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domingo, 22 de enero de 2012

DENTRO DEL LABERINTO


Desde que era un crío me gustó aquel laberinto, a pesar de que el guardés de la finca se inventase cuentos de terror y extrañas leyendas para apartar a todo el muchacherío de allí.

¡Cuentos de miedo a mí! Jamás me impresionaron.

Puse la radio, me gustaba escuchar las primeras noticias de la mañana: Esta madrugada ha sido hallado en el laberinto de la Mansión Shefield el cadáver de otra muchacha salvajemente mutilado. Siguen sin encontrarse pistas del  asesino en serie que mantiene aterrorizada a la población…”

“¡Bah!, más de lo mismo. La policía es cada vez más inepta, a ver si alguna vez me dan una alegría y dejan de hacer el bobo” —pensé mientras ponía a hervir el agua para el primer té de la mañana.

Me aseé concienzudamente como cada día y me dispuse a llevar el desayuno a mi padre: “Papá, ahora sí te sentirás orgulloso de mí. Al fin he conseguido que tu amado laberinto sea el lugar que siempre soñaste”. No espero su respuesta. Al abandonar la habitación miro sus cuencas blancas y por primera vez observo en su mirada, vacía de ojos, algo parecido al cariño que nunca me dio.


FIN