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jueves, 19 de enero de 2012

ÁNGEL DE LA GUARDA (Final)


Toledo, abril 1928

Sor Elvira, la jovencísima monja encargada de la enfermería del colegio-casa cuna, paseaba abstraída por la amplia galería que rodeaba el patio central del edificio. Aquella mujer alta, de rostro hermoso y una figura envidiable, que el tosco y tieso hábito no conseguía ocultar del todo, llevaba días inquieta.

Ella, que no se había hecho religiosa por voluntad propia —ni tampoco era una mujer extremadamente devota— se había visto obligada a profesar como hija de caridad cuando su prometido la dejó plantada en el altar. Para su padre, hombre beato y severo, aquello fue una revelación. Eso simplemente podía significar que su hija estaba destinada a ser esposa de Cristo. Así, el orgulloso padre inició los trámites y entregó a su hija, junto con una dote considerable, al servicio del Señor. Elvira, incapaz de revelarse a la voluntad paterna y tras la crisis sufrida tras el abandono del hombre que amaba, ahora, a sus veintidós años, se veía recluida tras los muros de aquel lugar. Y a pesar de todo era feliz, daba gracias de que, al menos, no hubiese terminado en un convento de clausura. Ella había nacido para ser esposa y madre, y ya que esa vida le había sido negada, le quedaba el consuelo de volcar todo su amor maternal en aquellos niños, algunos alejados momentáneamente del cobijo de sus padres, y otros, la mayoría, abandonados en el torno nada más nacer. Elvira era la primera que salía disparada de donde estuviese cuando sonaba la campanilla de aquel artilugio, lo que significaba que, alguien, por los motivos que fuera; ella no era quien para juzgar, había dejado allí a otra inocente criatura recién nacida.

No era extraño que una serie de calamidades la tuviesen muy preocupada. El brote de sarampión, unido a una epidemia de difteria, estaba siendo muy virulento aquella primavera. La enfermería estaba colapsada de niños con edades comprendidas entre los seis meses y los ocho años, hasta el punto de que Sor Elvira había tenido que acondicionar otra de las grandes salas, lo que era el comedor, para ampliar las instalaciones sanitarias. Los dos médicos que acudían a diario —sin cobrar un duro— por pura vocación y generosidad contribuían de manera desinteresada con aquel establecimiento de beneficencia; las cuatro monjas que ayudaban a Sor Elvira y las tres trabajadoras externas, no daban abasto para atender a tanto niño enfermo.

Luego estaba Eugenia, una niña de seis años a quien tenía un cariño especial. Su madre, Romualda, tras pasar por el mal trago de perder a su marido, tuvo que enfrentarse a su familia tras la muerte de su padre y estos la dejaron en la calle con sus tres hijos pequeños. La pobre mujer tuvo que abandonar el pueblo donde nació y trasladarse a Toledo donde, tras dejar a sus hijos en aquella institución de caridad, se puso a trabajar de sol a sol.

La niña desde que había ingresado en el colegio, después que su hermana mayor, Josefa, había sido traslada al edificio de las mayores —situado unos metros más arriba en la misma calle— se había convertido en una pequeña madre en pequeño para su hermano menor, Donato, que sólo tenía cuatro años. Sor Elvira admiraba a esta niña y la forma de preocuparse por su hermano, veía como ella le lavaba la ropa en el pilón del lavabo y se la secaba cuando este se manchaba para evitar que las otras monjas o las cuidadoras le pegasen o castigasen. Incluso muchas veces presenció en el comedor que la niña, a escondidas, prescindía de su comida para dársela a su hermano, que siempre se quedaba con hambre.

Ahora verla postrada en la cama de la enfermería, aquejada de aquel maldito brote le daba una pena enorme. Lo único que alegraba a la monja era que tres niños, de los más pequeñines, y los que estaban más graves, se encontraban ya fuera de peligro, ¡alabado sea Dios! Al menos ninguno había fallecido y el resto parecía responder bien al tratamiento.

Sor Elvira atravesó las puertas de la enfermería y comenzó su labor; cambiando camas, repartiendo medicamentos, atendiendo a los doctores y jugando con los pequeños que estaban mejor.

Y a la mañana siguiente el shock, uno de los niños, precisamente uno de los que había mejorado, uno con los que el día anterior había estado jugando, había amanecido muerto sin causa aparente. Sor Elvira no daba crédito a aquello.

— Pero si Miguelito ayer estaba perfectamente, cuando me retiré a descansar le dejé bien, ni siquiera tenía fiebre —comentaba nerviosa con el médico del turno de mañana.

— Hermana, estas cosas ocurren, las enfermedades son así de engañosas, lo que parece una mejoría puede ser simplemente una tregua.

Y para alterar más el ánimo de la monja, el doctor tenía otra desagradable noticia, Eugenia había empeorado; al sarampión se había unido la difteria, si en cuarenta y ocho horas la enfermedad no remitía, las cosas no pintaban bien para aquella niña.

Y no cesaron, la pequeña empeoraba por minutos, la fiebre no bajaba de cuarenta y dos grados, la boca, garganta y ojos eran puras llagas y esto, unido a su natural inapetencia, hacía muy difícil que la niña se alimentase; la enfermedad y la debilidad eran buenas aliadas para terminar con una vida. Ellos no obstante harían todo lo humanamente posible por salvarla.

Días más tarde Sor Elvira descansaba en su cama, había estado setenta y dos horas seguidas sin apartarse un momento de la enfermería, sin descansar un minuto. Tras los ruegos de sus compañeras, al final, consiguieron convencerla de que se fuese a descansar aunque fuese un rato o ella también caería enferma y eso sería aún peor; si ocurría algo irían a avisarla inmediatamente, de eso podía estar segura.

No habrían pasado ni dos horas de su reposo cuando la monja notó que una mano nerviosa la zarandeaba, era Sor Estefanía:

— ¡Hermana!, ¡hermana! Siento despertarla, pero hemos sufrido otra desgracia, otro de los niños ha fallecido, lo mismo que le pasó a Miguel, y eso que su estado había mejorado notablemente. Estamos desoladas.

Sor Elvira se levantó de un brinco de la cama y se puso sus hábitos sobre el camisón, ¡no podía ser!, ¡no podía ser!

— ¿Han avisado a Don Hilario? Es el médico que vive más próximo.

— Sí, hermana, hemos mandado al jardinero. Además hay otra mala noticia, Eugenia ha empeorado, le ha subido más la fiebre. ¡Pobres criaturas!

Sor Elvira voló más que corrió hacia la enfermería. Don Hilario había llegado ya y estaba atendiendo a Eugenia.

El niño que había fallecido estaba en una cunita próxima a la cama de Eugenia, era Fernandito, un niño huérfano de tan sólo quince meses. Sor Elvira no pudo reprimir las lágrimas; el niño parecía un ángel dormido. Efectivamente como había dicho Sor Estefanía, estaba prácticamente restablecido y en pocos días habría salido de la enfermería.

El doctor se levantó de la cama de la enferma y se dirigió hacia la monja.

— En niños tan pequeños es normal que pasen estas cosas, sus defensas aún no están reforzadas y a pesar de la higiene… en fin hermana, siento mucho que estos niños se vean castigados de esta manera. Yo que llevo años dedicándome a esta profesión, aún me estremecen estas cosas. Tengo otra mala noticia, Eugenia está muy mal. Creo que ya no podremos hacer nada por ella, es cuestión de horas, quizá de algún día, pero su estado ya no es reversible. Sería mejor que informasen a su madre.

— Su madre viene todos los días a visitarla, la avisaremos inmediatamente —dijo la monja secándose los ojos.

Sor Elvira se acercó a la cama de la niña, su estado era realmente lamentable. Su hermoso pelo rojo casi había desaparecido de su cabeza debido a la fiebre, no podía abrir los ojos surcados por una inmensa llaga y su respiración era jadeante.

Horas más tarde dos mujeres velaban a la niña, Romualda, su madre, junto a ella, en la cabecera; Sor Elvira, sentada a los pies de la cama. Su estado no había sufrido ningún cambio.

Sor Elvira se levantó:

— Si los médicos han tirado la toalla, ¡yo no!, no Romualda, no voy a dejar morir a tu hija, no sin antes haber probado todos los medios posibles.

Al poco rato la monja apareció con una jofaina con un líquido de un color amarillento y con un trozo de algodón; fue lavando con mucho cuidado las llagas de los ojos de la niña.

— Es manzanilla, tiene un efecto relajante y además es anti-inflamatorio, luego prepararé más y me ayudarás a limpiarle las heridas de la boca y de la garganta. He traído toallas, haremos trozos más pequeños y las empaparemos en alcohol para aplicárselos en la frente, con mucho cuidado de que no le caiga en los ojos. Eso ayudará a que baje la fiebre.

— Lo que usted diga hermana, no pienso separarme del lado de mi hija, hasta que Dios me la devuelva o me la quite —Romualda estalló en lágrimas al pronunciar la última palabra.

— Y para alimentarla, daré orden a la cocina de que preparen todo el alimento líquido; con una goma y un pequeño embudo haremos que poco a poco vaya tragando la comida, para no quemarla y que las llagas no empeoren esperaremos lo necesario hasta que el alimento se enfríe, y templaremos lo que esté frío; es la única forma de no dañarle la garganta.

Mientras las dos mujeres se movían alrededor de la niña preparando todo lo necesario, Eugenia comenzó a removerse y a pronunciar unas palabras.

— Está delirando, es la fiebre —dijo la monja aproximándose a la cama— ¿Qué dice?

Las dos mujeres se acercaron más para escuchar los susurros de la niña.

— Micaela, Micaela… Fernando… Se había despertado y jugaba en la cuna… y ella se acercó… y le tapó la boca… y le apretaba fuerte la tripa… y luego no se movía…

Sor Elvira y Romualda se miraron sorprendidas, ¿qué quería decir con eso? No era posible.

— Sin duda son delirios Sor Elvira, conozco a Micaela, es amiga mía y es una buena mujer. No sería capaz de hacer algo así, no ella que perdió a sus dos hijos nada más nacer. Seguramente, mi hija con la confusión de la fiebre lo que vio fue como Micaela atendía al niño.

— Pero ella dice que le apretó la boca y la tripa… esa no es forma de atender a un bebé. De todas formas, tienes razón, Micaela es una mujer de toda confianza, muy cariñosa con los niños y, gracias a ella, que es la única que quiere quedarse por las noches; nosotras podemos descansar.

Los días transcurrían, abril iba lentamente dando paso a mayo. Sor Elvira estaba satisfecha, el brote iba remitiendo poco a poco, aún había casos pero parecía que no eran tan graves como los primeros, al menos los de difteria habían disminuido. Eugenia había mejorado notablemente, su constancia y paciencia habían dado su fruto, los médicos habían diagnosticado que al fin la enfermedad había hecho crisis y que la niña ya no corría ningún peligro.

Pero algo inquietaba aún la cabeza de la monja. Desde que escuchó los delirios de la niña, algo se había removido en su interior, a pesar de que el resto de sus compañeras quitasen hierro al asunto, nadie creía que algo así hubiese podido suceder. Todos conocían a aquella sufrida mujer que, en su soledad, se desvivía por los demás.

La obcecada monja no podría descansar completamente tranquila hasta no sacarse ese resquemor del cuerpo.

— Romualda, creo que no es necesario que te quedes esta noche. Estás agotada, Eugenia está bien, mira que tranquila duerme, y tú necesitas descansar, si enfermas, ¿quién sacará adelante a tus hijos? ¡Venga mujer! Hoy está todo muy tranquilo y los niños, ¡a Dios gracias!, están bien. Sor Estefanía, nosotras también nos retiraremos a descansar, seguro que Micaela se las puede apañar muy bien, es de toda confianza y si ve algo fuera de lo normal nos avisará, ¿verdad, Micaela?

— Sí, sí Sor Elvira, vayan a descansar y no se preocupen, yo me ocupo de todo, los niños están muy tranquilitos. Cualquier cosa ya les aviso. Romualda vete tranquila, cuidaremos bien de tu hija; que suerte has tenido. No sabe como la admiro Sor Elvira, es usted un ángel bajado del cielo.

— Gracias Micaela, sólo cumplo con mi obligación. Bueno ya está todo hablado. Venga Romualda, la hermana Estefanía y yo te acompañamos hasta la salida, después nosotras nos retiraremos a descansar.

Al salir, aprovechando un descuido de Micaela que se agachaba a atender a un pequeñín, Sor Elvira empujó a las dos mujeres tras los cortinones de la puerta.

— ¡Phssss! Silencio, no hagáis ruido, lo siento Romualda pero las palabras  de tu hija no me han dejado descansar desde entonces, tengo que comprobar si sus palabras fueron sólo eso, delirios febriles —les dijo Sor Elvira muy bajito y poniéndose un dedo en los labios en señal de silencio.

El reloj corría mientras las tres mujeres agazapadas esperaban tras las cortinas, Romualda y Sor Estefanía no osaban mover un solo dedo. Sor Elvira aguardaba en tensa espera, con los latidos de su corazón medio ahogando su garganta. Todo transcurría normalmente, Micaela sentada en un sofá junto a la luz de un candil tejía una labor de lana, aún sin confirmar en que terminaría aquel proyecto, con los pies reposando en un escabel permanecía atenta a su labor y a cualquier ruido proveniente de los niños.

Hasta que uno de los niños rebulló en su cuna y se despertó, se sentó y con los bracitos al aire parecía llamar la atención de la cuidadora.

— ¿Qué te pasa pequeñina? ¿Te has despertado y quieres jugar?

Micaela se levantó del sofá y se acercó a la cuna, donde una niñita de pocos meses la miraba con alegría. Acostó de nuevo a la niña y sin pensarlo dos veces con una mano tapó su boquita, mientras con la otra, le apretaba el vientrecillo.

Sor Elvira no pudo aguantar más y remangándose el largo hábito salió, como alma que lleva el diablo tras las cortinas, mientras las otras dos mujeres corrían en busca de ayuda.

— ¡Asesina! ¡Maldita asesina! Eugenia tenía razón, no eran sueños arrebatados a la fiebre. ¡Tú mataste a mis niños! ¡Mis pobres inocentes pequeñines! Pécora maldita, voy a terminar contigo, no mereces vivir.

La monja —hecha una furia— se abalanzó sobre la mujer y la arrojó al suelo, golpeándola a la vez que le tiraba de los cabellos.

Si no hubiese sido por la pronta llegada de la policía lo más probable es que Micaela hubiese terminado allí mismo sus días. A dos hombres forzudos les costó trabajo separar a ambas. Sor Elvira lloraba, lloraba de rabia, de dolor, de impotencia. En la boca de la cuidadora asomaba una sonrisa bobalicona, atontada.

— No merecían vivir, ni sus madres les querían, ellas mismas se deshicieron de ellos; venir al mundo para sufrir no tiene sentido —vociferaba la mujer mientras los agentes le ponían las esposas.

— Apártenla de mi vista, llévensela de aquí o no respondo de mis actos —murmuró Sor Elvira.

Cuando los agentes se la llevaban, al pasar junto a Romualda, la cuidadora exclamó:

— Si no hubiese sido por tu hija no me habrían pillado, la tenía que haber matado la primera, pero estaba tan malita la estúpida, que no creí que fuera a delatarme. Además, no podía permitirme el lujo de perder todo lo que me traías para que cuidase bien de tus hijos ja,ja,ja,ja.

Las carcajadas de la mujer fueron como bofetadas que golpearon a todos los presentes.

— Si no llego a verlo con mis propios ojos, jamás hubiese creído que hay personas así en el mundo, he visto mucho, mi propia familia me dejó de lado, pero nunca pude suponer que habría gente tan mala como para poder matar a criaturas inocentes. Y yo que la creí amiga, en el fondo me consuela saber que esa ignorancia junto a algunos detallitos que la traje salvaron a mi hija. Gracias Sor Elvira, no sé como pagarle todo lo que ha hecho por ella —dijo Romualda mientras miraba a su hija que no se había despertado pese al revuelo.

— Yo tampoco lo hubiese creído, si no hubiese sido por ella, algo me decía que esos delirios eran verdad, los niños no mienten; algo había visto esta criatura para decir lo que dijo. La mayor prueba de agradecimiento que puedes ofrecerme es que me hagas una promesa. Prométeme que siempre cuidarás de Eugenia, es una niña muy especial, mucho; una de esas personas que, al contrario de Micaela, nacen para favorecer y ayudar a los demás.

FIN