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domingo, 6 de noviembre de 2011

LA CASTAÑERA




Noviembre, pálido y triste mes. La luz se pierde en un anochecer prematuro recordándonos el oscuro invierno que nos queda por delante.

Paseo por la avenida de los madroños y me impregno de la nostalgia de la estación. Otoño, marrón-rojizo que tiñe mi alma de una desapacible melancolía. Otoño, marrón-rojizo coloreado por las hojas que lentamente van cayendo de los árboles, pintando el suelo de esa tonalidad.

Imagino que el crujido de las hojas secas bajo mis pies es el quejido de los árboles suspirando por esas partes de sí mismos que van perdiendo.

Salgo presurosa del parque, quiero huir de la fría tristeza que invade mi espíritu. Frente a la gran verja de hierro me encuentro con ella, fiel a la cita de todos los años. Allí está, con su saco de castañas,  su fogón  y su toldo de raída lona.  Me mira con sus ojillos penetrantes y me dedica una cálida sonrisa.

— ¡Señorita! ¿Quiere unas castañas asadas? Son muy buenas, me las traen cada año del Bierzo, le harán entrar en calor. El invierno ya está cerca. —Sus arrugados dedos sobresalen de sus viejos mitones, mientras remueve con la rasera un puñado de hermosas castañas que se van abriendo a la lumbre del brasero.

Me acerco al humilde puestecillo y compro un cucurucho de esos sabrosos frutos. Mi nariz se impregna del exquisito aroma que va penetrando en mi interior.

Lentamente me alejo del tenderete aferrando el cucurucho con las dos manos, sintiendo como mi cuerpo se va inundando de calidez. Vuelvo la cabeza y sonrío a la anciana que sigue, firme en su puesto, ofreciendo su género con alegría; ajena a esa sombra marrón-rojiza que nos envuelve.

FIN



NOTA: La magnífica foto que ilustra mi relato de hoy, me la ha cedido mi amigo Patxi Bilbao. Un gran aficionado a la fotografía.