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martes, 29 de octubre de 2013

CUENTOS INACABADOS

Era mi lugar favorito, mi viejo muelle. Desde que tenía uso de razón me gustaba acudir cada día. Era mi refugio, unos niños tienen una cabaña en un árbol, otros una habitación de juegos o un parque favorito donde recrearse y sentirse felices, pero yo tenía un muelle; una hilera de tablones carcomidos que amenazaban con romperse de un momento a otro. Quizá era ese el motivo por el que siempre estaba abandonado. El resto de los chicos y adultos del pueblo utilizaban el pequeño embarcadero, que era la joya del pueblo. Nosotros no, ahí estaba nuestra pequeña barca y allí me sentía el amo del mundo.

Me gustaba la soledad, en ella encontraba refugio y consuelo. Que nadie se equivoque, era un niño feliz; al menos, lo era en aquel momento. Tenía un progenitor generoso que lo había dado todo por mí, que había sacrificado su vida y su futuro. Era un padre óptimo y el mejor de los amigos.

Hablando de amigos, nunca los tuve. Desde siempre recuerdo que me costaba mucho trabajo relacionarme con el resto de los chicos. En una población pequeña todos nos conocemos, y desde el principio, el resto de mis compañeros me ignoraban. Los primeros meses papá decia que era lógico, éramos forasteros allí; pensaba que con el tiempo todo se solucionaría. Pero papá se equivocaba, las cosas continuaron igual. Tampoco nos importó demasiado, el lugar nos gustaba, estaba apartado, era tranquilo y a papá —que es una excelente persona— le respetaron desde el principio. Consiguió un buen trabajo en una pequeña fábrica de madera, y a eso uníamos un dinero extra los veranos; ya que utilizábamos nuestro pequeño bote para hacer excursiones por el lago con turistas que visitaban el lugar; así que nuestra situación económica no era mala.

Recuerdo el primer día que llegamos. Yo tenía ocho años, habíamos estado dos vagando por todo el país de un lugar a otro; cuando nos acoplábamos en algún sitio sólo podíamos estar unos pocos días. Ni siquiera deshacíamos las maletas, teníamos que salir de estampida. Sobre todo los primeros quince meses. Por eso cuando me dijo que habíamos llegado a nuestra casa, y que nos quedaríamos allí definitivamente, apenas pude creerlo.

Estábamos ambos sentados en el muelle. Revivo el momento como si fuese hoy; incluso recuerdo el crujido que hacían las maderas al balanceo de las piernas de papá, y aún siento el fresco reconfortante del agua en mis pies. Llevábamos muchas horas de viaje y el calor en la lata de sardinas —que era nuestro coche— era asfixiante.

— Alex, nos vamos a quedar aquí. Ya es hora de que empieces el colegio, tienes derecho a tener una vida estable. Sólo recuerda una cosa: a partir de hoy no te llamas Alexander, a partir de hoy te llamarás Bryan. No lo olvides nunca. Es fundamental para evitar un gran disgusto a tu padre. ¿Lo recordarás?

Yo no entendía nada, pero pensar que por un simple nombre podía ocasionar un perjuicio a papá me angustió.

Cada noche antes de dormir me repetía constantemente como una cantinela.

— No me llamo Alex, no me llamo Alex; soy Bryan, soy Bryan.

Tanta fue mi preocupación, que ni una sola vez se me escapó mi antiguo nombre. Hasta el punto de que a los pocos días ya casi lo olvidé.

Mis recuerdos anteriores a la llegada a Lake Silver eran muy vagos. Pero poco a poco y aprovechando mis largos momentos de sosiego fui recordando.

No siempre había vivido con papá. Las evocaciones se fueron haciendo más presentes durante el sueño, primero de forma desdibujada; luego a medida que iba creciendo se hicieron más nítidas. Los niños tenemos memoria, aunque nuestra capacidad de olvido sea alta, los recuerdos de los primeros años de existencia están latentes dentro de nosotros y se nos pueden manifestar en cualquier momento.

En mis apariciones veía a una mujer muy hermosa. Rubia, de enormes ojos azules; y yo, vivía con ella. Habitábamos solos en un pequeño apartamento, durante el día la mujer se portaba medianamente bien conmigo; pero las cosas cambiaban al caer la tarde.

Por la noche, la bella señora, a la que fui identificando como mi madre, me mandaba a la cama. Yo, la mayoría de las veces no quería, pero ella me decía que tenía que trabajar y que no podía estar correteando por la casa. Para resarcirme del disgusto yo le pedía un cuento antes de dormir.

Y ella comenzaba el cuento, cuentos muy bonitos, cuentos que desde que empezaba a escuchar las primeras palabras me dejaban absorto. Pero invariablemente, noche tras noche, un toc-toc inoportuno en la puerta hacía que el cuento se interrumpiese de forma brusca y, como cada día iniciaba uno nuevo, jamás conocí el desenlace de ninguno.

Ella se levantaba del borde de mi cama, apagaba la luz, salía precipitadamente de mi habitación y cerraba la puerta con llave; no sin amenazarme con darme una buena azotaina si no permanecía callado.

La oscuridad me aterraba, sentía miedo, abandono e impotencia. Mi única opción era hacerme un ovillo y arroparme con la manta hasta la cabeza.

A pesar de todo había muchas noches que no conseguía dormirme, ya he dicho que el piso era muy pequeño y todo se oía: susurros, jadeos, gritos e incluso ruidos de golpes. De hecho muchas veces la veía con moratones en distintas partes del cuerpo.

Una noche sonó la puerta antes de la hora convenida, yo aún estaba cenando; ella rezongó:
— Que pronto vienen hoy, no he dado cita hasta dentro de una hora.

Al abrir la puerta soltó un grito y yo corrí a su lado. El hombre apareció en el umbral, no era ningún monstruo —como yo había imaginado que serían esos hombres que la visitaban— era bastante agradable de aspecto y al verme me miró fijamente. Su mirada era amable, protectora y algo en mi interior me hizo pensar que aquel señor no nos haría daño.

Pasó y cerró la puerta. Ella, con voz llena de sorpresa, le preguntó que qué hacía ahí. Hasta yo que era tan pequeño, presentí que no era la primera vez que se veían.  Estaba tan nerviosa que no se dio ni cuenta de que yo seguía ahí, siendo el espectador mudo de un encuentro inesperado. En esos momentos, con voces entrecortadas y que cada vez subían más el tono, ambos me contaron un cuento. La historia de mi llegada a la vida. Un relato que yo no asimilé del todo hasta ahora mismo.

Mi madre le llamó Daniel. Este hombre había sido un novio suyo, su primer novio, y quizá el único. Los dos eran del mismo pueblo, un pueblecito pequeño de Baltimore; habían estudiado juntos y al llegar a la adolescencia habían mantenido una relación. Una relación en la que él puso mucho más que ella.

Las ambiciones de la chica iban más allá de casarse con el mecánico de un pueblo. Ella quería más, quería triunfar en Broadway y en Hollywood. Un día hizo la maleta y se fue a correr mundo, New York sería su destino. No dudaba que algún día sería una gran actriz y haría sombra a las figuras más renombradas del cine y del teatro.

Los primeros cuatro meses fue todo sobre ruedas, su cara bonita triunfó y le dieron los primeros papeles, de figurante, pero por algo se empieza; además algún director se fijó en ella. De lo que ganaba gastaba muy poco en su manutención y el resto le servía para pagar una academia de interpretación. Los días transcurrían apacibles hasta que se dio cuenta de que estaba embarazada.

El terror se apoderó de ella, jamás habría pensado que de aquella relación esporádica con su compañero de clase, surgiría una vida. Intentó abortar pero ya era tarde, ninguna clínica se hacía responsable, a esas alturas del embarazo podría tener consecuencias muy graves para ella.

Aun así siguió trabajando algún tiempo más, al ser primeriza y tan joven apenas se le notaba la barriga. Cuando ésta se hizo incipiente dejaron de darla trabajo y poco a poco su nombre se fue borrando de la agenda de los productores. Y nací yo, y la situación empeoró. Ella dejó de luchar por su sueño y empezó a llenar la casa de clientes, clientes muy especiales; esos hombres que interrumpían mis cuentos.

Los reproches que escucharon mis pequeños oídos con apenas seis años fueron terribles. Papá no supo de mi existencia hasta hacía poco tiempo, un conocido la vio paseando por Central Park conmigo de la mano y la reconoció. Papá sólo tuvo que echar cuentas y supuso, adecuadamente, que ese niño había sido fruto de su relación.

Lo dejó todo, su pueblo, su trabajo estable y logró enterarse de nuestra dirección. Espió durante semanas la vida de mi madre y llegó a la conclusión de yo no me merecía una vida así. Y no, no me la merecía, y eso que papá no sabía de esas noches mías sumidas en la tristeza y el miedo. Papá quería mi felicidad y venía a reclamarme y llevarme con él.

De los gritos pasaron a la acción; juro, porque lo vieron mis ojos, que en el forcejeo papá sólo la empujó levemente pero ella tropezó y cayó al suelo. No supimos si sólo había perdido el sentido o le había ocurrido algo peor. Mientras papá me tomó en brazos y salíamos precipitadamente del apartamento, mi mirada se quedó fija contemplando el cuerpo inerte de la mujer con la que había compartido los primeros años de mi existencia.

***
El lago era mi hogar desde hacía ocho años años, su superficie plateada no me dejaba ver el fondo, pero yo lo imaginaba. Ahí estaban mis sueños y los finales de mis cuentos. Esos finales que nunca conseguí conocer. Papá dice que yo soy un chico especial, no lo sé, sólo sé que ya no podría vivir en ningún otro lugar, sé que lo que tengo de característico se lo debo a este paraje mágico.

Hace una semana vino una pareja, los dos muy elegantes; se notaba que no les faltaba el dinero. La señora era muy guapa, el hombre era mucho mayor que ella,  pero tenía buen porte, era de esos señorones que se aprecia que tienen clase. Me sorprendió que a pesar de no ser jovenzuelos comentasen que estaban en viaje de novios. No eran como el resto de parejitas de recién casados que tanto venían a contratar nuestros servicios.

Querían conocer los lugares más espectaculares del lago. El resto de embarcaciones estaban ya alquiladas y en el pueblo les comentaron que nosotros también hacíamos excursiones. Papá estaba trabajando y les dije que volvieran en unas tres horas, además la luz de la tarde es mucho mejor para hacer fotos. Por la mañana los reflejos del sol en el agua no dejan disfrutar de toda su belleza.

Cuando se iban la mujer se volvió y me miró fijamente:

— ¿Alex? ¿Alexander?

— No señora se ha confundido, mi nombre es Bryan —contesté rápidamente con un ligero temblor en la voz.

— Perdona, pero por un momento me recordaste a una persona a la que perdí hace unos años pero, es imposible, algunas veces creo que veo visiones. Volveremos esta tarde cuando esté tu padre.

La pareja siguió su camino despacio, corrí desesperadamente tras ellos. Yo era el mejor guía que podían tener, mejor que mi padre; y no era la primera vez que ejercía de cicerone, estaba perfectamente capacitado. Traté de convencerlos de que se quedasen, no iban a nadie mejor. Yo conocía cada palmo del lugar y les enseñaría lo mejor de lo mejor.

Les logré persuadir, al final hice un excelente trabajo. Estoy convencido que el lugar donde les llevé, les encantó.

***
Llevo unos días un tanto confundido, no sé que hago aquí en esta habitación oscura. Estoy solo y me tienen encerrado, no sé desde cuando; creo que he perdido la noción del tiempo.

Me dicen que no puedo salir porque he hecho algo muy malo, pero yo no lo entiendo; simplemente le llevé a un lugar bonito, le hice un favor, como prometí la enseñé lo mejor del lago, su fondo, allí podría encontrar los sueños que me hizo perder a mí durante la infancia. Allí podría vivir con los dragones, los caballeros, las hadas y las princesas. Ahora ella estaba en el mundo de Fantasía, y no estaba sola. Con ella también estaba ese tío que la acompañaba, y que sería igual que aquellos fulanos cuyas voces escuchaba de niño a través de las paredes de mi alcoba.

A papá sólo le dejan visitarme un rato al día, le veo triste y más envejecido. Llora y me dice que hará todo lo posible por sacarme de aquí. También me pregunta porque hice aquello, pero creo que me entiende, sabe que lo hice por él. No podía dejar que me separasen de su lado, estoy convencido que ella habría querido llevarme de allí, arrancarme de su lado y de mi mundo prodigioso.



Espero que papá tenga razón y me saquen pronto de esta maldita cueva. Quiero volver cuanto antes a mi muelle, quiero sentir el agua fría en mis pies y sobre todo quiero estar cerca de mamá y pedirle que me cuente un cuento, porque ahora sé que ya ha encontrado el final.

FIN

jueves, 15 de diciembre de 2011

EL DÍA QUE VI LLORAR A MI MADRE


Queridos lectores: mi historia de hoy no es ni novedosa, ni original;  no esperéis encontrar un misterio insondable, ni un cuento mágico; tampoco hallaréis entre sus líneas una aventura emocionante, ni un final sorprendente. Es simplemente un relato ordinario, una historia real. Un episodio que podría haberle pasado a cualquiera sin necesidad de ser un héroe épico, o un príncipe encantado, o alguien con poderes extraordinarios. Es tan sencilla y corriente que algo similar podría haberle sucedido a usted, que me lee cada tarde al volver a casa después de una dura jornada de trabajo, y enciende el ordenador para desconectar. O a ti que, entre página y página de tus libros de texto, miras de vez en cuando de reojo al ordenador para desengancharte de los estudios. O quizá, a esa ama de casa que busca un momento de relax tras acostar a sus hijos y tener todo listo para el día siguiente. Quizá alguno haya vivido alguna situación similar en su propia carne o, tan sólo, haya conocido algo similar por boca de terceros. Así que si alguien se siente reconocido en estos renglones, será una mera coincidencia.  


Mi hermana, siempre mi hermana; la hermosa, la inteligente Ana, la desconocida Ana, al menos, para mí… Por favor, que estas primeras palabras no se me tomen como un conato de envidia, jamás tuve celos de ella, no pude tenerlos nunca, ya que las dos éramos casi, casi dos extrañas.

Que nadie se extrañe ni busque nada inexplicable en esto. El hecho es muy simple, mi hermana mayor y yo nos llevamos quince años de diferencia. Circunstancias de la caprichosa vida, ya que mis padres no hicieron nada a propósito para alargar la distancia entre nuestros nacimientos. Mis padres se casaron muy jóvenes; mamá se quedó embarazada en seguida, y aunque ellos intentaron buscar la parejita, a los pocos años de nacer Ana, yo fui demasiado reticente o perezosa para nacer; no lo sé, y no llegué a sus vidas hasta mucho después.

Esta circunstancia supuso que ambas creciéramos prácticamente como hijas únicas, y en el caso de mi hermana por ser la primogénita y ante la desesperación de mis padres, que ya creían que sería su única hija, se agravó mucho más.

Ana se crió entre algodones y toneladas de consentimiento, fue durante muchos años no sólo la unigénita de mis padres, también la única nieta de los abuelos de ambas familias; ya que mis tíos no comenzaron a tener hijos hasta mucho después, algo que a mí, me favoreció totalmente, ya que mi edad siempre fue paralela a la de mis primos.

Ella, sin embargo, creció sola, mimada y sin nadie que le pusiese zancadillas en el camino, con unos padres complacientes y el resto de la familia coreando sus menores caprichos; no tenía con quien competir, nadie que le hiciese sombra. Así, poco a poco, se fue acostumbrando a hacer siempre su santa voluntad. Mamá, que era y sigue siendo una mujer inteligente, se dio cuenta de su error cuando ya era demasiado tarde; con doce años y entrando en la adolescencia, ya no era posible encauzar a mi hermana; era prácticamente improbable inculcar un poco de sentido común en la cabecita hueca de una hija, que ya quería volar por sí misma, sin atenerse a unas razones que llegaban demasiado tarde.

De los errores se aprende, y mamá aprendió la lección y su gran alegría fue que, cuando menos lo esperaba, tuvo oportunidad de enmendar su resbalón de madre primeriza conmigo.

Pero a pesar de todos los sinsabores que le dio Ana, jamás, y esto lo digo plenamente consciente, pudo imaginar el dolor que le infringiría su primera hija.

Cuando los acontecimientos comenzaron a precipitarse, cuando el hilo quebradizo que pendía sobre nosotros comenzó a romperse, yo apenas era una mocosa que aún no tenía ni uso de razón. A mi cabeza llegan las imágenes de la boda de mi hermana, ella tenía diecinueve años —como en todo, hasta en eso se salió con la suya; su primer novio, su recién estrenada mayoría de edad, todo capricho y muy poco amor—. Comprobé la realidad de mi último razonamiento con el paso de los años. Yo entonces no me daba cuenta de nada, me limitaba a seguir de manera ruidosa —como cualquier criatura de cuatro años— los pasos de mi madre y mi hermana, a contemplar desde lejos los vestidos que lucirían para la ocasión, sobre todo el blanco radiante que llevaría Ana. Durante esos días, ella pasó a convertirse en la princesa de mis cuentos de hadas. Fueron días agitados, nerviosos, de un ir y venir frenético, y curiosamente, a pesar de ser tan pequeña aún los recuerdo, como envueltos en una nebulosa, pero las imágenes regresan a mí con facilidad.

Evidentemente, yo fui completamente ajena a que todo aquello supondría el principio del fin. Ni mis padres, según me contaron después, pudieron imaginar lo que sucedería posteriormente. Ana pasó a ocupar su nueva casa, su nueva vida, y la convivencia —a pesar de que nos visitábamos con mucha frecuencia— ya no fue igual, sobre todo para nosotras, que si ya estábamos alejadas por el muro del tiempo; ahora para complicar más las cosas nos alejaba también la barrera física.

Ajenos a lo que nos sobrevenía, un nuevo acontecimiento; el nacimiento de su hija, vino a alegrar aquellos días. Nuestras visitas se duplicaron, mis padres adoraban a la niña y para mí se convirtió en mi juguete. Me pasaba horas y horas jugando con ella. Era feliz con mi sobrinita, a quién me aproximaba más en edad que a mi hermana. Así que los tres ejercíamos de solícitos canguros de la pequeña, ayudando a que Ana no se sintiese tan atada y pudiese llevar una vida más relajada.

Hasta que una tarde, la misma en la que celebrábamos el tercer cumpleaños de Bárbara, y que en mis recuerdos aparece totalmente cubierta de nubes grises aunque, probablemente, luciese un sol radiante; todo se precipitó.

Por aquellos años las relaciones de mi hermana con su marido ya comenzaban a flaquear, ella en su tono autoritario de siempre le reprochaba continuamente por todo... escasez de sueldo… poco tiempo libre para ayudarla con las tareas de casa y, sobre todo, para poder salir a divertirse. De la noche a la mañana toda esa fantasía de vida de cuento, ese espejismo de vivir un amor de novela rosa, se le cayó a los pies. 

Todo el afecto que Ana le negaba a su marido se lo daba con creces a la niña, mimándola y consintiéndola de tal manera que Bárbara pronto se convirtió en la miniatura de su madre.

A mamá se le disparó la alarma roja, esa bombillita, que si no es material y palpable, existe y se enciende en nuestra mente cuando algo no va bien. La pobre no supo que su inocente consejo serviría para romper el ya, de por sí, endeble lazo que unía a nuestra familia.

Mi hermana estalló en una ira furiosa y destructiva. Nadie tenía derecho a recriminarla; ella era una mujer hecha y derecha que sabía muy bien lo que hacía, mi madre no era nadie para meterse en su vida. Ya era hora de que dejase de portarse con ella como si se tratase de una niña pequeña, que se entretuviese en educarme a mí, que para eso me había tenido de rebote y, que lo mejor era que nos marchásemos de allí y no se volviese a inmiscuir en sus asuntos.

Curiosamente he olvidado muchas cosas posteriores que han sucedido en mi vida, pero aquel momento se me quedó grabado. Sobre todo recuerdo la sensación de miedo e inseguridad que me invadió cuando contemplé la cara pálida y desencajada de mi madre que, tomando mi mano y apoyándose en el brazo de mi padre, salió de casa de mi hermana sin murmurar una sola palabra. Mi  miedo se convirtió en pánico cuando vi el llanto en su rostro. Mi madre siempre ha sido una mujer fuerte, y yo jamás la había visto llorar, de hecho esa fue la primera y última vez que la contemplé en ese estado.

Desde entonces mi hermana no volvió a hablarnos a ninguno, ni siquiera atendió a mis llamadas cuando, ya adulta, intenté ponerme en contacto con ella. Nunca volvió a abrirnos las puertas de su casa y a partir de aquel día nos desterró al olvido. Si sabíamos algo de ella o en raras ocasiones veíamos a su hija, era gracias a mi cuñado —un buen hombre— que jamás nos retiró el saludo y que en algunas ocasiones venía a visitarnos.

Las cosas nunca suelen evolucionar como esperamos y, a Ana le pasó eso, su absurda confianza en sí misma, su egoísmo exacerbado y la falta de cariño hacia su marido terminó en un divorcio exprés. Mentiría si dijese que aquella noticia nos sorprendió, pero no por esperada, nos dolió menos. Mi cuñado ya había rehecho su vida con otra mujer y, aunque en el fondo nos alegrásemos por él, aquello nos entristeció ya que nos dejaba sin las siempre esperadas noticias de Ana.

Han pasado ya veinte años desde el aciago día en el que vi lágrimas en el rostro de mi madre. Ella, al igual que mi padre, lo ha sobrellevado con dignidad y valentía. He sido el fiel testigo diario de su afán de superación, de su esfuerzo porque su tristeza y su desesperanza no quedasen reflejadas en mí.

Ayer el teléfono sonó de manera diferente, de forma insistente y lastimera, o esa es la impresión que yo tuve. El auricular casi se me escapó de las manos cuando reconocí a través de las ondas inalámbricas la voz de Ana.

— Menchu ¿eres tú? —Su voz sonaba clara pero entrecortada por el llanto.

— Me da vergüenza, no sé cómo he reunido el valor suficiente para acudir a vosotros después de lo que hice… Pero es que… estoy sola… muy sola. Imagino que sabréis que Arturo y yo nos divorciamos, bueno… pues llegamos a un acuerdo de poner el piso a nombre de nuestra niña, y ahora… ahora… después de haberle dado todo en esta vida, mi propia hija me ha echado de casa. Tiene una pareja, quieren vivir juntos y yo le estorbo…

Mi hermana rompió en amargos sollozos que penetraron en mis oídos como si fuese una tormenta arrolladora y diluviana que empapaba mi alma.

En ese punto la voz de mi madre irrumpió como un rayo luminoso en la conversación, había cogido el supletorio y había escuchado todo.

— Ana, cariño, soy mamá. Hija mía recoge todo lo que tengas y vuelve a casa. Sabes que aquí siempre tendrás un techo y mis brazos… y también los de tu padre y tu hermana… Ven, te estaremos esperando.

Ayer mi madre no lloró pero, después de muchos años, volví a ver el brillo en su mirada.

Hoy soy yo, la que sentada en mi mesa de la redacción de la revista literaria digital donde trabajo desde hace años, tiene todavía los ojos húmedos cuando recuerdo la cena de anoche. Sé que entre todos saldremos adelante. También sé que mi sobrina un día, más o menos pronto, recapacitará y se dará cuenta que tiene una madre que siempre estará esperándola.

Cuando levanto la vista de la pantalla del ordenador veo que Luis me espera en la puerta del despacho. Me había olvidado de que mi prometido volvía aquella mañana de un viaje de negocios y  habíamos quedado para almorzar.


— Menchu ¿Qué te pasa? ¿Algo va mal? Tienes los ojos rojos y húmedos —noté la preocupación en su voz mientras se ponía junto a mí.

— Sí, Luis, he llorado pero no te preocupes, es un llanto provocado por la alegría. Ayer recuperé a la hermana que nunca tuve.

FIN


jueves, 8 de diciembre de 2011

LA PRINCESA MÁS DESEADA




La reina suspiraba mientras paseaba inquieta por su recámara, arriba… abajo… abajo… arriba y vuelta a empezar; sólo interrumpía su frenético paseo para sacar su pañuelito de seda y blonda y enjugarse alguna lágrima rebelde. Sus damas mariposeaban agitadas a su alrededor. Era inquietante ver a su señora en ese estado, mes tras mes.

— ¿Una infusión de valeriana, majestad? —preguntaba una.

— Mejor vamos a darle el tónico que le recetó el doctor hace un par de años, eso calmará sus nervios y tiene un sabor delicioso. Vamos doña Elisenda, vos que sois la más joven y ágil, id presta a buscarlo —dijo la dama de más edad tratando de poner una nota de cordura entre el resto de las señoras que, cual aves espantadas por el disparo lejano de algún cazador, revoloteaban alrededor de su señora amenazando con igualar, e incluso superar, el estado de nerviosismo de la reina.

— Voy presurosa doña Petronila; el rey estará a punto de visitar a su esposa y no puede verla en este estado. ¡Señor, señor! Otro fracaso.

Cuando el monarca apareció en los aposentos de su esposa, la reina ya estaba más calmada, aunque aún persistían los suspiros y el pañuelito blanco seguía oprimido en sus manos.

— Otro desengaño mi señor esposo, otra vez me veo en la cruel tesitura de informaros de que aún no vais a ser padre. —El tono de la soberana era pausado; Leonor sabía que, una reina, debía ocultar sus sentimientos y conservar siempre la compostura y la dignidad de su cargo, los arrebatos estaban fuera de lugar. Desde su decimotercero cumpleaños, Leonor había sido educada para ello soportando, desde entonces, un férreo control protocolario. Hacía muchos años que la muchachita que corría libre por los bosques que circundaban el castillo de sus padres, había dejado de ser un gorrión silvestre para convertirse en una hermosa paloma que, en ninguna ocasión, dejaba traslucir sus sentimientos en público. Sólo sus damas eran mudos testigos de su parte más vulnerable.

Y no era de extrañar que la reina estallase en desesperación cada mes cuando comprobaba que el ansiado embarazo no se producía. Los años pasaban irremediablemente y el ansiado heredero no llegaba. El rey había mandado llamar a los mejores médicos del reino e incluso a los más afamados del extranjero, pero ninguno supo darles una solución; según las pruebas, ambos monarcas estaban sanos y no había ningún motivo físico que les impidiese la procreación.

Los monarcas cada día se sumían más en la aflicción y, lo peor, era que su pequeño reino también languidecía con ellos. Incluso llegó el momento en que la reina no pudo soportar ver niños a su alrededor; aquello le producía un dolor intenso en el alma, a la vez que la envidia más insana le corroía las entrañas.

No había padres en todo el reino, ya fuesen servidores del castillo, burgueses, artesanos o campesinos que no ocultasen, a la vista de la reina, sus pequeños. Esto, sobre todo, para los que vivían en el castillo y en sus alrededores más próximos, se convertía en una labor agotadora y estresante, ya que tenían que mantener a los niños en sus aposentos o en sus casas fuera de la vista de la soberana. Sabían que si alguno de sus pequeños se cruzaba con ella o eran escuchados haciendo el más mínimo ruido, el castigo real se cebaría con ellos. Algunas familias ya habían sido expulsadas de allí viéndose obligados a abandonar sus negocios y sus tierras por este motivo tan simple. Hacía muchos años que en el reino de Nomeolvides no se escuchaban juegos ni risas infantiles.

Era una paradoja que en un lugar tan hermoso como aquel, con tierras fértiles,  negocios prósperos y ausencia de guerras y otras catástrofes; tanto los monarcas, como sus súbditos fueran tan infelices.

Sobre todo las madres que veían como sus hermosos retoños se marchitaban  ante la falta de alegría y actividad. Todas, sin excepción de clases, cada mañana elevaban sus plegarias al cielo para que el esperado milagro llegase.

Una mañana fría y gris de diciembre, cuando ya la Navidad —curiosamente, la época más triste en Nomeolvides— comenzaba a aproximarse; un extraño viajero llamó a las puertas del castillo pidiendo audiencia con los soberanos. Decía que él tenía la solución a su problema.

Los reyes no se hicieron de rogar cuando sus servidores les contaron la buena nueva. El tipo era extravagante, era cierto, y tenía todas las pintas de ser un charlatán, pero tampoco perderían nada por escucharle, les animaban sus sirvientes ante aquel destello de esperanza.

Recibieron al viajero en el salón de audiencias y los monarcas no pudieron evitar dar un respingo cuando le tuvieron frente a ellos, las trazas no podían ser más pintorescas. El hombre parecía tener una edad indeterminada, llevaba el rostro rasurado, sus ojos despedían un potente fulgor, lo que hacía muy difícil mantener la vista en su cara y, por lo tanto, nadie era capaz de dar una descripción precisa de sus rasgos; pero lo más llamativo eran sus cabellos de un color oro poco visto y, sobre todo, su extravagante vestimenta que se componía de una larga túnica de seda y color amarillo dorado, tan brillante, que parecía que de su cuerpo emanaba luz.

Con una voz cálida y agradable, en tono pausado, el extraño les contó el motivo de su visita; su nombre era Taiyō y venía de un lejano país del este, dijo ser científico y astrónomo y, dado su conocimiento sobre astros y su posición en el firmamento, afirmaba tener la solución a su problema.

— Majestades, os prometo que en una semana pondré en vuestros brazos el heredero que lleváis tantos años deseando. Será una niña, pero haremos un pacto donde os pondré unos requisitos, no os asustéis, serán sólo dos sencillas condiciones muy fáciles de cumplir y que creo no os incomodarán. La primera será que me preparéis un alojamiento en el castillo, estaré aquí el tiempo que crea conveniente, creo que os seré muy necesario para contribuir a la educación de la princesa. La segunda, y más importante, es que recordéis que esta niña es un regalo pero no una posesión, no olvidéis que no os pertenece totalmente; no intentéis hacer de ella una copia de vuestra imagen porque no lo es, respetad siempre su forma de ser y, sobre todo, tratad de que sea feliz. Si no lo hacéis así tendréis que ateneros a las consecuencias.

Y Taiyō cumplió su palabra, a la semana exacta volvió a aparecer en el castillo con una preciosa niña recién nacida en los brazos. Los soberanos vieron colmada su felicidad, y el resto del reino respiró tranquilo. La alegría volvió al pequeño reino de Nomeolvides.

Los años fueron pasando y los reyes veían crecer a su niña con satisfacción. La pequeña Lucilla creció entre algodones, sus deseos eran órdenes para sus padres, que prestos le concedían sus menores deseos. Tenía que ser la criatura más feliz en toda la faz de la Tierra. Pero el amor desmedido trajo también el miedo, los soberanos temían perder a su hija y sólo veían peligros a su alrededor, así que la pequeña princesa crecía en un ambiente sobreprotegido, donde cualquier cosa que se saliese de lo habitual era considerado peligroso.

Lucilla tenía vigilancia las veinticuatro horas del día, incluso durante el sueño. Siempre bajo la atenta mirada de su madre y del resto de las damas. La niña no podía correr por los jardines, no podía acercarse a ningún animal, por supuesto los deportes  —incluida la equitación, aunque amaba a los caballos— le estaban vedados, en invierno no podía salir de sus habitaciones a riesgo de que una mala corriente no le hiciera enfermar y nada de jugar con otros niños.

— No, querida, no podría soportar que en uno de esos juegos te lastimases. Además, eres la princesa y futura heredera al trono, tu estatus está muy por encima al del resto de los mortales, sería un contrasentido que te mezclases con los hijos de burgueses y los artesanos; y ni que decir tiene que mucho menos con los de los sirvientes y campesinos —le explicaba su madre.

La niña crecía rodeada de cariño y mimos, pero careciendo de diversión y emociones. Los días pasaban lentos y la princesita se aburría entre los muros de piedra de su hogar. Sólo disfrutaba durante las clases que le impartía su amigo el astrónomo.

El hombre como había prometido, se había instalado en una de las habitaciones de la torre, si bien en un principio había sido una presencia molesta e incómoda para todos, ya que los supersticiosos comenzaron a correr la voz de que en realidad era un brujo poderoso, con el paso del tiempo se convirtió en una sombra ignorada; sólo la pequeña Lucilla le prestaba atención. Era la única persona de todo el castillo que entendía a ese ser extraño y en ocasiones huidizo.

A la niña le encantaba subir al torreón y le fascinaban los accesorios del astrónomo, sobre todo le encantaba observar el cielo con el enorme telescopio, que le acercaba una inmensidad oscura, pero plagada de luces luminosas.

— Aquel punto brillante es Orión, y ¿ves ese grupo de estrellas que parecen formar un carro? Esa es la Osa Mayor; y ese otro que imita la silueta de dos formas humanas unidas es Géminis. Mira ese punto luminoso y más grande es el planeta Venus… y lo más importante y quiero que esto lo recuerdes siempre pequeña; ese círculo grande que adquiere varios colores, que tan pronto es blanca como plateada, como toma un tono rojizo y aparece y desaparece en el firmamento es la Luna, cuando te invada la tristeza acude a ella, contempla su belleza y la serenidad volverá  —le comentaba Taiyõ.

Poco a poco la niña ampliaba sus conocimientos sobre el cosmos, el cielo se iba convirtiendo en su segundo hogar, llegando a sentir una extraña atracción por el firmamento y sus múltiples ocupantes. Hasta tal punto llegó su fascinación por estos temas, que la niña pasaba mucho más tiempo con él que con sus padres, de los que cada vez se alejaba más. Los monarcas, siempre atentos y vigilantes hacia las reacciones de su pequeña, sintieron temor. Aquel hombre estaba influyendo en su hija de forma negativa, no era posible que esa criatura se sintiese más atraída por el cielo que por todo lo que le rodeaba, así que sin ningún reparo, sin pararse a pensar que el astrónomo fue el artífice del mayor de sus deseos, le expulsaron del reino.

De nada sirvieron las lágrimas de Lucilla, era la primera vez que los soberanos le negaban un capricho a su hija; no, en aquella ocasión era justificado, no podían consentir de ninguna manera que aquel hombre les arrebatase el cariño de la niña. Lucilla era su hija, era su posesión y su más preciado tesoro.

Todos pensaron que con el tiempo la princesa se repondría de su disgusto, las lágrimas fueron cesando, y los reyes se fueron tranquilizando; sin ninguna duda expulsar al maldito científico, astrónomo o brujo; como decían muchos, había sido lo más acertado. Pero lo que pasaron por alto fue que los ojos de Lucilla no volvieron a brillar, y su rostro ya no mostraba la luz de quienes alimentan una ilusión.

La pequeña se fue volviendo taciturna y buscaba la soledad. Un día asfixiada por aquel ambiente enrarecido y cargante que le rodeaba consiguió escaparse. Su primera intención fue subir a la torre, quizá con un poco de suerte Taiyō no se hubiese llevado su telescopio y podría contemplar de nuevo el cielo de cerca. La niña se sentía cada día más unida a aquel mundo que sus padres le habían negado. Pero su sorpresa no tuvo límites cuando vio que la puerta de acceso al torreón estaba cegada por un muro de piedra.

La princesita salió corriendo de allí y sin ser vista, aprovechando la silenciosa noche, escapó del castillo. Cuando el dolor, debido a la carrera aprisionó su pecho y no pudo dar un paso más. Cuando su respiración jadeante por el esfuerzo y por el llanto le impidió seguir alejándose, Lucilla se dejó caer en el suelo. Poco a poco se fue calmando y vio que estaba sentada junto a una charca grande; y allí, justo en el centro del agua oscura vio el reflejo familiar de la Luna: “Cuando te invada la tristeza acude a ella, contempla su belleza y la serenidad volverá”. Recordando las palabras de Taiyō, la niña comenzó a animarse. Ciertamente la imagen de aquel astro, que aquella noche lucía más brillante que nunca, le dio paz e hizo que una leve sonrisa aflorase a sus labios mientras volvía a escuchar la voz del astrónomo.

— No tengas miedo Lucilla, salta, atrévete, no te pasará nada. Un pequeño paso y estarás junto a ella; ese ser que tanto añoras te está esperando, con los brazos abiertos, para darte la bienvenida a tu verdadero hogar. Vamos, pequeña, tu verdadera madre te espera ansiosa y yo estaré al otro lado para guiarte en tu camino.

La pequeña princesa cerró los ojos y saltó sin miedo en pos de la voz amiga.

Aquella misma noche, ambos soberanos se despertaron cubiertos de sudor en sus lechos de suaves y mullidos colchones de pluma de gansos. Los dos habían tenido la misma pesadilla, un iracundo Taiyō les increpaba en sueños.

— Habéis olvidado vuestra promesa y vuestro contrato, cuando puse ese pedazo de cielo en vuestras manos, os hice prometer que esa criatura que os regalaba tendría que ser la más feliz de todo el mundo. No supisteis cumplir vuestra promesa; confundisteis felicidad con posesiones materiales y, peor aún, optasteis por la peor forma de garantizar seguridad, disminuyendo su libertad. No recordasteis que esa niña no era vuestra, era el regalo; el regalo de unos soberanos celestiales a otros terrenales. Me apiadé y me compadecí  de vuestra desgracia y, sobre todo, de la de vuestros vasallos, que día tras día elevaban sus rostros colmados de inquietud, y muchas veces de lágrimas, suplicando que alguien obrase el milagro de daros hijos, ya que sólo así ellos podrían gozar de los suyos. Fui un ingenuo al confiar en vosotros, míseros y ruines mortales, y no hacer caso a mi esposa Tsuki cuando ella llorando me pedía que por favor no la robase a una de sus hijas. Jamás tendría que haber convertido en humana a una de mis pequeñas estrellas. Ciertamente la mezcla celeste y humana no da buen resultado. Pero por fin todo está solucionado, la pequeña Lucilla —que ahora adoptará su nombre verdadero, Hoshi— está donde siempre debió estar, junto a su madre y al resto de sus hermanas y hermanos. Y yo, como su padre que soy, para premiar todos sus sinsabores en la Tierra, la he dotado de un fulgor especial. A partir de ahora cuando miréis al cielo y veáis el lucero más brillante del firmamento rutilar en las alturas, pensad que es la pequeña Lucilla que os hace guiños desde su auténtico hogar.

A la mañana siguiente unos pastores que guardaban sus rebaños al pie de una colina se asombraron cuando, arriba, en la cima, vieron las figuras de un hombre extraño vestido con una túnica dorada que lanzaba destellos, le acompañaba, tomando su mano, una preciosa niña. El hombre dio un golpe en el suelo con su cayado y a continuación un rayo de sol se descolgó de las alturas sirviendo a ambos —padre e hija— de escalera para su ascensión al cielo. Lo que no pudieron ver los pastores fue la transformación de Lucilla, que de niña pasó a convertirse en una hermosa estrella que abrazaba a su madre, la Luna, mientras decía a su padre, el Sol.



— Papá, gracias por traerme de nuevo a casa.


FIN

jueves, 22 de septiembre de 2011

NO SIN MI CHUPETE



chupete
Hoy mami y papi me han despertado muy temprano, o eso me ha parecido a mí porque ¡¡tenía un sueño!!

Ya me venía oliendo que algo iba a cambiar, tanto ajetreo para arriba y para abajo no era normal. Bueno también ayudó el que sea un poco cotilla, hace días escuché a mamá comentar con una amiga que se la terminaba la excedencia —qué ni sé lo que es, ni me importa—, lo que ya no me gustó tanto fue escuchar que a mí tendrían que llevarme a un sitio que se llama guardería.

Confieso que me dio un poco de miedito ver a mami todos estos días suspirona y preocupada, nunca la había visto así, ella siempre sabe lo que tiene que hacer. Pero lo que realmente me acojonó, fue cuando la oí decir a todo aquel que quisiera escucharla, que la daba mucha penita dejarme allí, pero ¿Dónde iban a llevarme?

Mi mamá es muy valiente, sólo hay que ver lo bien que soporta —sin que se la mueva un pelo— las visitas a ese señor tan serio que me mete un palo en la boca, una cosa rara en los oídos y me aprieta la barriga con esas manos siempre heladas; aunque lo que peor llevo es la manía que tiene de pincharme en el culete, luego se queja y dice que siempre le dejo la camilla llena de pis. ¡A ver, que uno es humano! Así que llevo unos días que estoy nerviosito perdido, vamos más llorón de lo acostumbrado.

El viaje es muy largo, papá dice que ha sido una suerte encontrar una guardería tan cerca del trabajo de mami. Y yo aprovecho para echar una cabezadita. ¡Ale! Ahora que estaba soñando con montañas de chuches otra vez en danza.

A la entrada nos espera una señora alta y muy delgaducha, dice que se llama Remedios y será mi cuidadora ¿eso qué es lo que es? Me coge en brazos, contemplo con estupor que me da un beso y raspa, esta señora tiene más bigote que papi. Mamá le da una bolsa y a continuación tras besarme y decirme que sea bueno se van. “¡Mamá, papá, eh no os vayáis!” Una cosilla rara me sube por la garganta, es como cuando tengo ganas de gimotear, pero en este caso no puedo. Creo que mami se iba llorando y no quiero que la dé más penita. Además tengo que estar pendiente de que “la Bigotuda” no me vuelva a besuquear y trato de zafarme de sus brazos como pueda.

No me suelta hasta que no llegamos a una sala donde veo muchos coleguitas. ¡Bueno esto ya empieza a mejorar, un montón de amiguitos nuevos para jugar!

— Hola me llamo Luiz ¿y tú? —pregunto al que tengo más cerca, por cierto, que asquito está lleno de mocos.

— Yo me llamo Jozé Carloz Alfonzo —¡hala! el avaricioso casi no deja nombres para los demás— Te voy a daz un conzejo, ¿vez eze niño maz mayó, el que lleva la camizeta vede? Ojito con él que ez el maz vetedano. Ze llama Zedgio y le llamamoz “el godila” poque en cuanto noz descuidamoz noz da de hoztiaz.

¡Vaya pues empezamos bien! menos mal que a mí no hay matones que se me resistan. Que no fue cosa de dos días ganarme mi prestigio en el parque. Si al “Gorila” se lo ocurre meterse conmigo no sabe lo que les espera. No en vano en el parque todos me llamaban “el Guau” por mi fama de buen mordedor.

En ese momento llegó Reme, y sin más ni más nos quitó el chupete: “Vamos niños, ahora un ratito sin chupete, que ya muchos tenéis todos los dientes y se os pueden deformar. Luego hablaré con las mamás y las daré unas pautas para que en casa también os vayan quitando poco a poco la manía del chupe. ¡A ver esos chiquitines guapos agugugug agugugugu, agugugugugu!

No hay cosa que me dé más rabia que ver a los mayores haciendo el gilipuertas, ¡hombre! eso se lo consiento a mis abuelitos, que son de la familia no a una señora con mostacho con quien aún no hay confianza. ¡A mí quitarme el chupete!, ¡eso nunca!, ¡a las barricadas!, prefiero batirme en mil duelos que perder mi prenda más estimada. No me quedaba otra que llamar a la revolución. Un hermoso cubo enorme me esperaba y allí trepé con afán.

— Queridos coleguitas, yo soy nuevo aquí; no sé vosotros sí estaréis acostumbrados a estos atropellos, pero desde ahora yo os digo que no. ¡A mí nadie me va quitar mi chupete! No sé si os importará perder vuestra dignidad pero a mí sí. Podré aguantar cualquier cosa, hasta los besos de Reme “la Bigotuda”, pero jamás dejaré que pisoteen nuestros privilegios. Amigos y compañeros os propongo ejercer nuestro derecho y sumarnos todos a una estruendosa y enérgica protesta ¿Vamos a dejar que los adultos nos mangoneen  cómo si fuéramos monigotes?, ¿vamos a seguir consintiendo que manipulen nuestra libertad? Yo os digo ¡NOOOO! ¡Todos unidos en nuestra lucha!

Por suerte me les había ganado a todos, incluso Sergio “el Gorila” me miraba con admiración. El coro de berridos fue tan ensordecedor y mareante que a la pobre Reme no le quedó otra que devolvernos nuestros preciados tesoros.

Horas más tarde cuando mamá pasó a recogerme y preguntó a la mujer que tal había ido todo, esta con palabras melosas la contestó: “Estupendamente Alicia, todo ha ido perfecto teniendo en cuenta que ha sido el primer día. Ha habido un momento en que ha llorado un poquito, normal, era de esperar,  pero para eso inventaron los chupetes; hija mía es que son mano de santo”.

Uhmmmm bigotuda y mentirosa, ¡mañana te espero Reme, mañana te espero! Je,je,je.

Y tú, mami puedes estar tranquila, si esto es la guardería, asunto dominado, que lástima que aún no me entiendas y no te pueda contar mi hazaña.

En ese momento llega también la mamá de Sergio y se cruzan con nosotros. No puedo más que mirarle frente a frente y decirle con orgullo y un poco de mala leche: ¡Qué te den, “Gorila”!






FIN