Bienvenidos a este rincón donde compartir pequeñas historias.

jueves, 9 de febrero de 2012

MUNDO NUEVO



El viejo libro abierto reposaba en una vitrina de madera con puertas de cristal. Ambos objetos permanecían abandonados en un apartado rincón, lleno de telarañas, del desván de uno de los mejores edificios de documentación de la ciudad. El mueble, de vez en cuando, emitía algunos quejidos que salían desde la profundidad de sus grandes grietas, el único sonido que podía escucharse en aquel recóndito y olvidado lugar.

Con sus tapas de piel descoloridas, sus hojas amarillentas, con los bordes raídos y ya marrones por el efecto del tiempo; el libro suspiraba quedamente. Su aliento se filtraba entre las páginas, a la vez que sus recuerdos se extendían por los nervios de su lomo.

Echaba de menos el contacto de unos dedos acariciando la piel de su portada. Evocaba con nostalgia la última vez que un humano había posado los ojos en él dando vida a las letras que contenía en su interior. Recordaba como era capaz de sentir las emociones que despertaba en sus lectores, simplemente por la forma en que las manos de estos pasaban sus páginas.

Ahora era el último superviviente de una época antiquísima. La gente ya no leía libros de papel, de hecho, ya ni leían. Las bibliotecas ya no eran aquellas salas enormes con grandes mesas de madera y pequeñas lámparas que, iluminaban de forma suficiente, pero muy tenue el espacio de cada lector, dándoles la intimidad necesaria para adentrarse en el libro elegido. Ahora nadie recuerda ni siquiera la hermosa palabra “biblioteca”, ahora se les llaman CDD, “Centros de documentación” y no se parecen en nada a aquellos acogedores lugares.

Aquellas salas que respiraban vida, que contaban historias de amor, de guerras, de odio, de naturaleza, de venganza, de grandes gestas y viajes, de aventuras… Se habían convertido en espacios diáfanos, asépticos y fríos. Las inmensas estanterías que cubrían sus paredes habían sido sustituidas por enormes pantallas gigantes tridimensionales. Las palabras escritas en tinta habían sido desplazadas por las imágenes, y los lectores ahora había pasado a ser protagonistas y actores de las historias entrando en su misma dimensión; todo estaba hecho, todo ocupado, cerrado y hermético; la Ley del Mínimo Esfuerzo había triunfado, sin dejar ni siquiera una mínima grieta para dar paso a la imaginación.

— Vamos Julius, ¡date prisa!, sólo me queda desarmar esta antigualla y nos vamos a casa. No sabía que aún quedaban este tipo de objetos, este trasto tiene que tener cientos de años.

Un muchacho de unos diez años, de ojos oscuros y mirada inquieta e  inteligente, seguía los pasos al hombre fornido y canoso que le apremiaba para que caminase más rápido.

— ¿Y que harán con este mueble, padre?  —El chico enmudeció de repente y se quedó mirando al interior de la vitrina.

— ¡Mira padre! —exclamó el niño con un deje de asombro mientras abría las puertas acristaladas— que curioso es este objeto pequeño que está dentro. Lo de fuera es muy suave, pero es una pena, dentro está lleno de manchas negras.

— Julius, esa cosa que dices se llamaba libro y las manchas negras son las letras que formaban las palabras. Esto me lo contaba hace muchos años mi bisabuelo. Él me relataba muchas historias de la época en que los primeros colonos llegaron a este lejano territorio, procedentes de un lugar llamado Tierra. Entonces la gente sabía el significado de esas letras, podían traducirlas y simplemente mirándolas sabían su significado. A eso creo recordar que lo llamaban “leer”.

Y pensar que los más inteligentes y los grandes científicos de la antigüedad pensaban que aquí, en nuestra Luna, jamás podría desarrollarse la vida humana. No podían estar más equivocados, ya llevamos trescientos años viviendo aquí.  —El hombre rompió en sonoras carcajadas, al ver que los ojos curiosos de su hijo le escrutaban, dejó de reír y continuó hablando: 

— Te voy a contar una de las curiosidades que de niño solía relatarme mi bisabuelo antes de irme a la cama. Estos dos objetos tan diferentes entre sí procedían de un mismo elemento natural, que nuestros antepasados llamaban árboles. Ambos están fabricados de la misma materia que llamaban madera.

— El bisabuelo era muy sabio, a mí me hubiese gustado saber cómo eran esos árboles.

— No te lo podría explicar Julius, según el bisabuelo eran muy hermosos.

— Padre, estoy pensando que con el mueble hagan lo que quieran, pero el libro me lo quedo yo, es muy bonito me daría pena que lo destruyesen, estoy seguro que nadie lo echará de menos. No sé cómo pero estoy seguro de que conseguiré descifrar estas manchas y lograré saber qué es lo que contiene, algún día me revelará sus secretos y podré explorar su interior.

El viejo libro suspiró feliz, por fin, después de tanto tiempo volvía a sentir con alivio el calor del contacto humano; aquello pareció rejuvenecerlo y los bellos dibujos de su tapa de piel volvieron a cobrar lustre y vida. Los ojos brillantes  y despiertos de Julius lo contemplaban con deleite mientras cerraba sus pastas y acariciaba lentamente las letras desgastadas de color dorado que formaban un título y el nombre de su autor: De la Tierra a la Luna, Julio Verne.

FIN


NOTA: Con esta pequeña historia mi único propósito es rendir un homenaje al hombre que hizo soñar a tantas y tantas generaciones. Al hombre que nos hizo viajar a la Luna, cuando aún el cielo era una meta imposible de alcanzar; al mismo que nos internó en las profundidades de la Tierra; el que nos llevo de viaje cinco semanas en globo; quien nos hizo dar la vuelta al mundo en 80 días; el que nos hizo descender a las profundidades marinas en el Nautilus, haciéndonos sentir a todos miembros de la tripulación del intrépido capitán Nemo. Al hombre que nos amenizó tantas tardes durante nuestra juventud abriendo nuestras mentes al maravilloso mundo de la imaginación. Dedicado a Julio Verne, uno de los mejores escritores de todas las épocas.