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jueves, 3 de noviembre de 2011

CON LO QUE NOS HA LLOVIDO



— ¡Joder! Hoy tengo un día más tonto.

— ¿Qué te pasa Vela?

— Pues no lo sé Da, francamente, estoy así como tristón y apagaducho; sin ganas de nada.

— ¡Ah, bueno! Entonces tranquilo, total para lo que tenemos que hacer.

— Ahí tienes razón Da, para esto no necesito un derroche de energía.

Pasaron algunos minutos y los dos compañeros permanecieron en silencio. El cielo había amanecido cubierto de nubes blancas, pero en el transcurso de la mañana, estas habían ido tomando ese color plomizo que amenaza lluvia.

— No si encima lloverá ¡cagüenlaleche! —dijo Vela en tono refunfuñón.

— Pues hijo sí que estás hoy de malas pulgas, todo te molesta. Deja que llueva hombre, así nos limpiamos un poco de contaminación.

— Pues hoy no estoy de humor para aguantar la lluvia. Sólo me faltaba el día gris para terminar de hundirme la moral. Da, aquí entre nos y en confianza, ¿tú no te cansas de hacer todos los días lo mismo?

— Querrás decir de no hacer nada je,je,je. Porque aquí salvo vigilar tampoco hacemos mucho. Desde luego el trabajo no nos mata.

— A eso me refiero Da. Al principio, si te digo la verdad, agradecí mucho el cambio de trabajo. Eso de estar todo el día en primera línea, alerta frente al enemigo debilita mucho. Pero ahora, después de tanto tiempo descansado en la retaguardia, comienzo a hastiarme de esta tranquilidad.

— Pues yo estoy contento Vela. Nuestro trabajo es monótono, cierto, pero es muy importante. Con lo que nos ha llovido encima compañero. ¿Recuerdas al principio el revuelo que armaron para darnos el puesto? Unos decían que sí, que éramos los más dignos para eso. Otros, por el contrario, eran reacios y pensaban que sólo éramos dos rancias antiguallas que ya no serviríamos nada más que para traer malos recuerdos a los jovencitos. Que escandalosos eran entonces nuestros jefes, lo que les gustaba meter ruido. Ahora se ve que se están haciendo viejos como nosotros y ya no meten bulla.

— Será eso Da, que nos estamos convirtiendo en  ancianos,  igual que ellos, igual que lo que defendemos y guardamos.

— No, amigo mío. Lo que protegemos nunca se hará viejo. Las ideas no envejecen; evolucionan, avanzan, se renuevan. Lo que decae es la forma de llevarlas a cabo, que algunas veces no es la ideal. La apatía es lo único que mata el pensamiento.

Las primeras gotas de lluvia cayeron sobre las cabezas de los vigilantes.

— Mira Vela, el primer chaparrón del otoño. Hermano, ¿cuántas veces nos ha llovido ya? Días… meses… años y siempre hemos sabido estar en nuestro puesto. Amigo mío nos vencen sólo cuando nos dejamos someter.

— ¿Tú crees que infundimos el mismo respeto que antes, Da?

— Yo creo que sí. Phsssss que por ahí vienen un grupo de turistas, y japoneses pon buena cara que a estos no les asusta ni el agua y con la cámara en la mano son más peligrosos que nosotros en nuestros viejos tiempos, nunca fallan en sus disparos.

— Pues hoy no tengo ganas de poner buena cara a nadie.

— Y qué quieres, ¿Salir hecho una facha en la foto? Venga anda no seas tan cascarrabias, hay quien está infinitamente peor. El otro día oí comentar a una mujer que pasó por nuestro lado que en la Plaza de España los turistas se suben encima de Rocinante y de Rucio para hacerse las fotografías. Eso sí que es para indignarse.

— ¡Pero qué me dices querido Da! Eso es el colmo de la falta de consideración, no sé a qué extremos vamos a llegar, ya no se respetan ni a unas honradas esculturas que no se meten con nadie.

— Eso es lo que tiene ser un caballo flaco y un vulgar pollino, que la gente se cree que todo es jauja. Pero nosotros somos Daoiz y Velarde, dos leones regios, esculpidos del duro bronce de unos cañones y guardianes de la democracia, aunque a algunos se les olvide el significado exacto de esa palabra y no la sepan utilizar. Así que, compañero Velarde, mantengamos nuestro puesto con honor: espalda firme, cabeza alta y pata erguida ¡Demos un ejemplo al mundo de lo que representamos! Una sonrisa por favor.

FIN