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domingo, 29 de enero de 2012

LA ANCIANA DAMA


Beatrix y yo éramos dos almas gemelas, ese tipo de personas solitarias, huidizas y con una clara dificultad para relacionarse con los demás. Así que, como si fuéramos dos hermanas siamesas, pegadas la una a la otra, comenzamos a vivir nuestro mundo privado y peculiar, hecho solamente a nuestra medida y para nosotras. Si ahora mismo alguien me preguntase cuanto tiempo llevábamos juntas, lo único que podría responder es que nos conocíamos de toda la vida. Toda la vida que éramos capaces de recordar, se entiende, al menos, desde que ambas tuvimos el raciocinio suficiente para ser conscientes de nosotras mismas y de nuestro entorno, a pesar de nuestra corta edad. Lo que no sabría decir con exactitud era el tiempo físico que duraba nuestra amistad medido en segundos, minutos, horas, días, meses y años.

Nos conocimos en el colegio donde ambas estudiábamos internas. Beatrix era la única hija de una aristocrática familia rural del Condado de Northumberland, al norte de Inglaterra. Y yo, yo no sé muy bien de donde había salido, ni quien era, ni que hacía en un colegio tan selectivo de señoritas bien de Inglaterra, cuando pobre de mí, era una  infortunada huérfana —o eso creía—, ya que jamás conocí a mis padres. Siempre pensé que yo estaba allí por la buena voluntad y la piedad de algún pariente lejano que prefirió meterme entre esas cuatro paredes, antes que hacerse cargo de mí. Lo extraño de la situación es que nunca vino nadie a verme; los parientes lejanos o cercanos habían desaparecido de mi vida como si todos se hubiesen disuelto como el humo.

Esa situación tampoco me preocupó en exceso, al principio debía ser demasiado pequeña para darme cuenta de esas cosas; y luego… luego ya nada tuvo importancia porque, al fin, conocí a la que sería mi compañera de juegos ideal, a mi única y verdadera amiga, casi la hermana que nunca tuve.

Desde el primer momento me cayó bien aquella niña tímida y retraída de gruesas coletas rubias, enormes gafas de pasta color miel y dientes apresados en horribles hierros que afeaban su rostro; pero con una mirada dulce y triste.

— ¿Te hace daño esa cosa que llevas en los dientes? —le pregunté curiosa.

No sé muy bien si me escuchó porque no respondió mi pregunta, pero lo que sí sé es que desde entonces no le fui indiferente. Beatrix me miró a través de sus grandes gafas y me sonrió; y, yo, que estaba siempre sola y relegada a mi suerte en los rincones más recónditos de las salas y galerías del enorme edificio, supe por primera vez lo que era tener alguien cercano.

Nos hicimos inseparables, donde iba una, iba la otra; incluso compartíamos habitación y cama. Los dormitorios eran salas inmensas, y en aquel edificio antiguo, la calefacción no tiraba siempre como debiera. En las noches más rigurosas del frío y húmedo invierno en la campiña inglesa, era agradable sentir el calor y la tibieza de otro cuerpo a tu lado.

Éramos tan inseparables que cuando llegaron las vacaciones y Beatrix tuvo que volver a su casa para pasar el verano, no quiso dejarme sola y decidió llevarme con ella. Y yo fui feliz, nunca había gozado del calor de un hogar, ni del amor de unos padres; nadie me iba a echar de menos, nadie iba a acudir al colegio a preguntar por mí o a llevarme a una casa que pudiera llamar mía. Así que empecé a considerar la casa de mi amiga como la mía propia.

La mansión Mansfield era una hermosa y sólida casa de arquitectura victoriana, una casa enorme y llamativa por fuera y cálida y acogedora por dentro. Y todo el mérito lo tenía la madre de Beatrix, una mujer cariñosa y agradable, que se desvivía por mejorar el entorno de todos los que vivían a su alrededor.

Pero los padres de Beatrix no eran los dueños de aquella hermosa finca, no hasta que la heredasen. La auténtica dueña de todo aquello era lady Candace Looper, tía abuela y única pariente del padre de mi amiga. Una de las imposiciones de aquella mujer para que el padre de Beatrix heredase el título y todas las posesiones de la anciana, era que estos fuesen a vivir con ella. Y no era fácil aguantar a aquella mujer solitaria, excéntrica y dominante. Si era difícil para nosotras que sólo íbamos durante las vacaciones, más lo era para los padres de mi amiga que tenían que soportarla a diario. Y, aun así, a pesar de aquello y de verse alejada de su hija —ya que otra imposición de la dama, fue que la niña debía ir a formarse a un internado, que ella pagaba gustosamente— la madre de Beatrix siempre conseguía mantener la dulzura y la simpatía necesaria para el trato con los demás.

El primer verano fue extraño. La anciana señora se movía por toda la casa y era muy desagradable cruzarse a cada momento con su mirada reprobadora, y eso que tratábamos de huirla constantemente. Pero gracias a los esfuerzos de la madre de Beatrix, que nos organizaba picnics y excursiones por los alrededores muy a menudo, y a los extensos jardines que rodeaban la mansión, podíamos gozar de bastante libertad. Lo más insoportable eran las tardes lluviosas tan habituales incluso en verano, y aun así, hasta aquello era agradable, ya que para mantenernos quietas y no meter bulla, el padre de Beatrix, con la maestría de los mejores narradores, nos contaba historias y cuentos maravillosos que nos dejaban a ambas con la boca abierta. Sí, aquel fue un verano maravilloso a pesar de todo… bueno aquel verano y los cuatro que siguieron.

Al año siguiente, la anciana dama ya no se movía de su habitación, su enfermedad reumática se había agudizado y apenas se movía unos cuantos pasos, sólo de la cama al sillón orejero situado frente a la chimenea —que siempre permanecía encendida, ya fuese verano o invierno—. Allí pasaba toda la jornada, hasta que, tras la cena, entre su doncella y la madre de Beatrix volvían a ayudarla a desvestirse y la metían en la cama.  

Nuestros veranos, desde entonces, fueron más felices; por fin podíamos corretear por toda la casa sin miedo a encontrarnos, tras cualquier rincón, con aquella figura vestida de negro del cuello hasta los pies y, que parecía taladrarnos con su aguda mirada de ave rapaz.

Nuestra tortura se limitaba a una sola tarde, la única tarde que la anciana dama nos llamaba para tomar el té con ella. A pesar del escaso tiempo que permanecíamos allí —no más de hora y media—, para nosotras aquello era una desgracia; seguíamos temblando encontrarnos con ella y su mirada escrutadora. Éramos solo unas niñas a quienes les gustaba jugar, y no estar tantos minutos quietas, pegadas a una silla, escuchando los improperios de aquella mujer, siempre malhumorada y que no sentía ninguna simpatía por nada, ni por nadie.

Las dos esperábamos inquietas ese momento, y me consta que Beatrix —a pesar de ser pariente de la anciana— lo pasaba tan mal como yo; incluso su madre, siempre alegre y dicharachera, sólo podía mostrar una ligera expresión de naturalidad, tras su postura envarada, cuando se hallaba ante su tía. A las tres se nos descomponía el rostro cuando lady Candace se ponía los pequeños impertinentes en la punta de su larga y respingona nariz y nos repasaba desde la punta del cabello, hasta el dedo gordo del pie. Su porte ácido, arisco, frío y altanero de dama victoriana salía a relucir en todos sus comentarios.

— Helen, te tengo dicho que la calidad de una señora se mide por la rectitud de su espalda, no te sientas de forma adecuada, rodillas y tobillos juntos, espalda recta, nada de apoyarla en el respaldo de la silla. No aprenderás nunca, jamás llegarás a tener la clase necesaria para gobernar una casa como esta.

Cuando terminaba de increpar a la madre, continuaba con la hija:

— Beatrix, no haces honor al dineral que me estoy gastando en tu educación, la boca se limpia con una puntita de la servilleta, no con todo el lienzo, y con ligeros toquecitos, no hay que restregarse con saña. Además, tienes que limpiarte antes y después de beber. No sé que tipo de educación dan ahora en los colegios, en mis tiempos, todo era mucho más disciplinado.

A mí, increíblemente, no me decía nada, se limitaba a mirarme y a hacer un mohín extraño torciendo su ridícula nariz.

Y así, lentamente fueron pasando los años; hasta que Beatrix, y creo, que yo también, cumplimos doce años.

Llegó el verano y con él, la agradable estancia en la Mansión Mansfield, pero también, la tan temida visita a la anciana dama. Como si algo me hiciera presagiar lo que iba a pasar, yo estaba más temerosa que nunca ante aquella cita. Y las palabras llenas de veneno que soltó nada más verme me dieron la razón, aquel iba a ser el peor verano de mi vida.

— ¡Beatrix, por el amor de Dios! Sigues siendo igual de criatura, pensé que ya con la edad que tienes te habrías separado de esta vulgar compañía. ¡No, no, no y mil veces no! No quiero que vuelvas a traer esta… esta… —es que no sé como calificarla— a mi casa. ¿Me has oído? Cuando eras más pequeña no me importaba tanto, bueno me importaba; claro que me importaba que mi sobrina jugase y pasase el tiempo con este… este, teniendo todo lo que quisieras pedir. Bueno lo que sea, pero Beatrix, ya eres una señorita, ya no estás en edad de jugar y tienes que ir pensando en encauzar tu vida de otra manera. La vida es dura, no es un juego y tienes que madurar. Puedo aguantar los caprichos tontos de una niña, pero jamás los de una pequeña dama, que un día heredará todo esto.

Yo me quedé apabullada, no sabía que decir, estaba indignada, enfadada, mientras contemplaba como las lágrimas corrían por las mejillas de mi querida amiga. La madre de Beatrix contemplaba la escena con tristeza y un brillo húmedo en la mirada.

— Perdón lady Candace —la madre  de mi amiga jamás se permitió llamar tía a su pariente política—,  pero creo que han sido unas palabras muy duras. Beatrix es todavía una niña y…

— No me repliques Helen, eres muy blanda con tu hija, y no, ya es hora de que aprenda. En mis tiempos las jovencitas de su edad ya habíamos abandonado los juegos y comenzábamos a preocuparnos de aprender cosas prácticas, incluso muchas, con tan sólo cuatro o cinco años más ya estaban casadas. Déjala que se vaya, ya se le pasará el disgusto, no te he dado permiso para que te marches, antes te tengo que comentar lo que quiero de cena esta noche. Creo que sólo tomaré un consomé, pero que me lo suban bien caliente, noto la garganta un poco áspera, creo que me estoy constipando —sentimos ya a lo lejos como daba órdenes la anciana.

Beatrix había salido corriendo de allí, y yo, como siempre, pegada a ella. Sí, era cierto que habían pasado años que, quizá, ya no estábamos en edad de jugar, pero eso no era impedimento para que siguiésemos siendo amigas. Cierto que Beatrix ya estaba muy alta, y yo no entendía porque seguía igual de pequeña, pero, ¿acaso eso era una excusa? Ya crecería, hay niños que desarrollan un poco más tarde, incluso, lo mismo al año siguiente daba un buen estirón y sobrepasaba la altura de Beatrix.

Me sentía triste y humillada, y no sabía que lo peor estaba por llegar. Las dos permanecíamos mudas, Beatrix no podía dejar de mirarme, mientras el llanto seguía anegando su cara. Y de pronto, comenzó a hablar, nunca pensé que las palabras pudieran herir como puñales, pero estas fueron más punzantes que las de la anciana señora, al venir estas de quien venían.

— Lo siento Leonor, estas serán las últimas vacaciones que pasarás aquí; volveremos al colegio pero ya no jugaremos juntas, y en verano  te quedarás allí, en el mismo lugar donde nos encontramos, en aquel rincón, sentada junto a la cesta de labor de la señorita Taylor, en el aula de música. Será lo mejor para las dos, yo seguiré creciendo y haciéndome mayor y tú, tú podrás encontrar otra amiga que te quiera como te he querido yo.

Y sin más, Beatrix se marchó de la habitación dando un fuerte portazo; sé que aún lloraba cuando me dejó allí sola frente al armario. Quise gritar y no me salió la voz, quise llorar y las lágrimas no salían de mis ojos. Levanté la mirada y, por primera vez, me fijé en la luna del espejo del ropero; y contemplé mi figura reflejada. Entonces y sólo entonces, me di cuenta de mi cruel realidad. Yo tan solo era un trozo de trapo cosido a trompicones, sólo era una vieja y deshilachada muñeca de trapo, y no la niña, con alma y corazón que siempre creí ser.

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Aquel día no fue el mejor de mi existencia, tampoco el peor, todo hay que decirlo. Tan sólo fue ese trago amargo que todos, alguna vez, tenemos que pasar, el primer paso que nos anuncia que la niñez se va alejando, ese primer mensaje que nos avisa que la edad de la inocencia inexorablemente se está agotando. Después de aquello el tiempo fue pasando, con sus alegrías, sus sufrimientos, sus momentos buenos y malos. Pero jamás olvidaré aquellos años llenos de ilusión, la mirada feliz y risueña de mi madre, los cuentos fantásticos de mi padre durante aquellas tardes lluviosas en Mansfield, la merienda con la anciana dama —curiosamente, a pesar de ser mi tía, yo siempre la llamé así—. Y por esos azares o caprichos de la vida es, precisamente de ella, de su figura gruesa, su rostro surcado de arrugas y sus impertinentes en la punta de la nariz de lo que tengo la visión más nítida, a pesar de que ella, fue la primera que abandonó este sendero que llamamos vida. Nunca podré olvidar que ella fue la primera que abrió mis ojos a la realidad, quien me mostró que no todo es un camino de rosas, quien me marcó mi nueva meta, la de los corazones duros y faltos de piedad. Sólo conviví con ella un verano más, su agotado corazón no pudo resistir otro invierno. Hubo un tiempo en que la odié, la odié por aquella forma brutal de sacarme de la infancia; por todo lo que tuvieron que aguantar  mis queridos padres, por sus impertinencias, su altivez, su desprecio hacía todo y todos; pero ya hace mucho tiempo que tan sólo guardo su recuerdo. No podría odiar a la persona en la que más tarde me convertí, como si yo fuese su fiel calco.

Esta mañana, y después de mucho tiempo; yo, lady Beatrix Brandon, señora Mansfield, he vuelto al colegio donde pasé gran parte de mi infancia. Allí, la he vuelto a encontrar. Sentada en un rincón, en el mismo taburete, junto a la cesta de costura de la señorita Taylor, en el aula de música. Allí estaba  contemplándome con sus grandes ojos negros de botones forrados. Creo que me ha reconocido y me ha sonreído, así que no he podido dejar de sucumbir a la tentación y me la he traído a mi hogar, a mi vieja mansión. Leonor, mi querida y fiel amiga, quizá la única que he conocido en mi ya larga vida, ahora que las dos somos un par de viejas solitarias, nos volvemos a reunir. Hoy he vuelto a recuperar la ingenuidad y la dulzura de la niñez. ¡Leonor, bienvenida de nuevo a tu casa!

FIN