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domingo, 20 de noviembre de 2011

SIN PISTAS

Nota de la A.: Este texto es continuación de uno escrito hace algún tiempo, para poder seguir bien los hechos que se narran y a los personajes del mismo, que probablemente de vez en cuando seguirán apareciendo por aquí, sería recomendable leer antes la primera parte de esta historia: "HECHOS CIRCUNSTANCIALES". Espero, que al menos, las peripecias de este singular matrimonio os haga pasar un rato agradable. Clicando directamente sobre el título os llevará cómodamente al enlace del texto anterior. Gracia



— Corne cariño, ¿no te parece un tanto extraña la desaparición de nuestro chófer? —doña María Cándida Mascuerna del Charcoseco, futura condesa del ídem, lanzó un suspiro que más parecía el silbido de una locomotora de vapor, que una exhalación.

Su marido, Cornelio Cabras del Monte, el poco glamuroso y menos noble —hasta que el Todopoderoso tuviese a bien llamar a su lado al anciano, pero aún jaranero y viejo verde de su suegro, y él pasase a convertirse en conde consorte de Charcoseco—, aunque eso sí, forrado de millones desde la uña del dedo gordo del pie hasta el último de sus canosos cabellos que completaba su gigantesca y oronda figura. Miró a su esposa con esos ojillos (lo único pequeño de su abultada anatomía) velados por lagrimillas que él achacaba a la alergia estacional o a algún resfriado pero, casualmente, sólo aparecían para empañar  su mirada cada vez que escuchaba a su esposa suspirar de aquella manera.

Doña Cándida estaba tendida de forma indolente en uno de los divanes de diseño que plagaba la recargada y ostentosa salita de estar de sólo cincuenta metros cuadrados —vamos, una menudencia comparada con cualquiera de los salones de la mansión, pero que medía lo mismo que un pisito completo moderno—. La futura condesa, cada vez que sufría algún disgusto, podía pasarse días enteros sin mover una uña recostada en sus divanes, sin nada más que hacer que darle vueltas a su desgracia.

— Pues no sé querida, es todo un poco raro sí, nadie ha vuelto a saber nada de Lorenzo desde aquellos extraños sucesos.

— ¡Por Dios, Corne, no me recuerdes aquello! Cada vez que me acuerdo de mi pobre Crispín ¡Ayyyyyyyyyy! El suspiro de la señora Mascuerna fue mucho más profundo.

Don Cornelio se acordaba mucho más de la semanita de cagaleras y dolor de tripas que pasaron todos los que probaron aquella deliciosa cena, que del puto pajarraco de su mujer. Evidentemente el “pajarraco” era la mascota, no su querida esposa, ejem.

— Cada vez que me acuerdo de esa noche fatídica me entran sudores y angustias. Primero mi niñito querido perdido. Después soportar a ese  impresentable inspector mirándome como si yo estuviera loca y sin dignarse a buscar una simple pista de mi querido Crispín. Corne te lo digo en serio, debiste echar mano  de tus influencias, es que ya llevamos dos malas experiencias con la policía y esto no puede ser, nos deben caer en suerte los inspectores más lerdos de la brigada. Igualito, igualito que el que nos tocó cuando lo del anillo, ¿recuerdas? Otro que me miraba con cara de malas pulgas como si yo estuviese alelada. Es que ya no hay ni vocación ni profesionalidad. Con decir que todo son hechos circunstanciales ya lo arreglan todo.

Cornelio decidió desviar la conversación, dejar que su mujer siguiese recordando y suspirando por su loro, podía significar peligro inminente para su bolsillo.

— Pues sí querida Candi, tengo que coincidir contigo en que la desaparición de nuestro chófer es tremendamente preocupante y extraña. La policía va a dar carpetazo al asunto y, no me extraña, teniendo en cuenta que tampoco ha contestado nadie a mi anuncio pidiendo noticias de él, y eso que la cantidad que ofrecí de recompensa, por un mínimo indicio, no es nada despreciable.

— Ya te digo Corne que aquí hay gato encerrado. Fue una noche tan complicada. Lo único que recuerdo con agrado fue el delicioso faisán. La verdad es que desconocía las habilidades culinarias de Lorenzo, también fue coincidencia que Giovanni se accidentase precisamente aquella tarde. Eso sí, que malitos nos pusimos todos después. ¿Qué crees que nos sentó mal? Yo creo que fue el vino, para mí que estaba pasado, me da la impresión que al querido Ramonchu no le ha hecho ninguna gracia que te presentes a las elecciones para la alcaldía de Charcoseco. El otro día me comentó Tinita que está muy preocupado, el pobre se creé que si ganas le vas a expropiar más de la mitad de sus viñedos. Yo que tú ya no volvería a abrir ni una sola botella de sus bodegas. Creo que aún sigue enfurruñado por lo de nuestra boda, ya sabes que siempre soñó con casarse conmigo, era algo que todos daban por hecho hasta que te conocí a ti “cuchifritín” mío.

— Tonterías cariño, lo mismo fue la salsa que acompañaba a la ensalada; noté un sabor un poco raro.

— ¡Ayyyy Crispín de mi vida! ¿Qué habrá sido de ti mi chiquitín? No sé si alguna vez podré reponerme de esta desgracia Corne, querido… Aunque lo mismo si te gustase la idea que me está rondando por la cabeza desde hace unos días, seguro que podría recuperar en parte la ilusión y las ganas de vivir. —doña Cándida se levantó del diván de manera ágil y con los ojos inyectados de una nueva luz.

Don Cornelio se alarmó, conocía de sobra aquella expresión; eso significaba gastar mucho dinero.

— He pensado que podríamos comprar un avión. Pero un avión de lujo, me han dicho que hay auténticas gangas en el mercado, de estos que ya se han quedado obsoletos y tienen los motores mal, esos que ya no son recuperables para la aviación porque costaría más cara su reparación que fabricar uno nuevo.

— ¿Y se puede saber para qué queremos un avión que no pueda volar?


— Querido, déjame terminar. Mi idea es reformarlo totalmente, me gustaría forrarlo de oro por fuera, y por dentro hacer salas y habitaciones elegantes, confortables, lujosas y donde predomine también el dorado metal. ¿Te figuras unos cuartos de baños con bañeras y grifería de oro? ¿Recuerdas una película ya antigua de un capitán o algo así que tenía un submarino todo de oro macizo? El “Nautillo” o algo así creo que se llamaba.

— El Nautilus, querida. Sí, lo recuerdo, imposible no acordarse del entrañable capitán Nemo je,je,je.

— Bueno a mí el Nemo ese me da igual, lo que quiero es que te quedes con la idea. Quiero un avión así. Lo pondríamos en el jardín y podría servir de alojamiento a nuestros invitados. No todo el mundo puede dormir en un avión y más rodeados de tanta suntuosidad y fino gusto. Sólo de pensar las caras de envidia que se les pondrían a mis amigas del club, ya me siento renovada. Tengo hasta el nombre: “Vuelos dorados”.

— Lo tendré que pensar querida, eso va a ser muy costoso y…

— Vale, de acuerdo, no digo nada más, si prefieres seguir contando monedas antes que darle un gusto a tu esposa y dejar que me siga consumiendo en el diván día tras día, tú mismo. —Haciendo un mohín, Cándida volvió a espachurrase en el diván.

Su esposo la contempló, sabía que la situación podía seguir así, e incluso empeorar con el paso del tiempo. Al silencio seguirían los suspiros y luego los lloros a cualquier hora del día... o de la noche. Era el momento de hacer cálculos mentales y decidió que antes que tener a una mujer de morros, era mejor emplearse a fondo en su campaña electoral y ganar las elecciones. Con un poco de suerte, parte del avión dorado de Cándida lo pagarían los viñedos del imbécil de Ramonchu. Todo fuese por la paz y la felicidad conyugal.

— Bueno, bueno Candi, tampoco he dicho que no sea posible, sólo que lo tengo que pensar. Si uno de mis negocios sale bien —que saldrá— cuenta con tu avión.

— Eres un encanto querido, te quiero un montón, ¡qué sería de mí sin mi "cuchifritínnnn"! —Cándida de un salto y haciendo gala de su hiperactividad, sobre todo cuando veía cerca la  consumación de uno de sus caprichos, se lanzó a los brazos de su enorme marido.

— Por cierto querida, ¿qué sabemos de tu padre? Hace más de dos meses que se fue de vacaciones y aún no ha hecho acto de presencia.

— Papá está estupendamente, me llamó ayer. Está divinamente tras su gira por las islas del Pacífico, ¡ahora anda por Brasil! ¿Te imaginas? Está feliz, se ha hecho amigo de una pareja española de recién casados, aunque dice que ya son bastante talluditos. Y deben serlo, para decir eso papá con la edad que tiene él ji,ji,ji. Sí, creo que son unos nuevos ricos y quieren establecerse allí, al menos por unos años. Por cierto, querido, tendrás que meter más dinero en su cuenta, por lo visto allí hay unos cirujanos plásticos maravillosos y papá quiere aprovechar para hacerse unos retoquitos, si es que a su edad es todo un dandi. Sus amigos están encantados, ambos se operaron y no dejan de alardear delante de papá de que los médicos hicieron un trabajo tan magnífico, que ni sus antiguos jefes les reconocerían, aunque se sentasen a tomar una copa con ellos en la misma mesa.

Cornelio levantó una ceja en señal de estupefacción, por lo visto el viejo carcamal no tenía pensamiento de morirse nunca. Entre los caprichos de su querida mujercita y los del tarambana de su suegro, su ansiada entrada en el maravilloso estatus social de la nobleza le iba a salir muy caro. No sabía el petimetre de Ramonchu de lo que se había librado.

— De acuerdo Candi, a primera hora ingresaré algo más de dinero en su cuenta, pero mañana le llamas y le dices que te dé la fecha de la operación que ya le mando yo un avión privado para que inmediatamente vuelva a casa en cuanto los médicos lo aconsejen. No hay nada mejor para recuperarse que en la propia casa y rodeado de los seres queridos. —No era cuestión de que el viejo, una vez operado y rejuvenecido, se trajese de suvenir una bailarina de samba envuelta en un certificado de matrimonio en lugar de papel de regalo y hubiese que compartir título.

— Sí cariño, yo se lo digo. ¡Querido! A pesar de mi ilusión por nuestro futuro avión no puedo quitarme de la cabeza la desaparición de Lorenzo y de mi Crispín. ¿Les habrán abducido los marcianos? Es que no encontrar ni una pluma en todo el barco de mi pequeñín es tan sospechoso.

Don Cornelio Cabras del Monte se parapetó tras el ejemplar de “Expansión”, su periódico favorito de finanzas; mejor dejar la conversación en ese punto. Y es que de donde no hay… no se puede sacar.

FIN