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martes, 26 de noviembre de 2013

SUEÑO OVAL


Tantas veces se veía así en sueños. Sus manos acariciaban el cuero suave y, en ese momento, frío de la silla. Estaba como abducido, como si algún ente extraño hubiese entrado en su cuerpo. No tenía dudas que eso que sentía debía ser lo más parecido a lo que la gente llamaba la ERÓTICA DEL PODER.

Sus ojos, desorbitados, agrandados y multiplicados por dos —debido a la excitación que sentía en aquellos momentos— se posaron hipnóticos en el gran escritorio “Resolute”  que presidía el despacho, y que había sido un regalo de la Reina Victoria al presidente Rutherford B. Hayes en señal de amistad y buena voluntad. La madera para construirlo había salido de un barco inglés: el “HSM Resolute” que la marina británica había abandonado en el mar Ártico al embarrancar en el hielo. Años más tarde los norteamericanos lo rescataron y fue llevado a Reino Unido. Cuando el barco fue desclasificado en 1879, la Reina ordenó fabricar dos escritorios de madera. El otro se encuentra en el Palacio de Buckingham. (Me había aprendido bien ese trozo de nuestra Historia).

Sí, el despacho más codiciado del mundo, el núcleo de poder universal por excelencia. El centro del mundo y casi, del universo, ¿no era desde allí desde donde partían las órdenes imprescindibles para que actuase la NASA? ¿No había sido uno de los antecesores en el cargo quién dio luz verde al programa espacial, y por tanto fue uno de los primeros pasos para que el hombre pisase la luna?

Aquel despacho era sin duda el sueño de muchos hombres y… mujeres. ¡Claro que sí! Bradley J. Donovan era consciente de que muchas de ellas también soñaban con alcanzar la presidencia y no quedar relegadas al segundo puesto de Primera dama de… Entre ellas la suya propia, a su Lorraine la gustaba mucho mandar. Estaba convencido que incluso mandaba más que él, aunque lo hacía de forma tan sutil que apenas se notaba: «Brad, cariño, si te parece; pero sólo si quieres y cuando quieras, saca al perro». Pero Bradley sabía que tras esas melosas palabras se escondía un: « ¡O sacas al perro ya, o te quedas sin cena!».

Apartó a Lorraine de su mente. No, cielo, este no es TU momento, es MI momento. Es mi rato de relajación, aunque no lo parezca, sal de mi mente ¡ahora mismo!

Como por arte de magia, Bradley volvió a recuperar la visión de aquella carpeta. ¿Y si la abría? En el fondo le daba miedo enfrentarse a ese primer movimiento y a ese acto de confianza en sí mismo. Había sido una dura lucha por aquel puesto. Bueno si tenía que ser justo, Lorraine también puso mucho de su parte y ayudó lo suyo. Siendo consecuente ella había hecho casi todo, bueno, francamente, lo había hecho TODO. Tantos meses peleando por estar allí, respirar el aroma que despedían esos viejos muebles, pisar esa alfombra, ver el mismo paisaje con la misma perspectiva de sus antecesores a través de los grandes ventanales…

Volvió a mirar la carpeta. Abriendo ese documento seguramente podría enterarse de alguno de los secretos mejor guardados, o no, lo mismo sólo guardaba una simple factura. Era novato y no sabía donde se podrían guardar los documentos comprometidos. Pero sería demasiado peligroso que papeles de ese tipo estuvieran allí a la vista de cualquiera. Aquello sería de juzgado de guardia y, sin ninguna duda, un motivo más que suficiente para echar la bronca al secretario.

Sus ojos se apartaron de la carpeta y se posaron en el teléfono… ¿Sería ese el teléfono que daría línea directa con el Kremlin? Seguramente… ¿y si probaba? Sería divertido presentarse fuera del protocolo: «¡Hola, colega, soy tu homólogo, sí, el norteamericano! ¿Qué tal va todo por ahí? Por aquí vamos tirando»

***

— Brad, vamos Brad ¿Qué estás haciendo? ¿Aun no has terminado de limpiar la cristalera? Mira qué hora es, son las tantas. Hoy vamos a salir a las mil y gallo. Hay que ir un poco más deprisa, que aquí solo se puede limpiar a estas horas de la madrugada. Dentro de poco esta gente ya empieza a trabajar y hay que dejar todo libre.

Ya estaba ahí el aguafiestas de Richi, su cuñado y jefe, el dueño de la empresa que se dedicaba a hacer las tareas de limpieza en la Casa Blanca desde hacía un porrón de años. Su suegro, que en paz descanse, ya se dedicaba a eso.

— Si ya le decía yo a Lorraine que no te veía muy válido para esta tarea. Mira que se lo dije. Pero ya sabemos como son las mujeres de machaconas. No podía tener a mi hermana dándome la murga ni un minuto más. Seis meses detrás de mí para que te diese el trabajo, mucho peor que si me someten a tercer grado, lo juro. ¡Venga a trabajar! No me extraña que no te mandasen al paro, si es que te duermes en los laureles muchacho eres un flojo.

Bradley J. Donovan suspiró, con todo el dolor de su corazón, tendría que dejar su sueño oval para otro momento, si no quería que Lorraine le tuviese paseando al perro durante veinticuatro horas los trescientos sesenta y cinco días del año.

FIN

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