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jueves, 2 de febrero de 2012

AL TERCER DÍA


El primer día me sorprendió el silencio del campo. Había comprado esa casa apartada para huir del ajetreo de la ciudad. Siempre fui una persona solitaria y aquel regalo, en forma de bombo de lotería y número premiado, me dio la oportunidad de conseguir mi sueño. Al fin, pude abandonar mi triste y monótono trabajo y aquella ciudad de asfalto y cemento que, cada vez, me asfixiaba más. Aquel lugar tranquilo era lo más parecido a mi cielo particular, era lo que siempre había deseado. Aun así, no pude dejar de sentirme un tanto raro, a la vez que inquieto, al comenzar a notar aquella extraña calma que me envolvía. Un silencio repentino y, tan espeso, que comenzaba, de manera ridícula, a agobiarme tanto como antes lo habían hecho los ruidos de la ciudad. Sorprendentemente, mis oídos no lograban captar ni un trino, ni el ruido de las pisadas de los animales, ni el roce del viento en las hojas de los árboles, ni siquiera a primeras horas de la mañana. Nada.

El segundo día bajé a la aldea llevado por un impulso inexplicable, fulminante y sobre todo de necesidad. La necesidad acuciante de ver a alguien, de escuchar algo me zarandeó, incluso, noté un imperioso deseo de cruzar, aunque fuera, un mínimo saludo trivial. Algo que no dejaba de asombrarme ya que, normalmente, suelo eludir los encuentros; pero aquella situación de incomunicación apabullante e impuesta, comenzaba a ahogarme. Únicamente encontré más quietud. Ni un anciano en la plaza, ni niños jugando en la calle, ventanas y puertas cerradas a cal y canto. Soledad.

Al tercer día escuché unos arañazos en el exterior. Acudí raudo a la puerta, una señal, no estaba atrapado en una burbuja cerrada al vacío. Alguien, ahí fuera me necesitaba, ¿o era yo quien necesitaba urgentemente a alguien? Abrí  con prisa, casi con desesperación; pero allí sólo me aguardaba el vano de la puerta. Un pánico irracional  comenzó a invadirme desde las uñas de los pies hasta la raíz del cabello paralizándome de abajo hacia arriba, en ese orden. Primero corrí aterrado; pensando que si me paraba no podría volver a caminar, absurdamente creí que una maldición extraña me dejaría inmóvil, parado e inerte, y que jamás podría volver a recuperar mi movilidad. Entonces lo escuché, un sonido lejano, muy lejano y tenue; como la bocina de un barco que parado en algún puerto da la última llamada para que los tripulantes ocupen sus puestos y los pasajeros sepan que el viaje va a comenzar.

El viento, un viento mudo, silencioso, que pasaba entre las hojas de los árboles sin golpearlas, sin emitir sonido alguno, sacudió mi rostro de frente. Él, me trajo aquel singular sonido, me calmé, mi corazón comenzó a latir de forma acompasada de nuevo y la carrera perdió fuerza para ceder a un paso mucho más sereno y regular. Tenía que llegar, tenía que saber qué era aquello, esa única señal de vida que parecía existir a mí alrededor.

Llevaba poco tiempo caminando cuando lo vi, vi aquel haz de luz blanca que surgía del centro de aquel horizonte negro. El sonido se identificó, sí, decididamente era la sirena de un barco. Apreté el paso y allí estaban todos, largas hileras de gente, muda, silenciosa, ni siquiera eran perceptibles sus respiraciones. Kilométricas filas de personas: hombres, mujeres, niños, jóvenes y viejos, de todas clases y condiciones caminaban sin hablar, es más, sin cruzar sus miradas. Sus ojos fijos permanecían inmutables, sin pestañear, sin apartarlos de aquella luz que cada vez estaba más cercana y parecía absorbernos a todos.

Yo no me pude contener y me puse el último en una de aquellas largas hileras, que avanzaba lentamente paso a paso; como esperando el turno, ¿para qué? No lo supe hasta que llegó el final.

El final de un camino, allí no había ningún barco, sólo un profundo precipicio oscuro —curiosamente a medida que se avanzaba la luz iba desapareciendo, no, miento, se iba quedando atrás—. Y la gente saltaba, sin pensárselo, sin inmutarse, sin la más mínima vacilación.

Cuando llegó mi turno dudé, sí, dudé, no sé si por ser más consciente que el resto o más cobarde. Miré a mi alrededor y ya no había nadie, todos se habían arrojado hacía aquel agujero negro y sin fin. Yo era el único, no quedaba nadie más, cerré los ojos y me lancé a aquel vacío que me llamaba. Y mientras sentía el vértigo que invadía todo mi cuerpo en aquella caída vertiginosa, sin arnés ni red protectora, no pude dejar de pensar si aquello sería el final de la humanidad que habíamos conocido y, de la que sólo habíamos dejado, como solitarios testigos, las silenciosas paredes de nuestras casas vacías.


FIN