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jueves, 17 de noviembre de 2011

CALENDARIO DE AMOR



Los dos supieron muy bien a partir de qué momento el tiempo se detuvo en el cruce de sus miradas. También fueron apuntando mes a mes, día a día, hora a hora, minuto a minuto y segundo a segundo cada instante en el que sus cuerpos se rozaron, se acariciaron, se besaron.

Los latidos de sus corazones iban marcando las palpitaciones de sus venas, sustituyendo al compás rítmico del reloj de sobremesa, mientras las palabras entregadas y los gestos amorosos ocupaban el lugar de los aburridos calendarios de pared; suprimiendo los días no como resta de lo vivido, sino como la continuidad de lo que les quedaba por vivir, hasta sumar una hilera de estrellas azules, verdes, moradas y rojas sobre los días marcados en negro.

Lo que ambos ignoraron siempre fue el día exacto en que su castillo de cariño comenzó a desmoronarse. Se olvidaron del mes en el que comenzaron a mirarse con frialdad e indiferencia. Tampoco borraron con una estrella de color el día en el que llegaron a la ofensa. Ni anotaron la hora en la que se enfrentaron al primer golpe. Arrinconaron en una esquina de sus memorias el minuto en el que su existencia, antes maravillosa y perfecta, se había convertido en aquel cenagal amargo, oscuro y colmado de sufrimiento.

Hasta que la fría madrugada del 1 de enero de 1948, Inma volvió a recordar ese pedazo de cartón unido a unas páginas numeradas. Su reacción fue inmediata, no podía abandonar esas cuatro paredes que habían sido su hogar durante tanto tiempo sin hacer algo muy importante. Volviéndose al amable joven que iba a acompañarla al lugar que iba a ser su última morada, le suplicó que la dejase dibujar una estrella de color negro en el calendario. El hombre no pudo negarse. Inma, con pulso firme, trazó unas líneas sobre el calendario antes de que su acompañante abrazase sus muñecas con las frías pulseras de metal. Mientras tachaba el último día de su vida, con lágrimas profundas de dolor embotellado en sus cristalinos ojos marrones, contempló como unos hombres desconocidos y vestidos de gris levantaban del suelo el cuerpo tintado en rojo de su marido.

FIN