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domingo, 16 de octubre de 2011

TE HARÁ SONREÍR



Sábado, por fin llegó mi descanso semanal. Dos días para mí, para hacer lo que se me antoje. No sé si darme otra vueltecita en la cama e intentar recuperar esa modorra  maravillosa que tenía antes de despertar. No es justo que para un día que sueño que le estoy dando una patada en el culo a la insoportable de mi jefa, poniendo los puntos sobre las íes y diciendo todo lo que he estado callando durante tantos años, ese maldito rayo de sol haya venido a tirarme del pelo y a decidir —por su cuenta y riesgo— que ya era hora de levantarme.

Intento acoplarme de nuevo al colchón, pero es imposible. Abro un ojo, luego otro, y mi mirada automáticamente se dirige al despertador de mi mesilla. ¡No me lo puedo creer! Sus centelleantes números verdes me dicen que sólo son  las ocho de la mañana. Esa es la hora a la que casi me levanto cada día. Bufo, me doy de cabezazos contra la almohada y vuelvo a mirar con la peor de las intenciones a la ventana. En especial, a ese hueco descarado y desafiante que ha dejado penetrar al intruso que me ha robado, con alevosía y premeditación, uno de mis momentos felices.

Con un humor de perros salto de la cama —mi refugio acogedor— mientras duermo, pero en el que no puedo permanecer un segundo despierta. Hay quien goza remoloneando entre las sábanas. Yo jamás he podido, doy mil vueltas, me pongo nerviosa, me inquieto; para al final, terminar agotada en una lucha absurda en la que siempre salgo derrotada.

Poco a poco el mal humor se va convirtiendo en desesperación mientras contemplo, con estupor, el estado de caos en el que está sumido mi coqueto —y siempre reluciente— pisito. Anoche llegué en un estado tan lamentable a casa, después de la dura jornada de trabajo, que no pasé ni por el salón. ¡Dios mío! Pero si no tuve fuerzas nada más que para ducharme y tumbarme en la cama en estado vegetativo. Se me había olvidado completamente, que ayer, pasó por aquí mi hermana con sus dos fieras. Siempre que tiene que venir a alguna gestión al centro, se me instala de ocupa  la noche anterior al evento. Según ella, para no tener que hacer madrugar tanto a los niños, pero yo creo que en el fondo lo que quiere es joderme mi pacífica, solitaria, aburrida pero, a la vez, entrañable y querida existencia. Es lo que tiene vivir en una urbanización fashion, moderna, de lujo… pero situada en el culo del mundo y tener una hermana con un apartamento molón en pleno corazón de la ciudad.

Paciencia, me repito una y otra vez, después de todo ya tengo que dar un repaso a la casa. Llevo sin hacerle una buena limpieza a fondo desde hace meses. Pero cuando hable con mi hermana le voy a poner las cosas muy claritas. Cuando venga con sus pequeños depredadores ya puede traerlos atados, y bien atados. Y me importa tres pimientos y medio que me siga dando la charla: ¡Andrea, nena, ¡qué carácter tienes! Hija no me extraña nada de nada que sigas sola y soltera. Es que no hay quien te aguante. Tienes que endulzar ese pronto tuyo o te quedarás sin perrito que te ladre”. O cuando viene el repelente de Jaimito, mi sobrino mayor, con uno de sus dibujitos del colegio. Esos monigotes verdes y monstruosos a decirme: “¡Mira tita Andrea, eres tú cuando te enfadas!”. A lo que mi señora madre y sufrida abuela de las criaturas suele añadir, para rizar más el rizo: “No me extraña nada hija. Con ese humor que tienes y esa cara de malas pulgas a todas horas, ¡cómo quieres que te pinten los niños!”.

¡Dios mío! Esta vez los pequeños cabroncetes han ido mucho más lejos en sus fechorías mientras la impresentable de su madre —es decir, mi insufrible hermana mayor— seguramente se estaría rascando la barriga tumbada en mi mullido sofá y curioseando cualquiera de mis libros.

No contentos con ponerme el salón como un basurero, me han revuelto todos los cajones, invadiendo mi intimidad sin ningún pudor, ¡pequeñas sanguijuelas! Me voy a cagar en la madre que los parió en cuanto les eche la vista encima. Me da igual que mi hermana se haga la ofendida y amenace con no volver a pisar mi casa. Es que me la suda, directamente, estoy hasta los ovarios de ella y sus mocosos. Si vive en medio de la nada no es culpa mía. Que venda su puñetero chalet y se venga a vivir más cerca ¡coño! O, mejor, que su flamante maridito pida el traslado y se vayan todos a Tombuctú y que me dejen tranquila.

Llevada por todos los demonios del averno, me voy para la cocina y vuelvo al salón armada hasta los dientes: escoba, recogedor, plumero, bayetas varias, limpiacristales… y demás armas de “limpieza masiva”.

¡Ale! Los putos niños no han dejado títere con cabeza y me han llenado todo de papelitos. Pero de todos, uno en especial me llama la atención. Está cuidadosamente doblado. Imposible que un trozo de papel esté en tan buen estado tras haber pasado por las manos de semejantes mercenarios del desorden y del caos.

Lo desdoblo y comienzo a descifrar lo que aquellos garabatos casi ilegibles y plagados de faltas de ortografía que, incluso a mí, que no soy ni mucho menos la personalización de la RAE, me dañan los ojos.

Hace ya varios años de aquello pero, a medida que voy leyendo, recuerdo aquella tarde calurosa del mes de agosto, en el hospital. Tres mujeres: mi madre sumida en el dolor y deshecha en lágrimas, mi hermana al borde de la histeria y yo,  la más joven de las tres, escuchando con calma lo que aquel médico de inmaculada bata blanca nos estaba diciendo. Mi padre se moría irremediablemente. Su vida se consumía como la vela que se va apagando lenta pero inexorablemente. Podría ser cuestión de días, horas o incluso momentos. Entre los sollozos de mi madre y los gritos de mi hermana fui intentando digerir lo que aquel hombre impasible nos estaba diciendo. Cuando terminó su sentida, pero profesional perorata, del que está acostumbrado a dar semejantes noticias, salí corriendo del despacho. En ese punto la memoria se me nubla, sé que corrí  como si  quisiera romper la barrera del sonido, como si pretendiese ganar una batalla a un viento inexistente. Corrí buscando en la soledad la libertad necesaria para desahogar toda mi angustia.

En el rincón de la solitaria terraza común, aledaña a la habitación de mi padre, en la hora más tórrida del verano y con ese implacable sol del estío como único testigo, al fin lloré. Lloré amargamente de rabia, de impotencia, de pena.

Aun así, incluso sorda y cegada por mis sentimientos, sentí las suelas de unas zapatillas rozando el suelo. Me volví y vi a un anciano apoyado en su garrote, marcando su paso lento y cansado. Era el vecino de cama de mi padre.

— ¡Hola pequeña! Malas noticias ¿verdad? —Yo sin poder aún pronunciar una palabra asentí con la cabeza.

— Toma, esto lo he hecho para ti. Creo que eres una persona hermosa y muy necesitada de cariño, aunque lo disimules tras esa fachada de fortaleza en la que te escondes. No soy escritor, ¿sabes? No, sólo soy un pobre e ignorante viejo al que le gusta plasmar lo que ve y lo que siente en pedazos de papel. Esto no va a mitigar tu pena, lo sé, pero seguramente pasado un tiempo, cuando el señor que no olvida, pero todo lo cura, vaya sanando tu herida y recuerdes este momento o vuelvas a leer esta absurda poesía —si es que no optas por arrojarla en la primera papelera que encuentres—  sé que te hará sonreír. 

Sin más me tendió la hoja, que no era otra cosa que el papel rugoso de una servilleta, y tras darme un golpecito cariñoso en la espalda, se alejó de mí con el mismo paso cansino y agotado por los años con el que se me había acercado.

No lo recordaba, ni siquiera sabía cómo o cuándo había viajado conmigo en mi mudanza, ni donde había guardado ese mal proyecto de poesía. Tuvieron que pasar años y mediar los trastos de mis sobrinos para recordar ese momento.


Volví a doblar la servilleta con cuidado y la metí en mi joyero. Sería una sucesión de letras sin ton ni son. Sin la mínima regla gramatical y ortográfica en su sitio. Sin el mínimo sentido del ritmo ni de la métrica. Sin una rima bien colocada en su sitio. Pero era mi poesía, era algo que habían hecho por y para mí. Y sin ninguna duda, era el conjunto de palabras más hermosas que me habían dedicado en la vida.

Alguien, sin apenas conocerme, se había tomado la molestia de mirar más allá de la superficie de mi aspecto exterior y profundizar en mi alma mucho más de lo que mis seres queridos o yo misma había hecho nunca. Mi anciano mal poeta, pero auténtico maestro de la vida tenía razón. Releer su poesía me había hecho sonreír.

FIN