Bienvenidos a este rincón donde compartir pequeñas historias.
Mostrando entradas con la etiqueta nacimiento. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta nacimiento. Mostrar todas las entradas

jueves, 23 de febrero de 2012

SERÉ








Seré la doncella que espera a su amado,
o el héroe que despierta sus anhelos.
Seré la niña atrapada en sus sueños,
o el trovador que vende diversión al soldado.

Seré el bufón del que se mofe la corte,
o el gentil caballero que rescate a su dama.
Seré la princesa encerrada en su torre,
o la bruja que le dé a comer la manzana.

Seré el hombre gris que persigue una utopía,
o el joven alocado que se ríe de la vida.
Seré el bandido que acechará tu espalda,
o su inseparable sombra, el astuto policía.

Seré el muerto vilmente asesinado,
o el criminal que acecha tras tus migrañas.
Seré la luna, el sol, el agua, el tornado,
o un riachuelo perdido entre montañas.

Ahora soy humo difuminado en el viento,
la tímida semilla de un futuro nacimiento.

Una idea quebradiza que pasea por tu mente, y
que luchará por hacerse un hueco entre la gente.


FIN

NOTA: La foto que acompaña este poema me la ha cedido mi amiga Susi-Pop, muchas gracias por esta hermosa imagen. Besos.

domingo, 25 de diciembre de 2011

UNA SEÑORITA MUY DESPISTADA


¡Hola, soy Quyllur!
Hola, me llamo Quyllur y soy la más pequeña de mis hermanas… bueno era, porque desde hace… tampoco lo sé, es que nosotros no hacemos las cuentas igual que vosotros, y como mi padre Janaxpacha el grande, el majestuoso, el fantástico, el… (Me voy a dejar de peloteo que me va a dar igual, a papá no se le engaña con cuatro mimos ¡Menudo es él! y yo, francamente, no es que haga méritos para tenerle muy contento; era un desastre antes, y lo sigo siendo ahora). Pues eso, que como dice el grande, el majestuoso, el… ¡Huy! pero si creo que esto ya lo había dicho ¡Vale! ¡Vale! Ya me callo que empiezo a ver caras gruñonas ¡Caray! Que poco sentido del humor tiene la  gente. Que soy muy despistada ¡leñe! y hay veces que me meto en algún embrollo y claro papá se me enfada.

Como en el que me metí hace… uno, dos, tres… nada que soy incapaz de hacer las cuentas necesarias para que me salga la cifra, que no sé si tengo que multiplicar el número de nuestros años y dividirlo por los vuestros, o es al revés, mejor lo dejo en mucho, pero muchos años, y así quedo mejor.

En realidad la culpa no fue mía, la causante fue mi hermana mayor, Paqarixch'aska, la más lista y la más hermosa de todas, y somos muchas ¿eh?

Mi hermana llevaba muchos años enamorada de un joven, al parecer, bastante atractivo —yo no lo puedo afirmar porque jamás le conocí, en su última visita, aún yo no había nacido—. Y es que el muchachito le salió un pelín viajero, y le veía de pascuas a ramos, como decís vosotros. Por lo visto el novio de mi hermana —o eso se creía ella porque aún no había venido a pedirle su mano a papá—, era un tanto voluble e inquieto, se ve que al mozo no le gustaba mucho estar quieto en un sitio y sólo se le veía cada ciertos años; a saber por donde andará el menda este durante tanto tiempo.

A lo que voy, que aquel año del que no quiero acordarme (esto no va aquí, no pega mucho, pero no sé, me suena de algo; aunque me parece que quien lo decía se refería a un lugar y no al tiempo; bueno y yo que sé). El caso es que el fugaz y dudoso prometido de mi hermana iba a aparecer por no sé que sitio y claro, tenían una cita, una cita efímera porque creo que Tisi es tan rápido que como mucho les daría tiempo a darse un besito y poco más, y luego vuelta a esperar otros tantos años.

En fin, que las cosas se torcieron para la pobre Paqarixch'aska, papá le dio un encargo ineludible, y mira que la pobre lloró y suplicó de rodillas, pero papá cuando se pone serio puede ser terrible. Yo siempre he tenido la sospecha de que su cometido no era tan importante, ni tan imperioso; para mí que el propósito de papá era evitar este encuentro, no sé porque me da en la nariz que ese proyecto de yerno no le terminaba de convencer.

Y ahí estábamos, papá sordo a los llantos, Paqarixch'aska deshecha en un mar de lágrimas y el resto de mis hermanas y yo sin saber que hacer.

— Quyllur, hermanita querida, tú eres mi única esperanza. ¿Me podrías hacer un favor muy grande, muy grande? Estoy convencida que eres la única que puede ayudarme. Papá está imposible y nuestras hermanas tienen mucho miedo a desobedecerle; pero tú eres valiente; sé que no me defraudarás. ¿Podrías ir tú al lugar de la cita y llevarle esta nota a Tisi? Es tan importante para mí, no podré volver a verle hasta dentro de muchos años. Por favor, por favor, pídeme lo que quieras a cambio, te debo una y te estaré eternamente agradecida —me suplicó mi hermana.

Yo era —todo hay que decirlo— bastante osada, y siempre me había importado un bledo las regañinas de papá. Además tengo que decir que otra cosa pesó mucho en mi decisión. Tenía una gran curiosidad por conocer a mi futuro cuñado. Había oído hablar tanto de este ser bello y maravilloso que en ese momento hubiese dado cualquier cosa por conocerle.

— Vale nena, yo te hago el favor, si tú me explicas donde tengo que ir, yo iré gustosamente.

— ¡Gracias Quyllur! Eres un cielo. —ejem, aquello me hizo mucha gracia— Es muy fácil, sólo tienes que ir hacia el oeste en línea recta.

¡¡Que guay!! Aquello prometía ser muy sencillo, pero sólo prometía, luego la práctica…

En fin, que salí aquella mañana muy dispuesta a emprender mi camino, ¿Qué camino? Tenía que ir hacía el oeste pero, ¿dónde estaba el maldito oeste? Izquierda, derecha… arriba, abajo. ¡Cachis en la Vía Láctea! Tenía que haber prestado más atención a las clases de la señorita Geographia, pero ya no había vuelta atrás. Yo siempre había sido de seguir mis impulsos… o sea, que me iba a dar igual, total se me había olvidado todo, todo, todo, ¿dónde estaría el oeste? Pues vaya usted a saber, total, tenía las mismas posibilidades de acertar, era cara o cruz.

El Desierto
Aquel camino me  gustó, vi  muchas cosas a cada cual más interesantes, pero mejor no me preguntéis porque creo que se me ha olvidado todo je,je,je. Todo fue bien hasta que empezó a caer la noche. De buenas a primeras me vi inmersa en un mundo desconocido, hacía mucho tiempo que no veía ninguna población. Entré en un lugar que nada más que era arena y más arena; y todo estaba oscuro, muy oscuro. El miedo comenzó a invadirme, aquel sitio era extraño y muy solitario, y sobre todo frío, muy frío; inmediatamente empecé a echar de menos las regañinas de mi padre, los parloteos sin sentido de mis hermanas, mi hogar y, sobre todo, una buena fuente de calor.

Cuando más desesperada estaba vi una luz a lo lejos y sin dudarlo me acerqué allí, no sabía si aquello sería meterme más en la boca del lobo, ni quienes serían los artífices de aquella luz, pero en esos momentos aquello significaba una guía, calor y sobre todo compañía.

Era una hoguera y a su alrededor me encontré a unos tipos de lo más curiosos, la verdad es que a pesar de sus extraños ropajes y su conversación tan rara (no había ni Dios que les entendiese) me parecieron bastante honrados, vamos que me dieron buena espina, y hasta me resultaron simpáticos, en especial porque eran tan “despistaetes” como yo.

Sí, los pobres estaban tan perdidos como yo, habían salido de sus hogares buscando no sé que… ¡Vaya, otra cosa que se me ha olvidado! Y ahora no sabían donde ir. Yo creo que les caí bien porque no tuvieron ningún reparo en fiarse de mí y continuar mi camino. Pobrecitos, si a ellos les ilusionaba la idea, no iba a ser yo quien le desanimase, al fin y al cabo siempre era más agradable hacer el viaje acompañada.

Anduvimos juntos varias jornadas, mis nuevos amigos parecían gente seria y además debían ser muy importantes. De eso me di cuenta cuando, después de muchos días vagando por un desierto que parecía interminable, entramos en una ciudad. Yo me quedé flipada cuando el jefazo de aquel lugar nos dio cobijo en su morada. Por cierto, aquí, ahora que nadie me oye, aquel sujeto no me gustó un pelo; todo amabilidad, todo simpatía, pero yo me olí algo; aquel individuo tenía un no sé que siniestro que me repelía.

Estuvimos allí muy a mi pesar un par de días. Por fin mis compañeros decidieron ponerse en marcha, para mí, que a ellos tanta solicitud y tanta preguntita insidiosa de nuestro anfitrión  también les tenía un poquito hasta las narices.

Después de descansar en un castillo bastante confortable nos resultó un poco pesado vernos otra vez en aquellos polvorientos caminos. Ya bien entrada la noche, para nuestro regocijo vislumbramos una nueva población; era mucho más pequeña que la otra, pero nos serviría para descansar hasta el día siguiente.

A la entrada, justo antes de llegar a las primeras casas contemplamos un viejo establo, yo me quedé quieta; la estampa que vi me asombró. En aquel lugar tan poco propicio y rodeados de animales había una pareja, el hombre era de mediana edad; la mujer, mucho más joven y muy hermosa, acunaba en sus brazos a un niño recién nacido no muy bien vestido, por cierto, el pobrecito apenas estaba cubierto por unas pocas ropas, seguro, seguro que si no hubiese sido por el calor del vaho de la respiración de la mula y el buey que estaban junto a ellos no habría podido sobrevivir a aquella gélida noche.

No pude evitar pararme en aquel lugar, un sentimiento nuevo para mí me invadió. ¿Cómo era posible que aquellos pobres estuviesen ahí? ¿Nadie había sido capaz de darles un alojamiento más adecuado? Era vergonzoso que un niño de pocas horas estuviese en ese lugar, con aquel tufillo de los animales, ¡ufff que asquito! Hasta yo, que como me decían en casa, siempre estoy en las nubes (que cosa je,je,je decirme eso a mí) me daba cuenta que aquello era una aberración.
Mi noche más importante

Me quedé de piedra cuando vi que mis amigos se adelantaban y, ¡madre mía! ¡madre mía! Se ponían de rodillas ante ese trocito de carne insignificante y diminuto (porque francamente el niño era muy, muy chiquitín) y cada uno le ofrecía un cofre con regalos. ¡Caray! Vaya suerte la de ese pequeñajo, pero si hasta el más vejete de mis compañeros le dejó un cofre con oro.

Cuando más extasiada estaba con esta escena, vi que el niño me miraba fijamente y me sonreía. En todo este tiempo no he vuelto a sentir algo tan especial, noté un calorcillo muy agradable que invadía todo mi ser. Y, de repente, me sentí brillar, un vestido resplandeciente, un hermoso vestido de cola brillante cubría mi modesta y polvorienta ropa de viaje. La luz me envolvió, o era yo quien iluminaba a los demás, no lo sé. Lo único que recuerdo es que a la llamada de aquella luminosidad que nos rodeaba empezó a llegar un montón de gente que se fueron agolpando alrededor de aquel modesto pesebre, todos iban a adorar y a postrarse a los pies de aquel niño.

Está claro que no me encontré con Tisi, ni pude entregarle el mensaje de mi hermana; pero de vuelta a casa ya no era la misma. Seguía siendo la despistada, la alocada Quyllur; pero había crecido, ahora era más hermosa, más grande y más luminosa.

De vez en cuando aún tenía que soportar los enfados de mi padre, y sobre todo alguna puyita de Paqarixch'aska, ambas cosas las soporto con bastante tranquilidad, no me queda otra. En el fondo entiendo a mi pobre hermana, mi despiste la ha hecho convertirse en una solterona, ese engreído de Tisi, jamás le perdonó que no acudiese a su cita —aunque aquí entre nos, yo tengo mis serias dudas de que esa relación hubiese llegado a buen puerto— ¿Qué se puede esperar de un novio que deja plantada a la novia tanto tiempo y luego pretende que la pobre esté a su disposición con sólo chascar los dedos?

— De verdad Quyllur que no se te puede encargar nada, mira que confundir el camino del oeste y dirigirte a Oriente. Eres un desastre, jamás harás nada a derechas —me regaña mi hermana cada dos por tres, con ese tonillo de superioridad quisquillosa que la invade desde que se ha dado cuenta que se quedará soltera para los restos.

Yo, que soy muy digna, y aunque soy una buenaza, también tengo mi puntito de mala leche cuando me pinchan, siempre le contesto lo mismo.

Mis compañeros de viaje
— Seré despistada y no serviré para nada, pero chincha rabia bonita que soy mucho más famosa que tú.

Y que me siento yo muy orgullosa cada vez que recuerdo la despedida de mis queridos compañeros de aventura, que luego resultó que eran reyes y magos ¡toma castaña! Los tres no se cansaban de decirme que era una preciosa estrellita y la mejor de sus guías, que sin mí jamás habrían llegado a su destino.

Y a ver quien es el guapo que se atreve a quitar la razón a la Estrella de Belén ¡He dicho!

FIN

o
NOTA: Clickeando esta última foto; en la felicitación, Quyllur nos deja una sorpresa musical. Que la estrella de Belén guíe vuestros sueños y se cumplan todos vuestros deseos ¡¡FELIZ NAVIDAD!!

domingo, 30 de octubre de 2011

LA NOCHE DE LA CALABAZA


Jamás olvidaré la noche de aquel 31 de octubre de 1874. Íbamos camino de Dublín. Hacía cinco meses que nuestro padre había abandonado la aldea. La plaga en la cosecha de la patata de aquel año, nos había sumido en lo más parecido a la pobreza. Por fin, después de un tiempo llamando a todas las puertas, había conseguido un trabajo en la capital. Aquello le permitió ahorrar lo suficiente para buscar un alojamiento sencillo pero digno y nos mandó llamar. Vendimos nuestra vieja casa, las pocas tierras que poseíamos, los muebles grandes que no podíamos llevar con nosotros por el tamaño y con el dinero obtenido, no mucho —la situación era difícil para todos—, con nuestro carro casi vacío de enseres, pero lleno de ilusión por el reencuentro tan esperado; emprendimos nuestro viaje.

En la primera etapa de nuestro itinerario, no pretendíamos hacer muchas millas. El objetivo era llegar a la Posada del Escocés, un lugar limpio y cómodo, —que papá nos recomendaba en su carta—. Allí, según nos decía, una familia honrada podría pasar la noche sin ningún reparo por un módico precio. Pero una cosa es lo que pensamos los mortales y otras las que Dios dispone. En nuestro caso, los planes no salieron cómo deseábamos.

Los hados nos fueron adversos y la suerte nos dio la espalda. Al intentar cruzar el desfiladero camino del río; Boris, nuestro caballo, se rompió una pata. El carro salió despedido y con él lo poco que aún conservábamos de nuestra vida anterior, la ropa, la vajilla de loza herencia de la abuela... Todo rodó por aquel terraplén. La inmensa mayoría hecho mil pedazos y lo que llegaba intacto a las agitadas aguas, terminaba o hundiéndose o arrastrado por el furioso torrente que se había visto incrementar su caudal debido a las fuertes lluvias del mes de octubre.

No pudimos hacer nada, y aparte de ver como perdíamos nuestras pocas pertenecías aún nos quedó lo peor. Boris estaba mal, no nos quedó otra que ver con ojos consternados como mamá, con el rostro anegado en llanto, tuvo que acabar con su vida de un balazo en la cabeza.

No quedaba otro remedio, nos dijo. Incluso tuvimos que dar gracias de que mamá llevase el revolver colgado del cinto, al igual que el dinero. Si no el sufrimiento del animal hubiese sido horrible.

Mi madre era una mujer fuerte y decidida, rápidamente se recompuso, se secó las lágrimas y dio gracias porque todos estábamos bien. Afortunadamente en ese tramo del camino todos íbamos a pie. Tras llevar horas sentados en el carro y dejándonos bambolear por él,  necesitábamos andar un poco para estirar las piernas.

Caía ya la noche cuando sucios y fatigados entramos en una inhóspita aldea. Todo estaba a oscuras, nadie ni nada se cruzó en nuestro camino. Las puertas y ventanas cerradas a cal y canto no dejaban escapar ni el más mínimo hilo de luz de una vela o quinqué.

Llamamos a varias puertas, los tres implorábamos elevando nuestras voces lo más posible que nos abriesen la puerta, que éramos una familia honrada y que no les haríamos ningún daño, si fuese menester incluso podríamos darles alguna moneda a cambio de un plato de sopa caliente y un jergón donde poder pasar la noche.

Todo fue en vano, aquel pueblo parecía desierto. Algo parecía empezar a alojarse en mi interior, una sensación nueva y extraña ¿angustia?, ¿desazón?, ¿abatimiento?... ¿miedo?

Poco a poco y arrastrando los pies fuimos saliendo de aquel poblado oscuro y vacío. Al final del pueblo encontramos una cabaña abandonada. La puerta casi no se tenía en pie, el tejado tenía huecos abiertos entre sus tejas y algunos de los cristales de las dos ventanas de la pared principal estaban rotos. Pero nos dio igual, debíamos parar en algún sitio, nosotros estábamos agotados y mamá, con el rostro desencajado, estaba exhausta. Su avanzado embarazo —ya estaba en el séptimo mes de gestación— y las fatigas y las emociones de la jornada, comenzaban a pasarle la factura.

Dentro había dos jergones desvencijados. Entre Pól y yo preparamos el más grande como pudimos. Allí podría descansar mamá, y luego Sinead y ella dormirían el resto de la noche. Pól y yo dormiríamos en el otro más pequeño.

Fuera encontramos restos de ramas de árboles que prendimos en la derruida chimenea. Mientras Sinead —nuestra hermana mayor— buscaba algún utensilio de cocina para hacer al menos un poco de sopa. Afortunadamente en la bolsa que portaba ella llevábamos alguna provisión, jamón seco, pan, algunos ajos y algunas patatas y hortalizas. Con aquello podríamos tomar algo caliente para cenar.

El cansancio hizo el resto. Al poco tiempo y con los estómagos calientes el pequeño Pól y yo caímos rendidos en el duro colchón.


Un grito angustioso mezclado con el aullido del viento me sobresaltó a medianoche. Antes de sentir el primer zarandeo ya había despertado. A mi lado mirándome con cara asustada, mientras sacudía al pequeño Pól, Sinead nos apremiaba:  

— ¡Mamá está mal! ¡Creo… que el bebé va a nacer!

Cuando Pól se espabiló del todo los tres nos miramos, éramos tres niños asustados en medio de la noche en un lugar solitario y desconocido. Sinead sólo tenía catorce años, yo doce y Pól nueve. Los tres no sabíamos que hacer. Sinead intentó reponerse cuando escuchó que nuestra madre volvió a gritar.


— ¡Corred, avisad a alguien, necesitamos ayuda! ¡Mamá necesita auxilio!

Mi hermano y yo salimos de la cabaña como alma que lleva el diablo. Aporreamos todas las puertas, pero aquel pueblo parecía muerto, nadie atendía nuestra llamada. Sólo una anciana se atrevió a contestarnos a través de la rendija de su ventana.

— ¡Largo de aquí niños!, ¿no sabéis que noche es hoy? Es la noche del muerto. Sí, hace muchos años, una epidemia de tifus terminó con gran parte de la población. Echaron la culpa de la tragedia a O’Neill, el médico, y llevados por la furia, en una noche como esta, le mataron cruelmente. Su fantasma en forma de una gran calavera vuelve cada año para vengarse de sus asesinos y de sus descendientes. Nadie sale de sus casas si quiere permanecer vivo.

— Pero señora tenga caridad, mi madre va a tener un niño, estamos solos y necesitamos ayuda…

La mujer no me dejó terminar. Ni la conmovieron nuestras lágrimas.


— ¡Largaos de aquí! ¡Niños, niños… niños nacen todos los días, pero el fantasma sale hoy a cobrarse sus víctimas.

Cegados por el miedo corrimos sin dirección alejándonos de la aldea, cuando paramos jadeantes para respirar nos dimos cuenta que estábamos junto a las tapias del cementerio.


- ¡Alana! ¡Una enorme calavera! ¡Mira! ¡Entre esos arbustos nos está mirando! ¡Es el fantasma que nos ha dicho la vieja bruja que viene a por nosotros! —chilló Pól temblando de una forma descontrolada.

Me detuve, y ciertamente muy cerca de nosotros, vi un bulto enorme y blanquecino a la luz de la luna. Mi hermano tenía razón, parecía una calavera, dos boquetes eran las cuencas de sus ojos y de su boca sólo quedaba una hendidura horizontal de aspecto tenebroso. La luz de la luna llena reflejada en aquel lugar lo hacía más siniestro aún.

Pero algo me atemorizó más que la visión de aquel ser terrible. De entre las sombras de la tapia surgió una sombra. Una figura alta, vestida de negro de pies a cabeza, con el rostro totalmente cubierto por un enorme sombrero se dirigía a mi asustado hermano:”¡Mocoso insolente! ¡Calla de una vez! Con tus gritos perturbas la tranquilidad de este lugar. ¿No ves que lo que te ha asustado es una calabaza?”

Mi espíritu rebelde se sobrepuso al miedo, además la rabia y la impotencia quitaron el temor de mis ojos y vi claramente que la figura era una inocente y vieja calabaza, cuya cáscara, estaba ajada por el paso del tiempo. Esta tranquilidad me dio valor para encararme después a aquel extraño.

— ¿Quién es usted para tratar así a mi hermano? Es pequeño y está asustado —le increpé.

— ¿Quiénes sois vosotros para escandalizar en este lugar de paz? —contestó el siniestro personaje.

En ese momento recordé los gritos de mi madre y el cansancio, el miedo y las emociones encontradas hicieron que mis nervios explotasen.

— Estamos buscando ayuda, mi madre va a tener un niño y nadie en este maldito lugar nos socorre —dije entre sollozos.

Aquel desconocido se apiadó de nosotros, nos acompañó a la cabaña y atendió a mi madre. Fue un parto complicado y prematuro, pero aquel hombre salvó la vida de ambos. 

Por fin, con las primeras luces del alba, el llanto del bebé rompió la quietud de aquel lugar sin vida.


Nuestro salvador una vez cumplida su misión y tras dar a Sinead algunas pautas a seguir para atender los primeros días a mamá y al recién nacido, sin decir nada más, se marchó. Aprovechando que Sinead y Pól estaban arrobados con nuestro hermano recién nacido, salí corriendo tras él. 

— Gracias Mr O’Neill —dije sonriendo, cuando le alcancé. Mi cabeza no había dejado de pensar durante toda aquella noche ¿Quién sino un médico podía haber salvado aquella complicada situación?

Levantó levemente la cabeza y lo único que pude ver de su rostro oculto por el sombrero —del que no se había desprendido en todo ese tiempo— fue el hueso descarnado de su mandíbula inferior y su boca totalmente mellada devolviéndome la sonrisa.

Sin decir nada continuó su camino y desapareció de mi vista. Unas horas más tarde, cuando el sol comenzaba a estar en toda su plenitud, ganando terreno a la oscuridad y a las sombras, salí a buscar agua. En la puerta me encontré una enorme calabaza con tres hendiduras que simulaban una cara sonriente.


Ha pasado mucho tiempo de aquello. Mis padres ya son ancianos y nosotros adultos con nuestras propias familias, pero cada 31 de octubre nos reunimos todos y hacemos una cena familiar. No hay año que no nos toque amenizar la velada de los más pequeños con nuestra aventura. Pól siempre recuerda esos momentos como la anécdota de “La noche de la calabaza“. Yo la recuerdo de otra manera, nunca pude olvidar la sonrisa de Mr O’Neill. Para mí aquella noche fue mucho más importante, fue una noche especial y mágica donde la muerte y la vida se dieron la mano.

FIN