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martes, 29 de octubre de 2013

CUENTOS INACABADOS

Era mi lugar favorito, mi viejo muelle. Desde que tenía uso de razón me gustaba acudir cada día. Era mi refugio, unos niños tienen una cabaña en un árbol, otros una habitación de juegos o un parque favorito donde recrearse y sentirse felices, pero yo tenía un muelle; una hilera de tablones carcomidos que amenazaban con romperse de un momento a otro. Quizá era ese el motivo por el que siempre estaba abandonado. El resto de los chicos y adultos del pueblo utilizaban el pequeño embarcadero, que era la joya del pueblo. Nosotros no, ahí estaba nuestra pequeña barca y allí me sentía el amo del mundo.

Me gustaba la soledad, en ella encontraba refugio y consuelo. Que nadie se equivoque, era un niño feliz; al menos, lo era en aquel momento. Tenía un progenitor generoso que lo había dado todo por mí, que había sacrificado su vida y su futuro. Era un padre óptimo y el mejor de los amigos.

Hablando de amigos, nunca los tuve. Desde siempre recuerdo que me costaba mucho trabajo relacionarme con el resto de los chicos. En una población pequeña todos nos conocemos, y desde el principio, el resto de mis compañeros me ignoraban. Los primeros meses papá decia que era lógico, éramos forasteros allí; pensaba que con el tiempo todo se solucionaría. Pero papá se equivocaba, las cosas continuaron igual. Tampoco nos importó demasiado, el lugar nos gustaba, estaba apartado, era tranquilo y a papá —que es una excelente persona— le respetaron desde el principio. Consiguió un buen trabajo en una pequeña fábrica de madera, y a eso uníamos un dinero extra los veranos; ya que utilizábamos nuestro pequeño bote para hacer excursiones por el lago con turistas que visitaban el lugar; así que nuestra situación económica no era mala.

Recuerdo el primer día que llegamos. Yo tenía ocho años, habíamos estado dos vagando por todo el país de un lugar a otro; cuando nos acoplábamos en algún sitio sólo podíamos estar unos pocos días. Ni siquiera deshacíamos las maletas, teníamos que salir de estampida. Sobre todo los primeros quince meses. Por eso cuando me dijo que habíamos llegado a nuestra casa, y que nos quedaríamos allí definitivamente, apenas pude creerlo.

Estábamos ambos sentados en el muelle. Revivo el momento como si fuese hoy; incluso recuerdo el crujido que hacían las maderas al balanceo de las piernas de papá, y aún siento el fresco reconfortante del agua en mis pies. Llevábamos muchas horas de viaje y el calor en la lata de sardinas —que era nuestro coche— era asfixiante.

— Alex, nos vamos a quedar aquí. Ya es hora de que empieces el colegio, tienes derecho a tener una vida estable. Sólo recuerda una cosa: a partir de hoy no te llamas Alexander, a partir de hoy te llamarás Bryan. No lo olvides nunca. Es fundamental para evitar un gran disgusto a tu padre. ¿Lo recordarás?

Yo no entendía nada, pero pensar que por un simple nombre podía ocasionar un perjuicio a papá me angustió.

Cada noche antes de dormir me repetía constantemente como una cantinela.

— No me llamo Alex, no me llamo Alex; soy Bryan, soy Bryan.

Tanta fue mi preocupación, que ni una sola vez se me escapó mi antiguo nombre. Hasta el punto de que a los pocos días ya casi lo olvidé.

Mis recuerdos anteriores a la llegada a Lake Silver eran muy vagos. Pero poco a poco y aprovechando mis largos momentos de sosiego fui recordando.

No siempre había vivido con papá. Las evocaciones se fueron haciendo más presentes durante el sueño, primero de forma desdibujada; luego a medida que iba creciendo se hicieron más nítidas. Los niños tenemos memoria, aunque nuestra capacidad de olvido sea alta, los recuerdos de los primeros años de existencia están latentes dentro de nosotros y se nos pueden manifestar en cualquier momento.

En mis apariciones veía a una mujer muy hermosa. Rubia, de enormes ojos azules; y yo, vivía con ella. Habitábamos solos en un pequeño apartamento, durante el día la mujer se portaba medianamente bien conmigo; pero las cosas cambiaban al caer la tarde.

Por la noche, la bella señora, a la que fui identificando como mi madre, me mandaba a la cama. Yo, la mayoría de las veces no quería, pero ella me decía que tenía que trabajar y que no podía estar correteando por la casa. Para resarcirme del disgusto yo le pedía un cuento antes de dormir.

Y ella comenzaba el cuento, cuentos muy bonitos, cuentos que desde que empezaba a escuchar las primeras palabras me dejaban absorto. Pero invariablemente, noche tras noche, un toc-toc inoportuno en la puerta hacía que el cuento se interrumpiese de forma brusca y, como cada día iniciaba uno nuevo, jamás conocí el desenlace de ninguno.

Ella se levantaba del borde de mi cama, apagaba la luz, salía precipitadamente de mi habitación y cerraba la puerta con llave; no sin amenazarme con darme una buena azotaina si no permanecía callado.

La oscuridad me aterraba, sentía miedo, abandono e impotencia. Mi única opción era hacerme un ovillo y arroparme con la manta hasta la cabeza.

A pesar de todo había muchas noches que no conseguía dormirme, ya he dicho que el piso era muy pequeño y todo se oía: susurros, jadeos, gritos e incluso ruidos de golpes. De hecho muchas veces la veía con moratones en distintas partes del cuerpo.

Una noche sonó la puerta antes de la hora convenida, yo aún estaba cenando; ella rezongó:
— Que pronto vienen hoy, no he dado cita hasta dentro de una hora.

Al abrir la puerta soltó un grito y yo corrí a su lado. El hombre apareció en el umbral, no era ningún monstruo —como yo había imaginado que serían esos hombres que la visitaban— era bastante agradable de aspecto y al verme me miró fijamente. Su mirada era amable, protectora y algo en mi interior me hizo pensar que aquel señor no nos haría daño.

Pasó y cerró la puerta. Ella, con voz llena de sorpresa, le preguntó que qué hacía ahí. Hasta yo que era tan pequeño, presentí que no era la primera vez que se veían.  Estaba tan nerviosa que no se dio ni cuenta de que yo seguía ahí, siendo el espectador mudo de un encuentro inesperado. En esos momentos, con voces entrecortadas y que cada vez subían más el tono, ambos me contaron un cuento. La historia de mi llegada a la vida. Un relato que yo no asimilé del todo hasta ahora mismo.

Mi madre le llamó Daniel. Este hombre había sido un novio suyo, su primer novio, y quizá el único. Los dos eran del mismo pueblo, un pueblecito pequeño de Baltimore; habían estudiado juntos y al llegar a la adolescencia habían mantenido una relación. Una relación en la que él puso mucho más que ella.

Las ambiciones de la chica iban más allá de casarse con el mecánico de un pueblo. Ella quería más, quería triunfar en Broadway y en Hollywood. Un día hizo la maleta y se fue a correr mundo, New York sería su destino. No dudaba que algún día sería una gran actriz y haría sombra a las figuras más renombradas del cine y del teatro.

Los primeros cuatro meses fue todo sobre ruedas, su cara bonita triunfó y le dieron los primeros papeles, de figurante, pero por algo se empieza; además algún director se fijó en ella. De lo que ganaba gastaba muy poco en su manutención y el resto le servía para pagar una academia de interpretación. Los días transcurrían apacibles hasta que se dio cuenta de que estaba embarazada.

El terror se apoderó de ella, jamás habría pensado que de aquella relación esporádica con su compañero de clase, surgiría una vida. Intentó abortar pero ya era tarde, ninguna clínica se hacía responsable, a esas alturas del embarazo podría tener consecuencias muy graves para ella.

Aun así siguió trabajando algún tiempo más, al ser primeriza y tan joven apenas se le notaba la barriga. Cuando ésta se hizo incipiente dejaron de darla trabajo y poco a poco su nombre se fue borrando de la agenda de los productores. Y nací yo, y la situación empeoró. Ella dejó de luchar por su sueño y empezó a llenar la casa de clientes, clientes muy especiales; esos hombres que interrumpían mis cuentos.

Los reproches que escucharon mis pequeños oídos con apenas seis años fueron terribles. Papá no supo de mi existencia hasta hacía poco tiempo, un conocido la vio paseando por Central Park conmigo de la mano y la reconoció. Papá sólo tuvo que echar cuentas y supuso, adecuadamente, que ese niño había sido fruto de su relación.

Lo dejó todo, su pueblo, su trabajo estable y logró enterarse de nuestra dirección. Espió durante semanas la vida de mi madre y llegó a la conclusión de yo no me merecía una vida así. Y no, no me la merecía, y eso que papá no sabía de esas noches mías sumidas en la tristeza y el miedo. Papá quería mi felicidad y venía a reclamarme y llevarme con él.

De los gritos pasaron a la acción; juro, porque lo vieron mis ojos, que en el forcejeo papá sólo la empujó levemente pero ella tropezó y cayó al suelo. No supimos si sólo había perdido el sentido o le había ocurrido algo peor. Mientras papá me tomó en brazos y salíamos precipitadamente del apartamento, mi mirada se quedó fija contemplando el cuerpo inerte de la mujer con la que había compartido los primeros años de mi existencia.

***
El lago era mi hogar desde hacía ocho años años, su superficie plateada no me dejaba ver el fondo, pero yo lo imaginaba. Ahí estaban mis sueños y los finales de mis cuentos. Esos finales que nunca conseguí conocer. Papá dice que yo soy un chico especial, no lo sé, sólo sé que ya no podría vivir en ningún otro lugar, sé que lo que tengo de característico se lo debo a este paraje mágico.

Hace una semana vino una pareja, los dos muy elegantes; se notaba que no les faltaba el dinero. La señora era muy guapa, el hombre era mucho mayor que ella,  pero tenía buen porte, era de esos señorones que se aprecia que tienen clase. Me sorprendió que a pesar de no ser jovenzuelos comentasen que estaban en viaje de novios. No eran como el resto de parejitas de recién casados que tanto venían a contratar nuestros servicios.

Querían conocer los lugares más espectaculares del lago. El resto de embarcaciones estaban ya alquiladas y en el pueblo les comentaron que nosotros también hacíamos excursiones. Papá estaba trabajando y les dije que volvieran en unas tres horas, además la luz de la tarde es mucho mejor para hacer fotos. Por la mañana los reflejos del sol en el agua no dejan disfrutar de toda su belleza.

Cuando se iban la mujer se volvió y me miró fijamente:

— ¿Alex? ¿Alexander?

— No señora se ha confundido, mi nombre es Bryan —contesté rápidamente con un ligero temblor en la voz.

— Perdona, pero por un momento me recordaste a una persona a la que perdí hace unos años pero, es imposible, algunas veces creo que veo visiones. Volveremos esta tarde cuando esté tu padre.

La pareja siguió su camino despacio, corrí desesperadamente tras ellos. Yo era el mejor guía que podían tener, mejor que mi padre; y no era la primera vez que ejercía de cicerone, estaba perfectamente capacitado. Traté de convencerlos de que se quedasen, no iban a nadie mejor. Yo conocía cada palmo del lugar y les enseñaría lo mejor de lo mejor.

Les logré persuadir, al final hice un excelente trabajo. Estoy convencido que el lugar donde les llevé, les encantó.

***
Llevo unos días un tanto confundido, no sé que hago aquí en esta habitación oscura. Estoy solo y me tienen encerrado, no sé desde cuando; creo que he perdido la noción del tiempo.

Me dicen que no puedo salir porque he hecho algo muy malo, pero yo no lo entiendo; simplemente le llevé a un lugar bonito, le hice un favor, como prometí la enseñé lo mejor del lago, su fondo, allí podría encontrar los sueños que me hizo perder a mí durante la infancia. Allí podría vivir con los dragones, los caballeros, las hadas y las princesas. Ahora ella estaba en el mundo de Fantasía, y no estaba sola. Con ella también estaba ese tío que la acompañaba, y que sería igual que aquellos fulanos cuyas voces escuchaba de niño a través de las paredes de mi alcoba.

A papá sólo le dejan visitarme un rato al día, le veo triste y más envejecido. Llora y me dice que hará todo lo posible por sacarme de aquí. También me pregunta porque hice aquello, pero creo que me entiende, sabe que lo hice por él. No podía dejar que me separasen de su lado, estoy convencido que ella habría querido llevarme de allí, arrancarme de su lado y de mi mundo prodigioso.



Espero que papá tenga razón y me saquen pronto de esta maldita cueva. Quiero volver cuanto antes a mi muelle, quiero sentir el agua fría en mis pies y sobre todo quiero estar cerca de mamá y pedirle que me cuente un cuento, porque ahora sé que ya ha encontrado el final.

FIN

domingo, 29 de enero de 2012

LA ANCIANA DAMA


Beatrix y yo éramos dos almas gemelas, ese tipo de personas solitarias, huidizas y con una clara dificultad para relacionarse con los demás. Así que, como si fuéramos dos hermanas siamesas, pegadas la una a la otra, comenzamos a vivir nuestro mundo privado y peculiar, hecho solamente a nuestra medida y para nosotras. Si ahora mismo alguien me preguntase cuanto tiempo llevábamos juntas, lo único que podría responder es que nos conocíamos de toda la vida. Toda la vida que éramos capaces de recordar, se entiende, al menos, desde que ambas tuvimos el raciocinio suficiente para ser conscientes de nosotras mismas y de nuestro entorno, a pesar de nuestra corta edad. Lo que no sabría decir con exactitud era el tiempo físico que duraba nuestra amistad medido en segundos, minutos, horas, días, meses y años.

Nos conocimos en el colegio donde ambas estudiábamos internas. Beatrix era la única hija de una aristocrática familia rural del Condado de Northumberland, al norte de Inglaterra. Y yo, yo no sé muy bien de donde había salido, ni quien era, ni que hacía en un colegio tan selectivo de señoritas bien de Inglaterra, cuando pobre de mí, era una  infortunada huérfana —o eso creía—, ya que jamás conocí a mis padres. Siempre pensé que yo estaba allí por la buena voluntad y la piedad de algún pariente lejano que prefirió meterme entre esas cuatro paredes, antes que hacerse cargo de mí. Lo extraño de la situación es que nunca vino nadie a verme; los parientes lejanos o cercanos habían desaparecido de mi vida como si todos se hubiesen disuelto como el humo.

Esa situación tampoco me preocupó en exceso, al principio debía ser demasiado pequeña para darme cuenta de esas cosas; y luego… luego ya nada tuvo importancia porque, al fin, conocí a la que sería mi compañera de juegos ideal, a mi única y verdadera amiga, casi la hermana que nunca tuve.

Desde el primer momento me cayó bien aquella niña tímida y retraída de gruesas coletas rubias, enormes gafas de pasta color miel y dientes apresados en horribles hierros que afeaban su rostro; pero con una mirada dulce y triste.

— ¿Te hace daño esa cosa que llevas en los dientes? —le pregunté curiosa.

No sé muy bien si me escuchó porque no respondió mi pregunta, pero lo que sí sé es que desde entonces no le fui indiferente. Beatrix me miró a través de sus grandes gafas y me sonrió; y, yo, que estaba siempre sola y relegada a mi suerte en los rincones más recónditos de las salas y galerías del enorme edificio, supe por primera vez lo que era tener alguien cercano.

Nos hicimos inseparables, donde iba una, iba la otra; incluso compartíamos habitación y cama. Los dormitorios eran salas inmensas, y en aquel edificio antiguo, la calefacción no tiraba siempre como debiera. En las noches más rigurosas del frío y húmedo invierno en la campiña inglesa, era agradable sentir el calor y la tibieza de otro cuerpo a tu lado.

Éramos tan inseparables que cuando llegaron las vacaciones y Beatrix tuvo que volver a su casa para pasar el verano, no quiso dejarme sola y decidió llevarme con ella. Y yo fui feliz, nunca había gozado del calor de un hogar, ni del amor de unos padres; nadie me iba a echar de menos, nadie iba a acudir al colegio a preguntar por mí o a llevarme a una casa que pudiera llamar mía. Así que empecé a considerar la casa de mi amiga como la mía propia.

La mansión Mansfield era una hermosa y sólida casa de arquitectura victoriana, una casa enorme y llamativa por fuera y cálida y acogedora por dentro. Y todo el mérito lo tenía la madre de Beatrix, una mujer cariñosa y agradable, que se desvivía por mejorar el entorno de todos los que vivían a su alrededor.

Pero los padres de Beatrix no eran los dueños de aquella hermosa finca, no hasta que la heredasen. La auténtica dueña de todo aquello era lady Candace Looper, tía abuela y única pariente del padre de mi amiga. Una de las imposiciones de aquella mujer para que el padre de Beatrix heredase el título y todas las posesiones de la anciana, era que estos fuesen a vivir con ella. Y no era fácil aguantar a aquella mujer solitaria, excéntrica y dominante. Si era difícil para nosotras que sólo íbamos durante las vacaciones, más lo era para los padres de mi amiga que tenían que soportarla a diario. Y, aun así, a pesar de aquello y de verse alejada de su hija —ya que otra imposición de la dama, fue que la niña debía ir a formarse a un internado, que ella pagaba gustosamente— la madre de Beatrix siempre conseguía mantener la dulzura y la simpatía necesaria para el trato con los demás.

El primer verano fue extraño. La anciana señora se movía por toda la casa y era muy desagradable cruzarse a cada momento con su mirada reprobadora, y eso que tratábamos de huirla constantemente. Pero gracias a los esfuerzos de la madre de Beatrix, que nos organizaba picnics y excursiones por los alrededores muy a menudo, y a los extensos jardines que rodeaban la mansión, podíamos gozar de bastante libertad. Lo más insoportable eran las tardes lluviosas tan habituales incluso en verano, y aun así, hasta aquello era agradable, ya que para mantenernos quietas y no meter bulla, el padre de Beatrix, con la maestría de los mejores narradores, nos contaba historias y cuentos maravillosos que nos dejaban a ambas con la boca abierta. Sí, aquel fue un verano maravilloso a pesar de todo… bueno aquel verano y los cuatro que siguieron.

Al año siguiente, la anciana dama ya no se movía de su habitación, su enfermedad reumática se había agudizado y apenas se movía unos cuantos pasos, sólo de la cama al sillón orejero situado frente a la chimenea —que siempre permanecía encendida, ya fuese verano o invierno—. Allí pasaba toda la jornada, hasta que, tras la cena, entre su doncella y la madre de Beatrix volvían a ayudarla a desvestirse y la metían en la cama.  

Nuestros veranos, desde entonces, fueron más felices; por fin podíamos corretear por toda la casa sin miedo a encontrarnos, tras cualquier rincón, con aquella figura vestida de negro del cuello hasta los pies y, que parecía taladrarnos con su aguda mirada de ave rapaz.

Nuestra tortura se limitaba a una sola tarde, la única tarde que la anciana dama nos llamaba para tomar el té con ella. A pesar del escaso tiempo que permanecíamos allí —no más de hora y media—, para nosotras aquello era una desgracia; seguíamos temblando encontrarnos con ella y su mirada escrutadora. Éramos solo unas niñas a quienes les gustaba jugar, y no estar tantos minutos quietas, pegadas a una silla, escuchando los improperios de aquella mujer, siempre malhumorada y que no sentía ninguna simpatía por nada, ni por nadie.

Las dos esperábamos inquietas ese momento, y me consta que Beatrix —a pesar de ser pariente de la anciana— lo pasaba tan mal como yo; incluso su madre, siempre alegre y dicharachera, sólo podía mostrar una ligera expresión de naturalidad, tras su postura envarada, cuando se hallaba ante su tía. A las tres se nos descomponía el rostro cuando lady Candace se ponía los pequeños impertinentes en la punta de su larga y respingona nariz y nos repasaba desde la punta del cabello, hasta el dedo gordo del pie. Su porte ácido, arisco, frío y altanero de dama victoriana salía a relucir en todos sus comentarios.

— Helen, te tengo dicho que la calidad de una señora se mide por la rectitud de su espalda, no te sientas de forma adecuada, rodillas y tobillos juntos, espalda recta, nada de apoyarla en el respaldo de la silla. No aprenderás nunca, jamás llegarás a tener la clase necesaria para gobernar una casa como esta.

Cuando terminaba de increpar a la madre, continuaba con la hija:

— Beatrix, no haces honor al dineral que me estoy gastando en tu educación, la boca se limpia con una puntita de la servilleta, no con todo el lienzo, y con ligeros toquecitos, no hay que restregarse con saña. Además, tienes que limpiarte antes y después de beber. No sé que tipo de educación dan ahora en los colegios, en mis tiempos, todo era mucho más disciplinado.

A mí, increíblemente, no me decía nada, se limitaba a mirarme y a hacer un mohín extraño torciendo su ridícula nariz.

Y así, lentamente fueron pasando los años; hasta que Beatrix, y creo, que yo también, cumplimos doce años.

Llegó el verano y con él, la agradable estancia en la Mansión Mansfield, pero también, la tan temida visita a la anciana dama. Como si algo me hiciera presagiar lo que iba a pasar, yo estaba más temerosa que nunca ante aquella cita. Y las palabras llenas de veneno que soltó nada más verme me dieron la razón, aquel iba a ser el peor verano de mi vida.

— ¡Beatrix, por el amor de Dios! Sigues siendo igual de criatura, pensé que ya con la edad que tienes te habrías separado de esta vulgar compañía. ¡No, no, no y mil veces no! No quiero que vuelvas a traer esta… esta… —es que no sé como calificarla— a mi casa. ¿Me has oído? Cuando eras más pequeña no me importaba tanto, bueno me importaba; claro que me importaba que mi sobrina jugase y pasase el tiempo con este… este, teniendo todo lo que quisieras pedir. Bueno lo que sea, pero Beatrix, ya eres una señorita, ya no estás en edad de jugar y tienes que ir pensando en encauzar tu vida de otra manera. La vida es dura, no es un juego y tienes que madurar. Puedo aguantar los caprichos tontos de una niña, pero jamás los de una pequeña dama, que un día heredará todo esto.

Yo me quedé apabullada, no sabía que decir, estaba indignada, enfadada, mientras contemplaba como las lágrimas corrían por las mejillas de mi querida amiga. La madre de Beatrix contemplaba la escena con tristeza y un brillo húmedo en la mirada.

— Perdón lady Candace —la madre  de mi amiga jamás se permitió llamar tía a su pariente política—,  pero creo que han sido unas palabras muy duras. Beatrix es todavía una niña y…

— No me repliques Helen, eres muy blanda con tu hija, y no, ya es hora de que aprenda. En mis tiempos las jovencitas de su edad ya habíamos abandonado los juegos y comenzábamos a preocuparnos de aprender cosas prácticas, incluso muchas, con tan sólo cuatro o cinco años más ya estaban casadas. Déjala que se vaya, ya se le pasará el disgusto, no te he dado permiso para que te marches, antes te tengo que comentar lo que quiero de cena esta noche. Creo que sólo tomaré un consomé, pero que me lo suban bien caliente, noto la garganta un poco áspera, creo que me estoy constipando —sentimos ya a lo lejos como daba órdenes la anciana.

Beatrix había salido corriendo de allí, y yo, como siempre, pegada a ella. Sí, era cierto que habían pasado años que, quizá, ya no estábamos en edad de jugar, pero eso no era impedimento para que siguiésemos siendo amigas. Cierto que Beatrix ya estaba muy alta, y yo no entendía porque seguía igual de pequeña, pero, ¿acaso eso era una excusa? Ya crecería, hay niños que desarrollan un poco más tarde, incluso, lo mismo al año siguiente daba un buen estirón y sobrepasaba la altura de Beatrix.

Me sentía triste y humillada, y no sabía que lo peor estaba por llegar. Las dos permanecíamos mudas, Beatrix no podía dejar de mirarme, mientras el llanto seguía anegando su cara. Y de pronto, comenzó a hablar, nunca pensé que las palabras pudieran herir como puñales, pero estas fueron más punzantes que las de la anciana señora, al venir estas de quien venían.

— Lo siento Leonor, estas serán las últimas vacaciones que pasarás aquí; volveremos al colegio pero ya no jugaremos juntas, y en verano  te quedarás allí, en el mismo lugar donde nos encontramos, en aquel rincón, sentada junto a la cesta de labor de la señorita Taylor, en el aula de música. Será lo mejor para las dos, yo seguiré creciendo y haciéndome mayor y tú, tú podrás encontrar otra amiga que te quiera como te he querido yo.

Y sin más, Beatrix se marchó de la habitación dando un fuerte portazo; sé que aún lloraba cuando me dejó allí sola frente al armario. Quise gritar y no me salió la voz, quise llorar y las lágrimas no salían de mis ojos. Levanté la mirada y, por primera vez, me fijé en la luna del espejo del ropero; y contemplé mi figura reflejada. Entonces y sólo entonces, me di cuenta de mi cruel realidad. Yo tan solo era un trozo de trapo cosido a trompicones, sólo era una vieja y deshilachada muñeca de trapo, y no la niña, con alma y corazón que siempre creí ser.

************

Aquel día no fue el mejor de mi existencia, tampoco el peor, todo hay que decirlo. Tan sólo fue ese trago amargo que todos, alguna vez, tenemos que pasar, el primer paso que nos anuncia que la niñez se va alejando, ese primer mensaje que nos avisa que la edad de la inocencia inexorablemente se está agotando. Después de aquello el tiempo fue pasando, con sus alegrías, sus sufrimientos, sus momentos buenos y malos. Pero jamás olvidaré aquellos años llenos de ilusión, la mirada feliz y risueña de mi madre, los cuentos fantásticos de mi padre durante aquellas tardes lluviosas en Mansfield, la merienda con la anciana dama —curiosamente, a pesar de ser mi tía, yo siempre la llamé así—. Y por esos azares o caprichos de la vida es, precisamente de ella, de su figura gruesa, su rostro surcado de arrugas y sus impertinentes en la punta de la nariz de lo que tengo la visión más nítida, a pesar de que ella, fue la primera que abandonó este sendero que llamamos vida. Nunca podré olvidar que ella fue la primera que abrió mis ojos a la realidad, quien me mostró que no todo es un camino de rosas, quien me marcó mi nueva meta, la de los corazones duros y faltos de piedad. Sólo conviví con ella un verano más, su agotado corazón no pudo resistir otro invierno. Hubo un tiempo en que la odié, la odié por aquella forma brutal de sacarme de la infancia; por todo lo que tuvieron que aguantar  mis queridos padres, por sus impertinencias, su altivez, su desprecio hacía todo y todos; pero ya hace mucho tiempo que tan sólo guardo su recuerdo. No podría odiar a la persona en la que más tarde me convertí, como si yo fuese su fiel calco.

Esta mañana, y después de mucho tiempo; yo, lady Beatrix Brandon, señora Mansfield, he vuelto al colegio donde pasé gran parte de mi infancia. Allí, la he vuelto a encontrar. Sentada en un rincón, en el mismo taburete, junto a la cesta de costura de la señorita Taylor, en el aula de música. Allí estaba  contemplándome con sus grandes ojos negros de botones forrados. Creo que me ha reconocido y me ha sonreído, así que no he podido dejar de sucumbir a la tentación y me la he traído a mi hogar, a mi vieja mansión. Leonor, mi querida y fiel amiga, quizá la única que he conocido en mi ya larga vida, ahora que las dos somos un par de viejas solitarias, nos volvemos a reunir. Hoy he vuelto a recuperar la ingenuidad y la dulzura de la niñez. ¡Leonor, bienvenida de nuevo a tu casa!

FIN