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jueves, 1 de marzo de 2012

HOGAR, DULCE HOGAR


Robert Fellow acababa de tomar posesión de su nuevo despacho, hacía días que le habían dado la grata noticia de su ascenso; aquel chaval que entró hacía una década a trabajar en uno de los más prestigiosos bufetes de la City, el primer año como ayudante sin cobrar un duro, mientras terminaba la carrera de derecho en Cambridge; había pasado tras siete años de empleado en Berckeley, Morris & Whitman a ser el socio más joven de la empresa. Su trabajo le avalaba, durante todo ese tiempo Robert, a quienes sus compañeros por su edad llamaban cariñosamente Bob, no había perdido ni un solo caso. Y no sólo era cuestión de su preparación académica, Robert Fellow sabía convencer, tenía ese don de palabra que subyugaba tanto a jurados como a jueces.

A Bob aún le temblaban las piernas recordando su visita hacía sólo seis días al lujoso despacho situado en la última planta del edificio, que pertenecía a Francis Whitman, el único socio fundador vivo de la empresa.

Ahora, tras los días de asentamiento y mudanza por fin podía instalarse y arrellanarse en el cómodo sillón ergonómico de piel de vaca. Una apenas perceptible vibración en el bolsillo izquierdo de su americana le despertó de su feliz letargo; era el móvil, Bob había adquirido la costumbre de dejarlo mudo en la oficina, por no molestar al resto de los compañeros con quienes antes compartía sala.

— Hola querido, ¿estás liado? Sólo te interrumpo unos minutos de nada. —La alegre y cantarina voz de Helen, su esposa, sonó nítida en sus oídos traspasando la barrera del espacio; para un hombre dedicado a las letras puras, aún era un misterio el funcionamiento de aquellos cacharros inalámbricos.

— No, cariño, no me interrumpes, estoy aún tomando posesión de mi nuevo despacho.

— No es nada, sólo quería recordarte que a las siete de la tarde tenemos la cita con el agente inmobiliario, esta mañana se me olvidó decírtelo.

— ¡Ah, sí! Gracias cielo, ya sabes lo desastre que soy para estas cosas, ahora mismo le digo a Dorothy que lo apunte en mi agenda y que me lo recuerde una hora antes, si no, soy capaz de salir a mi hora habitual y llegar tarde.

— De acuerdo Bob, te espero allí, yo antes pasaré por casa de mi madre para dejar a los niños. Hasta luego cariño, que tengas una feliz jornada.

— Hasta luego cielo, un beso. —La pareja intercambió un sonoro “muack” a través de las ondas telefónicas.

Bob comenzó a recordar los planes que tenían, por fin con su recién estrenado sueldo podrían cumplir el sueño de su vida y comprarse una casa en condiciones; una casa con un hermoso jardín a las afueras de Londres, y dejar aquel pequeño piso, que si ya al nacer la pequeña Nathalie se les había quedado pequeño, tras el nacimiento de los gemelos era una pequeña jaula que les estaba oprimiendo.

Su esposa se había ocupado de contactar con varias agencias y al final habían visto en el catálogo una casa preciosa que les había gustado; aquella tarde irían a verla “in situ”. Como decía Helen con su carácter práctico habitual: «nunca te puedes fiar de lo que ves en una fotografía».

Dorothy, la sexagenaria secretaria de Bob, con su puntualidad británica le avisó a la hora convenida.

Bob salió disparado de la oficina, afortunadamente aquel había sido un día tranquilo; el caso que llevaba ahora entre manos era muy sencillo, nada que no pudiese resolver en un par de semanas.

Al llegar al sitio convenido, Helen y un bajito y orondo señor con bigote le esperaban sentados en el jardín. Era un espléndido día de principios de junio y la tarde era muy agradable. La primera impresión no pudo ser mejor, un enorme jardín donde los niños podrían corretear a gusto, junto a un par de pastores escoceses, sus animales favoritos y a los que había tenido que renunciar debido a las pequeñas dimensiones de su casa actual. Un barrio tranquilo; el hogar soñado.

La construcción era una casita victoriana, no excesivamente grande pero que les vendría de lujo ya que los niños tendrían cada uno su propia habitación e incluso les sobraban dos más para invitados. Además estaba en excelente estado, dada su antigüedad, tendrían que cambiar los suelos, pintar las paredes, arreglar la cocina y los cuatro cuartos de baño; pero la escalera y el pasamanos estaban en un buenísimo estado; la casa se veía sólida y no había manchas ni marcas de humedad. Nada que su cuñado Patrick, dueño de una empresa de construcción, no les pudiese arreglar en tiempo récord y a precio de familia.

La verborrea de aquel comercial le estaba poniendo dolor de cabeza, así que aprovechando que Helen prestaba atención al pequeño vendedor y, confiando en su buen hacer y su sentido común, decidió dejarlo todo en sus manos, y él aprovechó para salir al jardín a respirar la brisa de última hora de la tarde. Esta vez, y más detenidamente se recreó en aquel hermoso jardín. Los muebles del porche eran antiguos, en forja de hierro, pero le gustaron; no se desprendería de ellos, eran una excelente labor de las que ya no se veía, otro trabajito para el bueno de Patrick, seguro que con una capa de antioxidante y pintura quedarían como nuevos. De pronto su vista se posó en el portón de la entrada; le llamó la atención un magnífico lilo que daba sombra, pero su sorpresa fue mayor cuando vio junto al árbol a una desconocida. Bob cordial y ejerciendo de buen anfitrión se dirigió a ella, no estaba de más comenzar la relación social con los vecinos.

— Buenas tardes señorita, parece que estamos disfrutando de un tiempo muy agradable para la época del año. ¿Vive usted en el barrio?

La mujer le miró, era una joven que no pasaría de la treintena, y de una belleza poco vista y muy poco anglosajona. Delgada,  de cuerpo proporcionado y muy alta, casi le sobrepasaba, y eso que Bob pasaba del metro ochenta. Pero lo que más le impresionó fue su rostro, un rostro fino del que su cutis pálido era el marco perfecto  para unos rasgos delicados y preciosas facciones, nariz de perfil griego, labios gruesos y bien dibujados, y sobre todo unos ojos almendrados y de un color verde profundo, todo ello resaltado por una cabellera lustrosa, media melena de color negro azabache de rizos grandes y bien definidos.

La mujer dejó de contemplar el árbol y pareció salir de un trance, dándose cuenta por primera vez de la compañía del hombre.

— Perdón, buenas tardes, no le había escuchado —contestó con un tono de voz suave.

— Perdóneme usted a mí, lo siento, que he entrado con muy malas formas y ni me he presentado, me llamo Robert Fellow y seguramente si mi mujer y ese parlanchín con quien le he dejado hace unos minutos llegan a un acuerdo, es más que probable que seamos sus nuevos vecinos. Porque usted vive por aquí o, ¿me equivoco?

— No, no, efectivamente yo vivo aquí, es un lugar hermoso, ¿verdad?

— Sí, sí lo es, es un barrio tranquilo, para los que siempre hemos vivido en ciudad esto es el cielo. A mis hijos les encantará, tengo tres, la pequeña Nathalie que tiene cinco años, y los gemelos que tienen tres años y medio. Son tres diablillos, pero son encantadores, ya les conocerá. Usted, ¿tiene hijos?, señorita…

— Perdón, Lizzy, me llamo Lizzy Henderson. No, no tengo hijos; soy viuda. ¿No le parece que este árbol es una belleza? —preguntó la desconocida cambiando bruscamente de conversación.

— Sí, sí, es cierto, es muy hermoso —contestó Bob perplejo.

— Siempre me gustó este lilo, es lo más bonito de la casa. Si quiere un consejo ahora que está a tiempo, no la compre.

— ¿Cómo?

— Esta casa está mejor así, sin dueños, hágame caso, la conozco desde hace años.

Bob de repente se sintió incómodo, ¿trataría aquella mujer de disuadirle pensando comprar ella la casa? La verdad es que el precio era inmejorable. Lizzy parecía haberse olvidado de él y seguía prestando atención al árbol.

— Bueno señorita Henderson, espero verla por aquí cuando nos mudemos. Voy a ver como van las negociaciones je,je,je. Encantando de conocerla.

Pero la mujer ni le tendió la mano ni pareció escucharle; seguía contemplando el lilo de forma insistente.

************

En tan sólo tres meses la familia Fellow, por fin pudo instalarse en su nueva casa, todo había quedado perfecto. Las cosas seguían su curso con normalidad, los niños crecían cada día, Helen era feliz en su nueva casa y Bob seguía subiendo como la espuma en su trabajo.

Aquello era lo más parecido al dulce hogar que siempre soñaron ambos. Pero algo había cambiado en el ánimo de Bob, algo le estaba pasando y no sabía explicar el qué. Mientras en la oficina se mostraba afable como siempre, en casa una extraña agitación le envolvía.

— Cariño, hoy Nathalie ha leído sus primeras líneas, me ha comentado su profesora que es una niña muy inteligente y que si sigue así pronto leerá normalmente, va más adelantada que el resto de su clase, ¿te lo puedes creer? Por cierto cielo, mañana te iré a buscar a la oficina, tenemos que comprar a los niños los disfraces para la fiesta del colegio, recuerda que es el próximo sábado.

— Como quieras, pero no sé, mañana tengo mucho trabajo, lo mismo me tengo que quedar hasta tarde, mejor ves tú sola a comprar y luego pasas a recogerme. ¡Joder, Helen!, ¿no puedes hacer que esos mocosos se callen un poco?, tengo un terrible dolor de cabeza; voy un rato al jardín a fumar un pitillo, a ver si se me pasa.

— Pero, Bob, cariño, ¿no sería mejor que te tomases un analgésico? Ya hace bastante fresco para salir al jardín…

— ¡Coño, pues me abrigo! Es el rato que tengo para respirar un poco de aire. Además, ya sabes que fue lo primero que dijiste cuando tuvimos a los niños, nada de fumar dentro de la casa.

— Bob, cielo, ¿qué te pasa? Jamás te había oído hablar así, recuerda que en eso estuvimos completamente de acuerdo, a los niños no les conviene respirar el humo del tabaco —contestó Helen confusa ante la reacción de su marido.

— ¡Déjame en paz! —dijo saliendo y dando un portazo.

¿Qué coño le estaba ocurriendo? Él no era así. Ahora, en la tranquilidad de la soledad del jardín, Bob se lamentaba de la conversación previa. Algo le estaba pasando, no era posible que se portase así, llevaba ya más de un mes en el que notaba que su carácter se estaba agriando a pasos agigantados. ¡Bah! No iba a dar mas vueltas, sería el maldito estrés. Sin querer sus ojos se posaron en el lilo; otra cosa absurda, sabía que lo del tabaco era una vil excusa, estaba convencido desde hacía tiempo que más bien sus salidas al jardín eran con el único propósito de volver a ver a la vecina desconocida. Esa mujer le había dejado impresionado y soñaba con encontrársela de nuevo. Pero hacía más de seis meses que estaban viviendo allí y nunca, a ninguna hora del día, ni siquiera los domingos, la había vuelto a ver, Lizzy había desaparecido, o bien era una mentirosa que no había vivido nunca allí y lo que pretendía era comprar aquella casa. Sabía que era absurdo lo que le estaba sucediendo, pero no podía controlarse, no podía dejar de salir cada tarde, más o menos a la hora en que la vio por primera vez.

Y los días seguían pasando, también los meses, pero el estrés seguía haciendo presa en Bob; el estrés y aquella insana obsesión por volver a ver a Lizzy Henderson.

— Cariño, estoy un poco cansada, voy a terminar de recoger la cocina y me voy a acostar pronto; parecía que esta mañana Bobby estaba mejor, pero por la tarde le ha vuelto a subir la fiebre, esta noche seguro que también tengo que estar en vela, ahora que está tranquilo voy a aprovechar a ver si puedo dormir un par de horas. Mañana sin falta le vuelvo a llevar al médico, me parece que las medicinas que le mandó no son muy efectivas. Pero tú termina de cenar tranquilo, cielo, ya mañana Doris recogerá tu plato y los cubiertos.

— No sé para que pagamos una asistenta si te empeñas en hacerlo tú todo. Casi sería mejor que nos ahorrásemos ese dinero —respondió Bob con sequedad.

— ¡No digas bobadas, tonto! —dijo Helen cariñosa.— Sabes que Doris me es de gran ayuda, pero no me gusta dejar los cacharros sin recoger, además sin trabajar se me haría el día muy pesado si no hago algo, y más cuando los niños ya están durmiendo. Por cierto, mañana que no se me olvide llamar al servicio técnico del lavavajillas, bueno, todo dependerá de como esté Bobby, total no pasa nada por tener que fregar a mano unos días más…

La incansable voz de Helen seguía golpeando sus sienes como un martillo toc,toc,toc, lento, insistente, mientras la mujer le daba la espalda y estaba de cara al fregadero, recogiendo platos, vasos, secando y colocando, seguía con su incansable soniquete. ¿Qué leche le importaba a él si se estropeaba el lavavajillas, o si Bobby seguía con fiebre? Eso eran cosas de críos, seguro que en un par de días ya volvería a estar el muy cabroncete en plena forma haciendo de las suyas junto a su hermano, molestando a los perros.

Un impulso le hizo asir el cuchillo con más fuerza de la habitual, era un vulgar cuchillo para cortar carne, pequeño pero con una punta aguda y muy bien afilada; era la manía de Helen, siempre decía que los cuchillos había que tenerlos fuera del alcance de los niños, pero bien punzantes, ya que siempre era más probable cortarse con un cuchillo mal afilado que con uno con la hoja bien pulida. Serían unos segundos, dos pasos le separaban de su parlanchina esposa, sólo había que elegir el lugar certero y clavarlo, hincarlo con saña y aquella voz insistente se callaría de una vez por todas dándole un minuto de paz.

El llanto desgarrado desde la habitación de arriba les hizo dar un vuelco a ambos, era Bobby, seguramente la fiebre había vuelto a subirle. Helen soltó de inmediato la sartén que secaba en esos momentos y salió corriendo despedida escaleras arriba para ver al niño. Bob como si de un sueño se tratase, dio un brinco en la silla y el cuchillo se escapó de sus manos.

¡Dios mío! Pero, ¡¿qué iba a hacer?! Pensaba clavar el cuchillo a su esposa, a Helen, la mujer que, junto con su madre, era la más importante de su vida. La muchacha de quien se enamoró perdidamente desde el primer día, cuando siendo ambos aún tiernos adolescentes, —se cruzaron por los pasillos del instituto— la madre de sus hijos. Bob se agarró la cabeza con las dos manos y comenzó a llorar, no se podía reconocer; no podía reconocer al hombre que había sido tan sólo unos meses atrás. Tenía que averiguar que diablos le estaba pasando. Si era preciso y, aún a pesar de su desconfianza hacia los psicólogos, visitaría a alguno.

A la mañana siguiente, ya en su despacho, abrió el navegador, nada como San Google, solían decir allí en la oficina, no había problema que no se solucionase con un par de clicks. Su primera intención era informarse sobre profesionales cualificados de la psicología, pero un impulso repentino le hizo teclear la dirección y el nombre de su casa: “Villa Lilac”, 112 Carnival Street, Enfield. Lo que encontró le dejó perplejo, sabía que la casa era antigua, lo que no sabía era que tuviese varias historias. La casa había sido edificada en 1912 por un hombre de negocios llamado Richard Henderson y abandonada en extrañas circunstancias cuarenta y cuatro años más tarde. Posteriormente había sido habitada en 1973 y en 1981; habían pasado algunos hechos trágicos pero la página no le daba más información. Bob llamó a su secretaria.

— Dorothy, usted que es tan diligente seguro que podría ayudarme, ¿dónde podría encontrar el pasado de una casa?

— ¿Cómo dice Mr. Fellow?

— Perdón, creo que no me he explicado bien, al parecer en mi casa ocurrieron hechos extraños hace algunos años, pero la página consultada no dice nada más, ¿cómo podría informarme más concienzudamente?

— A ver, déjeme que piense. ¡Ah, claro! Que tonta, con la edad voy perdiendo facultades, si es que ya estoy a un paso de la jubilación. —dijo la secretaria con deje abatido— Acuda a una hemeroteca; allí, en perfecto orden están archivadas las noticias y seguramente encontrará lo que busca, si es cierto que los hechos tuvieron cierta repercusión, saldrían en la prensa. Ahora, con los sistemas digitales es mucho más fácil de conseguir información, la del Times no queda lejos, usted teclea las fechas y la sección que quiera y le saldrá un listado de las publicaciones.

— Gracias Dorothy, es usted un cielo, no vuelva a pensar en su jubilación, ¿me ha oído?

Al abandonar el bufete, Bob se dirigió a la hemeroteca, su secretaria tenía razón, estaba muy cerca de allí. En breves momentos consultando la sección de sucesos de los años que le interesaban se hizo con la información. Empezó por las fechas más recientes. Su sorpresa no tuvo límites, los dos sucesos habían sido publicados en el periódico, y por lo visto fueron unos casos bastante sonados. En las dos ocasiones se produjo la muerte de dos mujeres a manos de sus respectivos esposos. Ninguno había sido denunciado por maltratos previamente; junto a las noticias aparecían los artículos con las declaraciones de las familias, amigos y vecinos. Realmente aquellos hombres habían sido hasta entonces maridos y padres modelos; todos coincidían en que sus personalidades habían sufrido un cambio tras la mudanza a aquella casa.

Pero lo que le dejó más turbado fue cuando comprobó la fecha de 1946; la fecha en la cual la casa había sido abandonada por sus primeros dueños. Primero le llamó la atención una noticia de ecos de sociedad, la boda de la señorita Elizabeth Henderson con el señor Alistair Bloom, un acaudalado caballero ex militar y mucho mayor que la joven. Al parecer la señorita Henderson había perdido a su padre un par de años antes y su situación económica en plena posguerra era insostenible. La muchacha accedió a  casarse con aquel hombre maduro para salvar su casa y sobre todo para poder vivir. Elizabeth tuvo que  dejar al hombre que amaba, un antiguo novio a quien la guerra aparte de dejar alguna pequeña secuela física, había dejado también en la miseria. Pero el amor es traicionero y Elizabeth no pudo olvidar a su enamorado, y siguió viéndose a escondidas con él. Una noche en la que los dos amantes se confiaron pensando que el marido se había marchado de viaje, este apareció. De un tiro certero, no en vano había prestado muchos años servicio como coronel del regimiento de infantería de su Graciosa Majestad en La India, Mr Alistair Bloom mató de un certero tiro en la cabeza al amante, luego; sin ninguna compasión arrastró a la aterrorizada Elizabeth hacía el lilo donde la asfixió con sus propias manos, bajo su lugar favorito, aquel árbol bajo el que le gustaba cobijarse y ahogar sus penas: «Morirás en tu lugar favorito, maldita zorra», gritaba un furioso Alistair al borde de la locura.

Junto a la noticia aparecía la foto de la joven el día de su boda; a pesar de su antigüedad, Bob pudo reconocer ,tras la triste sonrisa sepia, las facciones de Lizzy Henderson, su extraña vecina.

Bob pidió que le sacasen la impresión de las tres noticias, pagó lo que le pidieron y se fue camino a su hogar, dulce hogar; un hogar que por el bien de su familia debían abandonar de inmediato.

Helen aquella noche lloró, lloró de pena, de miedo, de impotencia cuando leyó las historias de aquellas pobres mujeres; pero no pudo evitar que un escalofrío recorriese su espalda cuando Bob le contó la conversación mantenida con Lizzy Henderson el día que fueron a ver la casa y, sobre todo, cuando con total sinceridad, le relató lo que había estado a punto de hacer la noche pasada.

— No te preocupes cariño, —dijo una Helen con los ojos rojos por el llanto, pero con mirada resuelta y decidida— seguiremos estando juntos para lo bueno y para lo malo. Sabía que algo te estaba ocurriendo y no sé por qué sospechaba que tenía que ver con esta casa. Así que he estado moviéndome durante todo este tiempo, ya sé que no están las cosas para andar comprando y de mudanza de nuevo, me he hartado de ver precios y todo está por las nubes; pero la suerte parece que nos va a acompañar. Un precioso dúplex nos está esperando en el West End, es de un amigo de mi hermano que quiere mudarse a un precioso Cottage, y lo mejor es que es una casa de nueva construcción, sólo la ha habitado el amigo de Patrick y nos la deja a un precio inmejorable. En cuanto a esta casa —Helen paseó la mirada por las paredes del espacioso salón— no me gustaría venderla, no, no sería justo, como te dijo Lizzy está mejor vacía, honremos su memoria dejándola abandonada, al fin y al cabo quizá haya sido ella la que guió mis pasos para encontrar otro lugar donde vivir, un hogar donde las sombras de viejos fantasmas no perturben nuestros sueños.

Bob se levantó de un salto del sofá y cogió en volandas a su esposa dándola un largo y apasionado beso en los labios.

— ¡Te quiero Helen!


FIN