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domingo, 19 de febrero de 2012

OJOS EN EL CIELO


Desperté de pronto de aquel sopor extraño, intenté levantarme y no pude. Mover un solo dedo suponía un esfuerzo agotador y doloroso. Sentía las sensaciones, el olor fétido que me rodeaba, el sabor acre en mi boca; pero no podía ver nada.

Estaba oscuro. Ni el más mínimo foco de luz me rodeaba, el resto de mis sentidos ante la falta de visión estaban alerta, eso me hizo sentir con total nitidez el sonido de unos pasos que parecían acercarse a mí.

Una voz cortante como un arma de doble filo me increpó: “Déjalo, por mucho que muevas la cabeza e intentes levantarte, no podrás ver nada. ¡Ven aquí Isabella, querida! Da las gracias a este señor tan amable y generoso que te ha regalado sus ojos, esos ojos que él se llevó al cielo y como aquel día tenía tanta prisa no pudo devolverte”.  Me sentí desfallecer, ¿había donado, qué? Noté el roce de unos labios gélidos y el vapor caliente de su aliento junto a mi oreja. La voz metálica volvió a reprenderme, esta vez, en un tono mucho más quedo: ¡¿Qué creías cabrón, qué ibas a salir indemne de lo que le hiciste a mi hijita?!

Entonces recordé aquel suceso de hacía varios meses; el coche, las prisas, la carretera, la niña corriendo tras una pelota, la mujer llorando y gritando lastimosamente tras ella. Mi miedo... mi posterior y rápida huida ante la tragedia.

El grito desgarrado que salió de mi garganta cuando comprendí lo que había pasado, apagó una vocecita infantil que me decía: “¡Gracias señor!”


FIN

domingo, 29 de enero de 2012

LA ANCIANA DAMA


Beatrix y yo éramos dos almas gemelas, ese tipo de personas solitarias, huidizas y con una clara dificultad para relacionarse con los demás. Así que, como si fuéramos dos hermanas siamesas, pegadas la una a la otra, comenzamos a vivir nuestro mundo privado y peculiar, hecho solamente a nuestra medida y para nosotras. Si ahora mismo alguien me preguntase cuanto tiempo llevábamos juntas, lo único que podría responder es que nos conocíamos de toda la vida. Toda la vida que éramos capaces de recordar, se entiende, al menos, desde que ambas tuvimos el raciocinio suficiente para ser conscientes de nosotras mismas y de nuestro entorno, a pesar de nuestra corta edad. Lo que no sabría decir con exactitud era el tiempo físico que duraba nuestra amistad medido en segundos, minutos, horas, días, meses y años.

Nos conocimos en el colegio donde ambas estudiábamos internas. Beatrix era la única hija de una aristocrática familia rural del Condado de Northumberland, al norte de Inglaterra. Y yo, yo no sé muy bien de donde había salido, ni quien era, ni que hacía en un colegio tan selectivo de señoritas bien de Inglaterra, cuando pobre de mí, era una  infortunada huérfana —o eso creía—, ya que jamás conocí a mis padres. Siempre pensé que yo estaba allí por la buena voluntad y la piedad de algún pariente lejano que prefirió meterme entre esas cuatro paredes, antes que hacerse cargo de mí. Lo extraño de la situación es que nunca vino nadie a verme; los parientes lejanos o cercanos habían desaparecido de mi vida como si todos se hubiesen disuelto como el humo.

Esa situación tampoco me preocupó en exceso, al principio debía ser demasiado pequeña para darme cuenta de esas cosas; y luego… luego ya nada tuvo importancia porque, al fin, conocí a la que sería mi compañera de juegos ideal, a mi única y verdadera amiga, casi la hermana que nunca tuve.

Desde el primer momento me cayó bien aquella niña tímida y retraída de gruesas coletas rubias, enormes gafas de pasta color miel y dientes apresados en horribles hierros que afeaban su rostro; pero con una mirada dulce y triste.

— ¿Te hace daño esa cosa que llevas en los dientes? —le pregunté curiosa.

No sé muy bien si me escuchó porque no respondió mi pregunta, pero lo que sí sé es que desde entonces no le fui indiferente. Beatrix me miró a través de sus grandes gafas y me sonrió; y, yo, que estaba siempre sola y relegada a mi suerte en los rincones más recónditos de las salas y galerías del enorme edificio, supe por primera vez lo que era tener alguien cercano.

Nos hicimos inseparables, donde iba una, iba la otra; incluso compartíamos habitación y cama. Los dormitorios eran salas inmensas, y en aquel edificio antiguo, la calefacción no tiraba siempre como debiera. En las noches más rigurosas del frío y húmedo invierno en la campiña inglesa, era agradable sentir el calor y la tibieza de otro cuerpo a tu lado.

Éramos tan inseparables que cuando llegaron las vacaciones y Beatrix tuvo que volver a su casa para pasar el verano, no quiso dejarme sola y decidió llevarme con ella. Y yo fui feliz, nunca había gozado del calor de un hogar, ni del amor de unos padres; nadie me iba a echar de menos, nadie iba a acudir al colegio a preguntar por mí o a llevarme a una casa que pudiera llamar mía. Así que empecé a considerar la casa de mi amiga como la mía propia.

La mansión Mansfield era una hermosa y sólida casa de arquitectura victoriana, una casa enorme y llamativa por fuera y cálida y acogedora por dentro. Y todo el mérito lo tenía la madre de Beatrix, una mujer cariñosa y agradable, que se desvivía por mejorar el entorno de todos los que vivían a su alrededor.

Pero los padres de Beatrix no eran los dueños de aquella hermosa finca, no hasta que la heredasen. La auténtica dueña de todo aquello era lady Candace Looper, tía abuela y única pariente del padre de mi amiga. Una de las imposiciones de aquella mujer para que el padre de Beatrix heredase el título y todas las posesiones de la anciana, era que estos fuesen a vivir con ella. Y no era fácil aguantar a aquella mujer solitaria, excéntrica y dominante. Si era difícil para nosotras que sólo íbamos durante las vacaciones, más lo era para los padres de mi amiga que tenían que soportarla a diario. Y, aun así, a pesar de aquello y de verse alejada de su hija —ya que otra imposición de la dama, fue que la niña debía ir a formarse a un internado, que ella pagaba gustosamente— la madre de Beatrix siempre conseguía mantener la dulzura y la simpatía necesaria para el trato con los demás.

El primer verano fue extraño. La anciana señora se movía por toda la casa y era muy desagradable cruzarse a cada momento con su mirada reprobadora, y eso que tratábamos de huirla constantemente. Pero gracias a los esfuerzos de la madre de Beatrix, que nos organizaba picnics y excursiones por los alrededores muy a menudo, y a los extensos jardines que rodeaban la mansión, podíamos gozar de bastante libertad. Lo más insoportable eran las tardes lluviosas tan habituales incluso en verano, y aun así, hasta aquello era agradable, ya que para mantenernos quietas y no meter bulla, el padre de Beatrix, con la maestría de los mejores narradores, nos contaba historias y cuentos maravillosos que nos dejaban a ambas con la boca abierta. Sí, aquel fue un verano maravilloso a pesar de todo… bueno aquel verano y los cuatro que siguieron.

Al año siguiente, la anciana dama ya no se movía de su habitación, su enfermedad reumática se había agudizado y apenas se movía unos cuantos pasos, sólo de la cama al sillón orejero situado frente a la chimenea —que siempre permanecía encendida, ya fuese verano o invierno—. Allí pasaba toda la jornada, hasta que, tras la cena, entre su doncella y la madre de Beatrix volvían a ayudarla a desvestirse y la metían en la cama.  

Nuestros veranos, desde entonces, fueron más felices; por fin podíamos corretear por toda la casa sin miedo a encontrarnos, tras cualquier rincón, con aquella figura vestida de negro del cuello hasta los pies y, que parecía taladrarnos con su aguda mirada de ave rapaz.

Nuestra tortura se limitaba a una sola tarde, la única tarde que la anciana dama nos llamaba para tomar el té con ella. A pesar del escaso tiempo que permanecíamos allí —no más de hora y media—, para nosotras aquello era una desgracia; seguíamos temblando encontrarnos con ella y su mirada escrutadora. Éramos solo unas niñas a quienes les gustaba jugar, y no estar tantos minutos quietas, pegadas a una silla, escuchando los improperios de aquella mujer, siempre malhumorada y que no sentía ninguna simpatía por nada, ni por nadie.

Las dos esperábamos inquietas ese momento, y me consta que Beatrix —a pesar de ser pariente de la anciana— lo pasaba tan mal como yo; incluso su madre, siempre alegre y dicharachera, sólo podía mostrar una ligera expresión de naturalidad, tras su postura envarada, cuando se hallaba ante su tía. A las tres se nos descomponía el rostro cuando lady Candace se ponía los pequeños impertinentes en la punta de su larga y respingona nariz y nos repasaba desde la punta del cabello, hasta el dedo gordo del pie. Su porte ácido, arisco, frío y altanero de dama victoriana salía a relucir en todos sus comentarios.

— Helen, te tengo dicho que la calidad de una señora se mide por la rectitud de su espalda, no te sientas de forma adecuada, rodillas y tobillos juntos, espalda recta, nada de apoyarla en el respaldo de la silla. No aprenderás nunca, jamás llegarás a tener la clase necesaria para gobernar una casa como esta.

Cuando terminaba de increpar a la madre, continuaba con la hija:

— Beatrix, no haces honor al dineral que me estoy gastando en tu educación, la boca se limpia con una puntita de la servilleta, no con todo el lienzo, y con ligeros toquecitos, no hay que restregarse con saña. Además, tienes que limpiarte antes y después de beber. No sé que tipo de educación dan ahora en los colegios, en mis tiempos, todo era mucho más disciplinado.

A mí, increíblemente, no me decía nada, se limitaba a mirarme y a hacer un mohín extraño torciendo su ridícula nariz.

Y así, lentamente fueron pasando los años; hasta que Beatrix, y creo, que yo también, cumplimos doce años.

Llegó el verano y con él, la agradable estancia en la Mansión Mansfield, pero también, la tan temida visita a la anciana dama. Como si algo me hiciera presagiar lo que iba a pasar, yo estaba más temerosa que nunca ante aquella cita. Y las palabras llenas de veneno que soltó nada más verme me dieron la razón, aquel iba a ser el peor verano de mi vida.

— ¡Beatrix, por el amor de Dios! Sigues siendo igual de criatura, pensé que ya con la edad que tienes te habrías separado de esta vulgar compañía. ¡No, no, no y mil veces no! No quiero que vuelvas a traer esta… esta… —es que no sé como calificarla— a mi casa. ¿Me has oído? Cuando eras más pequeña no me importaba tanto, bueno me importaba; claro que me importaba que mi sobrina jugase y pasase el tiempo con este… este, teniendo todo lo que quisieras pedir. Bueno lo que sea, pero Beatrix, ya eres una señorita, ya no estás en edad de jugar y tienes que ir pensando en encauzar tu vida de otra manera. La vida es dura, no es un juego y tienes que madurar. Puedo aguantar los caprichos tontos de una niña, pero jamás los de una pequeña dama, que un día heredará todo esto.

Yo me quedé apabullada, no sabía que decir, estaba indignada, enfadada, mientras contemplaba como las lágrimas corrían por las mejillas de mi querida amiga. La madre de Beatrix contemplaba la escena con tristeza y un brillo húmedo en la mirada.

— Perdón lady Candace —la madre  de mi amiga jamás se permitió llamar tía a su pariente política—,  pero creo que han sido unas palabras muy duras. Beatrix es todavía una niña y…

— No me repliques Helen, eres muy blanda con tu hija, y no, ya es hora de que aprenda. En mis tiempos las jovencitas de su edad ya habíamos abandonado los juegos y comenzábamos a preocuparnos de aprender cosas prácticas, incluso muchas, con tan sólo cuatro o cinco años más ya estaban casadas. Déjala que se vaya, ya se le pasará el disgusto, no te he dado permiso para que te marches, antes te tengo que comentar lo que quiero de cena esta noche. Creo que sólo tomaré un consomé, pero que me lo suban bien caliente, noto la garganta un poco áspera, creo que me estoy constipando —sentimos ya a lo lejos como daba órdenes la anciana.

Beatrix había salido corriendo de allí, y yo, como siempre, pegada a ella. Sí, era cierto que habían pasado años que, quizá, ya no estábamos en edad de jugar, pero eso no era impedimento para que siguiésemos siendo amigas. Cierto que Beatrix ya estaba muy alta, y yo no entendía porque seguía igual de pequeña, pero, ¿acaso eso era una excusa? Ya crecería, hay niños que desarrollan un poco más tarde, incluso, lo mismo al año siguiente daba un buen estirón y sobrepasaba la altura de Beatrix.

Me sentía triste y humillada, y no sabía que lo peor estaba por llegar. Las dos permanecíamos mudas, Beatrix no podía dejar de mirarme, mientras el llanto seguía anegando su cara. Y de pronto, comenzó a hablar, nunca pensé que las palabras pudieran herir como puñales, pero estas fueron más punzantes que las de la anciana señora, al venir estas de quien venían.

— Lo siento Leonor, estas serán las últimas vacaciones que pasarás aquí; volveremos al colegio pero ya no jugaremos juntas, y en verano  te quedarás allí, en el mismo lugar donde nos encontramos, en aquel rincón, sentada junto a la cesta de labor de la señorita Taylor, en el aula de música. Será lo mejor para las dos, yo seguiré creciendo y haciéndome mayor y tú, tú podrás encontrar otra amiga que te quiera como te he querido yo.

Y sin más, Beatrix se marchó de la habitación dando un fuerte portazo; sé que aún lloraba cuando me dejó allí sola frente al armario. Quise gritar y no me salió la voz, quise llorar y las lágrimas no salían de mis ojos. Levanté la mirada y, por primera vez, me fijé en la luna del espejo del ropero; y contemplé mi figura reflejada. Entonces y sólo entonces, me di cuenta de mi cruel realidad. Yo tan solo era un trozo de trapo cosido a trompicones, sólo era una vieja y deshilachada muñeca de trapo, y no la niña, con alma y corazón que siempre creí ser.

************

Aquel día no fue el mejor de mi existencia, tampoco el peor, todo hay que decirlo. Tan sólo fue ese trago amargo que todos, alguna vez, tenemos que pasar, el primer paso que nos anuncia que la niñez se va alejando, ese primer mensaje que nos avisa que la edad de la inocencia inexorablemente se está agotando. Después de aquello el tiempo fue pasando, con sus alegrías, sus sufrimientos, sus momentos buenos y malos. Pero jamás olvidaré aquellos años llenos de ilusión, la mirada feliz y risueña de mi madre, los cuentos fantásticos de mi padre durante aquellas tardes lluviosas en Mansfield, la merienda con la anciana dama —curiosamente, a pesar de ser mi tía, yo siempre la llamé así—. Y por esos azares o caprichos de la vida es, precisamente de ella, de su figura gruesa, su rostro surcado de arrugas y sus impertinentes en la punta de la nariz de lo que tengo la visión más nítida, a pesar de que ella, fue la primera que abandonó este sendero que llamamos vida. Nunca podré olvidar que ella fue la primera que abrió mis ojos a la realidad, quien me mostró que no todo es un camino de rosas, quien me marcó mi nueva meta, la de los corazones duros y faltos de piedad. Sólo conviví con ella un verano más, su agotado corazón no pudo resistir otro invierno. Hubo un tiempo en que la odié, la odié por aquella forma brutal de sacarme de la infancia; por todo lo que tuvieron que aguantar  mis queridos padres, por sus impertinencias, su altivez, su desprecio hacía todo y todos; pero ya hace mucho tiempo que tan sólo guardo su recuerdo. No podría odiar a la persona en la que más tarde me convertí, como si yo fuese su fiel calco.

Esta mañana, y después de mucho tiempo; yo, lady Beatrix Brandon, señora Mansfield, he vuelto al colegio donde pasé gran parte de mi infancia. Allí, la he vuelto a encontrar. Sentada en un rincón, en el mismo taburete, junto a la cesta de costura de la señorita Taylor, en el aula de música. Allí estaba  contemplándome con sus grandes ojos negros de botones forrados. Creo que me ha reconocido y me ha sonreído, así que no he podido dejar de sucumbir a la tentación y me la he traído a mi hogar, a mi vieja mansión. Leonor, mi querida y fiel amiga, quizá la única que he conocido en mi ya larga vida, ahora que las dos somos un par de viejas solitarias, nos volvemos a reunir. Hoy he vuelto a recuperar la ingenuidad y la dulzura de la niñez. ¡Leonor, bienvenida de nuevo a tu casa!

FIN

jueves, 28 de julio de 2011

BIENVENIDO A LA VIDA


A pesar de llevar cuatro años casada, Carmen aún seguía viviendo en casa de sus padres sita en La Ribera de Curtidores, en pleno corazón de Madrid. El inmueble era lo suficientemente grande para que en él pudieran vivir holgadamente tres matrimonios, sus padres, su hermano y su esposa, y su marido y ella, junto a los dos pequeños con los que ambos matrimonios habían sido bendecidos. Incluso tendrían suficiente espacio para el nuevo miembro familiar que esperaban, ya que Carmen estaba en su séptimo mes de embarazo.

Esa mañana de un tórrido día de finales de julio, la familia estaba reunida en la mesa del comedor desayunando —a excepción de los hombres más jóvenes de la casa que lo hacían mucho antes, ya que tenían que ir a trabajar— el resto las mujeres y don Antonio —que ya hacía un par de años que había dejado el negocio en manos de su hijo— lo hacían algo más tarde para dar tiempo a que las dos jóvenes atendiesen a sus respectivos retoños. Carmen, como siempre, nada más sentarse en la mesa y ante el disgusto de su madre, cogió el ABC —desde que en 1905 ese diario que empezó siendo una revista tuvo tirada diaria, nunca había faltado de su casa— doña Amparo no pudo resistirse y recriminó a su hija.

— ¡Carmen por Dios, suelta ya el diario y ponte a desayunar ya de una vez que el café se te va a quedar frío!

— Lo dudo mucho madre, con este calor no creo que nada se quede frío.

— Hoy más de lo mismo, alguna notita de sociedad, las necrológicas que cuanto más viejo me hago me deprimen más y las noticias taurinas. Nada de cómo van las cosas en Europa, y mira que eso de matar al heredero de una de las potencias más europea más fuerte ha sido “moco de pavo”, aunque eso lo hayan hecho en esa ciudad... Sarajevo y en ese país que casi nadie conoce  —comentó don Antonio.

— Serbia, padre, el país es Serbia y o se extrañe, aquí somos como somos y parece que lo que pase fuera de nuestras fronteras no tiene ninguna importancia, y el asunto es demasiado grave para pasarlo por alto, las cosas están muy tensas. Pero que nos van a contar,  nos lo dirán tarde y mal. Eso sí la faena del Gallo es sagrada y hay que enterarse de todos los pormenores. 

— ¡Os tengo dicho que en la mesa no se habla de política! ¡Antonio por Dios, no des alas a la niña que ya sabes lo que le gusta meter baza en estas cosas! ¡Yo no sé esta chica a quien habrá salido, no hay forma de que entienda que estos asuntos son cosas de hombres! ¡Hija, por Dios, criticar un periódico tan serio! La culpa de todo la tienen esos panfletos izquierdistas que trae tu marido  —dijo doña Amparo mirando a su hija severamente.

— Agustín dice que al final habrá guerra —siguió Carmen haciendo caso omiso a su madre.

— ¡Acabáramos! ¡Lo que nos faltaba! Mira hija, no tengo nada en contra de tu marido, de hecho, fuimos nosotros mismos quienes propiciamos tu matrimonio. Agustín es un hombre justo, cabal, trabajador y honrado. Pero no sé yo si esas amistades suyas socialistas o como se llamen le harán bien, estoy de ese Pablo Iglesias hasta la coronilla, han matado a un heredero sí y qué, ¡será por herederos! La política no trae nada bueno, mira Antoñito y Sofía lo tranquilos que está sin esas zarandajas ¿verdad hija?

— ¡Y que usted lo diga madre! A nosotros no nos hace falta liarnos en esas cosas, bastante tiene ya el pobre Antonio con la empresa y yo con cuidar a Fermín ya tengo bastante —comentó la nuera, mirando con retintín a su cuñada.

— Hija, será mejor que desayunemos en paz, que si no a tu madre se la van a atragantar los churros —dijo don Antonio lanzando un guiño de complicidad a su hija.

Carmen dejó el periódico y se dispuso a desayunar, una súbita molestia en los riñones a la vez que una sensación de como si algo se hubiese rasgado en su interior y una repentina sensación de humedad entre las piernas, le hizo soltar la taza de golpe. 

— ¡Ay, madre, que me parece que he roto aguas! 

— No puede ser, ¿no será el sudor? Hoy hace un calor bochornoso, ¡Jesús! Y no son aún ni las nueve de la mañana, hoy a las tres de la tarde no va a haber nadie que lo aguante. Este verano está siendo criminal. Hija, ¡¿como vas a romper aguas si aún te faltan dos meses para dar a luz?!

— ¡Que no, madre, que no es el sudor! ¡Si lo sabré yo! Que estas punzadas que me dan en la espalda no tienen nada que ver con sofocos ni con calores estivales, vamos, que hace tan sólo dos años que me vi en la misma situación, y no se me ha olvidado todavía.

— Bueno, pues yo me llevo a los niños a casa de mi hermana ¿vale? Así será todo más sencillo, un parto, y con dos niños pequeños trasteando por aquí, va a ser muy engorroso —dijo Sofía, y sin perder un minuto, se fue a recoger a los niños y a arreglarse para irse.

— Ésta siempre escurriendo el bulto cuando más se la necesita —dijo Carmen ahogando un quejido.

— No hija, es que la pobre lo pasó tan mal con el parto de Fermín que se ha puesto nerviosa. Pero… ¡válgame Dios!, ¡Virgen de los Desamparados! —doña Amparo era valenciana, y a pesar de llevar en Madrid desde que se casó, hacía ya más de treinta años, y la devoción era la devoción, y su virgen, su virgen.

— Voy a llamar al médico —dijo don Antonio mientras cogía su sombrero del perchero de la entrada.

— Mejor una comadrona Antonio, que de esto las mujeres sabemos más —dijo su mujer presa de un ataque de nervios.

— Mujer, que es un parto prematuro, digo yo que en estos casos el médico nunca estará de más.

— Bueno, como quieras, trae también a un médico, pero que sea don Eusebio, que a ése al menos le conocemos, y tienes razón, no estará de más, pero que venga también la comadrona, que no me fío. ¡Virgencita de los Desamparados!, ¡Qué todo salga bien! ¡Una criatura prematura! 

— Bueno madre, déjese de nervios ahora. Padre, cuando dé el aviso al médico y a la comadrona ya de paso vaya a avisar a Agustín de que va a ser padre de nuevo ¡ayyyyy! ¡puf, puf, puf!

El primero en llegar fue don Eusebio, el médico, que rápidamente se puso manos a la obra, bueno, más bien a mantener ocupada a doña Amparo haciéndola hervir agua, y sacar trapos limpios, ya que de momento no podía hacer otra cosa. El parto tendría que seguir su curso, así que el buen hombre se sentó junto a la parturienta periódico en mano. El ABC de la mañana que había visto sobre la mesa del desayuno aún puesta. Con los nervios del momento nadie se había dado cuenta de que los churros se habían puesto duros como si estuviesen hechos de cemento.

— ¡Vaya, vaya! Ni una sola novedad sobre el asesinato del archiduque Franciso Fernando, no sé, no sé no creo que las cosas en Europa estén tan tranquilas cómo para que no haya alguna noticia, seguro que las altas esferas traman algo, no creo que este hecho pase como si nada —comentó don Eusebio.

— Y tanto, sí señor, yo creo que al final esto va a estallar por algún lado, las potencias europeas están divididas, han firmado algunos tratados entre ellos y las cosas están muy repartidas, yo creo que entre Alemania y Francia aún o se han saldado las rencillas de las última guerra Franco-Prusiana. ¡Ayyyy! ¡puf, puf, puf!

El doctor miró a Carmen extrañado, no era nada usual que una mujer, tan joven, y además pariendo tuviese esos conocimientos histórico-políticos.

— A ver jovencita, yo creo que ahora una guerra sería impensable. No creo que matar al heredero de una nación sea tan importante como para generar un conflicto armado. ¡Será por herederos! Serbia es un país pequeño, no creo que la todopoderosa Austria se rebaje a un enfrentamiento con ellos.

— ¡Puf, puf, puf! ¡Menos mal, esta contracción ha sido más floja! Pues yo no lo veo así. Mire doctor, precisamente la todopoderosa Austria dará ese paso. Hay varios factores, primero esa potencia está en plena caída libre. El Imperio Austriaco ya no es lo que era, ha perdido muchos territorios, así que de alguna forma tendrá que reafirmar su poder; y segundo y más importante, Francisco José ya no es el dictador que fue hace unos años, y si hay algo más peligroso que un tirano es un viejo chocho que, a parte de perder su imperio poco a poco, ha sufrido en poco tiempo la pérdida de su mujer a manos de un anarquista, y de su hijo, también en extrañas circunstancias. Ahora, lo que le faltaba, un revolucionario, se supone que serbio, atenta y asesina a su sobrino. Esto tiene muy mala pinta.

— Nada que la diplomacia no pueda solucionar, mi querida joven.

— La diplomacia en esto no tiene nada que hacer, porque a parte de lo del asesinato del heredero, hay algo más importante; los Balcanes, esa zona es muy golosa, además que necesaria para Rusia, ya que es su paso comercial al Mediterráneo. Austria tiene dominio sobre esa zona, Rusia sin embargo sólo tiene el apoyo que le brinda Serbia, así que la guerra sería una buena baza para los rusos que verían la forma de incrementar su dominio en esa zona. Y le recuerdo que Rusia, hoy por hoy, cuenta con el mayor ejército de Europa y quizá del mundo. Luego están los aliados, Francia y Rusia están a partir un piñón; al igual que austriacos y alemanes que son casi primos hermanos. Si Rusia declara la guerra a Austria, lógicamente los franceses les apoyarán con la excusa de detener a los alemanes, a quienes se la tienen jurada aún. ¡Ayyyy! ¡puf, puf, puf! Ésta si que ha sido fuerte.

Doña Amparo y la comadrona miraban la escena consternadas, la primera no hacía más que persignarse y comentar por lo bajo, aunque eso no era impedimento para que la comadrona no la escuchase: “Si ya decía yo que leer tanto no podía ser bueno, ¡Dios mío! Que rara me ha salido la niña, y no será porque no se ha llevado capones cada vez que la veía leer libros a escondidas”

— Hombre visto así, tiene su lógica. A ver Carmen, que ya es hora de empujar de veras, ya empiezo a ver la cabeza. Señora Asunción, vigíleme a la parturienta un segundo voy a lavarme las manos.

— Y queda por ver que hace Inglaterra, ya se sabe que esos son un poco extraños, con eso de vivir en una isla; además andan revueltos con las revueltas en Irlanda, pero entrarán, será una forma de distraer y tratar de encubrir su propia situación y sin duda se pondrán del lado de los franceses y de los rusos, menos mal que nosotros no tenemos nada firmado con nadie ¡Uhmmmmmmmm! —contestó aún Carmen antes de empujar.

— ¡Dios mío, hija! ¡Deja ya la política que estás pariendo! 

— ¡Ya viene, ya viene! —gritó la señora Asunción.

— Bien, ya tiene la cabeza y parte de los hombros fuera. Ahora un pequeño giro, y ya le tengo. ¡Carmen, enhorabuena, has sido madre de otro chico! —dijo don Eusebio— mientras el pequeño rompía a llorar con fuerza.

Mientras el doctor terminaba de atender a la madre, la comadrona aseaba al niño, que después, pasó una pequeña revisión por parte del médico. Finalizado todo el proceso, le entregó el niño a Carmen, que ya estaba bastante repuesta dentro de lo que cabe, al fin y al cabo, el parto no había sido demasiado malo.

— Aquí lo tienes, completo y totalmente sano. Es un niño muy hermoso, algo que no es corriente entre los niños prematuros.

Doña Amparo no cabía de satisfacción.

— Otro chico, lo malo es que yo tenía la lista de nombres de niña, tenía la ilusión que esta vez iba a ser una pequeñina, que ya va haciendo falta en esta casa. Ahora, ¿cómo le vamos a llamar?

— Quiero que se llame Alfonso —dijo Carmen.

— Que bonito hija, como nuestro venerado monarca.

— Quite madre, que en lo que menos pienso ahora es en nuestro monarca, es que ese nombre me gusta simplemente.

— Hija, ya estás con tus rarezas, si es que entre tu marido y tú me vais a matar a disgustos. 

— Bueno ya he terminado aquí, si hubiese cualquier contratiempo no duden en avisarme a cualquier hora. Ha sido un placer atender a una joven tan inteligente y tan instruida.

— ¡Gracias por todo don Eusebio! Y recuerde la clave está en los Balcanes, y seguro que este no será ni el primer ni el último sobresalto que nos da esa zona —dijo Carmen.

— Lo tendré en cuenta Carmen, buenas noches a todos —dijo don Eusebio guiñando un ojo a su paciente.

— Desde luego hija, este niño es una ricura, una preciosidad, para comérsele, ahora que lo pienso menos mal que ya llevas cuatro años casada y es el segundo que tienes, si esto te llega a pasar con Agustinito no quiero ni pensar la comidilla que hubiesen tenido las vecinas.

Carmen sonrió contemplando a su hijo, aquel 22 de julio de 1914 había sido especial para ella, no importaba lo que pasase, ni siquiera importó que pocos días más tarde  estallase la guerra más sangrienta que había conocido la humanidad hasta el momento, y que los periódicos —ahora si— diesen información. Tan sólo sabía que en esos momentos a su madre sólo se le ocurría pensar en algo tan trivial como en los comentarios de las vecinas si el nacimiento de su hijo hubiese ocurrido bajo otras circunstancias; pero ante todo pensaba en su hijo que dormía plácidamente en sus brazos. Carmen se convenció que sucediese lo que sucediese, había una ley que no fallaría nunca. En la guerra o en la paz, con frío o calor; bajo cualquier circunstancia, la vida siempre se abriría paso con su fuerza arrolladora.

FIN