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jueves, 15 de diciembre de 2011

EL DÍA QUE VI LLORAR A MI MADRE


Queridos lectores: mi historia de hoy no es ni novedosa, ni original;  no esperéis encontrar un misterio insondable, ni un cuento mágico; tampoco hallaréis entre sus líneas una aventura emocionante, ni un final sorprendente. Es simplemente un relato ordinario, una historia real. Un episodio que podría haberle pasado a cualquiera sin necesidad de ser un héroe épico, o un príncipe encantado, o alguien con poderes extraordinarios. Es tan sencilla y corriente que algo similar podría haberle sucedido a usted, que me lee cada tarde al volver a casa después de una dura jornada de trabajo, y enciende el ordenador para desconectar. O a ti que, entre página y página de tus libros de texto, miras de vez en cuando de reojo al ordenador para desengancharte de los estudios. O quizá, a esa ama de casa que busca un momento de relax tras acostar a sus hijos y tener todo listo para el día siguiente. Quizá alguno haya vivido alguna situación similar en su propia carne o, tan sólo, haya conocido algo similar por boca de terceros. Así que si alguien se siente reconocido en estos renglones, será una mera coincidencia.  


Mi hermana, siempre mi hermana; la hermosa, la inteligente Ana, la desconocida Ana, al menos, para mí… Por favor, que estas primeras palabras no se me tomen como un conato de envidia, jamás tuve celos de ella, no pude tenerlos nunca, ya que las dos éramos casi, casi dos extrañas.

Que nadie se extrañe ni busque nada inexplicable en esto. El hecho es muy simple, mi hermana mayor y yo nos llevamos quince años de diferencia. Circunstancias de la caprichosa vida, ya que mis padres no hicieron nada a propósito para alargar la distancia entre nuestros nacimientos. Mis padres se casaron muy jóvenes; mamá se quedó embarazada en seguida, y aunque ellos intentaron buscar la parejita, a los pocos años de nacer Ana, yo fui demasiado reticente o perezosa para nacer; no lo sé, y no llegué a sus vidas hasta mucho después.

Esta circunstancia supuso que ambas creciéramos prácticamente como hijas únicas, y en el caso de mi hermana por ser la primogénita y ante la desesperación de mis padres, que ya creían que sería su única hija, se agravó mucho más.

Ana se crió entre algodones y toneladas de consentimiento, fue durante muchos años no sólo la unigénita de mis padres, también la única nieta de los abuelos de ambas familias; ya que mis tíos no comenzaron a tener hijos hasta mucho después, algo que a mí, me favoreció totalmente, ya que mi edad siempre fue paralela a la de mis primos.

Ella, sin embargo, creció sola, mimada y sin nadie que le pusiese zancadillas en el camino, con unos padres complacientes y el resto de la familia coreando sus menores caprichos; no tenía con quien competir, nadie que le hiciese sombra. Así, poco a poco, se fue acostumbrando a hacer siempre su santa voluntad. Mamá, que era y sigue siendo una mujer inteligente, se dio cuenta de su error cuando ya era demasiado tarde; con doce años y entrando en la adolescencia, ya no era posible encauzar a mi hermana; era prácticamente improbable inculcar un poco de sentido común en la cabecita hueca de una hija, que ya quería volar por sí misma, sin atenerse a unas razones que llegaban demasiado tarde.

De los errores se aprende, y mamá aprendió la lección y su gran alegría fue que, cuando menos lo esperaba, tuvo oportunidad de enmendar su resbalón de madre primeriza conmigo.

Pero a pesar de todos los sinsabores que le dio Ana, jamás, y esto lo digo plenamente consciente, pudo imaginar el dolor que le infringiría su primera hija.

Cuando los acontecimientos comenzaron a precipitarse, cuando el hilo quebradizo que pendía sobre nosotros comenzó a romperse, yo apenas era una mocosa que aún no tenía ni uso de razón. A mi cabeza llegan las imágenes de la boda de mi hermana, ella tenía diecinueve años —como en todo, hasta en eso se salió con la suya; su primer novio, su recién estrenada mayoría de edad, todo capricho y muy poco amor—. Comprobé la realidad de mi último razonamiento con el paso de los años. Yo entonces no me daba cuenta de nada, me limitaba a seguir de manera ruidosa —como cualquier criatura de cuatro años— los pasos de mi madre y mi hermana, a contemplar desde lejos los vestidos que lucirían para la ocasión, sobre todo el blanco radiante que llevaría Ana. Durante esos días, ella pasó a convertirse en la princesa de mis cuentos de hadas. Fueron días agitados, nerviosos, de un ir y venir frenético, y curiosamente, a pesar de ser tan pequeña aún los recuerdo, como envueltos en una nebulosa, pero las imágenes regresan a mí con facilidad.

Evidentemente, yo fui completamente ajena a que todo aquello supondría el principio del fin. Ni mis padres, según me contaron después, pudieron imaginar lo que sucedería posteriormente. Ana pasó a ocupar su nueva casa, su nueva vida, y la convivencia —a pesar de que nos visitábamos con mucha frecuencia— ya no fue igual, sobre todo para nosotras, que si ya estábamos alejadas por el muro del tiempo; ahora para complicar más las cosas nos alejaba también la barrera física.

Ajenos a lo que nos sobrevenía, un nuevo acontecimiento; el nacimiento de su hija, vino a alegrar aquellos días. Nuestras visitas se duplicaron, mis padres adoraban a la niña y para mí se convirtió en mi juguete. Me pasaba horas y horas jugando con ella. Era feliz con mi sobrinita, a quién me aproximaba más en edad que a mi hermana. Así que los tres ejercíamos de solícitos canguros de la pequeña, ayudando a que Ana no se sintiese tan atada y pudiese llevar una vida más relajada.

Hasta que una tarde, la misma en la que celebrábamos el tercer cumpleaños de Bárbara, y que en mis recuerdos aparece totalmente cubierta de nubes grises aunque, probablemente, luciese un sol radiante; todo se precipitó.

Por aquellos años las relaciones de mi hermana con su marido ya comenzaban a flaquear, ella en su tono autoritario de siempre le reprochaba continuamente por todo... escasez de sueldo… poco tiempo libre para ayudarla con las tareas de casa y, sobre todo, para poder salir a divertirse. De la noche a la mañana toda esa fantasía de vida de cuento, ese espejismo de vivir un amor de novela rosa, se le cayó a los pies. 

Todo el afecto que Ana le negaba a su marido se lo daba con creces a la niña, mimándola y consintiéndola de tal manera que Bárbara pronto se convirtió en la miniatura de su madre.

A mamá se le disparó la alarma roja, esa bombillita, que si no es material y palpable, existe y se enciende en nuestra mente cuando algo no va bien. La pobre no supo que su inocente consejo serviría para romper el ya, de por sí, endeble lazo que unía a nuestra familia.

Mi hermana estalló en una ira furiosa y destructiva. Nadie tenía derecho a recriminarla; ella era una mujer hecha y derecha que sabía muy bien lo que hacía, mi madre no era nadie para meterse en su vida. Ya era hora de que dejase de portarse con ella como si se tratase de una niña pequeña, que se entretuviese en educarme a mí, que para eso me había tenido de rebote y, que lo mejor era que nos marchásemos de allí y no se volviese a inmiscuir en sus asuntos.

Curiosamente he olvidado muchas cosas posteriores que han sucedido en mi vida, pero aquel momento se me quedó grabado. Sobre todo recuerdo la sensación de miedo e inseguridad que me invadió cuando contemplé la cara pálida y desencajada de mi madre que, tomando mi mano y apoyándose en el brazo de mi padre, salió de casa de mi hermana sin murmurar una sola palabra. Mi  miedo se convirtió en pánico cuando vi el llanto en su rostro. Mi madre siempre ha sido una mujer fuerte, y yo jamás la había visto llorar, de hecho esa fue la primera y última vez que la contemplé en ese estado.

Desde entonces mi hermana no volvió a hablarnos a ninguno, ni siquiera atendió a mis llamadas cuando, ya adulta, intenté ponerme en contacto con ella. Nunca volvió a abrirnos las puertas de su casa y a partir de aquel día nos desterró al olvido. Si sabíamos algo de ella o en raras ocasiones veíamos a su hija, era gracias a mi cuñado —un buen hombre— que jamás nos retiró el saludo y que en algunas ocasiones venía a visitarnos.

Las cosas nunca suelen evolucionar como esperamos y, a Ana le pasó eso, su absurda confianza en sí misma, su egoísmo exacerbado y la falta de cariño hacia su marido terminó en un divorcio exprés. Mentiría si dijese que aquella noticia nos sorprendió, pero no por esperada, nos dolió menos. Mi cuñado ya había rehecho su vida con otra mujer y, aunque en el fondo nos alegrásemos por él, aquello nos entristeció ya que nos dejaba sin las siempre esperadas noticias de Ana.

Han pasado ya veinte años desde el aciago día en el que vi lágrimas en el rostro de mi madre. Ella, al igual que mi padre, lo ha sobrellevado con dignidad y valentía. He sido el fiel testigo diario de su afán de superación, de su esfuerzo porque su tristeza y su desesperanza no quedasen reflejadas en mí.

Ayer el teléfono sonó de manera diferente, de forma insistente y lastimera, o esa es la impresión que yo tuve. El auricular casi se me escapó de las manos cuando reconocí a través de las ondas inalámbricas la voz de Ana.

— Menchu ¿eres tú? —Su voz sonaba clara pero entrecortada por el llanto.

— Me da vergüenza, no sé cómo he reunido el valor suficiente para acudir a vosotros después de lo que hice… Pero es que… estoy sola… muy sola. Imagino que sabréis que Arturo y yo nos divorciamos, bueno… pues llegamos a un acuerdo de poner el piso a nombre de nuestra niña, y ahora… ahora… después de haberle dado todo en esta vida, mi propia hija me ha echado de casa. Tiene una pareja, quieren vivir juntos y yo le estorbo…

Mi hermana rompió en amargos sollozos que penetraron en mis oídos como si fuese una tormenta arrolladora y diluviana que empapaba mi alma.

En ese punto la voz de mi madre irrumpió como un rayo luminoso en la conversación, había cogido el supletorio y había escuchado todo.

— Ana, cariño, soy mamá. Hija mía recoge todo lo que tengas y vuelve a casa. Sabes que aquí siempre tendrás un techo y mis brazos… y también los de tu padre y tu hermana… Ven, te estaremos esperando.

Ayer mi madre no lloró pero, después de muchos años, volví a ver el brillo en su mirada.

Hoy soy yo, la que sentada en mi mesa de la redacción de la revista literaria digital donde trabajo desde hace años, tiene todavía los ojos húmedos cuando recuerdo la cena de anoche. Sé que entre todos saldremos adelante. También sé que mi sobrina un día, más o menos pronto, recapacitará y se dará cuenta que tiene una madre que siempre estará esperándola.

Cuando levanto la vista de la pantalla del ordenador veo que Luis me espera en la puerta del despacho. Me había olvidado de que mi prometido volvía aquella mañana de un viaje de negocios y  habíamos quedado para almorzar.


— Menchu ¿Qué te pasa? ¿Algo va mal? Tienes los ojos rojos y húmedos —noté la preocupación en su voz mientras se ponía junto a mí.

— Sí, Luis, he llorado pero no te preocupes, es un llanto provocado por la alegría. Ayer recuperé a la hermana que nunca tuve.

FIN