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jueves, 8 de diciembre de 2011

LA PRINCESA MÁS DESEADA




La reina suspiraba mientras paseaba inquieta por su recámara, arriba… abajo… abajo… arriba y vuelta a empezar; sólo interrumpía su frenético paseo para sacar su pañuelito de seda y blonda y enjugarse alguna lágrima rebelde. Sus damas mariposeaban agitadas a su alrededor. Era inquietante ver a su señora en ese estado, mes tras mes.

— ¿Una infusión de valeriana, majestad? —preguntaba una.

— Mejor vamos a darle el tónico que le recetó el doctor hace un par de años, eso calmará sus nervios y tiene un sabor delicioso. Vamos doña Elisenda, vos que sois la más joven y ágil, id presta a buscarlo —dijo la dama de más edad tratando de poner una nota de cordura entre el resto de las señoras que, cual aves espantadas por el disparo lejano de algún cazador, revoloteaban alrededor de su señora amenazando con igualar, e incluso superar, el estado de nerviosismo de la reina.

— Voy presurosa doña Petronila; el rey estará a punto de visitar a su esposa y no puede verla en este estado. ¡Señor, señor! Otro fracaso.

Cuando el monarca apareció en los aposentos de su esposa, la reina ya estaba más calmada, aunque aún persistían los suspiros y el pañuelito blanco seguía oprimido en sus manos.

— Otro desengaño mi señor esposo, otra vez me veo en la cruel tesitura de informaros de que aún no vais a ser padre. —El tono de la soberana era pausado; Leonor sabía que, una reina, debía ocultar sus sentimientos y conservar siempre la compostura y la dignidad de su cargo, los arrebatos estaban fuera de lugar. Desde su decimotercero cumpleaños, Leonor había sido educada para ello soportando, desde entonces, un férreo control protocolario. Hacía muchos años que la muchachita que corría libre por los bosques que circundaban el castillo de sus padres, había dejado de ser un gorrión silvestre para convertirse en una hermosa paloma que, en ninguna ocasión, dejaba traslucir sus sentimientos en público. Sólo sus damas eran mudos testigos de su parte más vulnerable.

Y no era de extrañar que la reina estallase en desesperación cada mes cuando comprobaba que el ansiado embarazo no se producía. Los años pasaban irremediablemente y el ansiado heredero no llegaba. El rey había mandado llamar a los mejores médicos del reino e incluso a los más afamados del extranjero, pero ninguno supo darles una solución; según las pruebas, ambos monarcas estaban sanos y no había ningún motivo físico que les impidiese la procreación.

Los monarcas cada día se sumían más en la aflicción y, lo peor, era que su pequeño reino también languidecía con ellos. Incluso llegó el momento en que la reina no pudo soportar ver niños a su alrededor; aquello le producía un dolor intenso en el alma, a la vez que la envidia más insana le corroía las entrañas.

No había padres en todo el reino, ya fuesen servidores del castillo, burgueses, artesanos o campesinos que no ocultasen, a la vista de la reina, sus pequeños. Esto, sobre todo, para los que vivían en el castillo y en sus alrededores más próximos, se convertía en una labor agotadora y estresante, ya que tenían que mantener a los niños en sus aposentos o en sus casas fuera de la vista de la soberana. Sabían que si alguno de sus pequeños se cruzaba con ella o eran escuchados haciendo el más mínimo ruido, el castigo real se cebaría con ellos. Algunas familias ya habían sido expulsadas de allí viéndose obligados a abandonar sus negocios y sus tierras por este motivo tan simple. Hacía muchos años que en el reino de Nomeolvides no se escuchaban juegos ni risas infantiles.

Era una paradoja que en un lugar tan hermoso como aquel, con tierras fértiles,  negocios prósperos y ausencia de guerras y otras catástrofes; tanto los monarcas, como sus súbditos fueran tan infelices.

Sobre todo las madres que veían como sus hermosos retoños se marchitaban  ante la falta de alegría y actividad. Todas, sin excepción de clases, cada mañana elevaban sus plegarias al cielo para que el esperado milagro llegase.

Una mañana fría y gris de diciembre, cuando ya la Navidad —curiosamente, la época más triste en Nomeolvides— comenzaba a aproximarse; un extraño viajero llamó a las puertas del castillo pidiendo audiencia con los soberanos. Decía que él tenía la solución a su problema.

Los reyes no se hicieron de rogar cuando sus servidores les contaron la buena nueva. El tipo era extravagante, era cierto, y tenía todas las pintas de ser un charlatán, pero tampoco perderían nada por escucharle, les animaban sus sirvientes ante aquel destello de esperanza.

Recibieron al viajero en el salón de audiencias y los monarcas no pudieron evitar dar un respingo cuando le tuvieron frente a ellos, las trazas no podían ser más pintorescas. El hombre parecía tener una edad indeterminada, llevaba el rostro rasurado, sus ojos despedían un potente fulgor, lo que hacía muy difícil mantener la vista en su cara y, por lo tanto, nadie era capaz de dar una descripción precisa de sus rasgos; pero lo más llamativo eran sus cabellos de un color oro poco visto y, sobre todo, su extravagante vestimenta que se componía de una larga túnica de seda y color amarillo dorado, tan brillante, que parecía que de su cuerpo emanaba luz.

Con una voz cálida y agradable, en tono pausado, el extraño les contó el motivo de su visita; su nombre era Taiyō y venía de un lejano país del este, dijo ser científico y astrónomo y, dado su conocimiento sobre astros y su posición en el firmamento, afirmaba tener la solución a su problema.

— Majestades, os prometo que en una semana pondré en vuestros brazos el heredero que lleváis tantos años deseando. Será una niña, pero haremos un pacto donde os pondré unos requisitos, no os asustéis, serán sólo dos sencillas condiciones muy fáciles de cumplir y que creo no os incomodarán. La primera será que me preparéis un alojamiento en el castillo, estaré aquí el tiempo que crea conveniente, creo que os seré muy necesario para contribuir a la educación de la princesa. La segunda, y más importante, es que recordéis que esta niña es un regalo pero no una posesión, no olvidéis que no os pertenece totalmente; no intentéis hacer de ella una copia de vuestra imagen porque no lo es, respetad siempre su forma de ser y, sobre todo, tratad de que sea feliz. Si no lo hacéis así tendréis que ateneros a las consecuencias.

Y Taiyō cumplió su palabra, a la semana exacta volvió a aparecer en el castillo con una preciosa niña recién nacida en los brazos. Los soberanos vieron colmada su felicidad, y el resto del reino respiró tranquilo. La alegría volvió al pequeño reino de Nomeolvides.

Los años fueron pasando y los reyes veían crecer a su niña con satisfacción. La pequeña Lucilla creció entre algodones, sus deseos eran órdenes para sus padres, que prestos le concedían sus menores deseos. Tenía que ser la criatura más feliz en toda la faz de la Tierra. Pero el amor desmedido trajo también el miedo, los soberanos temían perder a su hija y sólo veían peligros a su alrededor, así que la pequeña princesa crecía en un ambiente sobreprotegido, donde cualquier cosa que se saliese de lo habitual era considerado peligroso.

Lucilla tenía vigilancia las veinticuatro horas del día, incluso durante el sueño. Siempre bajo la atenta mirada de su madre y del resto de las damas. La niña no podía correr por los jardines, no podía acercarse a ningún animal, por supuesto los deportes  —incluida la equitación, aunque amaba a los caballos— le estaban vedados, en invierno no podía salir de sus habitaciones a riesgo de que una mala corriente no le hiciera enfermar y nada de jugar con otros niños.

— No, querida, no podría soportar que en uno de esos juegos te lastimases. Además, eres la princesa y futura heredera al trono, tu estatus está muy por encima al del resto de los mortales, sería un contrasentido que te mezclases con los hijos de burgueses y los artesanos; y ni que decir tiene que mucho menos con los de los sirvientes y campesinos —le explicaba su madre.

La niña crecía rodeada de cariño y mimos, pero careciendo de diversión y emociones. Los días pasaban lentos y la princesita se aburría entre los muros de piedra de su hogar. Sólo disfrutaba durante las clases que le impartía su amigo el astrónomo.

El hombre como había prometido, se había instalado en una de las habitaciones de la torre, si bien en un principio había sido una presencia molesta e incómoda para todos, ya que los supersticiosos comenzaron a correr la voz de que en realidad era un brujo poderoso, con el paso del tiempo se convirtió en una sombra ignorada; sólo la pequeña Lucilla le prestaba atención. Era la única persona de todo el castillo que entendía a ese ser extraño y en ocasiones huidizo.

A la niña le encantaba subir al torreón y le fascinaban los accesorios del astrónomo, sobre todo le encantaba observar el cielo con el enorme telescopio, que le acercaba una inmensidad oscura, pero plagada de luces luminosas.

— Aquel punto brillante es Orión, y ¿ves ese grupo de estrellas que parecen formar un carro? Esa es la Osa Mayor; y ese otro que imita la silueta de dos formas humanas unidas es Géminis. Mira ese punto luminoso y más grande es el planeta Venus… y lo más importante y quiero que esto lo recuerdes siempre pequeña; ese círculo grande que adquiere varios colores, que tan pronto es blanca como plateada, como toma un tono rojizo y aparece y desaparece en el firmamento es la Luna, cuando te invada la tristeza acude a ella, contempla su belleza y la serenidad volverá  —le comentaba Taiyõ.

Poco a poco la niña ampliaba sus conocimientos sobre el cosmos, el cielo se iba convirtiendo en su segundo hogar, llegando a sentir una extraña atracción por el firmamento y sus múltiples ocupantes. Hasta tal punto llegó su fascinación por estos temas, que la niña pasaba mucho más tiempo con él que con sus padres, de los que cada vez se alejaba más. Los monarcas, siempre atentos y vigilantes hacia las reacciones de su pequeña, sintieron temor. Aquel hombre estaba influyendo en su hija de forma negativa, no era posible que esa criatura se sintiese más atraída por el cielo que por todo lo que le rodeaba, así que sin ningún reparo, sin pararse a pensar que el astrónomo fue el artífice del mayor de sus deseos, le expulsaron del reino.

De nada sirvieron las lágrimas de Lucilla, era la primera vez que los soberanos le negaban un capricho a su hija; no, en aquella ocasión era justificado, no podían consentir de ninguna manera que aquel hombre les arrebatase el cariño de la niña. Lucilla era su hija, era su posesión y su más preciado tesoro.

Todos pensaron que con el tiempo la princesa se repondría de su disgusto, las lágrimas fueron cesando, y los reyes se fueron tranquilizando; sin ninguna duda expulsar al maldito científico, astrónomo o brujo; como decían muchos, había sido lo más acertado. Pero lo que pasaron por alto fue que los ojos de Lucilla no volvieron a brillar, y su rostro ya no mostraba la luz de quienes alimentan una ilusión.

La pequeña se fue volviendo taciturna y buscaba la soledad. Un día asfixiada por aquel ambiente enrarecido y cargante que le rodeaba consiguió escaparse. Su primera intención fue subir a la torre, quizá con un poco de suerte Taiyō no se hubiese llevado su telescopio y podría contemplar de nuevo el cielo de cerca. La niña se sentía cada día más unida a aquel mundo que sus padres le habían negado. Pero su sorpresa no tuvo límites cuando vio que la puerta de acceso al torreón estaba cegada por un muro de piedra.

La princesita salió corriendo de allí y sin ser vista, aprovechando la silenciosa noche, escapó del castillo. Cuando el dolor, debido a la carrera aprisionó su pecho y no pudo dar un paso más. Cuando su respiración jadeante por el esfuerzo y por el llanto le impidió seguir alejándose, Lucilla se dejó caer en el suelo. Poco a poco se fue calmando y vio que estaba sentada junto a una charca grande; y allí, justo en el centro del agua oscura vio el reflejo familiar de la Luna: “Cuando te invada la tristeza acude a ella, contempla su belleza y la serenidad volverá”. Recordando las palabras de Taiyō, la niña comenzó a animarse. Ciertamente la imagen de aquel astro, que aquella noche lucía más brillante que nunca, le dio paz e hizo que una leve sonrisa aflorase a sus labios mientras volvía a escuchar la voz del astrónomo.

— No tengas miedo Lucilla, salta, atrévete, no te pasará nada. Un pequeño paso y estarás junto a ella; ese ser que tanto añoras te está esperando, con los brazos abiertos, para darte la bienvenida a tu verdadero hogar. Vamos, pequeña, tu verdadera madre te espera ansiosa y yo estaré al otro lado para guiarte en tu camino.

La pequeña princesa cerró los ojos y saltó sin miedo en pos de la voz amiga.

Aquella misma noche, ambos soberanos se despertaron cubiertos de sudor en sus lechos de suaves y mullidos colchones de pluma de gansos. Los dos habían tenido la misma pesadilla, un iracundo Taiyō les increpaba en sueños.

— Habéis olvidado vuestra promesa y vuestro contrato, cuando puse ese pedazo de cielo en vuestras manos, os hice prometer que esa criatura que os regalaba tendría que ser la más feliz de todo el mundo. No supisteis cumplir vuestra promesa; confundisteis felicidad con posesiones materiales y, peor aún, optasteis por la peor forma de garantizar seguridad, disminuyendo su libertad. No recordasteis que esa niña no era vuestra, era el regalo; el regalo de unos soberanos celestiales a otros terrenales. Me apiadé y me compadecí  de vuestra desgracia y, sobre todo, de la de vuestros vasallos, que día tras día elevaban sus rostros colmados de inquietud, y muchas veces de lágrimas, suplicando que alguien obrase el milagro de daros hijos, ya que sólo así ellos podrían gozar de los suyos. Fui un ingenuo al confiar en vosotros, míseros y ruines mortales, y no hacer caso a mi esposa Tsuki cuando ella llorando me pedía que por favor no la robase a una de sus hijas. Jamás tendría que haber convertido en humana a una de mis pequeñas estrellas. Ciertamente la mezcla celeste y humana no da buen resultado. Pero por fin todo está solucionado, la pequeña Lucilla —que ahora adoptará su nombre verdadero, Hoshi— está donde siempre debió estar, junto a su madre y al resto de sus hermanas y hermanos. Y yo, como su padre que soy, para premiar todos sus sinsabores en la Tierra, la he dotado de un fulgor especial. A partir de ahora cuando miréis al cielo y veáis el lucero más brillante del firmamento rutilar en las alturas, pensad que es la pequeña Lucilla que os hace guiños desde su auténtico hogar.

A la mañana siguiente unos pastores que guardaban sus rebaños al pie de una colina se asombraron cuando, arriba, en la cima, vieron las figuras de un hombre extraño vestido con una túnica dorada que lanzaba destellos, le acompañaba, tomando su mano, una preciosa niña. El hombre dio un golpe en el suelo con su cayado y a continuación un rayo de sol se descolgó de las alturas sirviendo a ambos —padre e hija— de escalera para su ascensión al cielo. Lo que no pudieron ver los pastores fue la transformación de Lucilla, que de niña pasó a convertirse en una hermosa estrella que abrazaba a su madre, la Luna, mientras decía a su padre, el Sol.



— Papá, gracias por traerme de nuevo a casa.


FIN

domingo, 28 de agosto de 2011

¡QUIERO SER SANTA!


Qué bien se vive en la Gloria, que bonito todo; tan blanco, tan limpio, siempre con dos o tres ángeles con alas deslumbrantes dispuestos a sacarte de apuros a la mínima… pero que aburrido ¡Señor!

Sí, estoy muerta de aburrimiento, uy ¿he dicho muerta? Mira que llevo siglos ya aquí arriba pero es que no se me va la forma de hablar de ahí abajo.

Así que he decidido escribir mis memorias para entretenerme. Nunca me gustó la hora de la siesta, pero es que aquí ya es soporífera del todo.

Nací en Madrigal de las Altas Torres una bonita mañana primaveral del mes de abril, o eso me dijeron, siempre he tenido dudas al respecto, nunca he llegado a saber si las cosas me las decían porque eran así o por no cabrearme. De mi infancia no puedo destacar nada, pero no fue muy buena que digamos, me pasaba el día cosiendo junto a mamá. Y esa es otra, porque mamá estaba algo tarada, la pobre; no para encerrarla como hizo mi hermanastro, que peligrosa no era, pero ya se sabe las cosas de palacio. Así que yo me crié con una loca y rodeada de aquellos frailes que iban a comerla el coco a mamá, aunque lo que consiguieron fue comérmelo a mí.

Menos mal que fui creciendo y espabilando, que no era nada tonta yo. A Enrique, mi hermanastro se la di bien con queso. Que pretendía casarme con un viejo baboso, ¡ni soñando! Yo ya tenía los ojitos puestos en mi galán. ¡Mi Fernando que guapo era! A mí me tenía sorbidito el seso, pero no fue fácil conquistarle tuve al mensajero reventado durante meses enviando misivas a mi príncipe azul; no me extraña que el pobre ahora esté de ayudante principal de San Cristobal, si ese, el patrón de los viajantes. Como digo papelitos de este tipo nos cruzamos durante bastante tiempo: “Fernando que cuando ponemos fecha, mira que mi hermano me está dando la lata”. “Decídete de una vez que se me pasa el arroz”. Y él: “Isabelita guapa ¿no te parece que somos demasiado jóvenes?, creo que nos lo tendríamos que pensar mejor, además la bula del Papa no llega y cometeríamos grave pecado”.

Fernando me salió un tanto indeciso, tanto que si no llego a tomar la iniciativa y falsificar una bula, o me caso con el viejo o me quedo para vestir santos, y  esa no era mi misión divina.

Por fin a escondidas y con miedo Fernando me dio el sí. Y ahí empezó lo bueno, vamos que yo tenía redaños suficientes para no necesitar a un hombre al lado, pero la época lo exigía, además yo quería ser reina y no consorte precisamente. Quería tener mi propio reino ¡porque yo lo valía! Y casada con el del reino vecino siempre tendría más opciones. Que no se me malinterprete, yo quería a mi Fernando, faltaría más, pero más quería a su ejército que me vendría de perlas para hacerme reinar sobre mi adorada Castilla.


No voy a negar que ejércitos aparte alguna ayudita me cayó del cielo, poniéndome alguna cosilla a mi favor. La primera que mi hermanastro se muriera, bueno como ya estaba algo enfermucho eso tampoco me preocupaba demasiado, que se moría a la de sí o sí, era ya algo sabido. Pero ¡ay! Mi pobrecito hermano Alfonso sería un obstáculo, que no duró mucho por cierto, el pobre nació ya bastante debilucho; no tenía catadura de rey ¡que lo vamos a hacer!

Bueno una vez muertos tanto mi hermanastro como mi hermano ya tenía el campo libre. Pero no… salió la pendejo de la Beltraneja reclamando sus derechos. ¡Dejar mi corona a una bastarda! Porque dijese, lo que dijese era bastarda, vamos que mi hermano era impotente y cornudo lo sabía hasta el último lacayo del castillo. Y ella que no, que era legítima y con ella unos cuantos correveidiles que le bailaban las enaguas. Con lo fácil que es ahora con el ADN ese dichoso saber la verdad. Claro que por otra parte mejor no haber tenido esos inventos entonces, que lo mismo la niña si era legítima y me hubiese hundido el negocio a pesar de contar con él ejercito de mi flamante marido. En fin que la Beltraneja me duró dos rounds y al final conseguí ceñirme la corona ¡como estaba mandado! Y ella a un convento que a falta de reino bien está una abadía, aunque luego la muy pilingui se las apañó para largarse y casarse con uno de sus tíos portugueses. No la sirvió de nada ¡portugueses a mí!


Uno de mis primeros disgustos con Fernando fue de lo más tonto, recuerdo que un día que andábamos tonteando en nuestros aposentos me dijo: "Isa amorcito que digo yo que así entre nos me podrías llamar Ferran, es que me recuerda tanto mi tierra y mi gente". Ahí yo me reboté tenía reciente mi visita a su reino, que ya era el mío, y aún recordaba la forma de hablar de esa gente. ¡Mira que hablan raro! Es que no les pillaba ni media. Yo jamás he podido soportar no entender lo que me dicen, vamos que al pan, pan y al vino, vino y dejarse de tonterías, que seguro que menos bonita me llamaban de todo, que no, que no ya sabía yo por sus caras cejijuntas que no les caí nada bien. Aquella discusión me dio una idea y le dije: “Te llamaré Fer y punto pelota., y que quede entre nos, que a mi estás chuminadas de dar nombrecitos cariñosos me repatea ya lo sabes. Y a partir de ahora todos a hablar en castellano puro y duro, porque es lo que yo hablo y entiendo, y  lo más importante porque me sale del refajo ¡que caray! Yo soy malísima para las lenguas y si no pregunta a la pobre Beatriz Galindo el trabajo que la ha costado hacerme aprender cuatro latinajos, y a eso acepte para poder tener vía directa con Nuestro Señor, que si no de que.

Y luego los embarazos y una desilusión tras otra, una niña… otra niña… ¡joder! Con el trabajo que cuesta casarlas y más si como yo, madre amante y justa donde las haya quería un buen partido para ellas y para mi España querida. Al final conseguí parir un varón, Juan. Pero fue a la par de trabajoso, baldío. El pobre me nació ya bastante pochito y el remate fue casarle, mira que le busqué a la mayor mojigata de Europa, la Margarita de Austria, pero la muy mosquita muerta salió bastante dispuesta al himeneo y el pobre que estaba inocente y por lo malucha de su salud no lo había catado, al probarlo le gustó tanto que ¡ale! Le dio al fornicio con tal ardor que el pobre sólo me aguanto dos o tres asaltos. Eso sí me dejó un nieto póstumo, que tampoco sirvió de mucho, otro que también se me murió en un suspiro. Los varones de mi familia no es que hayan tenido mucha suerte.

Bueno a las niñas las fui casando. Exceptuando mi Isabel y mi María a las que no las fue mal. ¡Mi pobre Isabelita que murió de parto! Menos mal que mi María fue mujer recia y parió nada menos que diez hijos. Los matrimonios de las otras dos no fueron muy afortunados en cuanto a amores, pero yo siempre he sido muy práctica. Y no es que no me doliese ver a mi pobre Catalina ahí recluida en una torre llorando noche y día por ese Enrique, putero y además hereje. Que se puede ser hereje, no lo discuto, pero que la herejía venga por tema puterío, ya le valía. Nada que al tío no le servía con quitarse el ardor del cuerpo con cualquier pelandusca, es que se tenía que casar con ellas y claro a fundar otra religión porque a él le salió de la mismísima corona. Ya tuvo castigo bastante, él, tan bello y perfecto se terminó convirtiendo en un viejo, gordo, gotoso y amargado. Menos mal que María, mi nieta, se ocupó de vengar a su madre y les dio caña a esos ingleses, lástima que duró tan poco. Luego llegó la hija de la zorra de la Bolena y a fastidiarlo todo de nuevo. Si, esa misma a esa que la dieron mi nombre, ¡manda narices! La calva, a la que llamaban la Reina Virgen. Es que a ver quién tenía huevos para desvirgar aquello. Ya lo intentó mi bisnieto Felipe, pero que va, en cuanto vio la foto de su prometida salió huyendo, casi que le traía más cuenta enfrentarse al turco que a aquel engendro. Y anda que luego no fue la señora rencorosa ni nada, a mi pobre Felipillo se la tuvo jurada toda la vida, que si un pirata por aquí, un corsario por allá, enviados por ese engendro que Dios y el diablo confundan. ¡Ya hay que tener mala leche!

Mi Juana, de la que se comentó que se volvió loca de amor. Nada de nada eso fue un comadreo tonto que sacaron por ahí, la pobre ya me vino algo loca de nacimiento. Ya comentaba con Fernando: “Uy esta niña hace cosas muy raras Fer”. Bueno si la gente cree que enloqueció por amor, allá ellos, eso quizá la empeoró pero nada más. Volverse loca por ese Felipe que todos llamaban “El Hermoso” pero que era feo de cojones, no lo creo, ni lo creeré. Mi niña podía estar loca pero no era tonta. Ella prefirió hacerse la sueca y no apechugar con todas las preocupaciones que arrastraba su madre y bien que hizo, para eso Dios la concedió un hijo.

Mi Carlitos, un nieto me que llenó de orgullo y de babas, todo hay que decirlo; que por eso tuve a mis costureras cosiéndome baberos —no para el niño, para mí— que criatura tan perfecta, siempre defendiendo el catolicismo. Ni más ni menos que el muchacho se me hizo Emperador, un Imperio que no veía el sol. Mi chico, siempre al pié del cañón, dando lo suyo y lo del vecino, ora a los protestantes… ora al turco.

Y qué decir de mi bisnieto, su hijo, mi Felipe, que salvo el desliz de “La Calva” un error juvenil, sin duda. En parte le entiendo si es que ser rey de Inglaterra tenía su aquel. Fue digno hijo de su padre, tan serio, tan cabal… siempre en su sitio. Lástima que con lo de la descendencia no tuviese suerte. La Valois, la francesita a la que adoraba, sólo sabía parir niñas, y a la segunda se dio por vencida y se murió. Si es que ya no quedan mujeres como las de mis tiempos. Y al final tuvo que casarse con su sobrina Marianilla y menos mal que se la ocurrió tener un hijo varón.

Pero a mí, quien realmente me robó el corazón fue “El Bastardito” si Juanillo el de Austria, tan valiente, tan buen mozo. Que tardes más amenas y divertidas me hizo pasar. No veía la hora de subir a Nube-Himalaya, la más alta y desde donde se ven mejores vistas para aplaudir como loca al muchachito. Y ya lo de Lepanto fue el colmo de la alegría, zapapumba… por aquí… cañonazo por allá… Sólo puedo comparar aquellos momentos a cuando nos sentamos Fernando y yo a ver un partido Barça-Madrid, lógicamente Fernando está con el Barça, y yo castellana de pro, con el Madrid “manque pierda” y claro nos picamos de tal forma que al final terminamos casi, casi batiéndonos a espada. Y eso que tengo que confesar que el chico este… Guardiola, creo que se llama, me cae bastante bien. En mis tiempos hubiese sido un magnífico estratega como que si Gonzalo Fernández de Córdoba se hubiese dormido en los laureles le hubiese quitado el título de Gran Capitán.

Ahí se acabaron las alegrías de mi linaje, porque ¡válgame Dios! El resto de mi descendencia vaya panda, el resto de los Felipes a cada cual peor. Y que decir del último, del Carlitos el Hechizado, ¡ni hechizado ni leches! Que a mí jamás me la dio. Eso de que cada vez que tuviese que acostarse con su mujer empezase a lloriquear: ¡Que estoy muy malito! ¡Que me han hechizado! Cuentos a mí, siempre tuve la sospecha que a este niño le gustaron más las calzas que las sayas. O es cierto lo que dicen las comadres de los pueblos que los hijos entre primos salen tontos. O bien es una venganza del “Jefe” de cuando le tomé el pelo con lo de la falsificación de la bula de mi matrimonio.

Qué tiempos aquellos, que bien me lo pasaba con mi Torquemada, cuando venía a contarme chismes. Que si hemos pillado a fulanito —aún después de haberse bautizado— realizar ceremonias judías. Que si menganita es bruja y la hemos tenido que dar un hervor. Le echo de menos y por más que le he pedido a San Judas Tadeo, el patrón de los imposibles, que haga algo por traérmele al cielo me dice que no, que ese fraile no pisa El Cielo si no es por encima de su cadáver, que ahí calentito en el infierno está muy bien tomando de su propia medicina. Mira que es cabezota el Judas este, y eso que no es maño. Eso sí me hace mucha gracia cuando dice lo del cadáver, me dan unas ganas de decirle: “Judas machote, pues tú de cadáver ya poco que yo creo que a ti no te quedan ni las cenizas”.

Tengo que desmentir una cosa también, sé que ha habido muchas lenguas viperinas por ahí que llegaron a decir que estaba liada con Colón, que eso de dar mis joyas a un desconocido no venía a cuento. ¡A ver! ¡Que no! ¡Como yo, toda una reina, me iba a enamorar del primer pordiosero que llamase a mi puerta! La realidad es que a mí me pilló en una época bastante cabreada. Yo ya tenía mis dudas, los amiguitos judíos de mi marido —jamás me la pegó, yo ya sabía que tenía buen rollito con ellos— le prestaban los dineros con sólo abrir su boquita de piñón. Sin embargo a mí me escatimaban y me pedían unos intereses que casi me dejaron en pelota picada. Por eso decidí expulsarles, a mi realmente que creyesen lo que creyesen me traía al fresco. Pero eso de la usura y más a mí ¡ni de coña!  Con una reina no se juega. Además de eso, mi señor marido se gastaba el oro en batallar ahí en Nápoles, por un trocito de tierra de “na”.

Y entonces llegó el Colón este, con esa cara de pena y de no haber roto un plato. Me prometió hacerme reina de otro mundo y claro a mí se me subió la corona a la cabeza, y pensé a ver quién ganaba más, si Fernando o yo. Así que me dio un aire y allí mismo le saqué el cofre con mis joyas. Eso sí, advertido quedó, ya le dije: “Ahí tienes mis joyas, pero ojo con no devolverme con creces su valor que te vuelvo eunuco de un solo tajo”.  Yo no sé si sería la amenaza, o que en el fondo era tan ambicioso como yo, pero el hombre cumplió.

Definitivamente 1492 fue mi año, conquistaron Las Américas para mi solita, y al final conseguí echar definitivamente a los moros. Que no es que los chicos me molestasen, que no; sólo que no encajaban en mis planes. Yo quería hacer una España, grande y libre: o sea, a mi imagen y semejanza, vamos para mí. A santo de qué tenía que compartirla con esos que vinieron aquí sin que nadie les llamase, invitados los justos. Si en el fondo Boabdil me dio hasta “penica” -psss lo siento, es que tantos años con un maño es lo que tiene que a una se le pega acento- Como lloraba el pobre cuando se marchó, y ahí su madre con la cantinela de: “Llora como mujer lo que no has sabido defender como hombre”. Ya hay que tener mala baba, pobre chaval. Ya sé que a mí las malas lenguas me llaman arpía, pero anda que la sarracena se quedaba atrás ¡vaya pedazo de bruja la Aixa!


No, no me puedo quejar de mi vida terrenal. Hice siempre lo que me salió de la punta del mantón. Tuve un marido complaciente que siempre se plegó a mis deseos. Porque aquí en confianza, eso del “Tanto monta, monta tanto”, en realidad la que montaba era yo, a caballo se entiende. A Fernando se le daba mejor montar otro tipo de yeguas, ¡qué hombre, por Dios! Si me tenía media España llenita de bastardos, y porque no le dejé irse a Las Américas que si no, a saber la que hubiese liado con esos calores tropicales.

¡Vamos! que la que estaba siempre en todos los fregados era yo, que al maño le tenía que estar dando constantemente codazos y empujones para que echase “pa delante”. Pero pobre ya me lloró cuando morí; poco, todo hay que decirlo, tengo la sospecha que le dejé bastante a gusto. Es que hasta en eso le tuve que tomar la delantera, aunque tampoco por mucho tiempo, que al poco ya le tenía por las nubes llamándome: “Isabelica, que ya estoy aquí. Mira moza, que me volví a casar, pero nada… ni te inmutes que ya me pilló viejo y chocho”. Ya ves el pobre poniéndome excusas hasta en los mismísimos Cielos. Bastantes cuernos tuve viva, como para que me importasen ya después de muerta.

Pues ¡EA! Ya he terminado, y ahora ¿qué hago con tanto papel? Se lo voy a dar a Santa Cecilia, por eso de que es patrona de las artes, lo mismo en un descuido se lo deja en la mesa a algún productor de Hollywood y hacen una película de mi vida. Alguna han hecho ya, pero los guiones no me terminan de convencer, si es que lo que no haga una misma. Tampoco me gustaban las actrices, a mí lo que me molaría es que me interpretase Angelina Jolie, y de Fernando tengo en mente a Brad Pitt, ya sé que es rubio, pero le dan un tinte en el pelo y solucionado. Con lo que saben ahora de afeites y esas cosas. Ahí las mujeres quitándose y poniéndose tetas más veces de las que yo me cambié de camisa. También quiero efectos especiales que de esos los de la Warner y Cía saben lo suyo, quiero lucir en mis manos una espada laser de esas como la de Luke Skywalker. Que listicos nos salieron en las nuevas tierras, si ya le decía yo a Colón: “Tira “pa” el norte Colón, tira “pa arriba” que esos tienen pinta de comerse el mundo”. Pero él nada, ni caso, claro estaba mejor haciendo el vago y retozando en las playas caribeñas.

Ya habrán abierto Nube-Dioggggg, voy a ver si pillo a Santa Rita, la de “lo que no se da no se quita” me tiene que retirar la promesa, porque tengo que quitar un regalo de forma urgente. El otro día la panoli de la Valoise me vino con el cuento: “venga yaya, dame un trozo de tu camisa, de esa que jamás te quitaste en vida. Me haría mucha ilusión hacerme un relicario, te admiro tanto abuelita”. ¡Ni abuelita ni porras! La muy pendón lo que quería era vendérselo por 100 sanmateos —esa es la moneda oficial de aquí, teniendo a Mateo que fue recaudador, para que buscar nombres estúpidos a los dineros— a la insoportable de la María Antonieta. Y ya aprovecho para hacer otra aclaración, tengo fama de gorrina y de no que no me gustaba el lavoteo. Otra mentira sin sentido, yo era muy limpia que conste, lo que pasa es que no me lavaba por motivos de salud. ¡Que me digan ahora esas valientes que se pasan el día entre jabones, si hubiesen sido capaces de lavarse con el agua gélida del pozo! ¡Es que ahora con agua calentita todo es muy fácil, joder! Yo debía cumplir con mi alto destino y no era cuestión de morir de pulmonía antes de tiempo.

Que no se me olvide que después de arreglar lo de la Valois tengo que ir a Nube-Las Vegas, es que ahora encuentras allí a San Pedro más fácilmente que en la puerta, así nos entra lo que nos entra, sí está más pendiente de los órdagos que de las llaves. Pero me debe un favor y se lo voy a cobrar que ya es hora. A ver si intercede con el “Jefe“, con eso de que es su mano derecha, y El Señor a su vez se comunica por línea directa con el Embajador de ahí abajo. Mira que son pijoteros ahora los del Trono de San Pedro que sólo hacen caso si es el Jefe “in person” quien les llama. Ya estoy muy cansada de ser “La Católica” quiero ser santa ya, ¡hombre! que aquí solo los santos tienen permiso para pasearse por la Tierra cuando les viene en gana, y yo quiero bajar ahí que me tienen todo patas arriba. Hace falta una mano firme que ponga todo en su sitio ¡contra! Aquí se vive bien pero es todo tan aburrido. ¡Vamos que el día que me canonicen nadie me va a parar!

FIN


domingo, 3 de abril de 2011

VESTIDO DE GRIS




Cuando el cielo se viste de gris.

Tormenta acechando el alma,
sueños pasados en un tris
de ondulante tristeza.

Pensamientos que sacuden,
torturando las entrañas.
Vómitos de nostalgias,
que en tiempos mejores se eluden.

Capa plomiza… uniforme
que cual enredadera trepa al corazón,
mutando lo que toca en desazón
envuelta en papel infame.

Con la esperanza tendida
a ese céfiro entrañable,
que arrase sin medida
ese cruel camuflaje.

De cara al viento, tendido
con los brazos en cruz.

Rogando por un resquicio,
pidiendo al cielo clemencia.

Clamando por esa luz,
que haga retornar el azul.


FIN




jueves, 31 de marzo de 2011

EL DRAGÓN DE PLATA (final)



- Te voy a contar una historia. Todo lo que dicen aquí sobre mí son bobadas, lo que te voy a relatar es la única verdad. Yo soy china, allí nací y allí me crié. Desciendo de un antiguo linaje real, de hecho, ese anillo es el símbolo de nuestra familia, una joya que ha ido pasando de generación en generación únicamente por línea femenina.

La explicación está en un cuento legendario de mi país. -continuó la señora Lee. -Hace algunos siglos, cuando los mongoles invadieron China, un genio se apareció a una princesa. Este ser maravilloso -que ahora como tantos otros seres de la antigüedad han pasado a ser simples protagonistas de cuentos infantiles- apiadado de ella, bajó a la Tierra y regaló esta sortija a la joven que lloraba amargamente arrodillada en la vereda de un río, mientras contemplaba impotente como su pueblo era aniquilado por los agresores extranjeros. Según la misma leyenda, la princesa -gracias a la sortija- consiguió alertar a sus ejércitos que se encontraban al otro extremo de la región, salvando así su país de las garras de las hordas del sanguinario Atila -que a la cabeza de sus guerreros hunos- arrasó gran parte del mundo conocido hasta ese momento, incluida gran parte de Europa.


Desde entonces, -finalizó la anciana su relato- de una manera u otra, este pequeño pedazo de plata siempre ha protegido a su portadora.

- Pero señora Lee, este anillo le pertenece a usted, yo no puedo tenerlo. Sería mejor que se lo regalase a una hija, o una sobrina, si este precioso objeto tiene esa historia no es justo que lo posea yo, una desconocida -musitó Mila haciendo ademán de quitarse la sortija.

- No, muchacha, no tengo a nadie en este mundo, no tuve hermanas, y tampoco hijas. Jamás me casé, mi vida fue demasiado accidentada y a pesar de mis muchos años, aunque parezca increíble no tuve tiempo para formar una familia. Prométeme que siempre tendrás el anillo en tu poder, y que lo traspasarás a tu hija si llegas a tenerla algún día. Sé que ahora piensas que soy una vieja loca, que cree en la magia y en poderes que se escapan a la razón pero, te aseguro que, independientemente de que la historia que te he contado sea real o fruto de la imaginación, esta sortija me ha salvado en más de una ocasión.

Mila aún tardó un par de horas de salir de su trabajo. Las cosas se complicaron, y el cruel destino hizo que aquellas fueran las últimas palabras que pronunció la anciana. A los pocos minutos de relatar su historia, Kumiko Lee, nacida en China, de nacionalidad inglesa… pero ciudadana del mundo dejó de existir a la muy respetable edad de ciento siete años.

Tras las primeras atenciones y papeleo, una llorosa y agotada Mila salía cabizbaja de la residencia. Iba tan distraída y sumida en la tristeza que no se dio cuenta de que cruzaba la carretera. Tampoco percibió que un coche había frenado a pocos centímetros de su cuerpo. El conductor saltó del coche con la cara pálida, preguntándola si se encontraba bien.

Sólo en ese momento, al escuchar la voz agitada del hombre, Mila fue consciente de que acaba de salvarse de un trágico accidente que pudo costarle la vida. Pero no se dio cuenta de lo más sorprendente, un fino haz de luz había salido de su sortija, dibujando la silueta de un dragón plateado sobre el cielo de Madrid, la misma silueta brillante que había sorprendido al conductor y le hizo frenar a tiempo evitando el choque con el cuerpo de aquella muchacha que, envuelta en un abrigo oscuro, se fundía con la negra noche.

FIN