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lunes, 22 de diciembre de 2014

LA ALDEA DE LOS NIÑOS



El viajero levantó un pie lentamente y dio el siguiente paso de forma vacilante. Llevaba caminando muchos días, había perdido la cuenta de cuando fue la última vez que le habían dado cobijo en una caravana. Hacía semanas que en su camino no se cruzaba con nadie, ni viajeros, ni comerciantes, ni una sola alma era capaz de vagar por aquellos bosques de árboles enormes y tupidos.

En su largo camino, emprendido hacía algunos años, era la primera vez que Nicolás se encontraba en un lugar tan inhóspito y deshabitado. Si no fuera por el agotamiento que le minaba su musculoso y, aun fuerte cuerpo, no se sentiría tan agobiado; al fin y al cabo, eso era lo que siempre había querido. Siendo niño había escuchado en la plaza de su aldea a un monje que parecía hipnotizar contando historias sagradas. Desde entonces su meta fue caminar y visitar lugares lejanos llevando las palabras de aquel ser humano y divino que dio su vida por amor al prójimo, tal y como narraba aquel predicador de quien ya había olvidado hasta el nombre, pero no sus ojos penetrantes que parecían arrojar ascuas cuando relataba alguno de los muchos episodios en los que había participado Jesús. Ese mensaje de esperanza, de generosidad, de amor y de caridad debía llegar a todos los rincones del mundo por inaccesibles que estuvieran.

Nicolás nunca se había sentido así, notaba que las fuerzas le abandonaban por momentos y el sudor empapaba su cuerpo a pesar que un viento frío y cortante penetraba por sus agujereadas y pasadas ropas. Un pie tras otro, paso a paso. Solo su férrea voluntad le guiaba, cada yarda recorrida le costaba la vida.

Decidió parar un momento y sentarse para comer el último mendrugo de pan y el trozo de queso seco que le quedaba. No tenía duda que parte de su malestar era debido a la falta de alimento. Si no encontraba pronto alguna aldea para abastecerse, moriría de inanición.

Comenzó a comer con avidez, pero notaba que apenas tenía fuerzas para masticar los duros alimentos. El sudor se le congeló en el cuerpo y comenzó a tiritar con violencia. La manta que se envolvió, de puro raída y vieja, era insuficiente para mitigar su frío; era mejor que siguiese caminando. Cuando trató de levantarse sus piernas no le respondieron, sus oídos comenzaron a zumbar y los ojos se le nublaron. Su último recuerdo fue ver como la tierra se le acercaba a gran velocidad. El cuerpo de Nicolás cayó al suelo desvanecido.

Lo que no había percibido el hombre es que tras unos cercanos matorrales unos ojos curiosos le habían estado vigilando. El pesado cuerpo de Nicolás cayó y dos niños abandonaron su escondite y se acercaron, al principio con miedo y sigilo. Cuando comprobaron que no se movía, los dos pequeños salieron corriendo para alertar al resto de los habitantes de una aldea cercana.

Cuando comenzó a sentir ruidos no era consciente de donde estaba ni de cuanto tiempo había estado sin conocimiento. Lentamente abrió los ojos y vio con sorpresa que un grupo de niños le rodeaban. Unos, los más mayores, le miraban con recelo; sus ojos un poco rasgados reflejaban una honda tristeza. Otros, los medianos, le observaban con cierta curiosidad y en sus ojos aún quedaba un poso de cierta alegría infantil. Los más pequeños le sonreían abiertamente e intentaban tocarle la cara, mientras los mayores se lo impedían. Nicolás, a pesar de notar cierta mejoría y un calor muy agradable, aún se sentía muy débil y pronto se volvió a sumir en un sueño agradable.

Aún pasaron varios días hasta que los estados de consciencia superaron al sopor de la enfermedad. Durante ese tiempo vio como aquellos niños le atendían en todas sus necesidades. Le daban la comida, la bebida, atendían el fuego de aquella extraña vivienda circular donde le habían alojado, cuyas paredes eran de pieles de animales. Nunca le dejaban solo, incluso cuando subía la fiebre le ponían trapos humedecidos en agua helada para evitar que siguiera subiendo. Además, cada cierto tiempo le hacían tomar un brebaje infernal de un sabor amargo como la hiel, pero que no dudaba que había contribuido a su curación.

Según iba recuperando la salud iba siendo consciente de más cosas. En aquel lugar no había ni un solo adulto, sus únicos habitantes eran niños, de distintas edades, pero solo niños. Menores que rondaban entre los dieciséis y los cuatro años. Poco a poco Nicolás fue saliendo a dar paseos por la aldea comprobando que aquellos niños sobrevivían solos. Los mayores salían a buscar los alimentos, recolectaban y cuidaban de sus huertos y sus animales, perros y una especie extraña de ciervos con una abundante cornamenta, todo esto a la vez que cuidaban de los más pequeños.

El hombre intentó hablar con ellos en las distintas lenguas que conocía debido a sus viajes, pero era inútil. El lenguaje de aquellos niños era totalmente incomprensible y ellos tampoco le entendían; la única forma de comunicarse era a través de los signos.

Nicolás pronto comprendió que la vivienda que ocupaba era de uno de ellos. Un niño callado de unos diez años que le seguía a todas partes, que él creyó entender que se llamaba Onni. Este niño tenía un don especial para el dibujo y así fue como Nicolás se enteró de lo que les había pasado. Los dibujos que realizaba Onni en la tierra húmeda le contaron la historia de aquellos pequeños.

Hacía aproximadamente unos dos inviernos una maligna enfermedad había provocado una brutal mortandad. Todos los adultos habían muerto directamente por aquel mal o debido a las secuelas que dejó. Muchos niños habían muerto también;  de hecho, Onni a parte de a sus padres, también perdió a sus dos hermanos mayores y a su hermana pequeña. Todos los que habían superado el mal y el contagio, sobre todo los de más edad, habían tenido que aprender a sobrevivir y a cuidar del resto. Todos se ayudaban mutuamente de la forma que podían y sabían. Al fin y al cabo todos habían perdido a sus seres más queridos y se habían convertido en una gran familia de huérfanos.

Nicolás, quien comenzó a olvidar su nombre, ya que los niños eran incapaces de pronunciarlo y le llamaban Claus, vio que el invierno se les echaría encima de un momento a otro. Él era originario del noreste de Francia, una región que no se prodigaba por sus temperaturas cálidas, por eso el frío no le asustaba. Pero lo que le hacía sospechar que en aquellas tierras remotas el clima sería más brutal era la gruesa piel de aquellos ciervos y el largo y espeso pelaje de los perros. Lo que no podía ni imaginar es que iba a vivir el largo y mágico invierno del Círculo Polar Ártico.

Nicolás, o como le llamaban los pequeños, Claus, comenzó a diseñar otro tipo de viviendas, cabañas de sólidos troncos de árboles con chimeneas grandes que esparciesen el calor por toda la estancia. Construyeron un almacén grande donde hicieron acopio de una gran cantidad de leña para mantenerla seca. Y así Claus vivió su primer invierno boreal, rodeado del cariño de aquellos niños que sin conocerle, le habían dado todo lo que tenían y le habían salvado la vida.

Se acercaba el día de Navidad, el día del nacimiento de Jesucristo. En sus muchos viajes se había tropezado con gentes de todo tipo, buenas, malas y regulares, pero solo en aquel lugar recóndito había encontrado la verdadera esencia de las palabras del hijo de Dios. Aquellos niños que nunca habían escuchado las oraciones divinas, le habían enseñado más que cualquier predicador. Ellos mejor que nadie sabían lo que era la caridad y el amor al prójimo, y se lo demostraban cada día, con sus actos, sin necesidad de que fuera un día concreto del año.

Claus era muy hábil trabajando la madera y aquella noche la pasó en vela fabricando pequeños juguetes. Su imaginación iba por delante de su tiempo y hacía pequeñas miniaturas de objetos que aún estaban por inventar.

A la mañana siguiente cada niño tenía un pequeño juguete junto a su cabeza. La alegría desbordó la aldea. Los pequeños habían recibido un regalo inesperado, algo a lo que no estaban acostumbrados.

Claus se hizo una promesa. Sus días de predicador habían terminado, jamás abandonaría a esos pequeños. Esos niños volverían a escuchar historias, volverían a tener alguien que les arropara por la noche, les curase cuando estuvieran enfermos y nunca les faltaría un regalo en Navidad. En definitiva, volverían a recuperar esa infancia que el cruel destino les había arrebatado.

***********

Mi padre y yo estábamos en la biblioteca de la gran casa de madera de mis abuelos paternos. Era Nochebuena y la tradición familiar era muy estricta. Las dos familias, tanto la de mi padre como la de mi madre nos reuníamos en aquella fiesta, cenábamos todos juntos y a la mañana siguiente se abrían los regalos. Nosotros habíamos llegado los primeros y mientras mamá preparaba a mis hermanas pequeñas y las abuelas daban los últimos toques a la cena, los abuelos terminaban de adornar el enorme salón. Eran ellos los encargados de decorarlo y teníamos totalmente prohibido pasar hasta que no llegase el último de mis tíos, por eso papá y yo esperábamos impacientes en la biblioteca. Cada año la decoración cambiaba, y cada año la destreza de los abuelos nos sorprendía más.



Mientras papá fingía leer un libro yo contemplaba una figura que reposaba en la repisa de la chimenea. Era una curiosa figurita de madera que se asemejaba a un tren, un poco rudimentario. No era la primera vez que contemplaba aquella figura, pero nunca me llamó la atención.

— Papá, ¿qué es esa figura?

— Pues no sé qué decirte solo sé que pertenece a nuestra familia desde hace siglos. El abuelo me contó que se decía que estos juguetes los había tallado Santa Claus como un regalo especial a los niños de esta ciudad que entonces era una aldea. Ellos eran huérfanos, le habían salvado la vida y como agradecimiento Santa les ayudó a mejorar la aldea y nunca les abandonó. 

— ¿Entonces los abuelos viven en la aldea de Santa Claus?

— Según cuentan las viejas leyendas así es. Y aquí nacimos todos, tu madre, tus tíos, tus primos, también tú y tus hermanas. Lástima que la vida actual nos obligue a vivir en Helsinki por el trabajo. Espero que cuando tu madre y yo tengamos la misma edad que los abuelos podamos vivir aquí y, como hacen ellos ahora, esperaros cada Navidad.

Los oídos del niño se taponaron de forma extraña y repentina. No pudo escuchar la campanilla de la puerta, ni los gritos de alegría de los abuelos ni de sus hermanas mientras saludaban alegremente a unos tíos que acababan de llegar. Lo que si escuchó con toda claridad fue una voz fuerte y alegre que le decía:

“Jo, jo, jo ¡Bienvenido a casa, Onni. Que pases una feliz Navidad, jo,jo,jo!"       

A medida que la voz se alejaba, Onni comenzó a recuperar la audición normal.

— ¡Onni! ¡Onni! ¿Te encuentras bien?

— Papá, ¿has escuchado lo mismo que yo?

— No, pero ya lo escuché hace muchos años, la misma noche que el abuelo me contó la historia de la aldea de los niños. Santa Claus siempre cumple su promesa, y nunca nos volvió a abandonar. 

FIN







jueves, 8 de diciembre de 2011

LA PRINCESA MÁS DESEADA




La reina suspiraba mientras paseaba inquieta por su recámara, arriba… abajo… abajo… arriba y vuelta a empezar; sólo interrumpía su frenético paseo para sacar su pañuelito de seda y blonda y enjugarse alguna lágrima rebelde. Sus damas mariposeaban agitadas a su alrededor. Era inquietante ver a su señora en ese estado, mes tras mes.

— ¿Una infusión de valeriana, majestad? —preguntaba una.

— Mejor vamos a darle el tónico que le recetó el doctor hace un par de años, eso calmará sus nervios y tiene un sabor delicioso. Vamos doña Elisenda, vos que sois la más joven y ágil, id presta a buscarlo —dijo la dama de más edad tratando de poner una nota de cordura entre el resto de las señoras que, cual aves espantadas por el disparo lejano de algún cazador, revoloteaban alrededor de su señora amenazando con igualar, e incluso superar, el estado de nerviosismo de la reina.

— Voy presurosa doña Petronila; el rey estará a punto de visitar a su esposa y no puede verla en este estado. ¡Señor, señor! Otro fracaso.

Cuando el monarca apareció en los aposentos de su esposa, la reina ya estaba más calmada, aunque aún persistían los suspiros y el pañuelito blanco seguía oprimido en sus manos.

— Otro desengaño mi señor esposo, otra vez me veo en la cruel tesitura de informaros de que aún no vais a ser padre. —El tono de la soberana era pausado; Leonor sabía que, una reina, debía ocultar sus sentimientos y conservar siempre la compostura y la dignidad de su cargo, los arrebatos estaban fuera de lugar. Desde su decimotercero cumpleaños, Leonor había sido educada para ello soportando, desde entonces, un férreo control protocolario. Hacía muchos años que la muchachita que corría libre por los bosques que circundaban el castillo de sus padres, había dejado de ser un gorrión silvestre para convertirse en una hermosa paloma que, en ninguna ocasión, dejaba traslucir sus sentimientos en público. Sólo sus damas eran mudos testigos de su parte más vulnerable.

Y no era de extrañar que la reina estallase en desesperación cada mes cuando comprobaba que el ansiado embarazo no se producía. Los años pasaban irremediablemente y el ansiado heredero no llegaba. El rey había mandado llamar a los mejores médicos del reino e incluso a los más afamados del extranjero, pero ninguno supo darles una solución; según las pruebas, ambos monarcas estaban sanos y no había ningún motivo físico que les impidiese la procreación.

Los monarcas cada día se sumían más en la aflicción y, lo peor, era que su pequeño reino también languidecía con ellos. Incluso llegó el momento en que la reina no pudo soportar ver niños a su alrededor; aquello le producía un dolor intenso en el alma, a la vez que la envidia más insana le corroía las entrañas.

No había padres en todo el reino, ya fuesen servidores del castillo, burgueses, artesanos o campesinos que no ocultasen, a la vista de la reina, sus pequeños. Esto, sobre todo, para los que vivían en el castillo y en sus alrededores más próximos, se convertía en una labor agotadora y estresante, ya que tenían que mantener a los niños en sus aposentos o en sus casas fuera de la vista de la soberana. Sabían que si alguno de sus pequeños se cruzaba con ella o eran escuchados haciendo el más mínimo ruido, el castigo real se cebaría con ellos. Algunas familias ya habían sido expulsadas de allí viéndose obligados a abandonar sus negocios y sus tierras por este motivo tan simple. Hacía muchos años que en el reino de Nomeolvides no se escuchaban juegos ni risas infantiles.

Era una paradoja que en un lugar tan hermoso como aquel, con tierras fértiles,  negocios prósperos y ausencia de guerras y otras catástrofes; tanto los monarcas, como sus súbditos fueran tan infelices.

Sobre todo las madres que veían como sus hermosos retoños se marchitaban  ante la falta de alegría y actividad. Todas, sin excepción de clases, cada mañana elevaban sus plegarias al cielo para que el esperado milagro llegase.

Una mañana fría y gris de diciembre, cuando ya la Navidad —curiosamente, la época más triste en Nomeolvides— comenzaba a aproximarse; un extraño viajero llamó a las puertas del castillo pidiendo audiencia con los soberanos. Decía que él tenía la solución a su problema.

Los reyes no se hicieron de rogar cuando sus servidores les contaron la buena nueva. El tipo era extravagante, era cierto, y tenía todas las pintas de ser un charlatán, pero tampoco perderían nada por escucharle, les animaban sus sirvientes ante aquel destello de esperanza.

Recibieron al viajero en el salón de audiencias y los monarcas no pudieron evitar dar un respingo cuando le tuvieron frente a ellos, las trazas no podían ser más pintorescas. El hombre parecía tener una edad indeterminada, llevaba el rostro rasurado, sus ojos despedían un potente fulgor, lo que hacía muy difícil mantener la vista en su cara y, por lo tanto, nadie era capaz de dar una descripción precisa de sus rasgos; pero lo más llamativo eran sus cabellos de un color oro poco visto y, sobre todo, su extravagante vestimenta que se componía de una larga túnica de seda y color amarillo dorado, tan brillante, que parecía que de su cuerpo emanaba luz.

Con una voz cálida y agradable, en tono pausado, el extraño les contó el motivo de su visita; su nombre era Taiyō y venía de un lejano país del este, dijo ser científico y astrónomo y, dado su conocimiento sobre astros y su posición en el firmamento, afirmaba tener la solución a su problema.

— Majestades, os prometo que en una semana pondré en vuestros brazos el heredero que lleváis tantos años deseando. Será una niña, pero haremos un pacto donde os pondré unos requisitos, no os asustéis, serán sólo dos sencillas condiciones muy fáciles de cumplir y que creo no os incomodarán. La primera será que me preparéis un alojamiento en el castillo, estaré aquí el tiempo que crea conveniente, creo que os seré muy necesario para contribuir a la educación de la princesa. La segunda, y más importante, es que recordéis que esta niña es un regalo pero no una posesión, no olvidéis que no os pertenece totalmente; no intentéis hacer de ella una copia de vuestra imagen porque no lo es, respetad siempre su forma de ser y, sobre todo, tratad de que sea feliz. Si no lo hacéis así tendréis que ateneros a las consecuencias.

Y Taiyō cumplió su palabra, a la semana exacta volvió a aparecer en el castillo con una preciosa niña recién nacida en los brazos. Los soberanos vieron colmada su felicidad, y el resto del reino respiró tranquilo. La alegría volvió al pequeño reino de Nomeolvides.

Los años fueron pasando y los reyes veían crecer a su niña con satisfacción. La pequeña Lucilla creció entre algodones, sus deseos eran órdenes para sus padres, que prestos le concedían sus menores deseos. Tenía que ser la criatura más feliz en toda la faz de la Tierra. Pero el amor desmedido trajo también el miedo, los soberanos temían perder a su hija y sólo veían peligros a su alrededor, así que la pequeña princesa crecía en un ambiente sobreprotegido, donde cualquier cosa que se saliese de lo habitual era considerado peligroso.

Lucilla tenía vigilancia las veinticuatro horas del día, incluso durante el sueño. Siempre bajo la atenta mirada de su madre y del resto de las damas. La niña no podía correr por los jardines, no podía acercarse a ningún animal, por supuesto los deportes  —incluida la equitación, aunque amaba a los caballos— le estaban vedados, en invierno no podía salir de sus habitaciones a riesgo de que una mala corriente no le hiciera enfermar y nada de jugar con otros niños.

— No, querida, no podría soportar que en uno de esos juegos te lastimases. Además, eres la princesa y futura heredera al trono, tu estatus está muy por encima al del resto de los mortales, sería un contrasentido que te mezclases con los hijos de burgueses y los artesanos; y ni que decir tiene que mucho menos con los de los sirvientes y campesinos —le explicaba su madre.

La niña crecía rodeada de cariño y mimos, pero careciendo de diversión y emociones. Los días pasaban lentos y la princesita se aburría entre los muros de piedra de su hogar. Sólo disfrutaba durante las clases que le impartía su amigo el astrónomo.

El hombre como había prometido, se había instalado en una de las habitaciones de la torre, si bien en un principio había sido una presencia molesta e incómoda para todos, ya que los supersticiosos comenzaron a correr la voz de que en realidad era un brujo poderoso, con el paso del tiempo se convirtió en una sombra ignorada; sólo la pequeña Lucilla le prestaba atención. Era la única persona de todo el castillo que entendía a ese ser extraño y en ocasiones huidizo.

A la niña le encantaba subir al torreón y le fascinaban los accesorios del astrónomo, sobre todo le encantaba observar el cielo con el enorme telescopio, que le acercaba una inmensidad oscura, pero plagada de luces luminosas.

— Aquel punto brillante es Orión, y ¿ves ese grupo de estrellas que parecen formar un carro? Esa es la Osa Mayor; y ese otro que imita la silueta de dos formas humanas unidas es Géminis. Mira ese punto luminoso y más grande es el planeta Venus… y lo más importante y quiero que esto lo recuerdes siempre pequeña; ese círculo grande que adquiere varios colores, que tan pronto es blanca como plateada, como toma un tono rojizo y aparece y desaparece en el firmamento es la Luna, cuando te invada la tristeza acude a ella, contempla su belleza y la serenidad volverá  —le comentaba Taiyõ.

Poco a poco la niña ampliaba sus conocimientos sobre el cosmos, el cielo se iba convirtiendo en su segundo hogar, llegando a sentir una extraña atracción por el firmamento y sus múltiples ocupantes. Hasta tal punto llegó su fascinación por estos temas, que la niña pasaba mucho más tiempo con él que con sus padres, de los que cada vez se alejaba más. Los monarcas, siempre atentos y vigilantes hacia las reacciones de su pequeña, sintieron temor. Aquel hombre estaba influyendo en su hija de forma negativa, no era posible que esa criatura se sintiese más atraída por el cielo que por todo lo que le rodeaba, así que sin ningún reparo, sin pararse a pensar que el astrónomo fue el artífice del mayor de sus deseos, le expulsaron del reino.

De nada sirvieron las lágrimas de Lucilla, era la primera vez que los soberanos le negaban un capricho a su hija; no, en aquella ocasión era justificado, no podían consentir de ninguna manera que aquel hombre les arrebatase el cariño de la niña. Lucilla era su hija, era su posesión y su más preciado tesoro.

Todos pensaron que con el tiempo la princesa se repondría de su disgusto, las lágrimas fueron cesando, y los reyes se fueron tranquilizando; sin ninguna duda expulsar al maldito científico, astrónomo o brujo; como decían muchos, había sido lo más acertado. Pero lo que pasaron por alto fue que los ojos de Lucilla no volvieron a brillar, y su rostro ya no mostraba la luz de quienes alimentan una ilusión.

La pequeña se fue volviendo taciturna y buscaba la soledad. Un día asfixiada por aquel ambiente enrarecido y cargante que le rodeaba consiguió escaparse. Su primera intención fue subir a la torre, quizá con un poco de suerte Taiyō no se hubiese llevado su telescopio y podría contemplar de nuevo el cielo de cerca. La niña se sentía cada día más unida a aquel mundo que sus padres le habían negado. Pero su sorpresa no tuvo límites cuando vio que la puerta de acceso al torreón estaba cegada por un muro de piedra.

La princesita salió corriendo de allí y sin ser vista, aprovechando la silenciosa noche, escapó del castillo. Cuando el dolor, debido a la carrera aprisionó su pecho y no pudo dar un paso más. Cuando su respiración jadeante por el esfuerzo y por el llanto le impidió seguir alejándose, Lucilla se dejó caer en el suelo. Poco a poco se fue calmando y vio que estaba sentada junto a una charca grande; y allí, justo en el centro del agua oscura vio el reflejo familiar de la Luna: “Cuando te invada la tristeza acude a ella, contempla su belleza y la serenidad volverá”. Recordando las palabras de Taiyō, la niña comenzó a animarse. Ciertamente la imagen de aquel astro, que aquella noche lucía más brillante que nunca, le dio paz e hizo que una leve sonrisa aflorase a sus labios mientras volvía a escuchar la voz del astrónomo.

— No tengas miedo Lucilla, salta, atrévete, no te pasará nada. Un pequeño paso y estarás junto a ella; ese ser que tanto añoras te está esperando, con los brazos abiertos, para darte la bienvenida a tu verdadero hogar. Vamos, pequeña, tu verdadera madre te espera ansiosa y yo estaré al otro lado para guiarte en tu camino.

La pequeña princesa cerró los ojos y saltó sin miedo en pos de la voz amiga.

Aquella misma noche, ambos soberanos se despertaron cubiertos de sudor en sus lechos de suaves y mullidos colchones de pluma de gansos. Los dos habían tenido la misma pesadilla, un iracundo Taiyō les increpaba en sueños.

— Habéis olvidado vuestra promesa y vuestro contrato, cuando puse ese pedazo de cielo en vuestras manos, os hice prometer que esa criatura que os regalaba tendría que ser la más feliz de todo el mundo. No supisteis cumplir vuestra promesa; confundisteis felicidad con posesiones materiales y, peor aún, optasteis por la peor forma de garantizar seguridad, disminuyendo su libertad. No recordasteis que esa niña no era vuestra, era el regalo; el regalo de unos soberanos celestiales a otros terrenales. Me apiadé y me compadecí  de vuestra desgracia y, sobre todo, de la de vuestros vasallos, que día tras día elevaban sus rostros colmados de inquietud, y muchas veces de lágrimas, suplicando que alguien obrase el milagro de daros hijos, ya que sólo así ellos podrían gozar de los suyos. Fui un ingenuo al confiar en vosotros, míseros y ruines mortales, y no hacer caso a mi esposa Tsuki cuando ella llorando me pedía que por favor no la robase a una de sus hijas. Jamás tendría que haber convertido en humana a una de mis pequeñas estrellas. Ciertamente la mezcla celeste y humana no da buen resultado. Pero por fin todo está solucionado, la pequeña Lucilla —que ahora adoptará su nombre verdadero, Hoshi— está donde siempre debió estar, junto a su madre y al resto de sus hermanas y hermanos. Y yo, como su padre que soy, para premiar todos sus sinsabores en la Tierra, la he dotado de un fulgor especial. A partir de ahora cuando miréis al cielo y veáis el lucero más brillante del firmamento rutilar en las alturas, pensad que es la pequeña Lucilla que os hace guiños desde su auténtico hogar.

A la mañana siguiente unos pastores que guardaban sus rebaños al pie de una colina se asombraron cuando, arriba, en la cima, vieron las figuras de un hombre extraño vestido con una túnica dorada que lanzaba destellos, le acompañaba, tomando su mano, una preciosa niña. El hombre dio un golpe en el suelo con su cayado y a continuación un rayo de sol se descolgó de las alturas sirviendo a ambos —padre e hija— de escalera para su ascensión al cielo. Lo que no pudieron ver los pastores fue la transformación de Lucilla, que de niña pasó a convertirse en una hermosa estrella que abrazaba a su madre, la Luna, mientras decía a su padre, el Sol.



— Papá, gracias por traerme de nuevo a casa.


FIN

domingo, 30 de octubre de 2011

LA NOCHE DE LA CALABAZA


Jamás olvidaré la noche de aquel 31 de octubre de 1874. Íbamos camino de Dublín. Hacía cinco meses que nuestro padre había abandonado la aldea. La plaga en la cosecha de la patata de aquel año, nos había sumido en lo más parecido a la pobreza. Por fin, después de un tiempo llamando a todas las puertas, había conseguido un trabajo en la capital. Aquello le permitió ahorrar lo suficiente para buscar un alojamiento sencillo pero digno y nos mandó llamar. Vendimos nuestra vieja casa, las pocas tierras que poseíamos, los muebles grandes que no podíamos llevar con nosotros por el tamaño y con el dinero obtenido, no mucho —la situación era difícil para todos—, con nuestro carro casi vacío de enseres, pero lleno de ilusión por el reencuentro tan esperado; emprendimos nuestro viaje.

En la primera etapa de nuestro itinerario, no pretendíamos hacer muchas millas. El objetivo era llegar a la Posada del Escocés, un lugar limpio y cómodo, —que papá nos recomendaba en su carta—. Allí, según nos decía, una familia honrada podría pasar la noche sin ningún reparo por un módico precio. Pero una cosa es lo que pensamos los mortales y otras las que Dios dispone. En nuestro caso, los planes no salieron cómo deseábamos.

Los hados nos fueron adversos y la suerte nos dio la espalda. Al intentar cruzar el desfiladero camino del río; Boris, nuestro caballo, se rompió una pata. El carro salió despedido y con él lo poco que aún conservábamos de nuestra vida anterior, la ropa, la vajilla de loza herencia de la abuela... Todo rodó por aquel terraplén. La inmensa mayoría hecho mil pedazos y lo que llegaba intacto a las agitadas aguas, terminaba o hundiéndose o arrastrado por el furioso torrente que se había visto incrementar su caudal debido a las fuertes lluvias del mes de octubre.

No pudimos hacer nada, y aparte de ver como perdíamos nuestras pocas pertenecías aún nos quedó lo peor. Boris estaba mal, no nos quedó otra que ver con ojos consternados como mamá, con el rostro anegado en llanto, tuvo que acabar con su vida de un balazo en la cabeza.

No quedaba otro remedio, nos dijo. Incluso tuvimos que dar gracias de que mamá llevase el revolver colgado del cinto, al igual que el dinero. Si no el sufrimiento del animal hubiese sido horrible.

Mi madre era una mujer fuerte y decidida, rápidamente se recompuso, se secó las lágrimas y dio gracias porque todos estábamos bien. Afortunadamente en ese tramo del camino todos íbamos a pie. Tras llevar horas sentados en el carro y dejándonos bambolear por él,  necesitábamos andar un poco para estirar las piernas.

Caía ya la noche cuando sucios y fatigados entramos en una inhóspita aldea. Todo estaba a oscuras, nadie ni nada se cruzó en nuestro camino. Las puertas y ventanas cerradas a cal y canto no dejaban escapar ni el más mínimo hilo de luz de una vela o quinqué.

Llamamos a varias puertas, los tres implorábamos elevando nuestras voces lo más posible que nos abriesen la puerta, que éramos una familia honrada y que no les haríamos ningún daño, si fuese menester incluso podríamos darles alguna moneda a cambio de un plato de sopa caliente y un jergón donde poder pasar la noche.

Todo fue en vano, aquel pueblo parecía desierto. Algo parecía empezar a alojarse en mi interior, una sensación nueva y extraña ¿angustia?, ¿desazón?, ¿abatimiento?... ¿miedo?

Poco a poco y arrastrando los pies fuimos saliendo de aquel poblado oscuro y vacío. Al final del pueblo encontramos una cabaña abandonada. La puerta casi no se tenía en pie, el tejado tenía huecos abiertos entre sus tejas y algunos de los cristales de las dos ventanas de la pared principal estaban rotos. Pero nos dio igual, debíamos parar en algún sitio, nosotros estábamos agotados y mamá, con el rostro desencajado, estaba exhausta. Su avanzado embarazo —ya estaba en el séptimo mes de gestación— y las fatigas y las emociones de la jornada, comenzaban a pasarle la factura.

Dentro había dos jergones desvencijados. Entre Pól y yo preparamos el más grande como pudimos. Allí podría descansar mamá, y luego Sinead y ella dormirían el resto de la noche. Pól y yo dormiríamos en el otro más pequeño.

Fuera encontramos restos de ramas de árboles que prendimos en la derruida chimenea. Mientras Sinead —nuestra hermana mayor— buscaba algún utensilio de cocina para hacer al menos un poco de sopa. Afortunadamente en la bolsa que portaba ella llevábamos alguna provisión, jamón seco, pan, algunos ajos y algunas patatas y hortalizas. Con aquello podríamos tomar algo caliente para cenar.

El cansancio hizo el resto. Al poco tiempo y con los estómagos calientes el pequeño Pól y yo caímos rendidos en el duro colchón.


Un grito angustioso mezclado con el aullido del viento me sobresaltó a medianoche. Antes de sentir el primer zarandeo ya había despertado. A mi lado mirándome con cara asustada, mientras sacudía al pequeño Pól, Sinead nos apremiaba:  

— ¡Mamá está mal! ¡Creo… que el bebé va a nacer!

Cuando Pól se espabiló del todo los tres nos miramos, éramos tres niños asustados en medio de la noche en un lugar solitario y desconocido. Sinead sólo tenía catorce años, yo doce y Pól nueve. Los tres no sabíamos que hacer. Sinead intentó reponerse cuando escuchó que nuestra madre volvió a gritar.


— ¡Corred, avisad a alguien, necesitamos ayuda! ¡Mamá necesita auxilio!

Mi hermano y yo salimos de la cabaña como alma que lleva el diablo. Aporreamos todas las puertas, pero aquel pueblo parecía muerto, nadie atendía nuestra llamada. Sólo una anciana se atrevió a contestarnos a través de la rendija de su ventana.

— ¡Largo de aquí niños!, ¿no sabéis que noche es hoy? Es la noche del muerto. Sí, hace muchos años, una epidemia de tifus terminó con gran parte de la población. Echaron la culpa de la tragedia a O’Neill, el médico, y llevados por la furia, en una noche como esta, le mataron cruelmente. Su fantasma en forma de una gran calavera vuelve cada año para vengarse de sus asesinos y de sus descendientes. Nadie sale de sus casas si quiere permanecer vivo.

— Pero señora tenga caridad, mi madre va a tener un niño, estamos solos y necesitamos ayuda…

La mujer no me dejó terminar. Ni la conmovieron nuestras lágrimas.


— ¡Largaos de aquí! ¡Niños, niños… niños nacen todos los días, pero el fantasma sale hoy a cobrarse sus víctimas.

Cegados por el miedo corrimos sin dirección alejándonos de la aldea, cuando paramos jadeantes para respirar nos dimos cuenta que estábamos junto a las tapias del cementerio.


- ¡Alana! ¡Una enorme calavera! ¡Mira! ¡Entre esos arbustos nos está mirando! ¡Es el fantasma que nos ha dicho la vieja bruja que viene a por nosotros! —chilló Pól temblando de una forma descontrolada.

Me detuve, y ciertamente muy cerca de nosotros, vi un bulto enorme y blanquecino a la luz de la luna. Mi hermano tenía razón, parecía una calavera, dos boquetes eran las cuencas de sus ojos y de su boca sólo quedaba una hendidura horizontal de aspecto tenebroso. La luz de la luna llena reflejada en aquel lugar lo hacía más siniestro aún.

Pero algo me atemorizó más que la visión de aquel ser terrible. De entre las sombras de la tapia surgió una sombra. Una figura alta, vestida de negro de pies a cabeza, con el rostro totalmente cubierto por un enorme sombrero se dirigía a mi asustado hermano:”¡Mocoso insolente! ¡Calla de una vez! Con tus gritos perturbas la tranquilidad de este lugar. ¿No ves que lo que te ha asustado es una calabaza?”

Mi espíritu rebelde se sobrepuso al miedo, además la rabia y la impotencia quitaron el temor de mis ojos y vi claramente que la figura era una inocente y vieja calabaza, cuya cáscara, estaba ajada por el paso del tiempo. Esta tranquilidad me dio valor para encararme después a aquel extraño.

— ¿Quién es usted para tratar así a mi hermano? Es pequeño y está asustado —le increpé.

— ¿Quiénes sois vosotros para escandalizar en este lugar de paz? —contestó el siniestro personaje.

En ese momento recordé los gritos de mi madre y el cansancio, el miedo y las emociones encontradas hicieron que mis nervios explotasen.

— Estamos buscando ayuda, mi madre va a tener un niño y nadie en este maldito lugar nos socorre —dije entre sollozos.

Aquel desconocido se apiadó de nosotros, nos acompañó a la cabaña y atendió a mi madre. Fue un parto complicado y prematuro, pero aquel hombre salvó la vida de ambos. 

Por fin, con las primeras luces del alba, el llanto del bebé rompió la quietud de aquel lugar sin vida.


Nuestro salvador una vez cumplida su misión y tras dar a Sinead algunas pautas a seguir para atender los primeros días a mamá y al recién nacido, sin decir nada más, se marchó. Aprovechando que Sinead y Pól estaban arrobados con nuestro hermano recién nacido, salí corriendo tras él. 

— Gracias Mr O’Neill —dije sonriendo, cuando le alcancé. Mi cabeza no había dejado de pensar durante toda aquella noche ¿Quién sino un médico podía haber salvado aquella complicada situación?

Levantó levemente la cabeza y lo único que pude ver de su rostro oculto por el sombrero —del que no se había desprendido en todo ese tiempo— fue el hueso descarnado de su mandíbula inferior y su boca totalmente mellada devolviéndome la sonrisa.

Sin decir nada continuó su camino y desapareció de mi vista. Unas horas más tarde, cuando el sol comenzaba a estar en toda su plenitud, ganando terreno a la oscuridad y a las sombras, salí a buscar agua. En la puerta me encontré una enorme calabaza con tres hendiduras que simulaban una cara sonriente.


Ha pasado mucho tiempo de aquello. Mis padres ya son ancianos y nosotros adultos con nuestras propias familias, pero cada 31 de octubre nos reunimos todos y hacemos una cena familiar. No hay año que no nos toque amenizar la velada de los más pequeños con nuestra aventura. Pól siempre recuerda esos momentos como la anécdota de “La noche de la calabaza“. Yo la recuerdo de otra manera, nunca pude olvidar la sonrisa de Mr O’Neill. Para mí aquella noche fue mucho más importante, fue una noche especial y mágica donde la muerte y la vida se dieron la mano.

FIN

jueves, 22 de septiembre de 2011

NO SIN MI CHUPETE



chupete
Hoy mami y papi me han despertado muy temprano, o eso me ha parecido a mí porque ¡¡tenía un sueño!!

Ya me venía oliendo que algo iba a cambiar, tanto ajetreo para arriba y para abajo no era normal. Bueno también ayudó el que sea un poco cotilla, hace días escuché a mamá comentar con una amiga que se la terminaba la excedencia —qué ni sé lo que es, ni me importa—, lo que ya no me gustó tanto fue escuchar que a mí tendrían que llevarme a un sitio que se llama guardería.

Confieso que me dio un poco de miedito ver a mami todos estos días suspirona y preocupada, nunca la había visto así, ella siempre sabe lo que tiene que hacer. Pero lo que realmente me acojonó, fue cuando la oí decir a todo aquel que quisiera escucharla, que la daba mucha penita dejarme allí, pero ¿Dónde iban a llevarme?

Mi mamá es muy valiente, sólo hay que ver lo bien que soporta —sin que se la mueva un pelo— las visitas a ese señor tan serio que me mete un palo en la boca, una cosa rara en los oídos y me aprieta la barriga con esas manos siempre heladas; aunque lo que peor llevo es la manía que tiene de pincharme en el culete, luego se queja y dice que siempre le dejo la camilla llena de pis. ¡A ver, que uno es humano! Así que llevo unos días que estoy nerviosito perdido, vamos más llorón de lo acostumbrado.

El viaje es muy largo, papá dice que ha sido una suerte encontrar una guardería tan cerca del trabajo de mami. Y yo aprovecho para echar una cabezadita. ¡Ale! Ahora que estaba soñando con montañas de chuches otra vez en danza.

A la entrada nos espera una señora alta y muy delgaducha, dice que se llama Remedios y será mi cuidadora ¿eso qué es lo que es? Me coge en brazos, contemplo con estupor que me da un beso y raspa, esta señora tiene más bigote que papi. Mamá le da una bolsa y a continuación tras besarme y decirme que sea bueno se van. “¡Mamá, papá, eh no os vayáis!” Una cosilla rara me sube por la garganta, es como cuando tengo ganas de gimotear, pero en este caso no puedo. Creo que mami se iba llorando y no quiero que la dé más penita. Además tengo que estar pendiente de que “la Bigotuda” no me vuelva a besuquear y trato de zafarme de sus brazos como pueda.

No me suelta hasta que no llegamos a una sala donde veo muchos coleguitas. ¡Bueno esto ya empieza a mejorar, un montón de amiguitos nuevos para jugar!

— Hola me llamo Luiz ¿y tú? —pregunto al que tengo más cerca, por cierto, que asquito está lleno de mocos.

— Yo me llamo Jozé Carloz Alfonzo —¡hala! el avaricioso casi no deja nombres para los demás— Te voy a daz un conzejo, ¿vez eze niño maz mayó, el que lleva la camizeta vede? Ojito con él que ez el maz vetedano. Ze llama Zedgio y le llamamoz “el godila” poque en cuanto noz descuidamoz noz da de hoztiaz.

¡Vaya pues empezamos bien! menos mal que a mí no hay matones que se me resistan. Que no fue cosa de dos días ganarme mi prestigio en el parque. Si al “Gorila” se lo ocurre meterse conmigo no sabe lo que les espera. No en vano en el parque todos me llamaban “el Guau” por mi fama de buen mordedor.

En ese momento llegó Reme, y sin más ni más nos quitó el chupete: “Vamos niños, ahora un ratito sin chupete, que ya muchos tenéis todos los dientes y se os pueden deformar. Luego hablaré con las mamás y las daré unas pautas para que en casa también os vayan quitando poco a poco la manía del chupe. ¡A ver esos chiquitines guapos agugugug agugugugu, agugugugugu!

No hay cosa que me dé más rabia que ver a los mayores haciendo el gilipuertas, ¡hombre! eso se lo consiento a mis abuelitos, que son de la familia no a una señora con mostacho con quien aún no hay confianza. ¡A mí quitarme el chupete!, ¡eso nunca!, ¡a las barricadas!, prefiero batirme en mil duelos que perder mi prenda más estimada. No me quedaba otra que llamar a la revolución. Un hermoso cubo enorme me esperaba y allí trepé con afán.

— Queridos coleguitas, yo soy nuevo aquí; no sé vosotros sí estaréis acostumbrados a estos atropellos, pero desde ahora yo os digo que no. ¡A mí nadie me va quitar mi chupete! No sé si os importará perder vuestra dignidad pero a mí sí. Podré aguantar cualquier cosa, hasta los besos de Reme “la Bigotuda”, pero jamás dejaré que pisoteen nuestros privilegios. Amigos y compañeros os propongo ejercer nuestro derecho y sumarnos todos a una estruendosa y enérgica protesta ¿Vamos a dejar que los adultos nos mangoneen  cómo si fuéramos monigotes?, ¿vamos a seguir consintiendo que manipulen nuestra libertad? Yo os digo ¡NOOOO! ¡Todos unidos en nuestra lucha!

Por suerte me les había ganado a todos, incluso Sergio “el Gorila” me miraba con admiración. El coro de berridos fue tan ensordecedor y mareante que a la pobre Reme no le quedó otra que devolvernos nuestros preciados tesoros.

Horas más tarde cuando mamá pasó a recogerme y preguntó a la mujer que tal había ido todo, esta con palabras melosas la contestó: “Estupendamente Alicia, todo ha ido perfecto teniendo en cuenta que ha sido el primer día. Ha habido un momento en que ha llorado un poquito, normal, era de esperar,  pero para eso inventaron los chupetes; hija mía es que son mano de santo”.

Uhmmmm bigotuda y mentirosa, ¡mañana te espero Reme, mañana te espero! Je,je,je.

Y tú, mami puedes estar tranquila, si esto es la guardería, asunto dominado, que lástima que aún no me entiendas y no te pueda contar mi hazaña.

En ese momento llega también la mamá de Sergio y se cruzan con nosotros. No puedo más que mirarle frente a frente y decirle con orgullo y un poco de mala leche: ¡Qué te den, “Gorila”!






FIN