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miércoles, 11 de marzo de 2015

FALSA CULPABLE


Los copos de nieve golpeaban la cristalera del salón convirtiéndose, en el choque, en finas gotas de agua. Marisa contemplaba con la vista fija en el ventanal las finas hileras que dibujaban las gotas al descender por la superficie lisa y transparente. La niña estaba fascinada, sentía que la ventana estaba derramando las lágrimas que ella ya no podía verter porque, simplemente, estaba seca.

Las horas iban pasando en silencio y soledad, el atardecer precipitado por las espesas nubes blancas y que, sin embargo, le daban al ambiente un extraño tono blanquecino, espectral y frío. Marisa se sentía sola, tan sola como tantas otras tardes grises, blancas o soleadas, no importaba el estado climático de aquellos días apagados y abandonados a la tristeza. Ya nada era igual, sus padres se recluían en su propia aflicción y no la hacían caso. Incluso sentía que la casa que antes la acogía con esa calidez propia de las madres atentas y cariñosas, ahora parecía que iba cerrando poco a poco sus paredes en torno a ella, haciéndola sentir un agobio y una angustia que se fijaban en su garganta, haciendo que ese nudo, que casi la impedía tragar, se hiciera cada vez más grande y la ahogara mucho más.

Marisa se sentía prisionera en aquella mansión que había sido su jaula dorada durante casi toda su corta vida, pero aquello había pasado hacía tanto tiempo...

Entonces la vida les sonreía, sus padres eran felices y estaban todo el día alegres. Los negocios funcionaban bien, su padre era uno de los hombres más respetados de toda la ciudad y su madre era una mujer tranquila y cariñosa, pendiente de su marido y de sus hijos.

Todo estaba bien, todo era perfecto y funcionaba con la misma precisión que una máquina. En aquellas circunstancias, en una tarde blanca de nieve y frío extremo, Marisa jamás hubiera estado sola, ahora seguramente estaría en el salón acompañada y cobijada sintiendo el calor de los brazos protectores de su madre y escuchando su dulce voz contándola alguna historia de esas que tanto la gustaban a ella de hadas y princesas hermosas y buenas, y de brujas malvadas.

Pero ahora, estaba sola, sola y triste, triste y abandonada, abandonada y destruida en un mundo que ya no la pertenecía. No la pertenecía porque parte de ese mundo que tenía no era suyo en su totalidad, parte de esa vida que ella estaba viviendo tendría que ser también de su hermano, Antonio, el niño de cabeza dorada y rizos rubios que había llegado al hogar tres años más tarde que ella, y desde entonces, se había convertido en, su juguete primero y cuando las edades se fueron igualando en su mejor compañero de juegos.

Pero Antonio un día se fue, se marchó para siempre de sus vidas y les dejó abandonados en la total miseria. Papá abandonó los negocios y la ruina les consumió, no salía de su despacho para nada, ni siquiera para ir al dormitorio y, al menos, dormir una noche con comodidad en su cama. Mamá no volvió a reír, ni a cantar, ni siquiera se acercaba a ella; se pasaba el día llorando encerrada en su habitación, no permitía que nadie la visitase ni quería trato con nadie. Los sirvientes habían abandonado la casa, solo se quedó con ellos la fiel Dorotea, la nana de su madre, la persona que la había criado y que después se había ocupado de sus hijos.

Dorotea era la única persona que la cuidaba un poco, aunque este cuidado se limitase a ponerle la comida tres veces al día y mantener su ropa limpia, eso sí, sin dignarse a mirarla o dirigirla la palabra.

Habían pasado ya cuatro años desde la tarde fatídica, Marisa seguía siendo una niña prisionera en el cuerpo de una adolescente de quince años; y es que su cuerpo crecía de manera directamente proporcional a como se empequeñecía su mente.

La pobre muchacha se había quedado estancada en aquella tarde lejana, cargando el peso de su propia culpa, cuando el columpio del jardín disparó a su hermano del sillín. Lo único que machacaba su cabeza una y otra vez eran las carcajadas de Antonio y su alegre vocecilla infantil pidiendo que siguiera empujando con más fuerza el columpio: “¡Venga Marisa, empuja más fuerte, quiero sentir el viento en mi cara, quiero subir lo más alto posible, quiero tocar el cielo con mi mano!”.

Las risas se cortaron en seco, la voz se apagó para siempre, la felicidad desapareció para no volver jamás a sus vidas y en la cabeza de Marisa, a parte de los últimos momentos de Antonio, solo quedaron grabadas otras dos cosas: El cuerpo inerte de su hermano tendido en el césped y la mirada acusadora y rígida de su madre sobre ella.

FIN