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martes, 3 de diciembre de 2013

MÁQUINAS PARLANTES, TABACO Y DESBARROS VARIOS

“Enga”, que alguien proponga una frase de inicio”. Ese era el último tema que se había propuesto en el grupo literario al que pertenezco desde hace unos años. ¡Hale, como si fuera tan fácil! Y tan anchos que nos quedamos, ¡oye! Y yo en vez de escribir, aquí estoy con un frio de narices y esperando en la cola de la gasolinera, mientras soporto estoicamente la mirada del idiota de al lado que me mira insistentemente, y no porque esté buena, si no por que había tenido la genial idea de colarme.

— ¡Oye, tú! ¡Qué te has colado!

— ¿Yo colarme? ¡Ni hablar hermoso!, yo no me cuelo nunca, soy una señora. Simplemente he utilizado una de las leyes primordiales de la seguridad en la navegación marítima, que puede ser llevada perfectamente a la práctica en la navegación terrestre, en caso de peligro extremo las mujeres y los niños primero. Y esta es una ocasión de peligro, que cuando me pongo nerviosa me vuelvo muy loca.

— ¡Esta tía está como una chota!

— Perdona querido, como una, no; estoy como un rebaño de chotas. ¡Quejica!

Por lo menos el pesado se calló y, por fin había llegado al deseado surtidor. Ahora a pelearme con el empleado de turno: «Que no, que no llevo suelto, ¡coño! Y no, no me hace falta llenar el depósito, con veinte euros llego sobrada a casa. Pasa la tarjetita ya “porfa”, que tengo mucha prisa, tengo que escribir un relato y no sé por donde empezar».

Que nervios se me han puesto con estos dos memos. ¡Ah, mira! Una expendedora de tabaco, voy a comprar una cajetilla para templar los instintos agresivos, así me gasto los cinco euros que me quedan, que me están quemando en el bolsillo.

De repente una voz metálica y con tono de pocos amigos me dice: «Su cambio y su cajetilla, pero recuerde que ¡AQUÍ NO SE FUMA!» ¡Caray con la maquinita! un poco más y me pega! Bueno, ahora a cargar el depósito y a casita que hace frío.

«Ha elegido “diesel e plus”, ¡Buen viaje! Y salga ECHANDO HOSTIAS de aquí que se me acumula el trabajo». ¿Era la misma voz de la máquina del tabaco, o estaba soñando? Desde luego el tono era igual de desagradable.

De repente empecé a ver como esa manguera crecía y crecía, y se enredaba en el coche. Es más, lo zarandeaba. ¿Era mi castigo por haberme colado? El sudor empezó a caerme por la frente. El miedo se agolpaba en mi garganta. Esa manguera seguía aumentando. El coche atrapado en aquel terrorífico surtidor. Yo gritando como una posesa. Y el relato sin escribir.

— ¡Mari! ¡Mari! ¿Se puede saber con qué sueñas? No sé que dices de una manguera, un surtidor y una cajetilla de tabaco. Pero, ¡si tú no fumas!

¡Dios!, estaba en plena pesadilla. ¿O comenzaba ahora? Porque el verdadero problema seguía ahí, ¿qué escribir? Tiene que ser el colmo de la originalidad.

FIN