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jueves, 5 de enero de 2012

SUERTE (Continuación de HUMO Y LEÑA)



Cuando el señor Dionisio se fue, el señor Blas me cogió en volandas. ¡Yupiiii! —pensé— ¡Qué bien! Me van a dar un baño para que esté guapo esta noche en la cena de gala.

Me llevó dentro a una sala muy extraña. Allí, colgando de las paredes, tenía unos objetos muy raros mitad de madera y mitad de un color gris muy brillante. Los cachivaches tenían distintos tamaños, jamás había visto ese tipo de artilugios y comencé a mirarlos con una mezcla de curiosidad y recelo; no me daban muy buena espina.

El señor Blas me subió a una mesa y me ató las patas. “Pero… ¿qué estas haciendo?” —grité yo. Eso no me gustaba nada y comencé a ponerme muy nervioso. Vi como aquel hombre, al que consideraba casi como un padre, cogía uno de aquellos siniestros objetos y se acercaba hacía mí; comencé a sospechar que algo malo iba a sucederme. A la desesperada empecé de nuevo a cantar aquella dulce musiquita de los peces en el río y a poner la mejor de mis caras, la más tierna, la más simpática. Quizá si conseguía de algún modo llegar a su corazón, me soltaría. Cuando ya estaba a un suspiro de mí comenzó a mirarme, algo se tuvo que mover dentro de él, porque soltó esa cosa de sus manos y se sentó en una banqueta gritando:

— ¡No puedo, no puedo “cagüentoloquesemenea”! Llevo años matando corderos y ahora soy incapaz de hacerlo. Y tú, jodío bicho, ¡no me mires con esa cara de cordero “degollao”!

¿Matarme? ¿El señor Blas pensaba matarme? No sé si sería el instinto lo que hizo que en lugar de moverme e intentar soltarme las ligaduras, me quedase quieto y mirando con cara de pena a mi amo.

Al poco tiempo y atraída por los gritos de su marido acudió la señora Satur:

— ¿Qué te pasa Blas? Te he oído desde la cocina —dijo asustada.

— Que no puedo matar a este cordero, eso me pasa, toda la vida viviendo de esto y ahora soy incapaz; es que comienza a balar de esa manera y me mira con esa carita de pena, y ¡no puedo!, ¡no puedo! Me estaré haciendo viejo.

— La verdad es que es tan bonico que sí que da lástima, sí. Pues tranquilo hombre, se lo das así al Dionisio y que él se las apañe —dijo la señora Satur mientras me soltaba las patas y me ponía una cuerda alrededor del cuello— ¡Ale! Lo atas a un árbol y luego que se lo lleve el Dionisio.

Me sacaron fuera, me ataron a un árbol y allí me quedé esperando mi destino. ¡Je, con cara de cordero “degollao” decía el muy capullo!

— Toma Dionisio, aquí tienes tu cordero.

— ¡Coño, Blas! Y, ¿me lo das así? Ahora que hago yo con el cordero, yo creía que me lo ibas a dar ya preparado.

— Pues mira chico es que no he podido, me estoy haciendo viejo ya ¿sabes? No es difícil y seguro que tú se lo viste hacer muchas veces a tu padre, estos animalicos son muy dóciles.

— Sí, eso sí, mi padre lo hacía siempre… En fin, imagino que no tendré ningún problema.

Me desataron del árbol y sujeto por la cuerda fui trotando junto al señor Dionisio.

— ¡Pero Dionisio! ¿No te iban a dar el cordero “preparao”? ¡Madre del amor hermoso! Conmigo no cuentes para matarle ¿eh? Yo no quiero ni verlo, ya te las puedes apañar tú solito —gritó la señora Bienvenida.

— Bueno le llevo al establo y ya mañana vemos que hacemos, a mí ahora tampoco me apetece mucho meterme en faena. Lo malo es que esta noche nos quedaremos sin cena.

— No te preocupes “marío” que ya me las apaño, no habrá cordero, pero no nos quedaremos sin cena —dijo la señora Bienvenida mientras me miraba con simpatía— Mira que es bonico el “condenao”.

Me llevaron al establo, aunque estaba algo más tranquilo, no me las prometía muy felices. A saber que suerte me deparaba el destino.


A la mañana siguiente la puerta del establo se abrió de par en par y entraron en tropel cuatro niños, se me había olvidado que a diferencia del señor Blas —que no tenía hijos— Dionisio tenía familia numerosa. Dos niños de unos doce y diez años me miraban; mientras las dos niñas, más pequeñas aún, se acercaban muy contentas hacia mí.

— ¡Ohhhh, que bonito es! ¡Papi, papi, es precioso, que carita tiene! —gritaban jubilosas mientras me acariciaban.

Los niños se acercaron también y comenzaron a jugar conmigo como sus hermanas. Yo, en agradecimiento por aquella acogida, comencé a cantar mi canción favorita y les dejé a todos bobos.

— Papi, sabía que los Reyes Magos me iban a traer lo que yo quería —escuché que decía la más pequeña— en mi carta les pedí un borreguito.

Los niños no se separaron de mí en todo el día, incluso me llevaron a la casa y estuvimos jugando toda la mañana. Después de comer suculentamente —la señora Bienvenida me había preparado un menú extraordinario, unas sopas de pan y leche que estaban deliciosas— todos estábamos descansando medio dormidos junto al fuego de la chimenea, cuando unos golpes en la puerta nos sobresaltaron.

Un hombre extraño llamaba a nuestra puerta, era negro y a todos nos asombró un poco, ya que nuestra aldea estaba perdida entre montañas y no era habitual ver muchos viajeros. Por lo visto, iba camino de la ciudad y se había extraviado; era bastante parlanchín y nos contó varias cosas de su vida, al parecer, formaba parte de un equipo de cine y estaba localizando exteriores para el próximo rodaje de una película.

Mis nuevos amos, que eran muy hospitalarios, le ofrecieron quedarse a pasar la noche; ya no tardaría en anochecer y aquellas carreteras no eran muy buenas. Fue una grata velada, yo hice todas las monerías que sabía hacer, incluso les amenicé cantando mis mejores canciones.

— ¡Que borreguito más simpático! —dijo el extranjero— y miren que bien sale en las fotos. Sus hijos tienen una extraña mascota pero sin duda no podría ser mejor.

— Es el regalo que me han dejado los Reyes Magos —dijo la peque.

— ¿Y estás contenta con tu regalo, pequeña?

— Sí, mucho, no lo cambiaría por nada del mundo.

— Me gusta este cordero, no sé, tiene algo que enamora, que atrae, esa cara tan inteligente y vivaracha no tiene precio. Creo que a mi jefe le gustará, está buscando un animalito simpático para rodar una serie, lo malo es que esto se hará en Estados Unidos. Saldría mucho más barato que yo les ofreciese una cifra y se lo comprase, pero me temo que a su hija no le gustaría separarse de su mascota; no se puede renunciar a un regalo tan especial, así que les propongo un cambio de residencia. Auguro un gran futuro para este animalito.

— Pero eso costaría mucho dinero y nosotros… —dijo el señor Dionisio.

— No se preocupen por nada, podrían ganar mucho dinero.

El hombre se acercó a la oreja de mi amo y no sé que le dijo bajito, pero se le abrieron unos ojos como platos.


************


Han pasado varios años y ahora ya no vivimos en la aldea. Tenemos una casa inmensa, casi un palacio, Beverly Hills dicen que se llama ese barrio. Yo, desde entonces he viajado mucho, me hice famoso, hasta me bautizaron y todo, ya no soy un corderito a secas, soy Lucky. La serie fue un éxito mundial, además he rodado varios spots publicitarios, y también salí en muchas películas.

Ahora soy todo un carnero adulto y ya me han jubilado aunque aún soy joven ¿eh?, es lógico, no soy tan gracioso como cuando era un tierno lechal. Pero soy feliz con mi familia, con nosotros también viven el señor Blas y su mujer, el señor Dionisio se acordó de ellos y se los trajo con nosotros, ya están muy mayores, allí solos en la aldea no tienen quien les cuide. El pobre Blas ya nunca fue capaz de matar más corderos y no tenía otra forma de ganarse la vida.

Pero lo mejor de todo es que a pesar de que mi pequeña dueña ha crecido y ahora tiene los mejores juguetes para disfrutar de ellos, yo no he dejado de ser su mejor compañero de juegos. Además, ambos, compartimos un bonito secreto.

Cuando aquel extraño viajero se marchó de nuestra pequeña casita de la montaña a la mañana siguiente, la niña le preguntó como se llamaba. Sólo los dos escuchamos su respuesta.

— Me llamo Baltasar, preciosa, pero no se lo digas a nadie. Será nuestro pequeño secreto.


FIN  

NOTA: Este relato va dedicado con todo cariño a mi amigo Alberto Caliani; había que indultar al corderito, y hoy es la víspera de un día muy especial... vuestros deseos son órdenes. Que los Reyes Magos os dejen los zapatos llenos de sueños e ilusiones.