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martes, 17 de diciembre de 2013

QUE DIOS REPARTA SUERTE


El hombre de edad avanzada y aspecto de caballero subía por la calle de la Torre y ya estaba próximo a la calle de Santa Inés, donde se encontraba su destino final, el Oratorio de San Felipe Neri, la actual sede de las Cortes Españolas, sitas en la ciudad de Cádiz. La única ciudad española que se encontraba libre de la ocupación francesa, a pesar del duro asedio que sufría desde hacía un año.

Aquella mañana había puesto sumo cuidado en su atuendo. A pesar de su abierta oposición hacia los vecinos invasores, no había tenido ningún problema en adoptar la moda francesa a su vestuario. Pantalón de lana ajustado de color beige, casaca estrechada en la cintura de terciopelo verde oscuro liso, chaleco de seda del mismo color que la casaca y con bordados en la pechera en tono dorado, un lazo del mismo tono que los pantalones ceñía su  cuello y tapaba el escote en pico del chaleco. Las botas negras que cubrían sus pantorrillas, llegando hasta las rodillas, relucían. Cuando regresase a casa tendría que felicitar a su mayordomo por la adecuada elección de su ropa. Incluso la sugerencia de cambiar la tradicional capa por el redingote, había sido todo un acierto, esta prenda sin duda era mucho más práctica para días de diario y sobre todo cuando el viento y la humedad arreciaban. Aquel día don Ciriaco  González Carvajal tenía que destacar y convencer, sabía que la elegancia y la distinción eran tan necesarias para impresionar, como la buena oratoria.

— Hoy no nos lloverán bombas —pensó el jurista sevillano y actual Ministro de Hacienda.

El ejército francés contaba con los mejores artilleros del mundo, pero les había salido un fuerte rival con quien no contaban. El viento, ese viento recio que azotaba el pequeño istmo de forma continuada. Don Ciriaco sonrió por lo bajo. A Víctor —Claude-Victor Perrin, el mariscal francés al mando del asedio— no le resultaba tan fácil dar en la diana. Sus bombas, en la mayoría de los casos, se desviaban y los daños, de momento y gracias a Dios, aún eran mínimos. Cádiz seguía siendo, salvo algunas zonas más castigadas por los bombardeos, una hermosa ciudad; una urbe que continuaba manteniendo su estilo, su gracia, su refinamiento, su cultura, su tradición liberal y lo más importante —gracias a los aliados ingleses— su puerto continuaba abierto al mar y a las mercancías y suministros que, aunque de forma más dificultosa debido al acoso de la marina francesa, seguían recibiendo de las colonias de ultramar.

Pero a pesar de todo aquello, ese 23 de noviembre de 1811, ni las bombas de los gabachos, ni Cádiz, eran las mayores preocupaciones del ministro. Don Ciriaco a sus 66 años cumplidos había visto mucho y, sobre todo, había escuchado demasiadas cosas, no en vano su profesión de jurista le había llevado a desempeñar el cargo de Oidor de la Real Audiencia en lugares tan lejanos como Filipinas y México. Como él solía repetir, había vivido tanto como tan largos habían sido sus viajes.

Por ese motivo no era ajeno a nada y no desconocía que la situación que vivía el resto de España no era, ni por asomo, la misma que estaba viviendo Cádiz. Con un país duramente asolado por tropas enemigas e inmerso en una guerra, la situación económica era caótica. Y lo que es peor y llevaba varios días quitándole el sueño: ¿cómo imponer mayor presión fiscal a aquellas gentes, la mayoría con sus tierras arrasadas, sus animales y haciendas requisadas por un ejército extranjero, y con los varones adultos de las familias luchando —ya alistados en el ejército, o bien sumándose a las guerrillas— por su libertad?

Su alto sentido de la justicia y su experiencia le decían que no podía exprimir más a aquella población, castigada por el hambre y los horrores de la guerra, con más impuestos. No, al menos, no sin dar algo a cambio. Pero, por otra parte, la situación financiera del Estado era extremadamente preocupante y poco sostenible. Se necesitaba dinero de forma perentoria para salir adelante.

Don Ciriaco, hombre criado en el ambiente ilustrado de la corte de Carlos III, había encontrado una solución aceptable. El español por naturaleza era jugador y amante de los envites del azar. Si el anterior rey había sido capaz de incluir un juego como arma para recaudar impuestos, él también podría hacerlo; pero tendría que ser cuidadoso. La lotería ya había sido un instrumento utilizado por el tan impopular Esquilache, a instancias del monarca, para el mismo fin. No había pasado tanto tiempo y la gente aún conservaba en la memoria un recuerdo amargo de aquel personaje, al que muchos consideraron un advenedizo extranjero y, lo que es peor, un ladrón. Pero —y aquí influía mucho su experiencia en las colonias— don Ciriaco, durante su estancia en México había conocido otro tipo de lotería. Un juego similar, pero con algunas variantes respecto al que se conocía en España. Un sistema de billetes de  los que se podían comprar y jugar la cantidad que se quisiera, uno o varios, al mismo o a distintos números. El sorteo se realizaría con cinco bombos distintos, que contendrían bolas con todos los números del cero al nueve; de cada uno de ellos saldría una bola numerada y las cinco cifras resultantes se unirían para formar un único número, que sería el premiado.


Se elevaría el porcentaje de los premios y, es más, no sólo cobraría el propietario del número ganador, también recibirían premios menores los números aproximados y las terminaciones. El porcentaje que se quedaría el Estado sería mucho mayor que el de los premios, por supuesto, pero tampoco obligarían a nadie a pagar un nuevo impuesto, el juego es voluntario, simplemente jugaría el que quisiera o pudiera. Pero don Ciriaco contaba con el espíritu aventurero y amante del riesgo de sus compatriotas. ¿A quién no le gustaba arriesgarse y a ser posible, ganar?

Además, don Ciriaco, como zorro viejo que era, había pensado en algo que daría mucha más brillantez a aquel negocio del azar. La fecha. Sí había que aprovechar no sólo las ganas de tentar a la suerte, ese sorteo se tendría que realizar en un momento clave y que mejor que las fechas precedentes a la Navidad. En aquellos días el espíritu de buena voluntad y las ganas de reunir a la familia y llenar mesas se hacía más patente. El responsable de finanzas ya veía su idea como un juego bonito donde participara todo el mundo, donde las familias se intercambiaran números para poder aumentar la suerte. Una acción que, probablemente, se repitiese durante décadas, o quien sabe si durante siglos, convirtiéndose en una de las tradiciones más arraigadas de las familias españolas.

Mientras traspasaba las puertas del Oratorio, don Ciriaco respiró profundamente, ahora venía lo más peliagudo: intentar convencer al resto de los señores diputados, y de ahí en adelante… que Dios repartiera suerte.


FIN