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jueves, 29 de diciembre de 2011

HUMO Y LEÑA



La mañana había amanecido radiante; el sol se filtraba a través de una fina capa de nubes que no llegaban a teñir el cielo de blanco, ni mucho menos ocultar los rayos de sol.

Y yo me sentía feliz, tras muchos días de estar encerrado en casa, al fin, podría salir al aire libre, jugar por el prado y ver las montañas que me rodeaban en todo su esplendor. La lluvia había cesado y ahora todo se veía mucho más nítido y los colores eran más brillantes. Era como si aquella cortina de agua hubiese lavado el paisaje.

Mi pueblo es muy bonito ¡sí señor! O, eso me parece a mí, tengo que confesar que no he salido de aquí desde que nací; pero estoy completamente seguro de que es así, yo no podría vivir en otro lugar. Me gusta contemplar cada mañana las altas cimas, el prado verde, las casas de los vecinos con sus tejados de pizarra y la fina columna de humo que, saliendo por las chimeneas, se eleva hasta diluirse con el aire, dejando su rastro, ese olor tan peculiar a la leña quemada, a esos troncos que crepitan en los hogares. Uhmmm me parece nuestros vecinos hoy han echado junto con la leña algunas piñas secas. Seguro que la señora Bienvenida está preparando la lumbre para hacer una cena rica, rica.

Hoy es un día especial, sí, esta noche habrá fiesta grande, con muchas cosas buenas que comer. La gente está más contenta, y se les ve a todos más felices. Todos se ríen y se saludan más amablemente que de costumbre, aunque tengo que reconocer que aquí la gente es muy sociable; al ser un pueblo muy pequeño nos conocemos todos y los vecinos estamos muy unidos, somos como una gran familia.

Estoy tan contento que voy a cantar, me apetece mucho, el otro día escuché una canción sobre unos peces que beben en los ríos, es muy fácil y seguro que no lo hago del todo mal; entre mis múltiples cualidades no está la del canto.

¡Anda! Pero si viene a vernos el señor Dionisio, nuestro vecino más cercano y el  marido de la señora Bienvenida; voy a lucirme un poco, seguro que le gusta mi canción.

— ¡Buenos días Dionisio!

— ¡Buenos días nos de Dios, Blas! Qué, ya preparando todo para esta noche ¿no? Hasta aquí nos llega el olorcillo de esa lumbre de la Bienve. A la Satur también la tengo ya liada desde bien temprano en la cocina.

— Ya te digo, pero si parece que sólo se come en estos días. La Bienve lleva desde las  seis de la mañana trajinando y a mí casi me ha echado de casa para que viniese a verte. Bueno entonces me cobras lo acordado ¿no? Ni un duro más que con la puta crisis no estamos para muchas alegrías.

— Sí, hombre sí, no te preocupes, este año no ha sido del todo malo y mis ovejas han parido bastante y bien, pues ¡ale!, elige tú el cordero que más te guste.

— Pues no sé, tú eres el experto, ¿Qué me aconsejas? Ya sabes que lo mío es la madera, yo de animales no entiendo “na de na”.

— Cualquiera de los que ves, te aseguro que este año la carne es buenísima, con tanta lluvia, a Dios gracias, los pastos han sido generosos. El Hipólito y el Macario se llevaron dos para la Inmaculada y están contentos.

— Bueno pues creo que me llevaré a ese que bala tanto, que gracioso es el “condenao”, pero si parece que se quiere lucir y todo, porque es un animal, si no yo diría que está cantando para mí ja,ja,ja.

— Pues como quieras Dionisio, pásate de aquí a un par de horas y ya te lo tendré preparadito.

Parece que están hablando de mí. ¡Sí, me están mirando! Ya sabía yo que al señor Dionisio le iba a gustar mi canción, pero… si creo que me va a llevar con él a pasar la fiesta de esta noche a su casa. Ummm estoy deseando probar esas comidas tan sabrosas que debe hacer la señora Bienvenida, menudo olorcillo sale siempre de su cocina.

FIN