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jueves, 13 de octubre de 2011

NIDO DE VÍBORAS



Oráculo: «Será rey, pero matará a su madre».

Mujer: «Occidat, dum imperet!»

Roma en mis tiempos era un nido de víboras venenosas. Posiblemente yo fui una de ellas.Eso no lo negaré jamás, pero era eso o la muerte más atroz. La Dinastía Julio-Claudia siempre fue conocida como la más cruel, sanguinaria y ambiciosa; y esas tres cualidades unidas a brotes de locura psicopática podía hacer temblar al más recio de los hombres. Yo mejor que nadie puedo dar fe de eso.

Me casaron con doce años. Esperaron a mi primera menstruación, y cuando aún me estrenaba en mi cuerpo de mujer, pero aprisionada en un alma de niña, tuve que aprender a satisfacer a mi esposo, Gneo Domicio, un primo segundo mucho mayor que yo. Al que le di un hijo, mi único hijo, y él sólo lo pagó con desprecio hacia esa criatura: “De la unión de Agripinila y yo, sólo puede salir un monstruo”.

Fui promiscua, sí, jamás lo negué. Que se puede esperar de alguien que es atado a edad tan temprana a un ser con quien no comparte ningún aliciente. Pero que nadie se engañe, nunca busqué amor. Sólo quería la satisfacción carnal, quería vivir la aventura de sentirme admirada y deseada. Nada más. Las mujeres de mi familia siempre hemos sido duras, y yo aprendí rápido del ejemplo de mi venerada abuela Livia.

A pesar de la fama de independencia de la mujer romana, que no niego que tuviésemos  —si la comparamos con las de otras épocas que nos siguieron— A pesar de todo, no dejamos de ser un juguete en manos de los hombres.

Yo lo fui en manos de mi hermano,  Cayo Julio, más conocido por Calígula. Hermoso e inteligente, fue probablemente el único hombre a quien he amado. Aunque jamás le perdonase que me relegase a ser el segundo plato en su cama poniendo siempre por delante a su favorita, nuestra hermana Drusilla, tan hermosa, tan sumisa, tan dulce y tan abnegada de cara a los demás. Pero tan malvada, manipuladora y cruel en la intimidad. Ella enloqueció a Cayo, ella y sus artes de brujería, hasta el punto que cuando la muy zorra murió, nuestro hermano se volvió loco.

Sí, ayudada por mi otra hermana y por mi cuñado tuve que conspirar contra él, e intentar matarle. Era él o nosotros, su desquiciamiento era tal que vimos peligrar seriamente nuestros privilegios y nuestras cabezas.

Pero su locura no había mermado ni un ápice su inteligencia y se dio cuenta de lo que tramábamos. Así que me vi exiliada lejos de Roma y sobre todo de mi querido hijo. Mi pequeño poeta, mi músico predilecto, la única luz que guiaba mis pasos, la seguridad de mi vejez.

El día que me comunicaron que a mi hermano le había matado la Guardia Pretoriana lloré, lloré de dolor (tras el fuego siempre quedan rescoldos) pero también lloré de alegría. Al fin mi liberación, al fin podría volver a mi querida ciudad y recuperar a mi hijo y ¿por qué no? Mi antigua posición y mis privilegios, aún era joven y hermosa.

Y me fue mucho más fácil de lo que pensé. El nuevo emperador, mi ya casi anciano tío Claudio, se fijó en mí. Bueno más bien hice que se fijase en mí.

Había sido toda una sorpresa que aquel ser, tullido, tartamudo e insignificante llegase al poder supremo. Ese hombre que había permanecido siempre en las sombras, que se había escondido tras su erudición y sus libros de Historia; que jamás quiso meterse en asuntos de política, ahora se viese en un trono que con toda seguridad le vendría grande.

Ese ser pusilánime, rechazado por su propia madre, Antonia —que no veía en el pequeño ni una sola de las cualidades de su amado esposo Druso, ni de su padre; el mítico Marco Antonio— Y tratado cruelmente por la abuela Livia. Se había convertido en el heredero directo del imperio.

Me convertí en su última esposa. Agripina, como el Ave Fénix había resurgido de sus cenizas, y no sólo había vuelto a alcanzar un puesto privilegiado en la corte. Era “la emperatriz”, la reina de aquella madriguera de grandeza y, a la vez, podredumbre moral que era Roma.

Tuve que reprimir el asco y las náuseas que me producía seducir a aquel viejo deforme que, además, venía ya vapuleado y resabiado de sus anteriores matrimonios. Pero fue un precio que volvería a pagar mil veces, y no sólo por mí, aquel matrimonio me aseguró la continuidad en lo más alto. Claudio no tuvo reparo en adoptar a mi hijo Nerón, que al ser mayor que su hijo biológico, Británico, ya tenía asegurado su nombramiento de emperador.

Dicen que yo le maté, que le di un plato de hongos envenados, y eso no es cierto. Que no le amase, no significa que no le respetase. Claudio fue un buen emperador. Un ser que tras esa fachada contrahecha escondía a un hombre inteligente y un gran estratega que anexionó más territorio al Imperio. Al fin un hombre justo, sensato y libre de tanta inmundicia tenía el poder en sus manos. Todo lo que hiciese él por engrandecernos luego pasaría a manos de mi hijo.

No, no tenía necesidad de matarle. ¿Para qué? Mi Nerón ya tenía garantizada la sucesión y el pobre Claudio ya estaba enfermo y no iba a durar eternamente.

Mi pequeño artista se iba convirtiendo en un hombre, un hombre que bajo mi dirección sería grande, sería el mejor.

Las malas lenguas me acusaron de incesto, de tener relaciones sexuales con mi hijo. Se creyeron que por haberlas tenido con mi hermano ya me daba igual todo. No, eso es una falacia. Mi hijo ha sido lo único puro de mi vida. La meta de mi ambición. El solaz de mi vejez. Mi inversión más segura.

Hasta que esa sanguijuela de Popea se cruzó en mi camino, se apoderó de la voluntad de mi ángel lírico y le metió en la cabeza patrañas e indignidades contra mí.

He sido dura de pelar. Intentaron envenenarme, ahogarme —incluso fletaron un barco para tal fin—. Siempre me escapé. Pero hoy no tengo salida. He sido enjuiciada, castigada y ejecutada, por el mismo ser que traje a la vida. Pero cuando en la morada de los dioses me encuentre cara a cara con mi difunto marido Gneo, no bajaré los ojos, ni renegaré de mi destino. Julia Vipsania Agripina podrá ser acusada de muchas cosas. Un día seré juzgada por mis descendientes. Pero, nunca podrán decir que fui una mala madre.

Y  ahora mi querida Roma, mi muy amado nido de víboras prepárate para el fuego purificador.



«¡Que me mate con tal de que reine!».


FIN

N. de la A.: La hermosa foto central del texto con las ruinas romanas me la ha cedido mi amiga más viajera, Susi-Pop. Mil gracias guapa.