos boquetes eran las cuencas de sus ojos y de su boca sólo quedaba una hendidura horizontal de aspecto tenebroso. La luz de la luna llena reflejada en aquel lugar lo hacía más siniestro aún.

Pero algo me atemorizó más que la visión de aquel ser terrible. De entre las sombras de la tapia surgió una sombra. Una figura alta, vestida de negro de pies a cabeza, con el rostro totalmente cubierto por un enorme sombrero se dirigía a mi asustado hermano:”¡Mocoso insolente! ¡Calla de una vez! Con tus gritos perturbas la tranquilidad de este lugar. ¿No ves que lo que te ha asustado es una calabaza?”

Mi espíritu rebelde se sobrepuso al miedo, además la rabia y la impotencia quitaron el temor de mis ojos y vi claramente que la figura era una inocente y vieja calabaza, cuya cáscara, estaba ajada por el paso del tiempo. Esta tranquilidad me dio valor para encararme después a aquel extraño.

— ¿Quién es usted para tratar así a mi hermano? Es pequeño y está asustado —le increpé.

— ¿Quiénes sois vosotros para escandalizar en este lugar de paz? —contestó el siniestro personaje.

En ese momento recordé los gritos de mi madre y el cansancio, el miedo y las emociones encontradas hicieron que mis nervios explotasen.

— Estamos buscando ayuda, mi madre va a tener un niño y nadie en este maldito lugar nos socorre —dije entre sollozos.

Aquel desconocido se apiadó de nosotros, nos acompañó a la cabaña y atendió a mi madre. Fue un parto complicado y prematuro, pero aquel hombre salvó la vida de ambos. 

Por fin, con las primeras luces del alba, el llanto del bebé rompió la quietud de aquel lugar sin vida.


Nuestro salvador una vez cumplida su misión y tras dar a Sinead algunas pautas a seguir para atender los primeros días a mamá y al recién nacido, sin decir nada más, se marchó. Aprovechando que Sinead y Pól estaban arrobados con nuestro hermano recién nacido, salí corriendo tras él. 

— Gracias Mr O’Neill —dije sonriendo, cuando le alcancé. Mi cabeza no había dejado de pensar durante toda aquella noche ¿Quién sino un médico podía haber salvado aquella complicada situación?

Levantó levemente la cabeza y lo único que pude ver de su rostro oculto por el sombrero —del que no se había desprendido en todo ese tiempo— fue el hueso descarnado de su mandíbula inferior y su boca totalmente mellada devolviéndome la sonrisa.

Sin decir nada continuó su camino y desapareció de mi vista. Unas horas más tarde, cuando el sol comenzaba a estar en toda su plenitud, ganando terreno a la oscuridad y a las sombras, salí a buscar agua. En la puerta me encontré una enorme calabaza con tres hendiduras que simulaban una cara sonriente.


Ha pasado mucho tiempo de aquello. Mis padres ya son ancianos y nosotros adultos con nuestras propias familias, pero cada 31 de octubre nos reunimos todos y hacemos una cena familiar. No hay año que no nos toque amenizar la velada de los más pequeños con nuestra aventura. Pól siempre recuerda esos momentos como la anécdota de “La noche de la calabaza“. Yo la recuerdo de otra manera, nunca pude olvidar la sonrisa de Mr O’Neill. Para mí aquella noche fue mucho más importante, fue una noche especial y mágica donde la muerte y la vida se dieron la mano.

FIN