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jueves, 12 de enero de 2012

¡ALE HOP!

— ¡Ale hop! Señoras y señores, damiselas y caballeretes… Ahora van a presenciar, el auténtico, el verdadero, el único triple salto mortal.

La carpa se inundó de carcajadas hilarantes cuando contemplaron al viejo payaso tropezar y caer de bruces en la arena del circo.

Los niños reían y aplaudían con entusiasmo coreando al unísono que lo volviese a repetir. Era tan divertido verle caer en aquellas posturas tan divertidas, con los brazos y piernas en una posición totalmente imposible de imitar.

Muchos adultos coreaban la petición de los niños, otros sacaban sus pañuelos de tela o papel para secarse los ojos llenos de las lágrimas que les producían su algarabía.

El clown se levantó con mucha menos agilidad de la que le hubiese gustado, y girando en redondo paseó su mirada por todo el círculo del recinto. Se quitó el sombrero y empezó a hacer las piruetas del saludo; lo mismo de siempre, la misma sonrisa forzada, el mismo rictus feliz de cada tarde para agradecer la euforia del público que continuaba con su atronador jolgorio.

Ese era su momento de esplendor, eso era lo mejor que sabía hacer aquella piltrafa humana; que, ni siquiera, hacía feliz a sus semejantes por vocación. No, esa no era su meta, no era la ilusión la que guiaba sus pasos; simplemente era el otro camino, la vía alternativa, la culminación de su larga cadena de fracasos y soledad.

Había sido mal hijo, mal esposo, mal padre; había defraudado a todos aquellos que alguna vez le habían amado, rompiéndoles el corazón una y otra vez hasta que a unos les estalló de verdad, y a otros se les secó dejando a un lado su capacidad de cariño. En un momento de su vida tuvo la oportunidad de elegir bien, de seguir una senda esperanzada y lograr sus objetivos; pero fue más fuerte su apego a una botella de cristal que empapaba su dejadez en el alcohol.

Nadie sabía que aquel triple salto mortal era el tropezón de un viejo borracho y amargado.

Nadie vio una lágrima fugaz escaparse de los ojos del ser real que se escondía tras los pegotes de pintura blanca y una nariz roja de payaso.

Nadie escuchó que en las gradas, escondida entre la multitud, una mujer aún joven que apretaba la mano de un niño, murmuró casi sin despegar los labios: “Aún te quiero, papá”.

FIN


jueves, 21 de abril de 2011

PRETÉRITO ANTERIOR


 
capuchonesHacía tiempo que habían dejado de repicar los tambores y las trompetas. La gente que llenaba las calles se había retirado. Durante unas horas, las arterias principales de la ciudad, permanecieron en aparente calma. Al filo de la medianoche, todo volvió a reanudarse de nuevo. Otra vez la muchedumbre llenaba las aceras.Lo sorprendente es que en esta ocasión todo estaba en silencio, ni pequeños ni mayores decían una palabra.

Los ojos de aquel turista de excepción contemplaron como dos esculturas: un hombre crucificado, perfectamente tallado, marcado cada músculo de su cuerpo con total precisión; y una mujer muy bella cargada de joyas y envuelta en ricas vestiduras, pero con un rostro perlado de lágrimas y dolor se encontraban en medio de la calzada.

En medio de aquel silencio que se podía cortar, escuchó el susurro lastimero de una mujer que estaba a su lado:

— ¡La madre y el hijo se encuentran!

Tras unos instantes paradas una frente a otra, en lo alto de lo que parecían carrozas bellamente engalanadas con cirios y flores; las tallas emprendieron su lenta marcha a hombros de los costaleros, que esforzados, conteniendo pasión y músculos, cumplían su ritual con total exactitud de pasos medidos y calculados.

Figuras encapuchadas, vestidas de color morado, dejando entrever tan sólo sus pies descalzos y sus pupilas a través de las hendiduras de los capirotes, arropaban los palios.

Tras ellos, elegantes mujeres enlutadas, luciendo mantillas, vistosas peinetas y zapatos de salón; portando rosarios y velas en sus manos y murmurando calladas plegarias, seguían a las imágenes. Cerraba la marcha, una multitud variopinta; unos preparados de antemano… otros espontáneos que saltaban de las filas de los espectadores. Algunos descalzos con los pies llenos de llagas, varios arrastrando cadenas. Otros iban de rodillas o cargando pesadas cruces de madera. Ninguno rompía el silencio, la mayoría, con la cara anegada en lágrimas. Todos cumpliendo promesas o penitencias. Unos pidiendo por sus seres queridos… otros purgando sus propios pecados.

Súbitamente, un quejido ronco y atronador rompió el silencio, desde uno de los balcones, alguien entonó un canto desgarrador que erizaba la piel.

Ya tenía suficiente material. Envuelto en su invisibilidad, el comandante Akhenatón, había pasado varios meses cumpliendo su misión. La experiencia había sido todo un éxito, ahora le tocaba volver a su futuro, que en pocos instantes se convertiría en su presente. La doctora Nefertiti — Directora del Instituto de Antropología de la Universidad de Alejandría — estaría satisfecha, al fin la máquina del tiempo había funcionado correctamente. En la Biblioteca tenían suficientes elementos didácticos para el estudio de aquella antigua civilización, pero nada comparable con aquellos datos palpables tomados “in situ“. Ese era el eslabón que les faltaba, no era lo mismo investigar a través de fuentes escritas o virtuales que convivir entre esos seres primitivos.

Los dedos de Akhenatón sintieron un ligero rechazo cuando pulsó el botón del transportador que le devolvería a su tiempo. Indudablemente, la mejora genética era un hecho indiscutible. Habían conseguido un mundo mejor, aséptico, pulcro, sin enfermedades, sin sufrimientos. Todo equilibrado…. todo homogéneo, pero sin nada en que creer, totalmente carente de emociones que rasgaran sus almas.

FIN