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martes, 12 de noviembre de 2013

EL HOMBRE DE PALO

"Construyó para el Emperador el Planetario, un mecanismo que reproducía los movimientos del sol, la luna y los planetas entonces conocidos con sus conjunciones y órbitas... Y en este prodigio de relojería grabó Juanelo la célebre inscripción: Qui sim scies si par opus facere conaberis. "Sabrás quién soy si intentas hacer una obra igual."


***
Mi nombre es Giovanni Torriani y nací en el año de gracia de 1501 en Cremona, una ciudad perteneciente al Milanesado. Pero llevo ya tantos años viviendo entre ustedes que casi me he olvidado de ese nombre. Aquí  desde hace mucho tiempo respondo al de Juanelo Turriano.

Llegué al gran imperio español a la edad de veintiocho años de la mano de uno de los hombres más influyentes del mundo. El creador del imperio, el dueño de medio mundo conocido, señor de tierras ignotas e inexploradas. El más fiel servidor de la religión católica. Sí, señores, el mismísimo emperador Carlos I de España y V de Alemania me llamó a su servicio.

Desde pequeño recuerdo que me apasionaba fabricar trastos (como decía mi padre). Si los demás chiquillos disfrutaban corriendo por las calles, a mí me apasionaba hacer cosas. Cualquier material que cayese en mis manos era bueno para trabajar, madera, metal... Cualquier trozo de chatarra o desechos que caían en mis manos lo reconvertía en algo útil. Porque, no es por echarme flores, es que el ingenio me viene desde la cuna. Siendo muy joven decidí que debía dedicarme al estudio de la ingeniería. Como mi familia era de origen humilde, empecé a trabajar en un taller de relojeros y, allí, rodeado de piezas, de mecanismos y herramientas adecuadas emprendí mi formación y comencé a idear pequeños prodigios que me fueron dando cierta fama. Mi nombre sonaba en las ciudades más importantes y así llegué a Milán para fabricar el famoso “Planetario”. Fue este el trabajo que me dio el prestigio necesario para que el Emperador me llamase a su lado nombrándome relojero de palacio. Aquello supuso un gran paso para mí, ya que al ostentar un cargo oficial me facilitaba el cobrar una pensión por mis servicios y, por lo tanto, aseguraba mi futuro.

Uno de los primeros encargos del Emperador fue el famoso reloj “Cristalino”. Era este objeto un artefacto especial, ya que su mecanismo de cristales permitía precisar el movimiento de los astros y de los ocho planetas, marcando con mucha precisión las horas nocturnas y diurnas, las fases lunares, etc. El hombre era bastante caprichoso y no reparaba en gastos ni para sus batallitas contra los protestantes, ni para sus caprichos imperiales. Se lo podía permitir; ser el amo de medio mundo tiene sus cositas.

Recorrí media Europa con él. Hasta le acompañé en el momento de su muerte, ya que me mandó llamar al Monasterio de Yuste —donde se retiró tras su abdicación— para iniciar la construcción de un estanque en sus jardines. Precisamente las malas lenguas fueron diciendo por ahí que el responsable de su muerte fui yo, que esa alberca maldita atraía una rara especie de mosquitos que picaron al Emperador provocando su muerte. Tonterías propias de estos castellanos, gente de secano, que siempre han sido reacios a cualquier clase de humedad y temen al agua más que al diablo.

A pesar de todo, el príncipe Felipe, el ya rey Felipe II, confió tanto en mí que me nombró matemático mayor de la corte. Mi popularidad crecía y me llamaban de toda Europa, incluso el Papa Gregorio XIII me contrató para colaborar en la elaboración del nuevo calendario que sustituiría al calendario Juliano. Construí las campanas del Monasterio del Escorial. Trabajé para el ejército fabricando un arma que podía escupir varias balas a la vez a gran velocidad y que dotó a la artillería de mayor agilidad en el ataque. También ideé algunas máquinas voladoras. Una lástima que aquellos planos y diseños quedasen ocultos en polvorientos cartapacios al ser declarados secretos de estado. He de confesar aunque peque de inmodestia, que mis ingeniosos aparatos hicieron ganar muchas batallas a la corona española, siempre embarcada en empresas guerreras, que mantuvieron durante varias décadas en liza al viejo y al nuevo mundo.

Edifiqué nuevas acequias y sistemas de riego que mejoraron las cosechas. Mejoré los embalses e hice posible que el agua llegase con más facilidad a muchos de los territorios donde ésta escaseaba.

Pero de la obra que me siento más orgulloso es de la que lleva mi nombre “el artilugio de Juanelo”. Aunque Felipe trasladó la corte a Madrid, yo seguí viviendo en Toledo. Era esta una hermosa ciudad donde había pasado gran parte de mi vida. El acueducto que llevaba las aguas a la población era ya viejísimo, medio en ruinas, dejó de abastecer agua a la urbe. Como saben Toledo está situada en lo alto de un monte. El Tajo la rodea casi en su totalidad, pero el curso del río es tan hondo que resultaba muy trabajoso para sus habitantes acarrear agua hasta la parte alta.

La primera idea fue abastecer de agua la zona del Alcázar, es decir, el punto más elevado. Me adelanté al deseo de los militares y sin ningún tipo de pacto me puse a trabajar. Fueron días laboriosos, noches sin dormir, planos y planos dibujados, tachados y vueltos a dibujar; hasta que di con la solución, no por simple menos ingeniosa. El sistema sería tan fácil y a la vez tan práctico como fabricar una noria vertical con forma de torre. Este artefacto portaría una hilera de grandes cazos que a través de un mecanismo simple de ruedas giratorias se llenasen de agua en el río y la subiesen hasta la ciudad. Así, fácilmente, los toledanos sólo tendrían que llevar allí sus cubos y recipientes y llenarlos con el agua de la noria.

A pesar de que el ingenio era capaz de ascender 16-17 metros cúbicos al día (16 o 17 mil litros) Cantidad suficiente para abastecer a toda la ciudad. Surgió la disputa, siempre ha sido así, al estar el mecanismo instalado junto al Alcázar los militares —siempre tan suyos— se negaron a compartir el agua con la población civil. Al consistorio toledano no le quedó más remedio que contratar mis servicios para construir otra máquina al otro lado de la ciudad  —llevados más que por interés ciudadano, por miedo a que los vecinos se les amotinasen— En no demasiado tiempo Toledo contó con dos aparatos mecánicos que suministraban agua con la mayor comodidad.

Y todos contentos. Bueno todos contentos menos yo. Y es que para facilitar la tarea, ya se sabe que los organismos oficiales siempre ponen mil impedimentos para pagar (que si no me han llegado las recaudaciones, que si hemos tenido  que pagar la parte correspondiente para financiar la batalla de tal o cual, que si hay otros gastos urgentes que solventar…) El caso es que adelanté mi propio dinero para comprar los materiales necesarios. Fue una obra muy costosa y me llevo a la ruina total.



El tiempo pasaba y ni el Ayuntamiento pagaba, ni los militares —que indignados por haber prestado mis servicios a los civiles, tampoco me pagaban, alegando la falta de un contrato escrito—. Ahora era ya un viejo cansado. En la corte me habían olvidado, no me llegaba tampoco mi subvención por los servicios prestados a la corona. Mis bolsillos estaban mermados y empezaba a carecer de lo más imprescindible.

Juanelo Turriano había nacido para crear, para trabajar, para sacar de sus manos obras novedosas que asombraron a media Europa. Juanelo Turriano no había nacido para mendigar, ni sabía, ni podía.

De repente recordé que hacía años había construido pequeños muñecos mecánicos que se movían como marionetas y que hacían las delicias de los pequeños de la corte.

Entonces tuve una idea brillante, no por ser viejo mi cabeza dejaba de funcionar. Si Juanelo no se iba a denigrar pidiendo en la calle como un mendigo. ¿Por qué no dejar que otro lo hiciera por mí? Y como a los inicios de mi afición en la niñez, me puse a trabajar con materiales de desecho y restos de anteriores trabajos. Mis manos crearon un muñeco. Pero no un juguete cualquiera. Era un muñeco mecánico a tamaño natural, con las medidas exactas a las de cualquier hombre de carne y hueso.

Al principio todos los toledanos se espantaron cuando vieron esa figura de madera vagar por la calle. Era inaudito que algo así tuviese vida y se moviese sin la intervención directa de una mano humana.

— ¡Que viene el hombre de palo! ¡Que viene el hombre de palo! — Gritaban y huían despavoridos a protegerse en sus casas o en el primer portal que encontraban.

Pero el hombre de palo no les hacía ningún daño. Simplemente tendía su mano en ademán de pedir y cuando algún valiente ponía en sus manos de madera algo de dinero o comida, el muñeco se limitaba a hacer grandes reverencias en señal de gratitud, les hizo gracia y ya acudían voluntariamente a contemplar aquella maravilla.

Pronto se corrió la voz que aquello era obra de Juanelo y también se supo que estaba en la más negra de las miserias. Aquello removió sus conciencias. Gracias a mí tenían el agua más cerca. Eso les evitaba pesadas caminatas hacía el río, subidas y bajadas por las endiabladas y empinadísimas cuestas toledanas varias veces al día. Ni el Ayuntamiento ni los militares cumplieron nunca conmigo, pero sí los buenos vecinos toledanos, la gente humilde que, pese a sus propias carencias, siempre tenía algo que ofrecer al hombre de palo.

***
Y aquí se acaba la historia de Juanelo Turriano que murió en 1585 sin que nadie le pagara por el gran servicio que hizo a la ciudad de Toledo. El Ayuntamiento y el alto mando militar del Alcázar se volvieron sordos y mudos. Y como tantas veces ha pasado en la Historia dejaron morir en la miseria a un gran hombre que trabajó para los poderosos, para que estos, amparados en su gran inteligencia ganaran honores. Como tantas veces fue el pueblo llano quien, con su solidaridad, ayudó a que sus últimos días fueran menos lamentables.


Amigos viajeros, si alguna vez tenéis la suerte de visitar esta hermosa ciudad y, por casualidad, observáis que una de sus estrechas calles situada a espaldas de la Catedral se llama “Calle Hombre de Palo”, cerrad los ojos y podréis ver a aquel muñeco de madera que, una vez, hace quinientos, años conmovió a los habitantes de la que fue la capital  de un Imperio.

FIN