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lunes, 22 de diciembre de 2014

LA ALDEA DE LOS NIÑOS



El viajero levantó un pie lentamente y dio el siguiente paso de forma vacilante. Llevaba caminando muchos días, había perdido la cuenta de cuando fue la última vez que le habían dado cobijo en una caravana. Hacía semanas que en su camino no se cruzaba con nadie, ni viajeros, ni comerciantes, ni una sola alma era capaz de vagar por aquellos bosques de árboles enormes y tupidos.

En su largo camino, emprendido hacía algunos años, era la primera vez que Nicolás se encontraba en un lugar tan inhóspito y deshabitado. Si no fuera por el agotamiento que le minaba su musculoso y, aun fuerte cuerpo, no se sentiría tan agobiado; al fin y al cabo, eso era lo que siempre había querido. Siendo niño había escuchado en la plaza de su aldea a un monje que parecía hipnotizar contando historias sagradas. Desde entonces su meta fue caminar y visitar lugares lejanos llevando las palabras de aquel ser humano y divino que dio su vida por amor al prójimo, tal y como narraba aquel predicador de quien ya había olvidado hasta el nombre, pero no sus ojos penetrantes que parecían arrojar ascuas cuando relataba alguno de los muchos episodios en los que había participado Jesús. Ese mensaje de esperanza, de generosidad, de amor y de caridad debía llegar a todos los rincones del mundo por inaccesibles que estuvieran.

Nicolás nunca se había sentido así, notaba que las fuerzas le abandonaban por momentos y el sudor empapaba su cuerpo a pesar que un viento frío y cortante penetraba por sus agujereadas y pasadas ropas. Un pie tras otro, paso a paso. Solo su férrea voluntad le guiaba, cada yarda recorrida le costaba la vida.

Decidió parar un momento y sentarse para comer el último mendrugo de pan y el trozo de queso seco que le quedaba. No tenía duda que parte de su malestar era debido a la falta de alimento. Si no encontraba pronto alguna aldea para abastecerse, moriría de inanición.

Comenzó a comer con avidez, pero notaba que apenas tenía fuerzas para masticar los duros alimentos. El sudor se le congeló en el cuerpo y comenzó a tiritar con violencia. La manta que se envolvió, de puro raída y vieja, era insuficiente para mitigar su frío; era mejor que siguiese caminando. Cuando trató de levantarse sus piernas no le respondieron, sus oídos comenzaron a zumbar y los ojos se le nublaron. Su último recuerdo fue ver como la tierra se le acercaba a gran velocidad. El cuerpo de Nicolás cayó al suelo desvanecido.

Lo que no había percibido el hombre es que tras unos cercanos matorrales unos ojos curiosos le habían estado vigilando. El pesado cuerpo de Nicolás cayó y dos niños abandonaron su escondite y se acercaron, al principio con miedo y sigilo. Cuando comprobaron que no se movía, los dos pequeños salieron corriendo para alertar al resto de los habitantes de una aldea cercana.

Cuando comenzó a sentir ruidos no era consciente de donde estaba ni de cuanto tiempo había estado sin conocimiento. Lentamente abrió los ojos y vio con sorpresa que un grupo de niños le rodeaban. Unos, los más mayores, le miraban con recelo; sus ojos un poco rasgados reflejaban una honda tristeza. Otros, los medianos, le observaban con cierta curiosidad y en sus ojos aún quedaba un poso de cierta alegría infantil. Los más pequeños le sonreían abiertamente e intentaban tocarle la cara, mientras los mayores se lo impedían. Nicolás, a pesar de notar cierta mejoría y un calor muy agradable, aún se sentía muy débil y pronto se volvió a sumir en un sueño agradable.

Aún pasaron varios días hasta que los estados de consciencia superaron al sopor de la enfermedad. Durante ese tiempo vio como aquellos niños le atendían en todas sus necesidades. Le daban la comida, la bebida, atendían el fuego de aquella extraña vivienda circular donde le habían alojado, cuyas paredes eran de pieles de animales. Nunca le dejaban solo, incluso cuando subía la fiebre le ponían trapos humedecidos en agua helada para evitar que siguiera subiendo. Además, cada cierto tiempo le hacían tomar un brebaje infernal de un sabor amargo como la hiel, pero que no dudaba que había contribuido a su curación.

Según iba recuperando la salud iba siendo consciente de más cosas. En aquel lugar no había ni un solo adulto, sus únicos habitantes eran niños, de distintas edades, pero solo niños. Menores que rondaban entre los dieciséis y los cuatro años. Poco a poco Nicolás fue saliendo a dar paseos por la aldea comprobando que aquellos niños sobrevivían solos. Los mayores salían a buscar los alimentos, recolectaban y cuidaban de sus huertos y sus animales, perros y una especie extraña de ciervos con una abundante cornamenta, todo esto a la vez que cuidaban de los más pequeños.

El hombre intentó hablar con ellos en las distintas lenguas que conocía debido a sus viajes, pero era inútil. El lenguaje de aquellos niños era totalmente incomprensible y ellos tampoco le entendían; la única forma de comunicarse era a través de los signos.

Nicolás pronto comprendió que la vivienda que ocupaba era de uno de ellos. Un niño callado de unos diez años que le seguía a todas partes, que él creyó entender que se llamaba Onni. Este niño tenía un don especial para el dibujo y así fue como Nicolás se enteró de lo que les había pasado. Los dibujos que realizaba Onni en la tierra húmeda le contaron la historia de aquellos pequeños.

Hacía aproximadamente unos dos inviernos una maligna enfermedad había provocado una brutal mortandad. Todos los adultos habían muerto directamente por aquel mal o debido a las secuelas que dejó. Muchos niños habían muerto también;  de hecho, Onni a parte de a sus padres, también perdió a sus dos hermanos mayores y a su hermana pequeña. Todos los que habían superado el mal y el contagio, sobre todo los de más edad, habían tenido que aprender a sobrevivir y a cuidar del resto. Todos se ayudaban mutuamente de la forma que podían y sabían. Al fin y al cabo todos habían perdido a sus seres más queridos y se habían convertido en una gran familia de huérfanos.

Nicolás, quien comenzó a olvidar su nombre, ya que los niños eran incapaces de pronunciarlo y le llamaban Claus, vio que el invierno se les echaría encima de un momento a otro. Él era originario del noreste de Francia, una región que no se prodigaba por sus temperaturas cálidas, por eso el frío no le asustaba. Pero lo que le hacía sospechar que en aquellas tierras remotas el clima sería más brutal era la gruesa piel de aquellos ciervos y el largo y espeso pelaje de los perros. Lo que no podía ni imaginar es que iba a vivir el largo y mágico invierno del Círculo Polar Ártico.

Nicolás, o como le llamaban los pequeños, Claus, comenzó a diseñar otro tipo de viviendas, cabañas de sólidos troncos de árboles con chimeneas grandes que esparciesen el calor por toda la estancia. Construyeron un almacén grande donde hicieron acopio de una gran cantidad de leña para mantenerla seca. Y así Claus vivió su primer invierno boreal, rodeado del cariño de aquellos niños que sin conocerle, le habían dado todo lo que tenían y le habían salvado la vida.

Se acercaba el día de Navidad, el día del nacimiento de Jesucristo. En sus muchos viajes se había tropezado con gentes de todo tipo, buenas, malas y regulares, pero solo en aquel lugar recóndito había encontrado la verdadera esencia de las palabras del hijo de Dios. Aquellos niños que nunca habían escuchado las oraciones divinas, le habían enseñado más que cualquier predicador. Ellos mejor que nadie sabían lo que era la caridad y el amor al prójimo, y se lo demostraban cada día, con sus actos, sin necesidad de que fuera un día concreto del año.

Claus era muy hábil trabajando la madera y aquella noche la pasó en vela fabricando pequeños juguetes. Su imaginación iba por delante de su tiempo y hacía pequeñas miniaturas de objetos que aún estaban por inventar.

A la mañana siguiente cada niño tenía un pequeño juguete junto a su cabeza. La alegría desbordó la aldea. Los pequeños habían recibido un regalo inesperado, algo a lo que no estaban acostumbrados.

Claus se hizo una promesa. Sus días de predicador habían terminado, jamás abandonaría a esos pequeños. Esos niños volverían a escuchar historias, volverían a tener alguien que les arropara por la noche, les curase cuando estuvieran enfermos y nunca les faltaría un regalo en Navidad. En definitiva, volverían a recuperar esa infancia que el cruel destino les había arrebatado.

***********

Mi padre y yo estábamos en la biblioteca de la gran casa de madera de mis abuelos paternos. Era Nochebuena y la tradición familiar era muy estricta. Las dos familias, tanto la de mi padre como la de mi madre nos reuníamos en aquella fiesta, cenábamos todos juntos y a la mañana siguiente se abrían los regalos. Nosotros habíamos llegado los primeros y mientras mamá preparaba a mis hermanas pequeñas y las abuelas daban los últimos toques a la cena, los abuelos terminaban de adornar el enorme salón. Eran ellos los encargados de decorarlo y teníamos totalmente prohibido pasar hasta que no llegase el último de mis tíos, por eso papá y yo esperábamos impacientes en la biblioteca. Cada año la decoración cambiaba, y cada año la destreza de los abuelos nos sorprendía más.



Mientras papá fingía leer un libro yo contemplaba una figura que reposaba en la repisa de la chimenea. Era una curiosa figurita de madera que se asemejaba a un tren, un poco rudimentario. No era la primera vez que contemplaba aquella figura, pero nunca me llamó la atención.

— Papá, ¿qué es esa figura?

— Pues no sé qué decirte solo sé que pertenece a nuestra familia desde hace siglos. El abuelo me contó que se decía que estos juguetes los había tallado Santa Claus como un regalo especial a los niños de esta ciudad que entonces era una aldea. Ellos eran huérfanos, le habían salvado la vida y como agradecimiento Santa les ayudó a mejorar la aldea y nunca les abandonó. 

— ¿Entonces los abuelos viven en la aldea de Santa Claus?

— Según cuentan las viejas leyendas así es. Y aquí nacimos todos, tu madre, tus tíos, tus primos, también tú y tus hermanas. Lástima que la vida actual nos obligue a vivir en Helsinki por el trabajo. Espero que cuando tu madre y yo tengamos la misma edad que los abuelos podamos vivir aquí y, como hacen ellos ahora, esperaros cada Navidad.

Los oídos del niño se taponaron de forma extraña y repentina. No pudo escuchar la campanilla de la puerta, ni los gritos de alegría de los abuelos ni de sus hermanas mientras saludaban alegremente a unos tíos que acababan de llegar. Lo que si escuchó con toda claridad fue una voz fuerte y alegre que le decía:

“Jo, jo, jo ¡Bienvenido a casa, Onni. Que pases una feliz Navidad, jo,jo,jo!"       

A medida que la voz se alejaba, Onni comenzó a recuperar la audición normal.

— ¡Onni! ¡Onni! ¿Te encuentras bien?

— Papá, ¿has escuchado lo mismo que yo?

— No, pero ya lo escuché hace muchos años, la misma noche que el abuelo me contó la historia de la aldea de los niños. Santa Claus siempre cumple su promesa, y nunca nos volvió a abandonar. 

FIN







jueves, 2 de enero de 2014

OTRO AÑO MÁS


¡¡Señor que cruz!! Otra vez vuelta a empezar como cada año. Otra vez sacar los bártulos: la casaca de brillos, los anillos y sobre todo el turbante. ¡Odio llevar semejante cosa en la cabeza! ¡Con lo a gusto que estoy yo con mis vaqueros y mis deportivas el resto del año!


Lo que peor llevo es desperezar a los camellos, que los pobres ya están “oxidaos” y cuesta un montón que se muevan. ¡Claro con este par de finolis! Lo peor siempre me toca a mi. El sabihondo de Melchor, con eso de que es el mayor, ya tiene bastante con ensayar su soporífero discurso anual. ¡Iluso! para el caso que le van a hacer. Y el lunático de  Gaspar … aquí lo del amigo pelirrojo no tiene nombre, ese con mirar las estrellas para que nos guíen en la ruta tiene bastante. Si es que no vive en este mundo. De puro despistado ni se ha enterado que hace varios años hay unos cacharros muy útiles que se llaman GPS, (o como más me gusta a mí llamarles "tontones") y no hace falta quedarse alelado mirando al cielo para conocer el camino.

Yo me desespero, y total ¿para que? Los niños cada vez son más exigentes y desagradecidos. Todavía recuerdo la que lió aquella mocosa el año pasado, porque me confundí y en vez de dejarla una Barbie (esa cosa anoréxica y fea) la dejé una bonita muñeca de trapo.

No, los niños ya no son como eran.  Antes con un simple balón se conformaban, ahora que si Play Station, Nintendos etc. Y pensar que mi primera entrega fue una cajita de mirra. Si se me ocurre regalar eso ahora, a cualquiera de estos monstruitos con patas, ¡me trago la mirra!

¡¡Quiero jubilarme ya!! ¿Dónde está escrito que los Reyes Magos no tengamos derecho a eso? ¡Que esto es muy “cansao”! ¡Que son veinte siglos y una decena haciendo lo mismo! Luego los humanos lloriquean porque se jubilan a los sesenta y cinco o incluso antes. ¡Aquí les quería ver yo! Año tras año con lo mismo y encima haciendo el payaso con esos ropajes pasados de moda. Si es que ya hasta los bebés se ríen de nosotros. Y la culpa de todo la tuvo el cursi de Gaspar. Vaya lío en el que nos metió cuando hace 2010 años, le dio por seguir una estrella. ¡Hay que fastidiarse!


FIN

martes, 24 de diciembre de 2013

JERK, EL AYUDANTE DE RUDOLPH

El sonido de las campanillas de la puerta sobresaltó a Eberhard, aunque su aspecto no lo delató ya que no movió ni un músculo de su cuerpo. Muy al contrario, siguió con su faena de clasificación y saludó alegremente a su visita.

— ¡Buenos días Frederick! Hacía algunos días que no aparecías por aquí. ¿Mucho trabajo en el colegio?


— No, para nada, es que he estado enfermo; con gripe dice mamá y no me ha dejado levantarme de la cama. Ni siquiera pude ir a la fiesta de Navidad del colegio. Pero… dime una cosa Eberhard: ¿Cómo es posible que estando de espaldas supieses que era yo? ¿Eres mago?

— Ja,ja,ja, Que más quisiera yo amiguito. No, no soy mago. Pero son tan pocos mis clientes que es muy fácil saber quien abre la puerta.

Y Eberhard tenía razón. Aquel viejo gordiflón de larga barba blanca y pequeños ojillos azules que cubrían unas gruesas gafas, era el librero de la aldea. Una localidad tan minúscula, que la pequeña tienda siempre estaba vacía. En aquel pueblo perdido en un valle alpino de Baviera, pocos eran los aficionados a la lectura. Gentes rurales con poco tiempo desocupado al día y siempre pendiente de sus haciendas, no tenían tiempo para perder entre los libros. Algunos padres que se acercaban a por los libros de texto de sus hijos, de forma esporádica, el maestro del pueblo y el pequeño Frederick eran la clientela de su negocio.

— Tienes razón, aquí nunca te harás rico. —dijo el pequeño.

— No, pero tampoco quiero serlo, yo me conformo con poco, ¿sabes? No necesito mucho para vivir y mis libros me hacen feliz. Son como los hijos que nunca tuve, es más, estoy tan unido a ellos que cada vez que vendo uno y tengo que separarme de él, lo paso muy mal.

— Pues yo si tuviese mucho dinero te compraría todos los libros. —dijo el niño, su intensa mirada azul y sus mejillas sonrosadas le daban color a una tienda, donde el color predominante, eran el marrón de las estanterías y los grises y azules pardos de las tapas de los libros.

Las carcajadas del viejo librero hicieron retumbar las paredes. Frederick pestañeó como si saliera de un sueño.

— ¿Por qué te ríes? —preguntó con voz seria— Un día seré rico y tendré una habitación solo para guardar mis libros, y será más grande que toda tu tienda.

— Pero mientras tanto te tienes que conformar con mis historias, ¿verdad, hijo?

Eberhard sabía que los padres del niño no tenían suficiente dinero como para comprar libros, ni ellos, ni la mayoría de los habitantes de la villa. Eran gentes humildes que más o menos tiraban con lo justo para vivir. Por eso, cuando Frederick aparecía por su tienda casi todas las tardes cuando salía del colegio, el librero le esperaba y le contaba alguna historia; incluso, algunas veces, cuando era su cumpleaños o algún día especial le regalaba un libro.

Hoy te voy a contar una historia muy antigua, una historia muy propia de estas fechas; seguro que te va a gustar: «Había una vez….

— Eberhard, ¿por qué todos los cuentos comienzan con esa frase?

— No lo sé, supongo que será una fórmula para captar la atención de los oyentes pero… phsssssss escucha atentamente el cuento:

***

«Había una vez, hace mucho tiempo, tanto que es imposible ponerle una fecha; en un lugar llamado Laponia, cerca del Polo. Allí había bosques encantados y maravillosos. Unos bosques donde los pinares eran espesos y los huecos entre los pinos eran casi inexistentes. Estos bosques eran blancos, porque siempre estaban nevados. Las noches se alargaban durante las veinticuatro horas del día; y de vez en cuando la naturaleza regalaba a sus pocos habitantes con un cielo lleno de luz.

A esa luz es a lo que llamábamos aurora boreal, y ahí, en esa zona que muchos llaman también casquete polar, es en el único sitio del mundo donde se puede contemplar ese espectáculo lleno de belleza y grandiosidad. Alguien dijo alguna vez que este fenómeno se produce porque el sol, cuando entra en una de sus frecuentes tormentas, despide unas partículas tan calientes que al caer estrepitosamente en la Tierra, cuando ésta se cruza en su trayectoria, estas partículas solares se mezclan con las moléculas y átomos que flotan en la atmósfera de nuestro planeta; el choque es tan violento que las partículas solares se sobrexcitan y explotan llenando el cielo de un espectáculo de color maravilloso. Normalmente el color que predomina es el verde, como el de esos árboles que llenan el horizonte lapón; pero el estallido también puede ser rojo, violeta o blanco.

Aunque yo siempre he pensado que lo que ocurre realmente es lo que decían las antiguos. En el pasado, los inuit, habitantes de la región ártica de Groenlandia y América, creían que los espíritus de sus ancestros podían vislumbrarse bailando en estas luces parpadeantes. En la mitología nórdica, la aurora era un puente de fuego construido por los dioses y que conducía al cielo.

La ciencia está muy bien y nos explica muchas cosas, pero nunca menosprecies la sabiduría de nuestros ancestros, ellos también conocían muchas cosas que, ahora, la ciencia desconoce.

Como te decía, en esos bosques mágicos antiguamente habitaban los simpáticos renos. Sí, no me mires con esa cara de sorpresa, los renos que acompañan a Santa Claus en su viaje anual. Estos renos que ahora en Laponia tienen domesticados, hace mucho tiempo vivían en estado salvaje, y esta es la historia de uno de esos renos.

Bálder era el líder de una pequeña manada que se componía de unas dieciocho cabezas de estos simpáticos animales. Aunque los renos tienen fama de ser unos animales muy independientes y amantes de la libertad, lo cierto es que  todo rebaño necesita un líder, y normalmente suele ser el más viejo del grupo.

Este viejo animal, había luchado muchas veces en su vida, para encontrar alimento, para aparearse, para viajar y encontrar los mejores lugares para su grupo. Los años pasaban y ya se iba sintiendo cada vez más cansado. Iba siendo hora de pensar en que alguno de los machos de la manada le sustituyese, y quien mejor que su único hijo: Jerk.

Jerk era un joven reno, hermoso y lleno de vida; una maravilloso ejemplar con piel lustrosa y enorme cornamenta. Pero tenía un problema, y es que Jerk no había nacido para luchar, el joven reno podía pasarse horas y horas contemplando el hermoso cielo que coronaba sus cabezas. Soñaba volar, con elevarse por encima de los árboles y viajar, ver otras tierras, otros mundos, otras maravillas. Nunca se acercaba al resto de machos jóvenes, ni jugaba con ellos a peleas, no veía que la hora de buscar pareja y pelear con sus otros compañeros para encontrar la hembra más apropiada para perpetuar la descendencia estaba llegando. Ni mucho menos había caído en la cuenta que, su padre, iba a necesitar pronto un sustituto.



— ¡Jerk! Tienes que crecer, ya no eres un reno bebé, hace algún tiempo que ya te separaste del aurea protectora de tu madre. Tienes que demostrar que eres un macho como los demás. Yo ya estoy viejo y cansado y necesito que el liderazgo recaiga en otro y quien mejor que mi hijo para ese cargo.

— Pero padre, yo no quiero ser líder de nada ni de nadie, yo soy feliz caminando por entre los árboles, contemplando el cielo, soñando con viajar y ver cosas nuevas. No quiero que nada me ate aquí.

— Eres un idiota, no podía haber escogido mejor nombre para ti. Como sigas así Rudrik, el hijo de mi más despiadado enemigo, te tomará la delantera. Eso me rompería el corazón y las ilusiones que siempre he tenido depositadas en ti aunque, siempre sospeché que eras un pobre e iluso loco. ¡Pon las pezuñas en el suelo de una maldita vez y reclama lo que te pertenece por tu nacimiento!

— No padre, no voy a luchar con Rudrik ni con nadie nunca, quítate esa idea de la cabeza, padre.

Aquella noche, mientras Jerk volvía a deleitarse con su paisaje nocturno y estrellado, Rudrik se le acercó sigilosamente.

— Hola Jerk, esta tarde os escuché la conversación entre tu padre y tú. Y me parece muy bien que renuncies a la posición de líder. Yo soy mejor que tú, siempre fui mejor. Pero tuve que arrastrar la vergüenza de la derrota de mi padre ante el tuyo. Ese puesto me pertenece. Yo soy el mejor para  guiar y cuidar de la manada. Tú simplemente eres un tonto soñador y un cobarde. No me extraña que tu padre se avergüence de ti.

— Mi padre no se avergüenza de mí, no inventes cosas que no son Rudrik, lo único que pasa es que le cuesta comprender mi posición, pero terminará entendiendo y al final todo se arreglará.

— Bien, es tu decisión, al fin y al cabo no eres tú quien tienes que soportar las burlas de toda la manada. No eres tú quien tiene que bajar la cabeza y escuchar, sin poder rebatir a nadie, que su hijo es un cobarde. El pobre y viejo Bálder es quien tiene que soportar día tras día la comidilla de todos. Pero confío en que pronto terminará su sufrimiento, ¿no te das cuenta que tu padre cada vez está peor? ¿Qué sus fuerzas se van debilitando poco a poco? Bálder está llegando al final de sus días, y en vez de su hijo, yo seré su sustituto. —La perorata llena de inquina de Rudrik encendió el ánimo de Jerk.

— ¡Yo no soy ningún cobarde! ¡Nadie puede tener la maldad suficiente para ir con esos cuentos a mi padre! Solo tú Rudrik, tú que estás lleno de odio. La amargura del final indigno de tu padre no te ha dejado vivir.

Hacía varios años que Bálder y el padre de Rudrik, se habían enfrentado a un duelo mortal, algo muy difícil de ver entre estos animales que sólo usan sus fuerzas para alimentarse y para conseguir a sus hembras.

Pero el padre de Rudrik había cometido una indignidad. En una época mala, con un terreno devastado por la ausencia de lluvia, y con el bosque quemado por el frio del hielo, no se encontraban buenas tierras para encontrar alimento. La manada pasó los peores momentos de su vida. Bjork, el padre de Rudrik, casualmente encontró un pequeño valle resguardando, donde la hierba y las plantas tiernas eran un placer para su paladar. Pero en lugar de compartirlo y guiar al resto, solo se llevó con él a su familia. Bálder alertado por su fuga les siguió y retó a Bjork a un duelo a muerte. Bálder ganó el duelo y desde entonces se hizo cargo de Rudrik, de su madre y de sus dos hermanas. Rudrik jamás olvidó esa escena, y el cachorro resentido, se convirtió en un joven rebelde y lleno de maldad.

— Siempre has sido perverso Rudrik, jamás perdonaste a mi padre que matase al tuyo, cuando todo fue una acción de justa venganza. Vosotros siempre pensasteis solo en vosotros mismos. Mi padre solo piensa en el bien de todos.

— ¿No me digas?,  pequeño cretino impertinente. Eres igual de memo que tu padre, pero te falta algo que a él si le sobra. Valentía.

Jerk no pudo soportar más aquella provocación. Los dos jóvenes machos se enzarzaron en una titánica pelea, su cornamenta chocaba con fuerza, sus pezuñas se elevaban buscando las patas del contrario. Sus cabezas entrelazadas pugnaban por infringir la peor herida en el rival.

Durante un buen rato, los dos animales pelearon con bravura. A Jerk le sobraban fuerzas, pero le faltaba algo tan característico como la violencia. El reno no era violento, no había nacido para la lucha. Su pelea era limpia, sin triquiñuelas ni trampas. Por el contrario, su oponente empleaba los juegos y las tretas más sucias. Y su corazón se iba llenando de violencia desmedida.

La pelea terminó, un jadeante y sudoroso Rudrik contemplaba a su enemigo, tendido en el suelo y manchando la blancura de la nieve con su sangre roja.

El bramido de Rudrik fue brutal, toda la manada se acercó al lugar y al ver el espectáculo las murmuraciones fueron llenando todo el espacio vacío del bosque. Pero los rumores se callaron de inmediato y el grupo abrió paso a Bálder, que con la cabeza alta, caminó despacio hacía el cuerpo de su hijo.

— Soy el ganador Bálder, he matado a tu hijo, como tú mataste a mi padre hace años. Y ahora, soy el líder. Tú ya solo eres un viejo inservible para nada.

— No sé como ha sido la pelea, lo único que sé es que mi hijo habrá luchado limpio. Nadie que no ame la lucha puede jugar sucio. Tú sin embargo eres el fiel reflejo de Bjork. ¡Vete de aquí! No queremos a nadie como tú en el rebaño.

Rudrik intentó rebelarse, pero las miradas adustas del resto de los animales le hizo recapacitar, y huyó, huyó lejos, en algún sitio sabrían apreciar sus méritos; aquella panda de petimetres sentimentales no le merecían.

Bálder con el alma herida de muerte se giró y lentamente volvió sobre sus pasos hacía el lugar donde apacentaban seguido por el resto de los renos.

Cuanto todo se quedó tranquilo, dos figuras que habían presenciado toda la escena salieron de entre los árboles.

— ¿Qué piensas Rudolph? ¿Crees que este jovencito tiene algún porvenir?

— No lo sé jefe. Yo creo que al final se ha portado como un valiente.

— Lo mismo pienso yo. Creo que deberíamos darle una oportunidad, sería un estupendo ayudante para ti. Ahora que lo pienso, querido y viejo compañero, creo que ya vas necesitando ayuda.

— ¿Quién, yo? De eso nada jefe, yo sigo estando fuerte como un toro. No sé, no sé, veo a este jovencito un poco… como si dijéramos, ¿indolente?

— Rudolph, Rudolph, no me hagas recordarte a un jovencito llorón a quien me encontré hace tantos años lloriqueando por los rincones porque el resto de sus amigos se reían de su enorme y roja nariz.

— Esto… ejem, jefe, mejor no recordar tonterías pasadas. Carga al muchachito en el trineo y vámonos pitando que se nos echa el tiempo encima y de aquí a unos días tenemos mucho trabajo que realizar.

— Jo,jo,jo, ¡Qué bueno es tener memoria, viejo amigo! No hay nada como recordar historias pasadas.

Las dos figuras se alejaron del lugar en silencio, dejando la nieve blanca e inmaculada sin mancillarla con el rastro de sus huellas.

Al día siguiente, aprovechando el silencio de la noche, Bálder regresó al lugar de la pelea y no vio el cuerpo de su hijo. Perplejo, sin saber que pensar, agachó la cabeza intentando olisquear el ambiente. De pronto el sonido de unas campanillas y la estridencia de unas fuertes carcajadas, le sacó de sus pensamientos:

— ¡Mira, padre! Soy yo, Jerk, soy el nuevo ayudante de Rudolph. Puedo volar, viajaré por todo el mundo. Cumpliré mi sueño. Padre, no estés triste, yo soy feliz, todos los años por estas fechas podrás verme. Siempre pasaré por aquí.

Bálder levantó la cabeza y lo que vio le maravilló. Un trineo dorado surcaba el cielo. Un hombre vestido de rojo y con una larga barba blanca que le tapaba la cara reía feliz. El trineo volaba, seis magníficos renos tiraban de él. Y allí en la primera fila de dos, junto a otro reno con una enorme nariz roja estaba su hijo, Jerk.


***

— Es una preciosa historia, Eberhard. Me ha encantado.

— ¡Mira qué hora es, enano! Tu madre se va a enfadar mucho y con razón.

— ¡Ay va! Tienes razón, me voy corriendo. Mañana volveré a verte. ¿Me contarás otro cuento de estos tan bonitos?

— Por supuesto que sí, pequeño. Sabes que mi librería siempre está abierta para ti. Y recuerda lo que te he dicho, ¡ojalá sea Jerk el primer reno que pise tu tejado! —El anciano guiñó un ojo cómplice al niño.

El niño salió corriendo, en la puerta le esperaba su madre.

— ¿Has visto que hora es? Menos mal que tu padre no ha regresado aún, si no la reprimenda iba a ser enorme.

— He estado con Eberhard y me ha contado un cuento muy bonito.

— Tu haz mucho caso a ese viejo loco…  Venga ves a lavarte que en cuanto llegue tu padre que no tardará nos sentamos a cenar. El pavo se va a quedar frio, vaya Nochebuena.

— ¡Es verdad! Hoy es Nochebuena, esta noche viene Santa Claus. ¿Sabes que el cuento de hoy hablaba de él? Bueno de él y de un reno, Jerk, el ayudante de Santa Claus. Es una historia muy bonita, pero lo mejor es lo que me ha dicho Eberhard, él dice que cuando Jerk es el primero de los renos de Santa que pone la pezuña en tu tejado, en el corazón de esa familia siempre reinará la magia.

— Ummm ese viejo loco ya cho… bueno, pensándolo mejor, puede que Eberhard tenga razón, esta noche cuando nos acostemos y antes de dormir los dos cerraremos los ojos fuertemente y pediremos el mismo deseo, que sea Jerk el reno que se pose antes en nuestro tejado. Será bonito que la magia llene nuestro hogar.


FIN

domingo, 25 de diciembre de 2011

UNA SEÑORITA MUY DESPISTADA


¡Hola, soy Quyllur!
Hola, me llamo Quyllur y soy la más pequeña de mis hermanas… bueno era, porque desde hace… tampoco lo sé, es que nosotros no hacemos las cuentas igual que vosotros, y como mi padre Janaxpacha el grande, el majestuoso, el fantástico, el… (Me voy a dejar de peloteo que me va a dar igual, a papá no se le engaña con cuatro mimos ¡Menudo es él! y yo, francamente, no es que haga méritos para tenerle muy contento; era un desastre antes, y lo sigo siendo ahora). Pues eso, que como dice el grande, el majestuoso, el… ¡Huy! pero si creo que esto ya lo había dicho ¡Vale! ¡Vale! Ya me callo que empiezo a ver caras gruñonas ¡Caray! Que poco sentido del humor tiene la  gente. Que soy muy despistada ¡leñe! y hay veces que me meto en algún embrollo y claro papá se me enfada.

Como en el que me metí hace… uno, dos, tres… nada que soy incapaz de hacer las cuentas necesarias para que me salga la cifra, que no sé si tengo que multiplicar el número de nuestros años y dividirlo por los vuestros, o es al revés, mejor lo dejo en mucho, pero muchos años, y así quedo mejor.

En realidad la culpa no fue mía, la causante fue mi hermana mayor, Paqarixch'aska, la más lista y la más hermosa de todas, y somos muchas ¿eh?

Mi hermana llevaba muchos años enamorada de un joven, al parecer, bastante atractivo —yo no lo puedo afirmar porque jamás le conocí, en su última visita, aún yo no había nacido—. Y es que el muchachito le salió un pelín viajero, y le veía de pascuas a ramos, como decís vosotros. Por lo visto el novio de mi hermana —o eso se creía ella porque aún no había venido a pedirle su mano a papá—, era un tanto voluble e inquieto, se ve que al mozo no le gustaba mucho estar quieto en un sitio y sólo se le veía cada ciertos años; a saber por donde andará el menda este durante tanto tiempo.

A lo que voy, que aquel año del que no quiero acordarme (esto no va aquí, no pega mucho, pero no sé, me suena de algo; aunque me parece que quien lo decía se refería a un lugar y no al tiempo; bueno y yo que sé). El caso es que el fugaz y dudoso prometido de mi hermana iba a aparecer por no sé que sitio y claro, tenían una cita, una cita efímera porque creo que Tisi es tan rápido que como mucho les daría tiempo a darse un besito y poco más, y luego vuelta a esperar otros tantos años.

En fin, que las cosas se torcieron para la pobre Paqarixch'aska, papá le dio un encargo ineludible, y mira que la pobre lloró y suplicó de rodillas, pero papá cuando se pone serio puede ser terrible. Yo siempre he tenido la sospecha de que su cometido no era tan importante, ni tan imperioso; para mí que el propósito de papá era evitar este encuentro, no sé porque me da en la nariz que ese proyecto de yerno no le terminaba de convencer.

Y ahí estábamos, papá sordo a los llantos, Paqarixch'aska deshecha en un mar de lágrimas y el resto de mis hermanas y yo sin saber que hacer.

— Quyllur, hermanita querida, tú eres mi única esperanza. ¿Me podrías hacer un favor muy grande, muy grande? Estoy convencida que eres la única que puede ayudarme. Papá está imposible y nuestras hermanas tienen mucho miedo a desobedecerle; pero tú eres valiente; sé que no me defraudarás. ¿Podrías ir tú al lugar de la cita y llevarle esta nota a Tisi? Es tan importante para mí, no podré volver a verle hasta dentro de muchos años. Por favor, por favor, pídeme lo que quieras a cambio, te debo una y te estaré eternamente agradecida —me suplicó mi hermana.

Yo era —todo hay que decirlo— bastante osada, y siempre me había importado un bledo las regañinas de papá. Además tengo que decir que otra cosa pesó mucho en mi decisión. Tenía una gran curiosidad por conocer a mi futuro cuñado. Había oído hablar tanto de este ser bello y maravilloso que en ese momento hubiese dado cualquier cosa por conocerle.

— Vale nena, yo te hago el favor, si tú me explicas donde tengo que ir, yo iré gustosamente.

— ¡Gracias Quyllur! Eres un cielo. —ejem, aquello me hizo mucha gracia— Es muy fácil, sólo tienes que ir hacia el oeste en línea recta.

¡¡Que guay!! Aquello prometía ser muy sencillo, pero sólo prometía, luego la práctica…

En fin, que salí aquella mañana muy dispuesta a emprender mi camino, ¿Qué camino? Tenía que ir hacía el oeste pero, ¿dónde estaba el maldito oeste? Izquierda, derecha… arriba, abajo. ¡Cachis en la Vía Láctea! Tenía que haber prestado más atención a las clases de la señorita Geographia, pero ya no había vuelta atrás. Yo siempre había sido de seguir mis impulsos… o sea, que me iba a dar igual, total se me había olvidado todo, todo, todo, ¿dónde estaría el oeste? Pues vaya usted a saber, total, tenía las mismas posibilidades de acertar, era cara o cruz.

El Desierto
Aquel camino me  gustó, vi  muchas cosas a cada cual más interesantes, pero mejor no me preguntéis porque creo que se me ha olvidado todo je,je,je. Todo fue bien hasta que empezó a caer la noche. De buenas a primeras me vi inmersa en un mundo desconocido, hacía mucho tiempo que no veía ninguna población. Entré en un lugar que nada más que era arena y más arena; y todo estaba oscuro, muy oscuro. El miedo comenzó a invadirme, aquel sitio era extraño y muy solitario, y sobre todo frío, muy frío; inmediatamente empecé a echar de menos las regañinas de mi padre, los parloteos sin sentido de mis hermanas, mi hogar y, sobre todo, una buena fuente de calor.

Cuando más desesperada estaba vi una luz a lo lejos y sin dudarlo me acerqué allí, no sabía si aquello sería meterme más en la boca del lobo, ni quienes serían los artífices de aquella luz, pero en esos momentos aquello significaba una guía, calor y sobre todo compañía.

Era una hoguera y a su alrededor me encontré a unos tipos de lo más curiosos, la verdad es que a pesar de sus extraños ropajes y su conversación tan rara (no había ni Dios que les entendiese) me parecieron bastante honrados, vamos que me dieron buena espina, y hasta me resultaron simpáticos, en especial porque eran tan “despistaetes” como yo.

Sí, los pobres estaban tan perdidos como yo, habían salido de sus hogares buscando no sé que… ¡Vaya, otra cosa que se me ha olvidado! Y ahora no sabían donde ir. Yo creo que les caí bien porque no tuvieron ningún reparo en fiarse de mí y continuar mi camino. Pobrecitos, si a ellos les ilusionaba la idea, no iba a ser yo quien le desanimase, al fin y al cabo siempre era más agradable hacer el viaje acompañada.

Anduvimos juntos varias jornadas, mis nuevos amigos parecían gente seria y además debían ser muy importantes. De eso me di cuenta cuando, después de muchos días vagando por un desierto que parecía interminable, entramos en una ciudad. Yo me quedé flipada cuando el jefazo de aquel lugar nos dio cobijo en su morada. Por cierto, aquí, ahora que nadie me oye, aquel sujeto no me gustó un pelo; todo amabilidad, todo simpatía, pero yo me olí algo; aquel individuo tenía un no sé que siniestro que me repelía.

Estuvimos allí muy a mi pesar un par de días. Por fin mis compañeros decidieron ponerse en marcha, para mí, que a ellos tanta solicitud y tanta preguntita insidiosa de nuestro anfitrión  también les tenía un poquito hasta las narices.

Después de descansar en un castillo bastante confortable nos resultó un poco pesado vernos otra vez en aquellos polvorientos caminos. Ya bien entrada la noche, para nuestro regocijo vislumbramos una nueva población; era mucho más pequeña que la otra, pero nos serviría para descansar hasta el día siguiente.

A la entrada, justo antes de llegar a las primeras casas contemplamos un viejo establo, yo me quedé quieta; la estampa que vi me asombró. En aquel lugar tan poco propicio y rodeados de animales había una pareja, el hombre era de mediana edad; la mujer, mucho más joven y muy hermosa, acunaba en sus brazos a un niño recién nacido no muy bien vestido, por cierto, el pobrecito apenas estaba cubierto por unas pocas ropas, seguro, seguro que si no hubiese sido por el calor del vaho de la respiración de la mula y el buey que estaban junto a ellos no habría podido sobrevivir a aquella gélida noche.

No pude evitar pararme en aquel lugar, un sentimiento nuevo para mí me invadió. ¿Cómo era posible que aquellos pobres estuviesen ahí? ¿Nadie había sido capaz de darles un alojamiento más adecuado? Era vergonzoso que un niño de pocas horas estuviese en ese lugar, con aquel tufillo de los animales, ¡ufff que asquito! Hasta yo, que como me decían en casa, siempre estoy en las nubes (que cosa je,je,je decirme eso a mí) me daba cuenta que aquello era una aberración.
Mi noche más importante

Me quedé de piedra cuando vi que mis amigos se adelantaban y, ¡madre mía! ¡madre mía! Se ponían de rodillas ante ese trocito de carne insignificante y diminuto (porque francamente el niño era muy, muy chiquitín) y cada uno le ofrecía un cofre con regalos. ¡Caray! Vaya suerte la de ese pequeñajo, pero si hasta el más vejete de mis compañeros le dejó un cofre con oro.

Cuando más extasiada estaba con esta escena, vi que el niño me miraba fijamente y me sonreía. En todo este tiempo no he vuelto a sentir algo tan especial, noté un calorcillo muy agradable que invadía todo mi ser. Y, de repente, me sentí brillar, un vestido resplandeciente, un hermoso vestido de cola brillante cubría mi modesta y polvorienta ropa de viaje. La luz me envolvió, o era yo quien iluminaba a los demás, no lo sé. Lo único que recuerdo es que a la llamada de aquella luminosidad que nos rodeaba empezó a llegar un montón de gente que se fueron agolpando alrededor de aquel modesto pesebre, todos iban a adorar y a postrarse a los pies de aquel niño.

Está claro que no me encontré con Tisi, ni pude entregarle el mensaje de mi hermana; pero de vuelta a casa ya no era la misma. Seguía siendo la despistada, la alocada Quyllur; pero había crecido, ahora era más hermosa, más grande y más luminosa.

De vez en cuando aún tenía que soportar los enfados de mi padre, y sobre todo alguna puyita de Paqarixch'aska, ambas cosas las soporto con bastante tranquilidad, no me queda otra. En el fondo entiendo a mi pobre hermana, mi despiste la ha hecho convertirse en una solterona, ese engreído de Tisi, jamás le perdonó que no acudiese a su cita —aunque aquí entre nos, yo tengo mis serias dudas de que esa relación hubiese llegado a buen puerto— ¿Qué se puede esperar de un novio que deja plantada a la novia tanto tiempo y luego pretende que la pobre esté a su disposición con sólo chascar los dedos?

— De verdad Quyllur que no se te puede encargar nada, mira que confundir el camino del oeste y dirigirte a Oriente. Eres un desastre, jamás harás nada a derechas —me regaña mi hermana cada dos por tres, con ese tonillo de superioridad quisquillosa que la invade desde que se ha dado cuenta que se quedará soltera para los restos.

Yo, que soy muy digna, y aunque soy una buenaza, también tengo mi puntito de mala leche cuando me pinchan, siempre le contesto lo mismo.

Mis compañeros de viaje
— Seré despistada y no serviré para nada, pero chincha rabia bonita que soy mucho más famosa que tú.

Y que me siento yo muy orgullosa cada vez que recuerdo la despedida de mis queridos compañeros de aventura, que luego resultó que eran reyes y magos ¡toma castaña! Los tres no se cansaban de decirme que era una preciosa estrellita y la mejor de sus guías, que sin mí jamás habrían llegado a su destino.

Y a ver quien es el guapo que se atreve a quitar la razón a la Estrella de Belén ¡He dicho!

FIN

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NOTA: Clickeando esta última foto; en la felicitación, Quyllur nos deja una sorpresa musical. Que la estrella de Belén guíe vuestros sueños y se cumplan todos vuestros deseos ¡¡FELIZ NAVIDAD!!