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jueves, 16 de febrero de 2012

LLAMADA EN LA PUERTA (Final)


Toc-toc-toc, de nuevo el repiqueteo en la puerta. Cooper intentó levantarse y lo más que consiguió fue sentarse en la cama, un ligero mareo le hizo apoyar la espalda contra el cabecero de la cama. Apenas podía abrir los ojos, los párpados le pesaban como si sus pestañas cargasen toneladas de tierra sobre ellas y las sienes le latían de forma incontrolada. Decididamente tenía que comenzar a pensar en ser más moderado con los excesos; los años —a pesar de su aspecto juvenil y lozano— no pasaban en balde y las resacas no eran igual que cuando tenía veinte años, aun así, no recordaba que ninguna de sus últimas resacas hubiesen sido así, no recordaba haber tenido nunca unos efectos tan devastadores como aquellos.

— Servicio de habitaciones —sintió como un eco lejano una voz femenina. —Señor, ¿podría pasar a arreglar su habitación? En recepción me han dicho que aún estaba usted aquí, pero ya son las dos de la tarde y mi turno termina en media hora.

— ¡Pase de una vez y deje de golpear la puerta! —intentó gritar Cooper. ¡Qué coño le pasaba! No reconocía ni su propia voz.

La puerta se abrió y dio paso a la camarera de turno, Cooper, haciendo un esfuerzo casi sobrehumano, pudo abrir más los ojos y contempló sin mucho entusiasmo a la mujer que tenía delante. Era joven, sí, pero nada espectacular; una de tantas, el pelo muy tirante recogido en un moño bajo y aquellos horribles uniformes de fregonas, no hacían a las camareras de ese hotel nada atractivas. Jeremy trató de levantarse pero las piernas no le respondían.

— ¿Se encuentra bien, señor? —dijo la mujer solícita.

— No es nada, en unos minutos estaré bien, nada que no arregle una buena ducha —dijo el hombre, pero su cuerpo no obedecía a sus deseos y tuvo que volver a recostarse en la cama.

— Pues perdone que le diga pero tiene un aspecto lamentable, está excesivamente rojo, como si tuviera fiebre y, además, su cara está completamente hinchada.

Cooper se asustó ante las palabras de la mujer; si aquello era cierto, esos síntomas no tenían nada que ver con los efectos de la noche pasada.

— ¿Cómo dice? ¿Qué tengo el rostro hinchado?

— Sí, tienes una apariencia horrible cariño —dijo la mujer modulando la voz hasta lograr un tono aterciopelado y que a Cooper le recordó una voz conocida y escuchada no hacía mucho tiempo.

— No le consiento que se tome esas confianzas, ¿desde cuando una empleada habla así a los clientes? ¿Quién le ha dado permiso para tratarme de esa manera?

— No, no, no, cielo, no te alteres, que en tu estado no es aconsejable; anoche estabas mucho más cariñoso, de hecho, tenías intención de revolcarte conmigo  en esta misma cama.

— ¿Ámbar? —preguntó Cooper en un susurro ahogado. El hombre estaba confundido, aunque su visión no era la ideal, nada en el aspecto de esa mujer envuelta en aquel tosco uniforme le hacía adivinar que se encontraba ante el bellezón de la noche anterior.

— Sí, amor, la misma que viste y calza, ¿no me reconoces?

— Imposible, no, no, esto debe ser efecto del malestar. Tú no puedes ser la puta de anoche, no tienes… —Jeremy se frotó los ojos lentamente, tenía los brazos laxos, y casi no obedecían a los impulsos de su mente, aquel simple gesto le agotó, no obstante consiguió aclarar un poco su vista. Casi se quedó sin respiración. Sí, era ella, era difícil reconocerla con ese peinado, esa ropa y sin maquillar, pero no le cabía duda, era la zorra que le dejó plantado.

— Chssss, sé lo que vas a decirme, sé que no te vas a ahorrar ningún improperio y que querrías llamarme de todo menos bonita, pero si me permites un consejo, no lo hagas, ya me imagino yo todo lo que está pasando por tu cabeza en este momento, mejor emplea el tiempo en escucharme, jodido, estúpido, cabrón. ¿Te suenan esos apelativos tan cariñosos? Sí, veo por tu gesto que sabes de qué hablo. ¿Cuántos expedientes negativos han costado esos apelativos a tus alumnos cuando el señor profesor pillaba a alguno murmurarlos entre dientes ante alguna de sus bravuconadas de experto?

La mujer se acercó a la cama y puso su cara a pocos centímetros de las del hombre y continuó hablando.

— Sé que tienes problemas de visión ahora que estoy tan cerca de ti y a plena luz del día ¿Me reconoces? ¿Sabes quién soy?

— No sé de que me hablas, eres Ámbar, la jodida furcia que conocí anoche.

— Frío, frío, querido. Estás muy desmemoriado, retrocede algunos años más. Me acercaré un poco más ¿Me recuerdas ahora? —La proximidad era tal que Cooper sentía el cálido aliento de la mujer en su boca. — Veo que tu memoria es frágil querido profesor, ¿te dice algo el nombre de Melissa Parker?

Cooper dio un respingo. No podía ser, aquella mujer no podía ser Melissa, la flacucha, la “tetas planas” —como solía llamarla en plan de mofa cuando la muchacha volvía la espalda. No, la hermosa puta que había conocido horas antes no podía ser aquella jovencita cuyos ojos bizqueaban en un molesto tic cada vez que se ponía nerviosa.

— Ja,ja,ja, veo que te has sorprendido. Sí, soy yo, Melissa, tu alumna más brillante, la chica superdotada, la única capaz de entender tus farragosas clases. Esa que no dudaste en nombrar tu ayudante al terminar la carrera. Sí, ¿recuerdas? para ayudarme con la tesis y favorecer mi doctorado; eso me prometiste, y yo te creí.

Cooper intentó replicar pero sentía la lengua seca, muy seca, y notaba como está se iba apretando a las paredes de su cavidad bucal, no era capaz de pronunciar una palabra. Su corazón le golpeaba el pecho y a cada latido notaba un dolor agudo en sus costillas, el sudor recorría su cuerpo dejando un rastro ardiente en su piel.

— Te creí sí, y no sabía que cuando fui confiada y feliz a tu despacho a mostrarte mi descubrimiento estaba cavando mi propia fosa. Iba tan contenta con la fórmula que tanto me había costado crear, sí, mi fórmula. Tras mucho tiempo investigando había conseguido dar con las proporciones adecuadas para elaborar la vacuna que llevabas tanto tiempo intentando crear. Estabas bastante cerca y yo lo sabía, los ingredientes eran los que tú decías; el error estaba en las medidas. Estaba feliz, después de tanto trabajo los animales habían sobrevivido, aquel día volaba por los pasillos más que corría camino a tu despacho, ¡al fin!, entre los dos terminaríamos con la terrible lacra del Ébola, esa terrible y mortal enfermedad que hacía estragos en el Tercer Mundo.  

Cooper intentó tragar saliva pero su boca estaba tan seca que sus glándulas salivales no segregaban ningún fluido. Melissa continuó hablando.

— No podías dejar que una advenediza, una simple ayudante que no había terminado ni su doctorado tuviese el mismo protagonismo que tú. Siempre has sido un maldito egoísta doctor Cooper, no podías compartir éxito con una pobre muchacha novata e inexperta. ¡Qué varapalo para tu ego! —Continuó hablando la mujer destilando odio tras sus palabras—. Me diste unos días de vacaciones para que descansase por mi excelente trabajo, dijiste, y no pudiste evitar ser tú y sólo tú quien, sólo en el laboratorio, elaborase las primeras vacunas que, tras pasar los controles pertinentes, volarían rumbo a un poblado perdido en la sabana, la población que se habían prestado para experimentar con sus pobres y afectadas vidas.

Melissa tomó aire profundamente para continuar hablando.

Pero te equivocaste, no interpretaste bien mi fórmula y volviste a fallar en la composición, ni si quiera te molestaste en comprobar si los virus estaban suficientemente debilitados, te corría prisa ganar premios y honores. En lugar de una vacuna creaste un veneno, un veneno infalible y sin antídoto posible. Por tu culpa un cargamento de medicinas adulteradas llegó a un lugar perdido en el África central y mató a centenares de personas inocentes y confiadas se prestaron voluntarias para tu experimento, creyendo que así se podrían librar del terrible mal. Sí, doctor Cooper, eres muy macho para menospreciar a aquellos que crees inferiores a ti, pero no fuiste lo suficientemente hombre para reconocer tu error; era mejor culpar a la estudiante, a la novata, a la jovencita que sólo actuaba de ayudante, de becaria sin sueldo. A la chica que te idolatraba, que te defendía cuando el resto de sus compañeros le querían advertir de lo jodido, lo estúpido y lo cabrón que eras.

El doctor hizo un gesto de profundo dolor mientras intentaba reprimir una arcada.

— Pero yo, ingenua, no me di cuenta de que todo lo que decían sobre ti era verdad, hasta que me vi entre rejas acusada de negligencia y de desobediencia a mi jefe directo. Había sido yo quien, incumpliendo tus órdenes, adulteré la vacuna. Y tú, ¿qué hiciste? Lloriquear en el juicio, hacerte el inocente, incluso te permitiste el lujo de abogar por mí, de decir que había sido una simple error debido a mi inexperiencia, que nada había sido premeditado por mi parte, sólo una locura de una jovencita con ansías de trepar en la vida.

— Es..o te li..bró de algu…nos años de cár…cel. —logró articular Cooper, era muy difícil en sus condiciones mover la lengua hinchada y a la vez intentar reprimir el vómito que subía por su garganta.

— Y con eso hiciste la buena obra del día, ¿verdad cabronazo? A pesar de tu bonita defensa nadie me libró de seis años de prisión. ¿Sabes lo qué supone para una chica llena de ilusiones y entregada a su trabajo verse privada de su libertad siendo inocente? ¿Sabes lo que significa para alguien que vive para su trabajo verse despojada del mismo, sabiendo, que nunca más podrá volver a realizar lo que tanto soñó? ¿Sabes lo fue para mí comprobar de forma tan brutal que la vida en muchas ocasiones es injusta? No te puedes imaginar lo que es verte alejada de tu familia y amigos para terminar rodeada de putas, drogadictas, ladronas y asesinas. No verdad, no te lo imaginas, a ti nunca te importó nada ni nadie, sólo importabas tú, tú y tus sueños de grandeza. Me hundiste la vida hijo de puta.

Cooper intentó hablar de nuevo, pero ya sólo salieron de su garganta unos gemidos ininteligibles. La mujer continuó hablando por él, sin prestar atención a la agonía del hombre.

— Solo puedo agradecerte una cosa, me diste la oportunidad de darme cuenta de que en la vida hasta la más vil asesina podía ser mejor persona que tú, maldita escoria. Bien te aprovechaste luego de mi trabajo, al final conseguiste elaborar bien la fórmula, entonces sí, el brillante epidemiólogo especialista en enfermedades tropicales, el doctor Jeremy Eliot Cooper, había logrado una de sus metas en la vida, en pocos meses el célebre doctor había conseguido, de una vez por todas, crear la vacuna que salvaría tantas vidas y lograría erradicar esa maldita enfermedad. —¡PLAS, PLAS, PLAS! Melissa batió palmas—. Le felicito doctor Cooper, a partir de ahí su fama subió como la espuma y su dinero, también. Desde entonces ha pasado mucho tiempo, la friolera de ocho años; ocho años de triunfos para usted pero que han sido miserables para mí. Aunque no me quejo, no, no sería justo; al menos he sobrevivido y he aprendido muchas cosas.

Melissa se acercó lentamente al teléfono que comunicaba las habitaciones con la recepción del hotel.

— ¿Recepción? Por favor llamen a una ambulancia inmediatamente. Sí, sí, estoy en la habitación 516… Sí, sí, ya pero el cliente no contestaba y he abierto con la llave maestra. ¡Por favor, que vengan inmediatamente! El señor se encuentra en un estado lamentable, está completamente hinchado y no puede ni hablar, yo creo que está muy grave… ¡Por favor dense prisa!, este hombre necesita ir inmediatamente a un hospital! —explicó Melissa al recepcionista dando a su voz la inflexión perfecta en la que se  mezclaba el miedo, la angustia y la urgencia, dando una prueba de sus consumadas dotes de actriz.

Colgó y miró a Cooper, este a su vez la miraba y sus hinchados ojos mostraban el terror en estado más puro.

— Ya está doctor Cooper, te quedan unas pocas horas de vida, máximo unas setenta y dos —dijo mirando su reloj y volviendo a tutear a su antiguo profesor y jefe—. ¿Recuerdas? Eso era lo que lo máximo que vivían esas pobres gentes tras inocularles tu “maravilloso remedio”. Anoche no te diste cuenta de que una de mis caricias fue especialmente punzante, justo en tu nuca. Ja, ja, ja, no, cómo te ibas a dar cuenta si sólo pensabas en revolcarte como un puerco conmigo. Sí, querido doctor Cooper, yo he guardado una de esas ampollitas mágicas tuyas como oro en paño durante todos estos años y, ahora, el veneno ya está recorriendo hasta el último rincón de tu cuerpo. ¿Notas los efectos, cabrón? ¿Notas como tu cuerpo se va paralizando?, ya casi no puedes moverte, a duras penas puedes abrir los ojos y tu lengua parece que va a estallar dentro de tu boca.

— No te sal…drás con la tu..ya, te co…ge…rán y es…ta vez te pu…dri…rás en la cár..cel —consiguió contestar el doctor.

— ¿A quién van a detener querido JEC? ¿A Ámbar, una prostituta que no existe? ¿A Sarah Jefferson, una camarera de hotel a quien hoy mismo se le termina el contrato de trabajo? No, no, querido, ella ha sido quien, muy asustada, ha dado la voz de alarma cuando te ha encontrado en este lamentable estado. No, nadie sabe desde cuando llevo en esta habitación, no soy tan tonta, antes ya me había asegurado que todas las habitaciones contiguas estuviesen vacías; soy yo quien las limpia.

— Me ha…rán la autop…sia… —murmuró apenas sin fuerzas Cooper.

— ¿Y? ¿Qué crees que van a encontrar en esos análisis? Unos cuantos virus mutados del Ébola mezclados con algún tipo de veneno, ¿una droga quizá combinada en el magnífico champagne de anoche? Vamos doctor, todo el mundo sabe de tus excesos. Sin embargo yo, esta vez, siendo culpable me libraré; bonita paradoja, ¿verdad querido? Pero a ti tu fantástica vacuna no logrará salvarte, no podría contra ese primer veneno que elaboraste; mal, muy mal querido doctor Cooper. ¿Quién iba a relacionarte conmigo? Melissa Parker murió hace años entre las cuatro paredes de una inmunda prisión, una cárcel que me enseñó muchas más cosas de las que tú me enseñaste jamás.  


Toc-toc-toc, los golpes en la puerta hicieron callar a Melissa, enseguida recompuso su ademán y en sus rasgos apareció un gesto miedo e impotencia.  Se dirigió presurosa hacia la puerta y se echó a un lado para dejar penetrar en el interior de la habitación al equipo médico. El estado de nervios de la camarera se reflejaba en un tic nervioso que hacía bizquear sus ojos. Tras un rápido examen pusieron al doctor en una camilla y rápidamente le sacaron de la habitación.

Al verse sola, una sonrisa afloró a los labios de la joven: “Te lo dije doctor Cooper, nunca mezclo los negocios con el placer”.




FIN