Bienvenidos a este rincón donde compartir pequeñas historias.

jueves, 26 de enero de 2012

LA AGUJA PRODIGIOSA


¡Uyyy, que "potitoooo"!
Esta es la historia de una princesa, una aguja, una joven humilde y, como no, el siempre tan recurrente príncipe azul. El escenario como siempre, un lejano país sin nombre; todos los cuentos comienzan así, ¿verdad? No sé muy bien si por aumentar el misterio o por fastidiar al lector. Pero no doy más rodeos, ¡chatatachan!, chsss… silencio que el cuento va a comenzar.

Rosalía era una joven humilde que vivía sola en su pequeña casita. Había perdido a su madre hacía poco tiempo y a su padre ni llegó a conocerle. Rosalía no tenía nada… y tampoco deseaba nada, sólo poder vivir. Se pasaba día y noche cosiendo, y así se ganaba la vida.

Su madre le había dejado una triste herencia: una aguja medio renegrida por el paso del tiempo. “Mi pequeña Rosalía, esto es lo único que puedo dejarte, pero estoy convencida que algún día será tu fortuna”.

Y poco a poco las palabras de su madre se cumplieron cual profecía. A medida que pasaba el tiempo Rosalía fue comprobando que cada vez coser la costaba menos esfuerzo y, lo más curioso era que de sus manos cada vez salían mejores zurcidos y bordados más bellos. El boca a boca hizo milagros y comenzaron a lloverle clientas de lugares muy lejanos.

Su fama llegó incluso a los salones del palacio real, donde la princesa Renata se esforzaba día tras día en ser la mejor en todo. Y es que la pobre no era muy hermosa —las princesas no son siempre bellas, ni tampoco están siempre perfectas… hay de todo—, tampoco era fea… pero su orgullo y su constante gesto de mal genio, afeaba sus facciones ya de por sí poco agraciadas.

El bordado de Rosalía, ¿a qué es "mu gonito"?
Cuando a oídos de Renata llegó el nombre de Rosalía y su virtud con la aguja, la envidiosa o voluntariosa —no quiero ser excesivamente mala desde el principio de la historia— princesa se propuso hacer el más bello bordado que jamás hubiera salido de manos humanas. Contrató a las más prestigiosas costureras, incluso de los reinos vecinos, pero ninguna consiguió enseñarla. La princesa sólo conseguía pincharse una y otra vez.

Renata más furiosa cada día, pensó que lo único posible era que aquella aguja tuviese algún poder mágico, tenía que hacerse con ella al precio que fuera. No entendía que una joven vulgar la superase, a ella, toda una princesa y futura reina.

A la tarde siguiente, Rosalía se encontraba cosiendo tranquilamente al calor de la lumbre bordando un hermoso pañuelo para una dama de la corte. La puerta se abrió de sopetón. A la pobre costurera se le salieron los ojos de las órbitas y la boca se le abrió tanto que estuvo a punto de desencajársela; una pose muy comprometida para nuestra heroína.

— Hasta palacio han llegado rumores de tu buen hacer con la aguja, me gustaría ver alguno de tus trabajos —dijo Renata con voz mandona.

Rosalía, tras hacer una desmañada reverencia y presa del nerviosismo, enseñó a Renata algunos de sus bordados. La princesa verde de envidia —que sí, que ya lo sé que era voluntariosa, pero creo que aquí ya está perdiendo los colores, ejem, a mi me parece que esto ya es envidia cochina— no pudo aguantar más e increpó a la pobre costurera, con un pataleo muy poco glamuroso:

— ¡No y no! Es imposible que yo con los mejores utensilios y las maestras más renombradas sea incapaz de crear esas maravillas. Esa aguja tiene poderes mágicos, ¡la quiero YAAAAA!

— Pero alteza, no podéis quitarme mi medio de vida. Vos tenéis todo lo que podéis soñar, yo tan solo poseo esta aguja roñosa y mis manos; así me gano la vida.

La puñetera aguja y el trabajo que dio
La orgullosa princesa no se ablandó con las súplicas de la llorosa joven, muy al contrario, el color verde de su rostro se iba tornando fosforito, menos mal que en la habitación no había espejos, que si no la pobre Rosalía lo hubiese pasado mucho peor. Renata sin contemplaciones le arrebató la aguja. Cuando ya altiva, gozosa y menos verde —todo hay que decirlo— salía por la puerta, la dichosa aguja —que básicamente estaba ahí para liarla parda— saltó de sus manos y fue rebotando por el empedrado del suelo al pajar del vecino. Como si no hubiese otro lugar donde caer, miren ustedes.

En pocos instantes, el rostro de Renata semejaba el arco iris en todas sus variantes, pasando por el amarillo y el morado. Rosalía se afanó por encontrar la aguja entre la paja, pero fue imposible. Entre tanto estallido de color, la princesa tuvo una idea genial, ¿por qué no comerle el coco a su papi, el rey, y proclamar un edicto oficial? Sería “súper guay” encontrar la aguja y marido al mismo tiempo. A medida que iba desarrollando su idea el color del rostro de Renata iba tomando su color natural, es decir, amarillo cetrino.

A la mañana siguiente un decreto real se iba pregonando por todos los rincones. Se convocaba a todos los jóvenes del reino; si venía alguno de otros lugares no pasaba nada —no estaba la cosa para hacer ascos a ningún pretendiente— a que buscasen la aguja roñosa. El afortunado que la encontrase sería premiado con la mano de la princesa. Palabra de Rey. ¡Vaya, que el soberano debía estar deseando casar a la niña, ea!

Esa misma tarde había una cola impresionante ante el palacio. Renata aplaudía gozosa tras los visillos, de ahí sacaría marido a la de sí o sí. Los jóvenes no habían tenido reparo, total buscar una aguja no suponía tanto trabajo y la verdad, no nos engañemos, mucho palacio… mucha carroza… pero el país estaba en crisis, había un paro tremendo y conseguir ser príncipe consorte no era mal oficio después de todo.

Pero la dichosa aguja seguía sin aparecer, las rodillas y los riñones de los pretendientes se iban resintiendo de estar tanto tiempo agachados buscando ese trocito de metal roñoso. Así que entre los buscadores se fue corriendo la voz de que en el reino vecino se ofrecían puestos de trabajo, como lacayos, pajes, pinches de cocina, etc. Seguro que aquello les traía más cuenta, así que fueron abandonando la búsqueda, total tras varias horas de ver el careto de la princesa, todos empezaron a pensar que entre platos o bestias les iría mucho mejor.

El rostro de Renata había pasado del rojo más intenso, debido a la emoción, al gris ceniciento al ver que todos los candidatos a su mano preferían irse a trabajar como humildes peones dejándola plantada.

Pues, ¡menudo héroe je,je,je!
Pero no, una lucecita volvió a iluminar la mente de la princesa, no todo estaba perdido, por un recodo del camino vio aparecer a un joven y no tenía mala pinta, era bastante guapo. Iba vestido casi con harapos y la cabalgadura podía parecer de todo menos un brioso corcel, pero tampoco era cosa de andarse con remilgos. Lo importante era que encontrase la aguja.

Y Arnaldo, que así se llamaba nuestro héroe solitario, encontró la aguja. Y cuando el reloj de la torre tocó la última campanada de las doce del mediodía, el hermoso galán se personó con la aguja en el palacio para reclamar su merecido premio.

Renata, su padre el Rey, junto con toda la corte y sus súbditos salieron a la puerta luciendo sus mejores galas para la ocasión. Al llegar ante el séquito real, Arnaldo habló:

— Hola colega, que sepas Renata, que yo aunque voy vestido así soy príncipe como tú. Esto… chata ya que te he encontrado la aguja podías utilizarla y coserme estos trapos. Una cosa es vestir de pobre para que no le asalten a uno bandoleros y otras gentes de mal vivir por esos caminos del Señor, y otra es ir roto por todos los lados.

— Uinsss, y como le digo yo a este que por más que he intentado aprender a coser nothing of nothing. Mejor me hago la loca. —pensó Renata haciendo gala de sus escasos conocimientos de inglés, y eso que su papá le había pagado los mejores profesores del mundo mundial— ¡Costureraaaaaaaaaaa! ¡Que venga la costurera ipso-facto, o sea YAAAAA! —gritó con su melodiosa voz que, en esa ocasión, parecía más el pitido de una locomotora con afonía.

— Mira chica no te ofendas, pero voy a renunciar a tu mano. Vamos es que a mí esto de casarnos entre nosotros, mezclar sangres reales y bla, bla, bla, pues que quieres que te diga, no me mola nada. Si es que como dice papá, le he salido un tanto rebelde. Yo siempre soñé casarme con una costurera, es que aquí, entre nos, necesito alguien que me cosa los calcetines por que soy un desastre y papá dice que las finanzas del reino no está para muchos gastos ni florituras…

El príncipe paró de hablar en seco, mientras sus ojos se posaron en una joven que se abría paso entre las primeras filas de curiosos. Arnaldo miró a Rosalía… Rosalía miró a Arnaldo. (En aquel momento comenzaron a sonar campanitas y violines en las orejas de ambos, ¿c’est l’amour?).

— ¿Sabes coser? —preguntó Arnaldo.

— Sí, alteza, soy costurera —contestó Rosalía bajando la cabeza con humildad.

Aquí me pregunto ¿Dónde demonios están los briosos corceles?
— Entonces, hermosa mía, deja todo y vente conmigo. Esto… no te importará ir montada un par de leguas sobre este jamelgo, ¿verdad? Es que dejé la carroza aparcada junto al río, ya sabes por no dar publicidad y tal, que los paparazzi se ponen de un pesado…

A todo esto Renata, que se había quedado con la boca abierta, con la cara verde como casi siempre y además veía que se quedaba compuesta y sin novio, reaccionó de inmediato:

— ¡Ah, pues yo me caso y me caso! A ver, tú mismo, paje, ¿quieres casarte conmigo?

— Como vos queráis alteza —dijo el paje medio atragantado.

— Pues, ¡ea! Cada mochuelo a su olivo, vamos padre que hay mucho que preparar y me quiero casar mañana mismo a ser posible, no sea que a este también le dé por irse a buscar trabajo al reino vecino.

Años más tarde Rosalía estaba en el salón de palacio cosiendo los calcetines de Arnaldo, la aguja saltó de sus manos y fue a parar al rescoldo de la chimenea, hundiéndose entre la ceniza. Arnaldo, que estaba a su lado cantando el “cinco lobitos” al pequeño Arnaldito, sacó un extraño artilugio de su bolsillo, era como una lente grande con un mango de madera negra. Poniéndose de rodillas empezó a escarbar entre la ceniza, mientras con la otra mano sujetaba el mango y mantenía el cristal cerca de sus ojos, al poco tiempo exclamó:

El artílugio que le cambia la vida a Rosalía , más simple que el  "asa un cubo"

— Querida, lo tuyo con las agujas es una manía, ¿no? ¡Aquí está! ¿Ves cómo no fue tan difícil encontrar una aguja en un pajar?


FIN