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domingo, 19 de febrero de 2012

OJOS EN EL CIELO


Desperté de pronto de aquel sopor extraño, intenté levantarme y no pude. Mover un solo dedo suponía un esfuerzo agotador y doloroso. Sentía las sensaciones, el olor fétido que me rodeaba, el sabor acre en mi boca; pero no podía ver nada.

Estaba oscuro. Ni el más mínimo foco de luz me rodeaba, el resto de mis sentidos ante la falta de visión estaban alerta, eso me hizo sentir con total nitidez el sonido de unos pasos que parecían acercarse a mí.

Una voz cortante como un arma de doble filo me increpó: “Déjalo, por mucho que muevas la cabeza e intentes levantarte, no podrás ver nada. ¡Ven aquí Isabella, querida! Da las gracias a este señor tan amable y generoso que te ha regalado sus ojos, esos ojos que él se llevó al cielo y como aquel día tenía tanta prisa no pudo devolverte”.  Me sentí desfallecer, ¿había donado, qué? Noté el roce de unos labios gélidos y el vapor caliente de su aliento junto a mi oreja. La voz metálica volvió a reprenderme, esta vez, en un tono mucho más quedo: ¡¿Qué creías cabrón, qué ibas a salir indemne de lo que le hiciste a mi hijita?!

Entonces recordé aquel suceso de hacía varios meses; el coche, las prisas, la carretera, la niña corriendo tras una pelota, la mujer llorando y gritando lastimosamente tras ella. Mi miedo... mi posterior y rápida huida ante la tragedia.

El grito desgarrado que salió de mi garganta cuando comprendí lo que había pasado, apagó una vocecita infantil que me decía: “¡Gracias señor!”


FIN