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jueves, 30 de junio de 2011

MISS LIBERTY


¡¡Hello my friends!! Upsss perdón, perdón y mil perdones, es que una está siempre tan en su papel de digna anfitriona de los EE.UU que ya me sale siempre el saludito en plan turístico-familiar.

Llevo tantos años aquí, tan erguida y tan quieta, que debo tener ya medio oxidada la parte baja de la túnica. No me quejo, no, que ser una de las damas más admiradas de todo el mundo no tiene precio. A ver quien es la guapa que a los años que tengo yo. aún despierta tantas miradas de admiración, ¡qué más quisieran muchas veinteañeras!

Hace dos días estuve de cumpleaños, ¡siiii!!, ¿nadie me va a felicitar? Un 28 de junio de hace… bueno los años se me han olvidado ¿a quién le importa la edad? Además una “lady” jamás de los jamases deber revelar ciertos datos, ejem, ejem aunque sea rígida y estática como yo.



Pero mi historia no comenzó ahí, ¡que va, ni mucho menos!, yo nací el día que a mi papi —un jovenzuelo francés llamado Frederic-Auguste Bartholdi— tomando unos cafetitos en uno de esos cafés parisinos con otro paisano historiador—, ya saben eso de: Dios los cría y ellos se juntan, se le ocurrió la genial idea de hacer un regalito a los norteamericanos que por esos años ¡fíjense ustedes!, iban a conmemorar el primer centenario de su independencia.

Lógico, muy lógico, una idea muy propia del país que despertó tantos aires de libertad con eso de la “liberté, égalité y fraternité“, ¡viva la France!, “a la chanson de la patrie” y bla,bla,bla  aunque aquello tampoco les sirviese de mucho, vamos que fue un quítate tú para ponerme yo. Para que me entiendan, que el rico siguió rico aunque en vez de llamarse aristócrata y marquesón, fuera advenedizo y burgués; y el pobre, que quieren que les diga, pues sigue pobre, pero eso pasa en la “France“ y en la China. Y no digo más, que a pesar de los años que llevo en Bedloe, una isla preciosa pero excesivamente pequeña para mi gusto —mejor, así se me ve más— soy toda una “madame” o “mademoiselle” —que vaya perra con llamarme señora y lady, si yo soy miss, que aún no me he casado, aunque no descarto la idea ejem, ejem—  francesa de la punta de la túnica a la punta de los pinchos estos que me han puesto en la cabeza que, digo yo, si no había una corona de más tronío y más vistosa ¡joder! 

Creo que mi papá no se lo pensó dos veces, si llega a saber la cantidad de quebraderos de cabeza que iba a darle, lo mismo me hubiese fabricado, pero me hubiese dejado a orillas del Sena, en lugar de traerme aquí a la desembocadura del Hudson. ¡Qué tampoco me hubiese importado quedarme allí!, ya sé que New York, es New York, la Gran Manzana, el Empire State y King Kong, el MOMA, el Central Park... Pero ¿y lo bonita qué hubiese lucido ahí en medio de París? Donde va a parar mi estilazo, nada que ver con esa torre horrorosa de hierro, que es medio prima mía, luego les contaré.

Pues eso, que una cosa es tener una idea genial, y otra ponerla en marcha. Pero el vil metal hace estragos… ¡uy! ¿he dicho vil metal?, me refería al dinero ¿eh?

Fabricarme costaba mucho más de lo que podían imaginarse, así que papi se las ingenió para hacer una especie de colecta ciudadana franco-americana, lo que vulgarmente se conoce por pasar el plato o la gorra, y tuvo éxito; al final nací yo, ¿a qué soy preciosa? Aunque las malas lenguas aseguran que para hacerme la cara, papá se fijó en el rostro de su madre. No creo eso. seguro que es una calumnia, mi abuela era una señora de rompe y rasga, y además jorobó la vida de mi papi no dejándole casarse con la mujer que amaba porque era judía, ¿y yo llevo la cara de esa señora?, ¡ni en broma!

Papi trabajó duro y con la ayuda de tito Eiffel, sí, el de la Torre, por eso he dicho que somos primas, me fue sacando adelante. Mientras el tito me iba poniendo hierros por dentro para sujetar el armazón, mi papi me iba dando la forma exterior con láminas de cobre como piel. Y es que claro, tenían que dejarme hueca, que remedio, —sigo pensando que se pasaron en tamaño— claro que eran otros tiempos, entonces la gente no vivía tan pendiente de las básculas, las dietas y guardar la línea, pero cualquiera me hacía maciza, a ver que barco me iba a poder trasladar.

Los americanos fueron un poco lentitos, ya estaba yo construida, y ellos que se habían comprometido a hacer mi pedestal, ahí estaban lloriqueando que no les llegaba dinero; no quiero ser mal pensada, pero con todo lo que han visto mis ojitos en tantos años… a saber donde fue a parar el dinero de la base. Otra cosa que solucionó mi papi poniéndose en contacto con uno de sus conocidos, el dueño de un periódico neoyorquino, el señor Pulitzer, al que se deben esos premios periodísticos. Otra vez a pasar el platillo pidiendo dinero y de nuevo la nena, o sea, “la moi” triunfó. Se construyó el pedestal y así  fui a dar con mis huesos… digo con mis láminas de cobre a esta gran ciudad, que lo mismo podía haber sido Boston u otra, vayan ustedes a saber donde habría terminado… pero quien paga manda, y los neoyorquinos pagaron. 

Total que entre pitos y flautas, llegué a mi cita diez años más tarde, vamos que ya ni centenario de independencia ni “na de na” y encima llegué desmembrada y echa pedacitos —nada más y nada menos que desmantelada en 350 piezas divididas en 214 cajas— que ni hueca me podían meter entera en un barco, vamos , me convirtieron en un puzzle gigante.

Al fin un 28 de octubre de… tampoco me quiero acordar del año, una aunque sea de cobre es coqueta. —eso sí, el 28 debe ser mi número de la suerte— fui oficialmente inaugurada con todos los honores, y desde entonces, me he convertido en la anfitriona ideal. Viendo entrar miles de barcos, contemplando millones de rostros emocionados, ilusionados por su llegada a una nueva tierra de riqueza y libertad. Unos lo consiguieron y muchos otros no; cuando les veo llegar no puedo evitar pensar ¡madre mía!, no saben donde se van a meter, pero no tengo corazón para desengañar a nadie. Aquí sigo muda y portando la antorcha, por cierto, nadie pensó que esto de portar la llama es muy pesado y me duele el brazo ¡leñe! Pero no me quejaré, eso de ser la diosa que guía a los pueblos hacía la libertad tiene su aquel; y si encima me dedican cancioncitas ya se me derrite hasta el cobre, que una es muy sensible.

FIN