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jueves, 15 de marzo de 2012

MAMÁ BETH


Cuando una mañana lluviosa del mes de octubre Diane vio pasar al pequeño de los Davenport a su coqueto establecimiento —un elegante salón de té en pleno centro del pueblo— no se pudo creer lo que veían sus ojos.

Los Davenport eran la familia aristocrática por excelencia de aquella pequeña ciudad situada en Nueva Inglaterra. No es que fuese una familia de arraigo en la zona, los Davenport tan sólo llevaban viviendo allí unos veinticinco años. De la noche a la mañana los lugareños vieron como la vieja mansión de los Kelly, situada en lo alto de la colina, a las afueras del pueblo, era ocupada por una familia numerosa.

Nada se sabía de esta señora Davenport, una mujer que rozaba ya la cincuentena, elegante y aún muy hermosa, que demostraba una alegría jovial que no desmerecía para nada su noble porte. Mamá Beth, como quería que la llamara todo aquel que intimaba con ella; era una mujer encantadora que se desvivía por su prole de nueve hijos y dejaba ingentes cantidades de dinero en  los pequeños negocios locales.

A pesar de la bonanza que los nuevos inquilinos suponían para la población, esta familia fue objeto de murmuraciones; unos decían que la señora Davenport era una dama inglesa, viuda de un militar que había muerto en acto de servicio durante la Primera Guerra Mundial, que había dejado a la apesadumbrada viuda cargada de hijos y también de dinero.

Pero tampoco faltaron los comadreos que tildaban a la mujer de poco menos que de prostituta. En todos los sitios siempre hay el sabiondo de turno que quiere o cree saber la vida de los demás; así que mientras una parte de la población consideraba a Mamá Beth como una respetable viuda y madre; la otra mitad pensaba que era una antigua madame de uno de los burdeles más lujosos de Nueva Orleans, incluso se llegó a decir que sus hijos no eran de ella y que los había ido adoptando en los diferentes lugares donde se había establecido.

El caso es que los años fueron pasando y todos llegaron a acostumbrarse a esta familia que comenzó a hacerse sentir en la localidad. Una vez por semana la viuda bajaba al pueblo y hacía las compras semanales, acompañada de alguno de sus hijos y dos de sus sirvientes, era su día de relaciones sociales que ella aprovechaba al máximo, mañana de compras y tarde de merienda acompañada de las señoras prominentes de la ciudad.

Un día Mamá Beth dejó de hacer acto de presencia en el lugar. Al parecer, y según comentaban sus hijos mayores, la pobre mujer se había visto aquejada por una extraña enfermedad nerviosa. La familia, preocupada por su madre, mandó llamar a un médico europeo especialista en este tipo de enfermedades, que desde entonces, se convirtió en un miembro más del clan Davenport.

Nadie volvió a ver a Mamá Beth, ni siquiera sus amistades más cercanas lograron visitarla a pesar de que lo intentaron en varias ocasiones, la respuesta  de alguno de los hijos era invariable: «Lo sentimos pero mamá no se encuentra bien, lamenta mucho no poder recibirla».

Los años fueron pasando y de la antigua relación de los Davenport con los lugareños quedó poco. Los hijos de Mamá Beth se habían convertido en hombres y mujeres extraños, solitarios, envarados y altivos; todos parecían haber sido cortados por el mismo patrón, altos, enjutos, de piel cetrina y, sobre todo, ninguno había heredado la amable jovialidad de su progenitora. Todos menos el pequeño, Mortimer, un chico que había llegado a la ciudad siendo un niño de tres años y que había pasado casi toda su vida estudiando en el extranjero.

El regreso de Monty, como le llamaban en el pueblo, supuso un aire nuevo para todos, ya que este joven de carácter abierto vino a romper, en parte, aquella extraña barrera que se habían impuesto sus hermanos.

A los pocos meses la sorpresa llegó en forma de compromiso, Mortimer y Diane se casaron en la iglesia de la pequeña localidad. Los preparativos de la boda fueron la comidilla del momento, y muchos, fueron los que pensaron que seguramente Mamá Beth ya estaría mejor y que asistiría a la boda. ¿Cómo iba a perderse el enlace del primero de sus hijos que daba ese importante paso? Pero llegó el día señalado y la mujer no apareció por ningún sitio.

Mientras, la vida en la mansión continuaba su monótono curso. Diane se vio obligada a cerrar su negocio; ni a Monty, ni al resto de la familia les gustaba que fuese todos los días al pueblo. Así que el tiempo se le hacía eterno encerrada allí, rodeada por las sombras de sus mudos cuñados, con quienes no tenía la más mínima relación.

— Querido, ¿cuándo podré ver a tu madre? Me gustaría tanto poder hablar aunque fuese unos minutos con ella. Aún la recuerdo, cuando yo era pequeña el pueblo se convertía en una fiesta cuando ella aparecía. Era tan amistosa y tan amable, es una lástima que esa incómoda enfermedad se haya cebado en ella.

— No te preocupes cariño, todo llegará, dentro de no mucho tiempo entrarás con nosotros a nuestras tertulias de los jueves, así que vete preparando.

A los pocos meses de la boda Monty la sorprendió con una noticia.

— Diane, esta noche subirás con nosotros a la habitación de mamá, por fin ha dado su consentimiento, quiere verte.

Diane pasó el día nerviosa y ocupada pensando que ropa podría lucir ante su suegra, cuando llegó el momento, Monty fue a buscarla a su alcoba común.

— Estás preciosa, cielo, mamá se sentirá orgullosa de ti.

La joven subió las escaleras hasta la última planta de la mansión con el corazón desbocándose por su boca.

Al llegar ya estaban allí todos sus cuñados, la habitación era grande pero estaba completamente a oscuras, todos los ventanales habían sido cegados.  Una luz blanca y mortecina iluminaba una especie de cama redonda donde un ser amorfo, sin formas, sin cabeza, sin cuerpo y sin extremidades, reposaba. Alrededor de aquella masa gelatinosa de un color verde grisáceo, había diez sillas extrañas de madera; a Diane le parecieron como aquellos asientos que había visto un día retratados en un periódico, esas malditas sillas donde mataban a los condenados a la pena capital.

La joven ahogó un grito e intentó salir de allí, pero los fuertes brazos de Mortimer la retuvieron.

— No te preocupes cariño, no pasará nada, ahora si que ya serás uno de los nuestros.

La última imagen que logró recordar Diane fue como la arrastraron a una de esas sillas y ataron su cintura al respaldo con un fuerte cinturón de cuero, mientras aquel horrible doctor se acercaba a ella con una jeringuilla.

Al despertar, Diane se vio allí sentada, rodeada por su marido y sus cuñados, un gran peso se concentraba en su cabeza, seguía atada. Tanto Mortimer, como el resto de la familia permanecían con los ojos cerrados, ninguno tenía puesto el cinturón, y sobre sus cabezas reposaba una especie de casco de metal que les cubría todo el cráneo y la frente hasta casi rozarles las cejas, de estos artilugios salían un montón de cables que estaban conectados a una extraña y enorme máquina. Diane no la había visto antes, suponía que, en un principio, se hallaba oculta tras los cortinones verdes que había visto al fondo de la habitación. De este raro aparato salían más cables que se hallaban enchufados a esa masa deforme que pretendía ser Mamá Beth.

Diane poco a poco se fue convirtiendo en uno de ellos, triste, con la piel amarillenta, solitaria, flaca hasta casi rozar esos límites en los que la delgadez puede considerarse enfermedad, sin ganas de hablar y reír. Todo lo que fue alguna vez se había quedado en un rincón de su pasado.

Ahora sólo le quedaba un recuerdo, su nombre, y las palabras que, procedentes de una voz desconocida y que, ahora, recordaba lejanas rebotaron en su mente durante su primera reunión familiar: «No olvides nunca tu nombre, es lo único que te mantendrá enlazada a la vida».

— Me llamo Diane Gillbert, me llamo Diane Gillbert —repetía como una autómata la joven día y noche, sobre todo cada jueves antes de penetrar en el dormitorio de Mamá Beth— podrás robarme toda mi energía, podrás absorberme entera, pero mi nombre y mis recuerdos no te los llevarás jamás.


FIN